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Authors: Agatha Christie

Matrimonio de sabuesos (12 page)

—Oye, Tuppence...

—No tengas cuidado, chillaré si ocurre algo. Hasta luego. Y para evitar más consideraciones unió la acción a la palabra. Tommy vio cómo llegaba a la ventana y la levantaba suavemente. Un segundo después había desaparecido a través de ella.

Los minutos que a continuación siguieron fueron de verdadera agonía para Tommy. Al principio nada consiguió oír. «Tuppence y mistress Leigh Gordon deben estar hablando en voz baja», pensó. Poco después llegó a sus oídos un confuso murmullo. Respiró. De pronto todo volvió a quedar en silencio.

—¿Qué estarán haciendo?

De pronto una mano se posó sobre su hombro y de las sombras brotó la voz de Tuppence que decía: —¡Vamonos!

—¡Tuppence! ¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Saliendo por la puerta principal. Vamonos.

—¿Que nos vayamos?

—Eso es lo que he dicho.

—Pero... ¿y mistress Leigh Gordon?

En tono de indescriptible amargura, Tuppence replicó:

—¡Adelgazando!

Tommy la miró, sospechando que una reveladora ironía se encerraba en aquella palabra.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que has oído. Adelgazando, desengrasando, reduciendo. Como lo quieras mejor. ¿No oíste a Stavansson que ha estado ausente? Su Hermy se ha echado encima unos cuantos kilos de más. Sintió pánico al enterarse del súbito regreso de aquél y se apresuró a someterse a un nuevo tratamiento del doctor Horriston. Se trata de no sé qué inyecciones, que él las guarda en el mayor secreto, y por las que carga a sus pacientes unas cantidades fabulosas. Es un charlatán, no hay duda, pero con suerte, puesto que aún hay gente que está convencida de la eficacia de su sistema. Stavansson se presenta en Londres con dos semanas de anticipación, cuando ella hacía sólo unos días que había empezado el tratamiento. Lady Susan, que había jurado guardar el secreto, desempeña a maravilla su papel de confidente y henos aquí a nosotros como dos tontos, haciendo el más espantoso de los ridículos.

Tommy aspiró el aire con fuerza.

—Creo, Watson —dijo con dignidad—, que mañana hay un magnífico concierto en el Queen's Hall, y que estamos aún a tiempo de conseguir unas buenas localidades. En cuanto a lo ocurrido, te agradeceré borres este caso de nuestros registros. Le falta, ¿cómo te diré yo?, clase, carácter distintivo.

Capítulo X
-
Jugando a la gallina ciega

––Bien —dijo Tommy colgando de nuevo el teléfono. Después se volvió a Tuppence.

—Era el jefe. Me ha comunicado algo de sumo interés para nosotros. Parece ser que los sujetos tras los cuales vamos se han enterado de que no soy, en realidad, el verdadero Theodore Blunt, y es posible que ocurra algo serio de un momento a otro. El jefe te pide, como favor especial, que te vayas a casa y te quedes allí tranquila sin mezclarte más en este asunto. Aparentemente el avispero que hemos puesto en conmoción es más grande de lo que en principio nos imaginamos.

—Dile a tu jefe que no estoy dispuesta a concederle el favor que me pide —contestó Tuppence con decisión—. Conque quedarme en casa, ¿eh? ¿Y quién cuidaría entonces de ti, monada? Además, sabes que soy partidaria de la emoción. El negocio ha estado bastante paralizado durante esta última temporada.

—Supongo que no pretenderás que tengamos asesinatos y robos a diario —replicó Tommy—. Sé razonable y escucha mi plan. Cuando el negocio flojea lo que deberíamos hacer es un poco de ejercicio.

—¿Ah, si? ¿Tumbarnos de espaldas y echar las piernas al aire? ¡Qué bonito!

—No seas tan literal en tu interpretación. Cuando hablo de ejercicios me refiero a los que exige nuestra profesión. Reproducciones de los grandes maestros. Por ejemplo... —Hizo una breve pausa.

Del cajón que había a su lado Tommy extrajo una formidable visera de un color verde oscuro, que se ajustó. Después sacó el reloj que tenia en el bolsillo.

—Rompí el cristal esta mañana —observó—. Eso allanó el camino para que mis sensitivos dedos pudiesen palpar con facilidad su esfera.

—¡Cuidado! —dijo Tuppence—. Has estado a punto de arrancar una de las saetas.

—Dame tu mano —le pidió Tommy, que a continuación hizo ademán de tomarle el pulso. Escuchó con atención.

—¡Ah! —prosiguió—. ¡Prodigios del sexto sentido! ¡Esta mujer no padece del corazón!

—¡Supongo —dijo Tuppence— que estás tratando de imitar a Thorniey Colton!

—Exactamente. El ciego problemático. Y tú eres la recogida, la secretaria de negros cabellos y mejillas color de manzana. Y Albert, Honorarios, alias El Camarón. Apoyado en la pared, junto a la puerta, está el fino y hueco bastón que sujeto entre mis sensitivos dedos, tanto habrá de decirme.

No hizo más que levantarse cuando se dio de bruces contra una silla.

—¡Demonio! —exclamó—. Me había olvidado de que esa silla estaba allí.

—Debe de ser horrible el ser ciego —comentó Tuppence con pena.

—Bastante. Y más lo siento por los pobres que perdieron su vista en la guerra que por otro cualquiera. Pero dicen que viviendo en las tinieblas es cuando se desarrollan los sentidos especiales, que es precisamente lo que yo deseo probar. Sería interesante poder ser de utilidad desde las sombras. Ahora, Tuppence, procura ser un buen Sydney Thames. ¿Cuántos pasos hay desde aquí hasta donde está el bastón?

Tuppence hizo un cálculo precipitado.

—Tres de frente y cinco a la izquierda. Tommy avanzó incierto y Tuppence le hizo detener con un grito. Un paso más y se daría de cara contra la pared.

—Es difícil —explicó Tuppence— calcular exactamente los pasos que deben darse.

—Pero interesante —arguyó Tommy—. Dile a Albert que venga. Voy a tocaros las manos y ver si puedo decir quién es quién.

—Está bien —respondió Tuppence—, pero Albert tendrá que lavárselas primero. Con toda seguri-dad las llevará pringadas de tanto caramelo como come.

Albert, introducido en el juego, mostró un vivísimo interés. Tommy, después de un leve palpa-miento, sonrió complacido.

—El sexto sentido nunca miente —murmuró—. La primera era de Albert, la segunda tuya, Tuppence.

—Conque el sexto sentido no engaña, ¿eh? ¡Estás tú bueno! Te dejaste guiar por mi anillo de boda, pero yo tuve la precaución de colocarlo en el dedo de Albert.

Se llevaron a cabo nuevos experimentos con resultados, en general, poco satisfactorios.

—Todo se andará —declaró Tommy—. No podemos esperar un éxito absoluto en la primera prueba. ¿Sabes lo que te digo? Que es hora de comer. ¿Qué te parece si nos fuéramos al Blitz, Tuppence? El ciego con su lazarillo. Creo que así podemos hacer experimentos bastante más interesantes.

—Por Dios, no te metas en ningún lío, Tommy.

—No tengas cuidado. Me portaré como un buen niño. Pero te aseguro que vas a quedarte asombrada de mis deducciones.

Media hora más tarde el matrimonio se hallaba instalado en un confortable rincón del Salón Dorado del Blitz. Tommy posó ligeramente los dedos sobre la minuta.

—Filetes de lenguado y pollo al horno para mí —murmuró. Tuppence hizo su elección y el camarero se retiró.

—Hasta ahora todo va bien —dijo Tommy—. Probemos ahora algo de mayor envergadura. ¡Qué bonitas piernas tiene esa mujer de la falda corta que acaba de entrar!

—¿Cómo lo has sabido, Tom?

—Las piernas bonitas transmiten una vibración particular al suelo, que es recogido por este bastón hueco que llevo en la mano. O, hablando seriamente, se supone que en cualquier restaurante hay siempre una muchacha de piernas bonitas en la puerta a la espera de unos amigos, y con faldas lo suficientemente cortas para sacarle el mejor provecho posible a su privilegiado don. Empezaron a comer.

—Me figuro que el hombre que está sentado a dos mesas de la nuestra es un rico especulador. Y si me apuras, judío por añadidura.

—No está mal —convino Tuppence—. ¿Cómo lo has sabido?

—No esperarás que cada vez satisfaga tu curiosidad. Me echarías a perder el número. El
maítre
está sirviendo champaña en una mesa que hay a mi derecha y una mujer gorda, vestida de negro, está a punto de pasar a nuestro lado.

—¡Tommy! Pero ¿cómo es posible que...? —¡Aja! Ya empiezas a darte cuenta de lo que es capaz de hacer tu marido. Una muchacha preciosa con traje pardo acaba de levantarse de la mesa que está situada detrás de ti.

—¡Pifia! —dijo Tuppence—. Es un joven vestido de gris.

—¡Oh! —exclamó desconcertado momentáneamente Tommy.

En aquel preciso instante dos hombres que se hallaban sentados no lejos del lugar ocupado por el matrimonio y que habían estado observándoles detenidamente se levantaron, cruzaron el comedor y se acercaron a la pareja.

—Perdone —dijo el más viejo de los dos, un hombre alto, elegantemente ataviado, con monóculo y bigotito gris pulcramente recortado, dirigiéndose a Tommy—. Alguien me ha dicho que era usted mister Theodore Blunt, ¿es esto cierto?

Tommy, después de titubear unos momentos, inclinó la cabeza en señal de asentimiento y respondió:

—En efecto. Yo soy mister Blunt.

—Entonces, ¡qué gran suerte la mía! Precisamente pensaba telefonearle en este instante. Estoy en un apuro, en un grave apuro. Pero, dispense, ¿le ha ocurrido a usted algún percance en los ojos?

—Señor mío —contestó melancólicamente—, soy ciego, completamente ciego.

—¿Qué?

—¿Se sorprende usted? Supongo que no ignorará que existen detectives ciegos.

—En ficción, sí; pero no en la vida real. Además, nunca oí que fuese usted ciego.

—Son pocos los que conocen este detalle y hoy he decidido ponerme esta visera para protegerme los ojos contra el brillo de luces. Sin ella, son pocos los que llegan a darse cuenta de mi enfermedad, si así queremos llamarla. Y dejando aparte este tema, ¿quiere usted que vayamos a mi oficina, o prefiere usted darme los detalles de su caso aquí? Creo que esto último sería lo más conveniente para ambos.

Un camarero acercó dos sillas extras y los dos caballeros tomaron asiento. El otro, que hasta ahora no había pronunciado ni una palabra, era más bajo, fornido y muy moreno.

—Es un asunto sumamente delicado —dijo el primero bajando confidencialmente la voz y mirando desconfiadamente en dirección a Tuppence.

—Permítame que primero le presente a mi secretaria confidencial, miss Ganges —se adelantó a responder Tommy como adivinando los temores de aquél—. La recogí siendo aún niña, abandonada en las riberas de un caudaloso río en la India. Es una triste historia. Podría decir que los de miss Ganges son, en realidad, los únicos ojos que yo poseo. Me acompaña siempre dondequiera que yo vaya.

El extraño acogió la presentación con una ligera inclinación de cabeza.

—En ese caso hablaré con entera libertad. Mister Blunt, mi hija, una muchacha de dieciséis años, ha sido raptada en circunstancias un tanto especiales que me impidieron ponerlo en conocimiento de la policía. Lo descubrí hará sólo una media hora y preferí llamarle a usted. Alguien me dijo que había salido a comer y que no volvería hasta las dos y media; así es que decidí venir en compañía de mi amigo el capitán Harker...

El aludido saludó con una violenta contorsión de cabeza y murmuró entre dientes palabras que no llegaron siquiera al oído de ninguno de los presentes.

—He tenido la gran fortuna de que acudieran ustedes al mismo restaurante que yo acostumbro a venir. No perdamos tiempo. Volvamos a mi casa inmediatamente.

Pero Tommy, cautelosamente, trató de demorar la invitación.

—Podré estar con usted dentro de media hora. Debo, primero, volver a la oficina.

El capitán Harker, volviéndose para mirar a Tuppence, debió sorprenderse de ver la media sonrisa que de pronto pareció dibujarse en los labios de la muchacha.

—No, no, de ningún modo. Usted ahora debe venir conmigo. El caballero de pelo gris sacó una tarjeta de su bolsillo y la puso en manos de Tommy, que la palpó unos instantes.

—Mis dedos no están suficientemente sensibilizados para poder leer una cosa así —dijo pasando sonriente la tarjeta a Tuppence.

—El duque de Blairgowrie —leyó ésta en voz baja y mirando luego con gran interés al nuevo cliente. El duque de Blairgowrie era conocido como uno de los más altaneros e inaccesibles títulos de la nobleza, que se había casado con la hija de uno de los grandes carniceros de Chicago, mucho más joven que él y dotada de un carácter vivaz y frívolo que nada bueno vaticinaba para la armonía conyugal. Circulaban ya rumores de una posible ruptura.

—Vendrá usted en seguida, ¿no es verdad, mister Blunt? —insistió el duque poniendo un leve tono de acritud en sus palabras.

Tommy hubo de ceder ante lo inevitable.

—Miss Ganges y yo iremos con usted —replicó serenamente—. Espero que perdonará si me detengo el tiempo preciso para tomarme una buena taza de café. Lo traerán inmediatamente. Padezco de fuertes dolores de cabeza, consecuencia, sin duda, de mi mal, y el café consigue aplacar mis nervios.

Llamó a un camarero y dio la orden correspondiente. Después habló, dirigiéndose a Tuppence.

—Miss Ganges, almuerzo aquí mañana con el prefecto de la policía de París. Sírvase tomar nota del menú y déselo al
maítre
con instrucciones de reservarme mi mesa habitual. Estoy ayudando a mi camarada en una importante investigación. Los honorarios... —hizo una pausa después de recalcar la palabra— son de cuidado.

—Puede usted empezar —dijo Tuppence sacando su estilográfica.

—Empezaremos con una ensalada de
camarones
—nuevo recalque—, que es un plato especial de la casa. A esto seguirá, eso es,
seguirá
una tortilla a la Blitz y quizás un par de
tournedos á 1'étranger
. ¡Oh, sí!
Soufflé en surprise
. Creo que es todo. Es un hombre muy interesado, este prefecto francés. Quizá lo conozca alguno de ustedes. ¿No es así?

Los otros respondieron negativamente mientras Tuppence se levantaba y salía al encuentro del
maítre
. Volvió al mismo tiempo que llegaba el café.

Tommy paladeó el contenido y se lo bebió a pequeños sorbos. Después se levantó.

—Mi bastón, miss Ganges. Gracias. Instrucciones, por favor. Fue un momento difícil, de angustiosa agonía para Tuppence.

—Uno a la derecha y dieciocho hacia delante. Al quinto paso encontrará un camarero sirviendo una mesa de la izquierda.

Moviendo el bastón con viveza, Tommy se puso en marcha. Tuppence se situó Junto a él con objeto de poderle guiar. Todo fue bien hasta el momento de atravesar la puerta principal de salida. Un hombre entró precipitadamente y antes de que Tuppence pudiese advertir al ciego mister Blunt del peligro que corría, éste había chocado ya con violencia contra el recién llegado. Siguieron explicaciones y frases de disculpas. En la puerta del Blitz esperaba un elegante coche berlina. El propio duque ayudó a mister Blunt a penetrar en el lujoso vehículo.

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