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Authors: Paul Kearney

Tags: #Fantasía

El segundo imperio (4 page)

A su lado, Murad gemía en sueños, y, para su sorpresa, en una ocasión a Bardolin le pareció que el noble murmuraba el nombre de Griella. La amante plebeya que Murad había tomado a bordo del barco y que había resultado ser también una cambiaformas. ¿Qué clase de relación impura habían compartido aquellos dos? No había sido una violación, pero tampoco un amor libremente entregado. Una especie de degradación mutua que violentaba sus sensibilidades, y que al mismo tiempo les hacía desearse más y más.

Y Bardolin, el viejo, los había envidiado.

Permaneció sentado, reprochándose mil fracasos, las lamentaciones de un hombre maduro sin hogar ni familia. En la noche oscura, las tinieblas de su ánimo se intensificaron. ¿Por qué lo había dejado marchar Aruan? ¿Cuál iba a ser su destino? Ah, al diablo con aquellas preguntas incesantes.

Realizó un pequeño hechizo, una bola de luz mágica que parpadeó y chisporroteó débilmente. Presa de un terror repentino, la hizo girar en torno a los límites de la luz de la hoguera, ahuyentando las sombras durante breves segundos. La bola se revolvió como una luciérnaga extasiada y luego se apagó. Demasiado pronto. Demasiado débil. Se sentía como un hombre que hubiera perdido un brazo y siguiera sintiendo dolor en sus dedos fantasmales. Bebió algo de agua de la botella de Murad, con los ojos doloridos por el sufrimiento y la fatiga. Era demasiado viejo para aquello. Hubiera debido tener un aprendiz, alguien que pudiera ayudarle a llevar la carga de sus preocupaciones de anciano. Como el joven Orquil, tal vez, al que habían condenado a la hoguera en Abrusio.

¿Y yo, Bardolin? ¿No te serviría?

Se sobresaltó. El sueño casi lo había vencido. Por un momento, había entrevisto a otra persona sentada al otro lado del fuego. Una joven con una pesada cabellera de color bronce. El aire nocturno había invadido su cabeza. Se frotó brutalmente los doloridos ojos y continuó su vigilia solitaria, aguardando el alba con impaciencia.

Se levantaron cuando los débiles rayos de sol atravesaron el techo de vegetación. Desayunaron agua del riachuelo y unas pocas migajas de galleta, y luego observaron por encima del hombro de Hawkwood mientras éste hacía flotar la aguja sobre una hoja en la taza de hojalata de Murad. Giró de modo extraño sobre el agua, y luego quedó en reposo. El navegante asintió satisfecho.

—¿Ésta es tu brújula? —preguntó Murad, incrédulo—. ¿Una simple aguja?

—Cualquier trozo de hierro tiene la habilidad de señalar hacia el norte —dijo Hawkwood—. No sé por qué ni cómo, pero funciona. Hoy marcharemos hacia el sureste. Murad, quiero que busques una buena asta para una lanza. Por mi parte, creo que trataré de fabricar un arco. Dame tu cuchillo, Bardolin. Tendremos que marcar árboles para mantener el rumbo. ¿De acuerdo? En marcha, pues.

Bastante desconcertados, los dos compañeros de Hawkwood empezaron a seguirle, y el trío se puso en marcha.

Avanzaron sin cesar hasta el mediodía, cuando el cielo empezó a encapotarse en preparación para el chaparrón casi diario. Para entonces, Murad tenía la hoja de su cuchillo atada a una resistente asta de unos seis pies de longitud, y Hawkwood iba cargado con una selección de palos más finos y una estaca de tres dedos de grosor. Estaban hambrientos, martirizados por las incontables picaduras, magullados, heridos y cubiertos de sanguijuelas. Y a Murad le resultaba difícil mantener el paso que marcaba Hawkwood. El navegante y el mago tenían que detenerse a menudo y esperar a que les alcanzara. Pero cuando Hawkwood sugirió un descanso, el noble se limitó a emitir un gruñido.

Bajo el cobijo de un enorme árbol muerto aguardaron a que cesara la lluvia torrencial cuando ésta empezó a caer a chorros del techo de vegetación. El suelo sobre el que estaban sentados se convirtió rápidamente en una ciénaga, y la fuerza del diluvio dificultaba la respiración. Hawkwood inclinó la barbilla contra el pecho para crear un espacio, una bolsa de aire, y en aquel segundo el aire se llenó de mosquitos que inhaló al respirar sin poder evitarlo y que tuvo que escupir entre toses.

El chaparrón acabó finalmente tan bruscamente como había empezado, y durante unos minutos permanecieron sentados sobre la ciénaga embarrada en que se había convertido el suelo de la jungla, empapados, exhaustos y debilitados por el hambre. Murad estaba apenas consciente, y Hawkwood pudo sentir el calor abrasador procedente de su cuerpo cuando el noble se apoyó en él.

Se pusieron en pie sin hablar, tambaleándose como ancianos. Una serpiente de brillo coralino agitó los charcos a sus pies, y, con un grito, Murad pareció cobrar vida. Clavó en el suelo su nueva lanza, atravesando al reptil justo por debajo de la cabeza. La serpiente se enroscó en torno a la lanza en su última agonía, y Murad sonrió.

—Caballeros —dijo—, la cena está servida.

Capítulo 2

El capitán Hernán Sequero inspeccionó la patética extensión de su pequeño reino y frunció los labios con desagrado. Golpeó la mesa de madera repetidamente con los nudillos, ignorando la gota de sudor que pendía de una de sus cejas.

—No basta —dijo—. Nunca seremos autosuficientes si esa gente no deja de morir. Se supone que son magos, después de todo, maldita sea. ¿No pueden solucionarlo con magia?

Los hombres que lo rodeaban se aclararon la garganta, removieron los pies o apartaron la vista. Sólo uno hizo un intento de replicar. Un joven sonrojado de cabellos rubios, con la insignia de alférez en el cuello.

—Hay tres herbalistas entre los colonos, señor. Hacen lo que pueden, pero no están familiarizados con las plantas de aquí. Tienen que hacer pruebas.

—Y entre tanto el cementerio es nuestra empresa más próspera en esta tierra —replicó Sequero con sarcasmo—. Muy bien, supongo que no podemos discutir con la naturaleza, pero esto es irritante. Cuando lord… cuando su excelencia regrese no estará complacido. En absoluto.

De nuevo el movimiento inquieto de pies y un breve intercambio de miradas.

Había tres hombres en pie alrededor de la mesa además de Sequero, todos ellos con los arneses de cuero de los soldados de Hebrion. Se encontraban en una de las altas torres de vigilancia que se erguían en cada esquina de la empalizada del fuerte. Allí arriba era posible disfrutar de algo de brisa del océano, e incluso ver su barco, el Águila gabrionesa, anclado apenas a media milla de distancia, con el horizonte de detrás reducido a un débil borrón de mar y cielo donde alcanzaba la vista.

Más cerca, el paisaje era menos sugerente. Moteando los aproximadamente dos acres de terreno del interior de la empalizada había docenas de cabañas toscas, algunas de ellas poco más que montones de arbustos apilados. El único edificio sustancial era la residencia del gobernador, una gran estructura de madera, mitad mansión y mitad fortín.

Una profunda zanja dividía el fuerte y servía de alcantarilla a la comunidad, perdiéndose en la jungla. La atravesaban árboles derribados en varios lugares, y el terreno en torno a ella era un pantano hediondo infestado de mosquitos. Habían cavado pozos, pero todos resultaron de agua salada, de modo que continuaron tomando el agua del arroyo descubierto por Murad el primer día. Una esquina del fuerte había sido convertida en corral, y en su interior residían los caballos supervivientes. Al cabo de pocos días, estaría vacío. Cuando murieran los últimos animales, serían salados y consumidos, igual que los demás.

—Ni hombres ni bestias pueden vivir aquí —murmuró Sequero, con la frente fruncida al pensar en las magníficas criaturas que había traído de Hebrion, los mejores sementales de su padre. Ni siquiera a las ovejas les sentaba bien aquel clima. De no haber sido por los cerdos salvajes y ciervos que las partidas de caza traían de la jungla cada pocos días, se habrían visto reducidos a comer raíces y bayas.

—¿Cuántos han sido hoy, entonces?

—Dos —repuso Di Souza—. Miriam di…

—¡No necesito saber sus nombres! —espetó Sequero—. Eso nos deja con… ¿cuántos? ¿Unos ochenta? Más que suficientes. Gracias a Dios, los soldados y marineros son más resistentes. Sargento Berrino, ¿cómo están los hombres?

—Bastante bien, señor. Fue una buena idea autorizarles a que se quitaran la armadura, si me permitís decirlo. Y la partida de Garolvo ha traído tres jabalíes esta mañana.

—Excelente. Un buen hombre, ese Garolvo. Debe de ser nuestro mejor tirador. Caballeros, estamos en un lugar infernal, pero pertenece a nuestro rey y debemos sacarle el mejor partido. No os equivoquéis, habrá ascensos cuando el gobernador regrese de su expedición. Fuerte Abeleius no es gran cosa en este momento, pero en cuestión de pocos años habrá aquí una ciudad, con campanarios, tabernas y todas las comodidades de la civilización.

Sus oyentes se mostraban debidamente atentos a sus palabras, pero Sequero casi podía palpar su escepticismo. Tras dos meses y medio en tierra, Sequero sabía muy bien que todo el mundo pensaba que el gobernador llevaba mucho tiempo muerto o perdido en algún lugar de la jungla. Habían transcurrido demasiadas semanas desde la partida del grupo de exploración, y, en ausencia de Murad, el descontento y el temor en el interior del fuerte ganaban terreno semana a semana. Cada vez más, tanto los soldados como los civiles eran de la opinión de que nada bueno saldría de aquella colonia en el nuevo continente, y los practicantes de dweomer preferían enfrentarse a las piras que les aguardaban en Abrusio a sufrir la muerte por enfermedad y desnutrición que estaba acabando con tantos de ellos. En ocasiones, Sequero se sentía como si nadara contra una marea irresistible de resentimiento que algún día acabaría por arrollarlo.

—Alférez Di Souza, ¿cuántos cañones del barco tenemos ya en tierra?

—Seis culebrinas grandes y un par de falconetes ligeros, señor, instalados para cubrir los accesos. Ese marinero, Velasca, quiere presentar una queja personalmente ante vos. Dice que los cañones son propiedad del capitán Hawkwood, y que deberían permanecer en el barco.

—Que lo ponga por escrito —dijo Sequero, que, como todos los nobles de la vieja escuela, no sabía leer—. Caballeros, podéis retiraros. Todos menos vos, Di Souza. He de deciros algo. Sargento Berrino, podéis distribuir una ración de vino esta noche. Los hombres la merecen, han trabajado duro.

Berrino, un hombre de mediana edad de rostro duro y hermético, pareció animarse.

—Vaya, gracias, señor…

—Eso es todo. Ahora dejadnos.

Los dos soldados descendieron por la escala fijada a una de las patas de la torre de vigilancia, dejando solos a Sequero y Di Souza en su nido de águilas.

—Tomad algo de vino, Valdan —dijo Sequero con calma, y señaló el odre que colgaba de un gancho cercano.

—Gracias, señor. —Di Souza se vertió en la garganta una buena cantidad del liquido, tibio como la sangre, y se limpió la boca con el dorso de la mano. Los dos jóvenes habían tenido la misma graduación hasta el desembarco en el oeste. Murad había ascendido entonces a Sequero a capitán, nombrándolo comandante militar de la pequeña colonia. La elección había sido inevitable; Di Souza era noble sólo de adopción, mientras que Sequero descendía de una de las familias más importantes del reino, cuyo parentesco con la casa real equivalía al del propio Murad. El hecho de que fuera analfabeto y no distinguiera un extremo del arcabuz del otro no tenía ninguna importancia.

—El grupo del gobernador lleva ausente casi once semanas —dijo Sequero a su subordinado—. Deberían estar de vuelta dentro de una o dos semanas, con la gracia de Dios. Nos hemos pasado todo este tiempo refugiados tras nuestra empalizada, como si estuviéramos sitiados. Eso debe cambiar. No he visto nada en esta tierra que justifique esta absurda actitud defensiva. Mañana ordenaré a los colonos que empiecen a marcar trozos de terreno en la jungla. Talaremos y quemaremos, limpiaremos unos cuantos acres y trataremos de plantar alguna cosecha. Si las cosas salen bien, algunos colonos podrán marcharse del fuerte y empezar a construir casas en sus propias tierras. Valdan, quiero que hagáis una lista de todos los cabezas de familia, y un mapa con sus terrenos. Los cultivarán como arrendatarios de la corona hebrionesa. Tendremos que pensar en algún tipo de impuestos, por supuesto, y organizaréis un sistema de patrullas… ¿Queríais decir algo, alférez?

—Sólo que la orden de lord Murad fue permanecer en el fuerte, señor. No dijo nada sobre desforestar tierras.

—Muy cierto. Pero el gobernador lleva fuera mucho más tiempo del que creimos al principio, y todos debemos mostrar algo de iniciativa de vez en cuando. Además, el fuerte está demasiado lleno, y se vuelve cada vez más insalubre. Y esos malditos marineros también deben hacer su parte. ¿Cuántos soldados aptos para el servicio tenemos?

—Además de nosotros, dieciocho. El segundo de Hawkwood, Velasca, tiene a una docena de marineros explorando la costa en dos de las barcazas. También ha estado rescatando madera y hierro del pecio de la carabela que embarrancó en el arrecife. Hay una veintena más de hombres ocupados fabricando sal, preservando carne y cosas por el estilo. Para el viaje de regreso. Y cuatro de ellos están en el fuerte, instruyendo a nuestros hombres en el manejo de los grandes cañones.

—Sí. A esos marineros les gusta mantenerse al margen. Bueno, eso también debe cambiar. Decid a Velasca que quiero que una docena de sus hombres, con armas de fuego, se unan a nuestros soldados y se pongan a las órdenes del sargento Berrino. Necesitamos más hombres en la empalizada.

—Sí, señor. ¿Algo más? —El rostro de Di Souza se mantenía completamente neutral.

—No. Sí… Confio en que cenaréis conmigo esta noche en la residencia.

—Gracias, señor. —Di Souza saludó y descendió por la escala. Cuando se hubo marchado, Sequero se limpió el sudor del rostro y se permitió un sorbo de vino.

Todavía no estaba seguro de si aquel lugar iba a ser una oportunidad de progresar o el cementerio de sus ambiciones. De haberse quedado en Hebrion, podría ser ya comandante de un regimiento; su sangre lo exigía. Por otra parte, aquella misma sangre podía haber sido considerada excesivamente azul para el gusto del rey, y de allí su presencia en aquel lugar, en aquella supuesta colonia abandonada de la mano de Dios. De todos modos, si había alguien con ambición, ése era su superior, lord Murad. Alguien como él no habría formado parte de una plan tan descabellado si no hubiera visto la posibilidad de medrar. Por tanto, era mejor estar allí que en la corte. En el campo de batalla, los oficiales superiores tenían la costumbre de morir. En la corte, sólo se podía recurrir a las sempiternas intrigas en busca de poder y rango, y ninguna de ellas servia de mucho en presencia de un rey fuerte. Y Abeleyn era un rey fuerte, a pesar de su juventud. Sequero le apreciaba, aunque le consideraba demasiado informal, demasiado dispuesto a tener en cuenta a sus inferiores sociales.

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