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Authors: Hal Clement

Tags: #Ciencia Ficción

Misión de gravedad (19 page)

—Me alegra ver que no perdí el tiempo con mi proyecto —dijo.

—¿Qué? —preguntó el capitán—. Sabía que andabas tramando algo durante estos últimos cuarenta o cincuenta días, pero estaba demasiado atareado para averiguar que. Pudimos encargarnos del trueque sin ti. ¿Qué estabas haciendo?

—Fue una idea que se me ocurrió cuando quedamos apresados aquí; la tuve cuando hablaste con los Voladores sobre una máquina que extrajera las estacas. Luego les pregunté si había una máquina de ese tipo que no nos resultara demasiado complicada de entender, y, tras reflexionar, uno de ellos me dijo que si. Me indicó como fabricarla, y eso estuve haciendo. Si armamos un trípode junto a una de las estacas, veré como funciona.

—Pero ¿qué máquina es ésa? Creía que todas las máquinas del Volador estaban hechas de metal, y que no podíamos manufacturarlas porque para ser duras necesitan mucho calor.

—Se trata de esto.

El piloto exhibió dos objetos en los que había estado trabajando. Uno era simplemente una polea de diseño elemental, muy ancha y provista de un gancho. El otro era similar, pero el doble de grande, con dientes que se proyectaban desde la circunferencia de ambas ruedas. Las ruedas estaban talladas a partir de bloques sólidos de madera dura y unidas. Al igual que la primera polea, la segunda estaba equipada con un gancho. Una correa de cuero trenzado rodeaba el borde de ambas ruedas; presentaba una serie de agujeros que concordaban con los dientes, y sus puntas se enganchaban formando un doble rizo continuo. El artilugio no tenía sentido para los mesklinitas, que no entendían como funcionaba; de hecho, dudaban que funcionara. Dondragmer lo llevó frente a una de las radios y lo depositó en cubierta.

—¿Ahora está correctamente ensamblado? —preguntó.

—Si, funcionará si la correa tiene aguante —fue la respuesta—. Debes colocar el gancho de la polea simple en la estaca que deseas extraer; sin duda tendréis métodos para hacer eso con cuerdas. Hay que sujetar la otra polea a la punta superior del trípode. Ya te he dicho como proceder a continuación.

Los tripulantes se dirigieron hacia el grupo original de estacas, pero Barlennan les ordenó esperar.

—No hay tantas estacas en el canal que estábamos cavando, Dondragmer. ¿Explicó el Volador cuánto tardaríamos en extraerlas con ese aparato?

—No estaba seguro, pues no sabía a que profundidad están clavadas ni con que rapidez sabríamos operar. Pero calculó un día por estaca, menos de lo que tardaríamos en cavar.

—No lo suficiente como para que no ganemos tiempo si algunos terminan el canal mientras otros extraen las estacas. Por cierto, ¿esa cosa tiene nombre?

—El la llamó cabria diferencial. La segunda palabra es bien clara, pero no sé cómo traducir la primera. Para mi es solo un ruido.

—Lo mismo digo, pero así se llamará. Pongamos manos a la obra; tu cuadrilla a la cabria, y la mía, al canal.

Los tripulantes emprendieron la tarea con entusiasmo.

El canal quedó terminado primero, pues pronto fue evidente que la mayoría de los tripulantes quedarían libres para excavar; dos marineros, turnándose en la cabria a intervalos de pocos minutos, fueron suficientes para arrancar las astas de lanza del duro suelo. Para satisfacción de Barlennan, las puntas también salían, de modo que cuando se completó la operación, contaba con ocho lanzas de aspecto muy eficaz. Su pueblo hacía pocos trabajos en piedra, y las cabezas de cuarzo le resultaban muy valiosas.

Una vez superado ese obstáculo, la distancia hasta el lago era relativamente corta; y allí se detuvieron para ensamblar el Bree. Lo hicieron deprisa —los tripulantes eran expertos en esa labor—, y una vez más la nave flotó en aguas relativamente profundas. Los terrícolas soltaron un suspiro de alivio. Sin embargo, esa reacción resultó ser prematura.

Los planeadores habían sobrevolado la zona durante el trayecto hasta el lago. Si a sus tripulantes les había sorprendido el método utilizado para extraer las lanzas, no habían dado indicios de ello. Desde luego, Barlennan esperaba que lo hubieran visto y hubiesen añadido la información a la lista de los logros superiores a los de su propio pueblo. No le sorprendió ver varios planeadores en la playa, cerca de la boca del fiordo, y ordenó al timonel que virara hacia la costa. Al menos los isleños notarían que había recobrado las lanzas intactas.

Reejaaren fue el primero en saludarlos cuando el Bree ancló a pocos metros de la costa.

—Conque tu nave ya está en condiciones de hacerse a la mar, ¿eh? Si yo estuviera en tu lugar, procuraría afrontar las tormentas a gran distancia de tierra.

—Correcto —convino Barlennan—. Cuando se surca un mar desconocido, lo importante es saber a que atenerse en ese sentido, Tal vez quieras decirnos la disposición de las tierras en este mar. O quizá tengas mapas que nos puedas ofrecer. Debí pensar en pedírtelo antes.

—Nuestros mapas de estas islas son secretos —replicó el intérprete—. Sin embargo, estarás fuera del archipiélago dentro de cuarenta o cincuenta días, y luego no habrá tierras durante miles de días de navegación hacia el sur. Ignoro la velocidad de tu nave, así que no sé cuánto tardarás. La mayoría de las tierras son islas, pero luego la costa de las tierras que cruzaste vira hacia el este, y… —utilizó una expresión que aludía a una lectura de la balanza de resorte y que correspondía a unas cuarenta y cinco gravedades terrícolas de latitud—. Podría hablarte de muchos pueblos de esa costa, pero me llevaría demasiado tiempo. Lo resumiré diciendo que prefieren comerciar a luchar…, aunque sin duda harán lo posible para no pagar lo que adquieran.

—¿Alguno de ellos sospechará que somos espías? —preguntó Barlennan de buen talante.

—Ese riesgo existe, aunque tienen pocos secretos dignos de robarse. Probablemente traten de robarte los tuyos, sí intuyen que tienes alguno. Te aconsejo que no menciones el tema del vuelo mientras estás allá.

—No pensábamos hacerlo —le aseguró Barlennan, ocultando su satisfacción—. Te agradecemos los consejos y la información.

Dio órdenes de izar el ancla, y por primera vez Reejaaren reparó en la canoa, que ahora navegaba nuevamente al final de la cuerda, cargada de alimentos.

—Debí reparar antes en eso —dijo el intérprete—. Entonces no habría dudado que venías del sur. ¿Cómo obtuviste eso de los nativos?

Al responder a esta pregunta, Barlennan cometió su primer gran error en sus tratos con el isleño.

—Oh, la trajimos con nosotros. A menudo las llevamos para acarrear provisiones adicionales. Notarás que, por su forma, es fácil de remolcar.

Había aprendido estas nociones elementales de aerodinámica de Lackland, poco después de adquirir la canoa.

—Oh, ¿conque también manufacturáis esas naves en vuestro país? —preguntó el intérprete con curiosidad—. ¡Qué interesante! Nunca vi una en el sur. ¿Puedo examinarla, o no tienes tiempo? Nosotros nunca nos molestamos en usarlas.

Barlennan titubeó, sospechando que esta ultima afirmación era una maniobra muy similar a las que él empleaba; pero no veía razones para negarse, pues Reejaaren no podía averiguar más mirando de cerca que mirando desde donde estaba. A fin de cuentas, lo importante era la forma de la canoa, y cualquiera podía verla. Ordenó que el Bree se aproximara a la costa, jaló la canoa con la cuerda de remolque y la impulso hacía el isleño.

Reejaaren se sumergió en la bahía y nadó hasta la pequeña embarcación cuando ésta encalló. Arqueo la parte superior del cuerpo para mirar dentro de la canoa; sus potentes brazos con pinzas palparon los costados. Eran de madera común, y cedían ante la presión; de pronto, el isleño emitió un ronquido de alarma que puso en alerta a los cuatro planeadores que sobrevolaban el Bree y a las fuerzas de tierra.

—¡Espías! —gritó—. Trae tu nave a tierra, Barlennan…, si ése es tu verdadero nombre. ¡Eres un buen mentiroso, pero esta vez tus mentiras te llevarán a la cárcel!

14 – EL PROBLEMA DE LOS BOTES HUECOS

D
urante sus años de formación, a menudo le habían dicho a Barlennan que algún día su lengua lo metería en mas apuros de los que podría sacarlo. A lo largo de su carrera, esta predicción había estado a punto de cumplirse varias veces, y en cada ocasión él se prometía cerrar el pico en el futuro. Lo mismo le sucedía ahora, y para colmo le contrariaba no saber cómo había delatado su mendacidad ante el isleño. Tampoco tenía tiempo para teorizar sobre ello; era preciso actuar, y cuanto antes mejor. Reejaaren ya había aullado ordenes a los planeadores, en el sentido de que clavaran el Bree al fondo si intentaba navegar hacia mar abierto, y las catapultas de la costa lanzaban mas máquinas para reforzar a las que estaban en el aire. El viento del mar se elevaba en cuanto chocaba contra la otra pared del fiordo, así que las máquinas podían permanecer en el aire el tiempo necesario. Los terrícolas habían indicado a Barlennan que quizá no pudieran elevarse a la altura necesaria para arrojar proyectiles cuando los sorprendieran las ráfagas ascendentes provocadas por las olas del mar abierto, pero el mar abierto aún estaba a mucha distancia. Barlennan ya había tenido oportunidad de observar la precisión de aquellas lanzas, y desechó la idea de salvar su nave mediante maniobras evasivas.

Como a menudo ocurría, alguien decidió actuar mientras Barlennan meditaba que hacer. Dondragmer cogió la ballesta que les había dado Reejaaren, insertó una flecha y amartilló el arma con una celeridad que demostraba que no había pasado todo el tiempo enfrascado en su proyecto de la cabria. Apuntando el arma hacia la costa, la apoyó en el soporte y dirigió la punta hacia el intérprete.

—Alto, Reejaaren. Te has equivocado de dirección.

El isleño se detuvo, el cuerpo goteante, y se volvió hacia la nave para ver a que se refería el piloto. Lo vio con suma claridad, pero titubeó un instante.

—Si quieres suponer que erraré porque nunca he manejado una de estas armas, inténtalo. Me gustaría averiguarlo. Sí no vienes ahora mismo hacia aquí, será como si hubieras intentado escapar. ¡Muévete!

Ladró la palabra con una brusquedad que ayudó al intérprete a superar su indecisión. Al parecer, no estaba seguro de la ineptitud del piloto; dio media vuelta, se sumergió en el agua y nadó hacia el Bree.

Trepó a bordo, temblando de furia y temor.

—¿Creéis que esto os salvará? —preguntó—. Simplemente habéis empeorado la situación. Los planeadores atacarán si intentáis moveros, esté yo a bordo o no.

—Les ordenarás que no lo hagan.

—No obedecerán ninguna orden que les dé mientras estoy en vuestras manos; deberíais saberlo si tenéis una fuerza de combatientes.

—Nunca tuve mucho que ver con soldados —respondió Barlennan. Había recobrado la iniciativa, como ocurría habitualmente cuando las cosas tomaban un rumbo definido—. Sin embargo, por ahora te creeré. Tendremos que retenerte hasta que lleguemos a un entendimiento acerca de esta descabellada propuesta de que regresemos a la costa. A menos que podamos encargarnos, entretanto, de esos planeadores. Es una lástima que no hayamos traído armamento más moderno a esta zona tan atrasada.

—Olvida tus embustes —replicó el cautivo—. Sois iguales al resto de los salvajes del sur. Admito que nos engañasteis por un tiempo, pero hace un instante te delataste.

—¿Y que dije para que pensaras que yo mentía?

—No veo razones para contártelo. El hecho de que no lo sepas demuestra que tengo razón. Habría sido mejor para ti si no nos hubieras engañado tan bien; entonces habríamos sido más cautos con los datos secretos, y no habrías aprendido lo suficiente como para hacer necesaria tu eliminación.

—Y si no hubieras hecho ese comentario, quizá nos habrías persuadido de rendirnos —intervino Dondragmer—, aunque admito que no es probable. Capitán, apuesto a que tu revelación se relaciona con eso que te he comentado todo el tiempo. Pero es demasiado tarde para remediarlo. El asunto ahora es como librarnos de esos irritantes planeadores; no veo ninguna nave de superficie, y los efectivos terrestres solo cuentan con las ballestas de los planeadores que estaban en tierra. Supongo que dejarán la situación a los planeadores, por el momento. —Paso a hablar en inglés—. ¿Recuerdas algo que hayan dicho los Voladores que nos ayude a desembarazarnos de esas molestas máquinas?

Barlennan mencionó sus probables limitaciones de altitud en mar abierto, pero eso no les ayudaba por el momento.

—Podríamos utilizar la ballesta.

Barlennan hizo esta sugerencia en su propio idioma, y Reejaaren se burló abiertamente. Krendoranic, oficial de municiones del Bree, que había escuchado tan atentamente como el resto de la tripulación, no lo tomó a la ligera.

—Hagámoslo —exclamó—. Hay algo que deseo probar desde que estuvimos en esa aldea del río.

—¿Qué?

—No querrás que lo diga en presencia de nuestro amigo. Pero te haré una demostración si así lo deseas.

Barlennan titubeó un instante y luego asintió.

Barlennan parecía un poco preocupado cuando Krendoranic abrió uno de los armarios de municiones, pero el oficial sabía qué estaba haciendo. Extrajo un pequeño bulto envuelto en un material que lo protegía contra la luz, demostrando así a qué se había dedicado por la noche desde que habían abandonado la aldea de los moradores del río.

Cogió el bulto y lo sujetó con firmeza a una de las flechas de la ballesta, rodeando el asta y el bulto con una capa de tela para que ambos extremos quedaran amarrados con firmeza. Luego calzó el proyectil en el arma. Siendo oficial de municiones, se había familiarizado con la ballesta durante el breve trayecto río abajo y el ensamblaje del Bree, y no tenía dudas de que podía acertarle a un blanco fijo a razonable distancia; no estaba tan seguro de los objetos móviles, pero al menos los planeadores solo podían virar rápidamente si se inclinaban de golpe, y eso le serviría de advertencia.

Lanzó una orden, y uno de los marineros que se encargaba del lanzallamas se acercó con el artefacto de ignición y esperó. Luego, para fastidio de los terrícolas, se arrastró hasta la radio más próxima y apoyó en ella el soporte de la ballesta para afirmarse y alzar el arma. Eso impidió a los seres humanos ver qué sucedía.

Los planeadores aún revoloteaban a baja altura, a unos quince metros de la bahía, y por momentos sobrevolaban directamente el Bree como preparándose para lanzar sus proyectiles; incluso un tirador menos experimentado que el oficial de municiones hubiera dado en el blanco. Cuando una de las máquinas se aproximó, dio una orden al asistente y apuntó hacia el aparato. En cuanto estuvo seguro, dio otra orden y el asistente encendió el bulto que estaba sujetó a la flecha. En cuanto brotaron las llamas, las pinzas de Krendoranic se cerraron sobre el gatillo y una estela de humo indicó la trayectoria del proyectil.

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