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Authors: Javier Arribas

Tags: #Intriga, #Histórico

Los círculos de Dante (43 page)

A veces, cuando corría a rienda suelta la melancolía, se permitía pensar que, tal vez, aquel vicario duro y calculador estaba verdaderamente animado de buenas aunque tortuosas intenciones. Quizá no albergaba en su intención gran parte de las maquinaciones que Dante le había atribuido. De ser así, una punzada íntima en su corazón dolorido le recordaba que había perdido su última gran oportunidad de recuperar todo aquello por lo que tanto había batallado. Si más adelante iba a haber otra ocasión, era algo que el poeta en el exilio no podría llegar a conocer, porque su existencia, lanzada con desgana por la pendiente de la vida hacia su fin, no tardaría en reunirse con la esencia del Creador. Y lo haría trabajando, arrastrando los pies por el camino, inmerso en las tareas a las que le empujaba su propia responsabilidad.

En el verano de 1321, un Dante apaciguado, asentado plenamente en la imagen de hombre de paz, partió comisionado por el señor de Ravena a una importante embajada en Venecia: una delicada misión diplomática para evitar un conflicto; una expedición para serenar los ánimos de guerra de la República de San Marcos, muy soliviantados tras el enésimo incidente sangriento provocado por unos marineros raveneses, pendencieros y borrachos, contra otros venecianos. Era una situación difícil que enmascaraba la verdadera rivalidad por la supremacía marítima entre ambas potencias. De regreso a Ravena, atravesando ligero los insalubres pantanos de Comacchio, ansioso por rendir cuentas a su amigo y señor Guido Novello de Polenta, enfermó de unas fiebres que fueron más implacables y certeras que los odios y condenas de sus desdeñosos compatriotas florentinos. Tras una breve y febril convalecencia, su alma, quizá cansada de resistir tanta lucha y conseguir tanta victoria efímera, iba a abandonar su cuerpo mortal dispuesta a reunirse con su Hacedor. Era la noche entre el 14 y 15 de septiembre, cuando la Iglesia celebra la exaltación de la Santa Cruz, cincuenta y seis años y cuatro meses después de que su estrella brillara por vez primera en el firmamento. Dicen que su hija, sor Beatrice, en vela con las otras monjas por el oficio de maitines, rezaba en la pequeña capilla de la Uliva, y que, en un momento determinado, observó cómo el firmamento pareció emblanquecerse. Cuando alzó los ojos llorosos hacia esa luz extraña, tuvo la sensación de que el cielo mismo se abría para acoger a su padre.

En su lecho de muerte, rodeado de familiares y amigos, se habría sentido como uno de sus propios personajes, dando vueltas sin verdadera dirección en torno a círculos hechos de frustraciones, conspiraciones y dolor. A fin de cuentas, ¿de qué pecado capital había estado libre aquel Dante Alighieri que se arrogaba derechos de justicia sobre el resto de los pecadores? A duras penas había conseguido mantener la ira en abundantes, quizás excesivas, ocasiones; esa ira contraria a la santa paciencia que le nublaba la razón y que él tantas veces había disfrazado de justa indignación ante la maldad del prójimo descarriado. Tal vez se había empleado con implacable avaricia en la busca de elogios, fama y honores; o incluso en pos de reconocimientos públicos, como ese loco sueño suyo de ser premiado con la corona de laurel en la ciudad misma que no le había querido para sí. Soberbia…, cuánta y qué continua, qué visible y obstinada. Traspasando siempre los honrados límites del orgullo, le había hecho desconfiar de las capacidades de los demás, atribuirse para sí mismo cuantas responsabilidades creía excesivas para los otros.

Con desprecio a toda humildad, había desechado incluso oportunidades como aquella última amnistía rechazada, sin valorar ni pensar en el bienestar de los suyos. Había caído en la lujuria, deslizándose sin gran resistencia por la resbaladiza pendiente del amor, con intemperancia, descuidando sus deberes de esposo leal, a veces con descaro y sonrojante intensidad, como le sucedió con aquella pasión de madurez de Lucca, que tanto distrajo sus labores y su obra. Y si no había podido ser nunca señalado por el nefasto vicio de la pereza, sí que había sido acusado por algunos de haber actuado al margen de la debida diligencia. En especial, en el desempeño de sus funciones públicas, donde quizás hubiera podido hacer más, ser más flexible o más hábil negociador, honrar la confianza de sus conciudadanos con más éxito frente a la amenaza evidente que suponía la llegada a Florencia de Carlos de Valois. De la misma forma, nadie podía jamás hablar de gula en los hábitos alimenticios de un Dante frugal y austero en el comer y el beber hasta la exageración. Pero ¿qué decir de su afán de devorar libros y conocimientos? ¿No era equiparable esa enfermiza pasión que le había robado su poco tiempo disponible, hasta el punto de descuidar familia y patrimonio? Un afán de saber y de ciencia que no le había separado menos de los suyos que las millas interpuestas por el forzado destierro, para acabar concluyendo, en su lecho de muerte, que su vida al fin, durante esos últimos años, se había desenvuelto en algo no muy diferente a un infierno construido de falsas esperanzas e inútiles búsquedas, jugando a ser un dios poético para castigar a sus enemigos. Un infierno del que los últimos días pasados en Florencia no eran más que un postrer reflejo. Un averno del que sólo al final había tratado de escapar, trepando de nuevo por las costillas mismas del diablo.
[25]

Y todo para buscar, con más fuerza y ahínco que los estériles ideales, el paraíso de la paz en la Tierra entre los suyos, al comprender que los amigos y aliados brotan en las raíces profundas del corazón y te arropan con las prendas cálidas del cariño voluntario; nunca se ganan por la fuerza de las armas o la imposición de las doctrinas políticas. Para al final entender que todos vivimos y morimos presos en el inquebrantable confinamiento de nuestros círculos —sean propios o extraños—, en las miserias autoimpuestas o en círculos ajenos similares a los diseñados por Dante.

Dicen que, en el momento de expirar, una calma pacífica relajó sus músculos y de una de sus manos recién abiertas cayó al suelo un gastado pedazo de pergamino. Grabados había unos versos que no podían ser de Dante y cuya autoría alimentaría aún más los enigmas acumulados en los últimos años del poeta. Ni sus hijos reconocieron la escritura, que no podía haber surgido de su pluma. Sí que eran suyas, sin duda, otras palabras recogidas debajo de aquel galimatías. Unas breves e intensas líneas latinas, tan rotundas y sentidas que acabarían siendo su epitafio:

IURA MONARCHIAE, SUPEROS, PHLEGETHONTA LACUSQUE

LUSTRANDO CECINI, VOLUERUNT FATA QUOUSQUE:

SED QUIA PARS CESSIT MELIORIBUS HOSPITA CASTRIS,

AUCTOREMQUE SUUM PETIIT FELICIOR ASTRIS,

HIC CLAUDOR DANTES PATRIS EXTORRIS AB ORIS

QUEN GENUIT PARVI FLORENTIA MATER AMORIS.

[He cantado los derechos de la monarquía, explorando los Cielos, el Flegetonte y los abismos del Infierno, hasta que quiso el Destino: pero ya que mi alma retornó hacia mejores hospedajes y más feliz ahora que se ha dirigido a su Hacedor entre las estrellas, aquí está encerrado Dante, desterrado de los límites de su patria, a quien engendró Florencia, la madre de amor tan escaso.]

Madrid, enero de 2005

Notas

[1]
En italiano, Birbante significa: golfo, bribón, granuja.
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[2]
Hasta el siglo XIX no existirá el Estado unificado que conocemos como Italia. Sin embargo, ya durante la Edad Media hay una idea de unidad sentimental, aunque no política, coincidente con el territorio de la península en cuestión. En ese sentido es como los contemporáneos se refieren a «Italia» o utilizan el adjetivo «italiano».
<<

[3]
La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la tercera para el placer, la cuarta para la locura.
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[4]
Cuando estamos en la taberna / no pensamos en cuándo se nos tragará la tierra, / porque estamos ocupados en jugar, / lo que siempre nos hace sudar…
<<

[5]
Bebe la amante, bebe el amante, / bebe el soldado, bebe el cura, / bebe él, bebe ella, / bebe el sirviente, bebe la doncella…
<<

[6]
La embriaguez no hace los vicios, sólo los evidencia.
<<

[7]
Como «vulgar» se entiende el lenguaje nativo de una zona determinada, en contraposición al lenguaje culto, que es el latín.
<<

[8]
En la actualidad, Nápoles.
<<

[9]
Convivio
, II, 8.
<<

[10]
Jefe de policía.
<<

[11]
Fiesta de primero de mayo.
<<

[12]
Dante.
Epístola XII
: «Pero si otro procedimiento […] es encontrado que no disminuya la fama y el honor de Dante, lo aceptaré con pasos no lentos».
<<

[13]
En la datación romana: «
ante diem VIII Kalendas Sept.»
. Equivale a la fecha del 25 de agosto de 1316.
<<

[14]
La cita es del «Infierno» VI, 10 - 18.
<<

[15]
«Infierno» XXVII, 22 - 27.
<<

[16]
«Infierno» XX, 10 - 15.
<<

[17]
«Infierno» XIV, 28 - 30 y 37 - 42.
<<

[18]
En Florencia no debía haber más gobernante que Cristo y los propios ciudadanos.
<<

[19]
El párrafo correcto es: «Como todos, vendremos por nuestros despojos, / pero no para que alguno los vista de nuevo, / no es justo que el hombre posea lo que se quitó. / Aquí los acarrearemos y en esta triste / selva quedarán nuestros cuerpos, suspendidos/ cada uno del endrino a cuya sombra se atormenta». «Infierno» XIII (103 - 108).
<<

[20]
Remigio de Girolami, docente en Santa María Novella.
<<

[21]
Vía de los Curtidores.
<<

[22]
La frase entera: «
Quivi venimmo; e quindi giù nel fosso / vidi gente attufata in uno sterco / che da li uman privadi parea mosso. / E mentrech'io là giù con laico o cherico»
. «Infierno» XVIII, 112 - 117.
<<

[23]
Bastón grande y nudoso con una cabeza de hierro puntiaguda. La traducción es un irónico «buenos días».
<<

[24]
Defiende la primacía del imperio en
De Monarchia.
<<

[25]
Así sale el poeta del «Infierno» para pasar al «Purgatorio».
<<

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