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Authors: Anselm Audley

Tags: #Fantástico

Inquisición

 

En el vasto mundo de Aquasilva, el tiránico gobierno del Dominio recrudece la represión y promueve una brutal Inquisición para eliminar de raíz la disidencia y la herejía. El ejército de los fanáticos sacri recorre el planeta condenando a la hoguera libros y personas.

Entretanto, el joven Cathan emprende un arriesgado viaje en busca de posibles aliados para acabar con la dictadura del Dominio. Sin embargo, pronto averiguará que éste no es su único gran enemigo, y descubrirá un secreto que cambiará su vida para siempre.

ANSELM AUDLEY

Inquisición

Trilogía de Aquasilva II

ePUB v1.0

OZN
24.03.11

Titulo original: Heresy Book Two of The Aquasilva Trilogy

Titulo traducido: Inquisición

Autor: © Anselm Audley, 2001

Traductor: Martín Arias, 2004

ISBN: 84-450-7503-9

Editorial: Minotauro

A mis padres

Agradecimientos

Escribir Aquasilva ha sido una empresa de largo aliento, y debo agradecer a todos los que me ayudaron a culminarla en sus diversas etapas y han evitado que enloqueciese en el intento: mis padres y mi hermana Eloise; el doctor Garstin, Naomi Harries, Gent Koço, Polly Mackwood, Olly Marshall, John Morrice, John Roe, Tim Shephard y Poppy Thomas. Mi agradecimiento especial a James Hale, el mejor agente que uno podría desear.

ANSELM AUDLEY

PRÓLOGO

— ¿Ya habéis apagado todo?

— Hasta el último sistema, almirante. Estoy a punto de desconectar el reactor.

Una luz azul profunda e intermitente iluminaba a los cuatro hombres, proyectando sombras irregulares sobre las paredes. «Casi como espectros a sus espaldas», pensó el almirante con un escalofrío.

— Comprobad que haya suficientes reservas de energía.

El centurión Minos asintió y se aproximó a la inmensa esfera brillante en medio del puente de mando. El perfil de su rostro quedó vivamente enmarcado por el resplandor. Más allá de la pequeña fuente de luz, el amplio salón se hallaba en una gris penumbra, con todos los equipamientos y maquinarias inmóviles e inertes.

Por un instante se produjo un intenso silencio mientras Cidelis echaba un último vistazo alrededor del puente de mando de su buque insignia. La nave era varios siglos más vieja que él y, con algo de suerte, lo sobreviviría también. Pero Cidelis nunca lo vería. Intentó registrar en su memoria hasta el último detalle: Minos deslizando las manos por los equipos de navegación; Erista, con una mirada de profunda fatiga y resignación, tambaleándose mientras intentaba encender la antorcha, y Hecateus, el jefe de armas, de pie a la izquierda de ella, con los ojos clavados en la esfera, sosteniendo el cofre con el precioso instrumento de su compañera.

Todos eran conscientes de que se estaban despidiendo tanto del resto de la tripulación como de la nave. El emperador había puesto un astronómico precio a sus cabezas, lo que hacía demasiado arriesgado que huyeran juntos. Existía todo un mundo allá fuera, quizá un mundo reducido, pero lleno de lugares donde empezar una nueva vida. Al menos para algunos.

— Más que suficiente —informó Minos.— ¿La desconecto ahora?

Cidelis negó con la cabeza.

— Tu trabajo ha concluido. Yo acabaré de hacerlo; conduciré la nave a su última morada.

—¿Te quedarás a bordo, no es cierto?— preguntó Erista mientras las blancas llamas lanzaban chispas desde el extremo de la antorcha, produciendo salvajes sombras.

—¿Qué otro lugar hay para mí? —respondió Cidelis sonriéndole. La joven científica era un excelente partido para cualquier hombre, y treinta años atrás él habría podido pensar en ser ese hombre. Pero acompañarlo en esos momentos implicaría una vida demasiado dura para alguien de su profesión, teniendo que enfrentarse a los pogromos y al conjunto de fanáticos prestos a denunciar todo cuanto les pareciese remotamente antinatural. Además, ella era mucho más que lista para lograr hacerse un sitio en alguna parte, quizá como oceanógrafa. Ni siquiera los sacerdotes podían arreglárselas sin oceanógrafos.

Erista no protestó, y eso le sorprendió. Tampoco lo hizo el centurión Minos, cuyo idealismo parecía estar intacto a pesar de todo lo ocurrido.

Hecateus dio un paso adelante, apoyando el cofre sobre uno de sus musculosos hombros. Aún vestía los restos de lo que había sido un uniforme naval, con la insignia de su rango pendiendo orgullosamente del cuello deshilachado.

— Adiós, señor. Ha sido un honor conocerlo.

Ya no quedaba nadie más de quien Cidelis pudiese oír algo parecido. Ni siquiera de su propia esposa, masacrada por el enemigo durante la caída de Selerian Alastre. Hecateus había capitaneado el buque desde el primer viaje de Cidelis, unos veinticinco años atrás, y desde entonces había mantenido unida a cualquier tripulación. Para acompañarlo en este último trayecto, Hecateus había rechazado incluso el cargo de intendente de la Marina. Eso había ocurrido hacía sólo unos meses.

— Gracias, Hecateus. Buena suerte en Nueva Hyperia.

Unas semanas atrás, antes de que los ojos del Cielo fuesen desconectados, habían interceptado un mensaje, una transmisión de un ex buque insignia imperial, urgiendo a todos los navíos que quedaban a unirse en una expedición colonizadora rumbo al devastado continente de Nueva Hyperia, libre de la tiranía del emperador. Hecateus, que no conocía otra vida que la de la Marina, había decidido aprovechar esa oportunidad.

Minos y Erista, a quienes Cidelis apenas conocía, se despidieron a continuación y luego siguieron a Hecateus fuera del puente de mando, llevando consigo la antorcha.

De pie, solitario sobre el puente, Cidelis esperó hasta que el eco de sus pasos se desvaneció antes de volver a sentarse en su asiento de almirante para guiar el buque en sus últimos y escasos kilómetros. Cuando todo volvió a la calma, Cidelis se inclinó para coger la bolsa del suelo y encendió su propia antorcha. Luego avanzó en la dirección opuesta. Como si fuese una señal, la profunda luz azul titiló por última vez y se extinguió, convirtiendo la esfera en una desnuda bola negra. La oscuridad era tan absoluta que no se reflejaba ni el más mínimo brillo en su superficie.

Era preciso caminar un cuarto de hora por el vacío pasillo central de la nave para llegar a donde se dirigía Cidelis. Los grandes portales dobles se abrieron silenciosamente frente a él, y atravesó el pasillo semejando una diminuta mancha de parpadeante luz en la inmensidad del salón. Los muros eran transparentes y daban al océano, pero allí, en las abismales profundidades, no había nada que ver, excepto tinieblas.

Incluso antes de que alcanzase los escalones, Cidelis distinguió la silueta sobre el trono, en el extremo del pasillo, una presencia fantasmal en la penumbra. Al llegar al pie de la escalera se detuvo, apoyó la bolsa y fijó la antorcha en un portalámparas que había en el suelo.

Entonces, lentamente y sin apuro, Cidelis se cambió y se puso su uniforme de gala, procurando no descuidar ni el más ínfimo detalle, desde las estrellas del rango hasta el ajuste preciso del cinturón. Había llevado ese uniforme durante treinta y cinco años. Por último, colocó en la vaina su espada ceremonial, cuya empuñadura de plata brillaba fríamente.

Puntilloso hasta el fin, Cidelis cogió la bolsa con la ropa y la guardó en un armario de la parte trasera del trono. Luego regresó al centro del salón, subió los escalones y se arrodilló con solemnidad ante el cadáver que ocupaba el estrado. Los profundos y sobrecogedores ojos grises de Tiberius Galadrin Tar' Conantur, emperador de Thetia, lo miraban sin ver por encima de sus esculpidas mejillas, que, indemnes a la muerte, conservaban el mismo aspecto de cuando estaba vivo. Había en sus labios una espectral y triste sonrisa, y sus ropas (del mismo color azul real que el uniforme de Cidelis) cubrían la herida fatal de su pecho. A sus pies descansaba una tablilla de cera lacrada, un último mensaje que le había escrito Cidelis para el siguiente heredero legítimo que pisara el buque.

Sólo había una cosa fuera de lugar, pero ni siquiera Cidelis había sido capaz de remediarla. La corona que descansaba sobre los negros cabellos del emperador era la diadema del jerarca, no la Corona de Estrellas. Ésta cubría la cabeza del usurpador, del traidor...

Una inmensa pena invadió a Cidelis al desenvainar la espada, una espada que no conocía el sabor de la sangre, y enfrentarla a su propio cuerpo. Por un instante casi dudó, pero entonces volvió a elevar la mirada hacia Tiberius, contemplando al padre donde debía estar el hijo.

—¡Oh, Aetius!, ¿por qué? ¿Por qué tuviste que abandonarnos? ¿Por qué no podía haberse ido uno de nosotros en tu lugar?

No hubo respuesta, y Cidelis sabía que nunca la habría. Ya había completado su despedida.

Entonces Cleomenes Cidelis, primer almirante del imperio de Thetia, hundió infaliblemente la espada en su propio corazón. Y mientras una densa niebla empañaba su mente creyó oír la voz de su emperador que lo llamaba.

Primera Parte

LA CIUDAD DE LOS ENCUENTROS

CAPITULO I

—Ha llegado el invierno! ¡Lo ha confirmado el Instituto de Meteorología!

Me incorporé, pestañeando por el brillo del sol del mediodía para ver de dónde provenía la voz. Tras un momento oí pasos en el sendero que venía de abajo y pronto apareció una cabeza tras las rocas.

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