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Authors: Paul Kearney

Tags: #Fantasía

El segundo imperio (2 page)

Uno de los hombres junto a él en el timón era un tipo alto, delgado y de tez pálida, con una cicatriz terrible que le deformaba un lado de la frente y la sien. A la espalda llevaba los restos de unos arneses de montar.

—Nos fuimos al diablo hace mucho tiempo, Hawkwood, y nuestra misión con nosotros. Mejor abandonar el barco ahora y dejar que se hunda con esa abominación encadenada en la bodega.

—Es mi amigo, Murad —le espetó Hawkwood—. Y casi estamos en casa.

—Casi estamos en casa, cierto. ¿Y qué vas a hacer con él cuando lleguemos, convertirlo en un espectáculo?

—Nos salvó la vida varias veces…

—Sólo porque está aliado con esos monstruos del oeste.

—… y su maestro, Golophin, sabrá curarlo.

—Deberíamos tirarlo por la borda.

—Hazlo, y gobernarás este maldito barco solo, a ver hasta dónde llegas.

Los dos se miraron con expresión de odio; luego, Hawkwood se volvió y apoyó de nuevo su peso contra el tembloroso timón, manteniendo el galeón en su rumbo este junto a los demás hombres. En dirección a casa.

Y en la bodega bajo sus pies, la bestia aullaba a coro con la tormenta.

Vigesimosexto día de Miderialon, año del Santo de 552.

Viento norte–noroeste, virando. Fuerte galerna. Rumbo sur–sureste bajo la vela mayor rizada, navegando por delante del viento. Tres pies de agua en la sentina; las bombas prácticamente no dan abasto.

Hawkwood hizo una pausa. Tenía las rodillas apoyadas en la pesada mesa clavada en el centro de su camarote, y el tintero apretado en el puño izquierdo, pero así y todo tenía que esforzarse para mantenerse erguido en la silla. La galerna era muy fuerte, y el galeón navegaba con dificultad por falta de lastre, con el agua de la bodega agitándose a cada bandazo. Por lo menos, con el viento en la popa no sentían tanto la falta del palo de mesana.

Cuando el movimiento del barco se volvió menos violento, continuó escribiendo.

De las doscientas sesenta y seis almas que partieron del puerto de Abrusio hace unos siete meses y medio, sólo quedan dieciocho. El pobre Garolvo cayó por la borda durante la guardia media, que Dios se apiade de su alma.

Hawkwood se interrumpió un momento, meneando la cabeza ante lo lastimoso de la situación. Haber sobrevivido a la masacre en el oeste, a todo aquel horror, sólo para ahogarse cuando las aguas del puerto de destino estaban casi a la vista.

Llevamos casi tres meses en el mar, y, según mi estimación, hemos recorrido unas mil quinientas leguas rumbo al este, aunque hemos avanzado al menos la mitad de esa distancia hacia el norte. Pero los vientos del sur nos han fallado, y nos estamos desviando de nuestro rumbo una vez más. Según la ballestilla, nuestra latitud es aproximadamente la de Gabrion. El viento debería seguir virando para permitimos desembarcar en algún lugar de Normannia. Nuestras vidas están en manos de Dios.

—En manos de Dios —dijo Hawkwood en voz baja. De su barba cayó una gota de agua de mar sobre el maltrecho cuaderno de bitácora, y Hawkwood la secó a toda prisa. El agua le llegaba a los tobillos en el camarote, igual que en todos los demás compartimentos del barco. Hacía mucho tiempo que habían olvidado la sensación de estar secos o de tener el estómago lleno, y varios de los hombres tenían los dientes flojos y cariados, o sangraban por cicatrices que se habían curado diez años atrás: los síntomas del escorbuto.

¿Cómo habían llegado a aquello? ¿Qué había destrozado de aquel modo su flotilla, tan orgullosa y bien tripulada? Pero sabía la respuesta, por supuesto; la sabía demasiado bien. Aquella respuesta lo mantenía despierto en las guardias nocturnas, aunque su exhausto cuerpo anhelaba reposo. Gruñía y rugía en la bodega de su pobre Águila. Y aullaba en los espasmos nocturnos de las pesadillas de Murad.

Tapó el tintero y plegó el cuaderno de bitácora en su funda de piel engrasada. Sobre la mesa había un odre fláccido de vino, que se colgó al cuello. Luego chapoteó tambaleándose a través del camarote hasta la puerta en el mamparo opuesto, y cruzó el umbral para descender por la escalerilla. Estaba oscuro, como en los demás compartimentos del barco. Les quedaban pocas velas, y sólo una o dos preciosas pintas de aceite para las linternas. Una de ellas colgaba de un gancho en la escalerilla, y Hawkwood la tomó y avanzó hacia el lugar donde una escotilla en la cubierta conducía a la bodega. Vaciló mientras el barco se agitaba y gemía a su alrededor, con el agua de mar revolviéndose en tomo a sus tobillos, blasfemó en voz alta y empezó a abrir la escotilla. La retiró, dejando al descubierto un gran agujero negro, y descendió cuidosamente por la escala hacia las tinieblas de abajo.

Al pie de la escala, se encogió en un rincón y rebuscó la yesca y el pedernal en el compartimento inferior de la linterna. Un rato doloroso y enloquecedor mientras encendía chispa tras chispa hasta que una de ellas prendió en el pábilo untado de aceite de la linterna, y Hawkwood pudo cerrar la tapa de grueso cristal que la protegía, encontrándose en un charco de luz amarilla.

La bodega estaba siniestramente vacía; contenía tan sólo una docena de barriles de carne salada en descomposición y agua fétida que constituían lo que quedaba de las provisiones de la tripulación. El agua entraba por todas partes, junto con el ruido de su pobre y atormentado
Águila
, una sinfonía agónica de crujidos y gemidos, mientras el mar rugía como una bestia al otro lado del martirizado casco. Hawkwood apoyó una mano en las cuadernas del barco y sintió cómo se deformaban mientras éste se debatía sobre las olas azotadas por la galerna. En torno a sus pies flotaban fragmentos de estopa; las costuras se estaban abriendo. No era extraño que los hombres de las bombas no hicieran ningún progreso. El barco se estaba muriendo.

De debajo de sus pies le llegó un aullido animal que rivalizó con el rugido atronador del viento. Hawkwood se estremeció, y luego avanzó hasta el lugar donde otra escotilla conducía al compartimento más inferior del barco, la sentina.

El hedor era intenso. El lastre del
Águila
no se había cambiado en mucho tiempo, y el calor tropical del Continente Occidental parecía haberle prestado una fetidez particularmente repugnante. Pero no era sólo el lastre lo que apestaba. Había otro olor allá abajo. A Hawkwood le hizo pensar en el recinto de las bestias de un circo ambulante, el hedor almizcleño de un animal grande. Hizo una pausa, con el corazón golpeándole las costillas, y luego se obligó a avanzar, encogiéndose bajo los baos bajos del techo, con la linterna balanceándose en una mezcla caótica de luz, oscuridad y líquido en movimiento. El agua le cubría ya las rodillas.

Había algo delante, moviéndose entre la inmundicia líquida de la sentina. El tintineo del metal sobre metal. El ser lo vio y cesó en sus esfuerzos. Unos ojos amarillos centellearon en la oscuridad. Hawkwood se detuvo apenas a dos yardas de donde yacía la bestia, encadenada a la sobrequilla del galeón.

La bestia parpadeó, y emitió unas palabras en un idioma reconocible, aterradoras por proceder de aquel hocico animal.

—Capitán. Qué amable has sido al venir.

La boca de Hawkwood estaba reseca como la sal.

—Hola, Bardolin —dijo.

—¿Has venido a asegurarte de que la bestia sigue en su guarida?

—Algo parecido.

—¿Vamos a hundirnos?

—Todavía no; al menos, no de inmediato.

El gran lobo mostró los colmillos en lo que podía haber sido una sonrisa.

—Bueno, demos gracias por ello.

—¿Cuánto tiempo estarás así?

—No lo sé. Estoy empezando a controlarlo. Esta mañana… ¿Ha sido esta mañana? Aquí es muy difícil decirlo… He mantenido la forma humana durante casi media guardia. Dos horas. —Un largo gruñido surgió de la boca de la bestia, algo parecido a un gemido—. En nombre de Dios, ¿por qué no dejas que Murad me mate?

—Murad está loco. Tú no, a pesar de esta… esta cosa que te ha ocurrido. Éramos amigos, Bardolin. Me salvaste la vida. Cuando regresemos a Hebrion te llevaré a ver a tu maestro, Golophin. Él te curará. —Incluso a sus propios oídos, las palabras de Hawkwood sonaron huecas. Las había repetido demasiadas veces.

—No lo creo. No hay cura para el cambio negro.

—Ya veremos —dijo Hawkwood con testarudez. Observó los trozos de carne salada que flotaban en la repugnante agua de la sentina—. ¿Puedes comer?

—Necesito carne fresca. La bestia quiere sangre. No puedo hacer nada al respecto.

—¿Tienes sed?

—Dios, sí.

—De acuerdo. —Hawkwood se descolgó el odre de vino que llevaba al cuello, quitó el tapón y colgó la linterna de un gancho en el casco. Casi se arrastró hacia delante, tratando de no vomitar ante el hedor que se elevó a su alrededor. El calor que despedía el animal parecía algo poco natural, algo de otro mundo. Se obligó a acercarse a la bestia, y cuando ésta inclinó la cabeza, Hawkwood le apoyó el cuello del odre en la mandíbula y la dejó beber. La lengua negra lamió hasta la última gota de humedad.

—Gracias, Hawkwood —dijo el lobo—. Ahora déjame intentar algo.

Hubo un resplandor en el aire, y ocurrió algo que los ojos de Hawkwood no pudieron seguir por completo. El pelaje negro de la bestia se encogió, y en cuestión de segundos apareció el mago Bardolin agazapado, desnudo y con el rostro lleno de vello, con el cuerpo cubierto de llagas provocadas por el agua salada.

—Me alegro de que hayas vuelto —dijo Hawkwood, con una leve sonrisa.

—Así me encuentro peor, más débil. En nombre de Dios, Hawkwood, trae algo de hierro aquí abajo. Un pinchazo, y estaré en paz.

—No. —Las cadenas que retenían a Bardolin eran de bronce, forjadas a partir del metal de uno de los falconetes del barco. Eran toscas, y sus bordes le habían lacerado hasta convertir sus muñecas y tobillos en carne ensangrentada, pero cada vez que recuperaba la forma de bestia, las heridas parecían curarse un poco. Era una forma de tortura interminable, Hawkwood lo sabía, pero no había ningún otro modo de controlar al lobo cuando éste regresaba.

—Lo siento, Bardolin… ¿Ha vuelto?

—Sí. Aparece durante las guardias nocturnas y se sienta donde tú estás ahora. Dice que soy suyo, que un día seré su mano derecha. Y, Hawkwood, acabo escuchándole y creyendo lo que dice.

—Resiste. No olvides quién eres. No dejes ganar a ese bastardo.

—¿Cuánto falta? ¿Cuánto tiempo queda?

—Ya no estamos lejos. Una semana más, o tal vez diez días. Menos si el viento vira. Esto sólo es un chaparrón pasajero; amainará pronto.

—No sé si lograré sobrevivir. Esto me devora la mente como un gusano. Apártate, ya está aquí de nuevo. Oh, dulce Señor…

Bardolin chilló, y su cuerpo se sacudió contra las cadenas que lo retenían. Su rostro pareció estallar hacia fuera. El grito se convirtió en un rugido animal de rabia y dolor. Mientras Hawkwood lo observaba horrorizado, su cuerpo se dobló, creció y crujió de modo repugnante. De su piel brotó pelaje, y dos orejas como cuernos surgieron de su cráneo. El lobo había vuelto. Aulló de angustia y tiró de sus cadenas. Hawkwood retrocedió, impresionado.

—¡Mátame! ¡Mátame y dame la paz! —gritó el lobo, y luego las palabras se convirtieron en aullidos dementes. Hawkwood recuperó la linterna y se retiró entre los desechos de la sentina, dejando a Bardolin solo para que librara la batalla por su alma en la oscuridad de las entrañas del barco.

¿Qué Dios permitiría la práctica de tales abominaciones en el mundo que había creado? ¿Qué clase de hombre se las infligiría a otro?

Sin quererlo, su mente regresó a aquel terrible lugar de hechicería, muerte y jungla esmeralda. El Continente Occidental. Habían tratado de apoderarse de un nuevo mundo, y habían acabado huyendo aterrados para salvar sus vidas. Podía recordar cada una de aquellas horas sofocantes y llenas de terror. Dentro del casco castigado por las olas de su antaño orgulloso barco, las imágenes aparecieron una vez más, vividas e inolvidables, ante el ojo de su mente.

Primera parte

El regreso del navegante

Capítulo 1

Habían recorrido a duras penas una milla, tal vez dos, desde el aire cargado de ceniza de las laderas de Undabane. Luego se desplomaron unos sobre otros como el castillo de naipes de un niño, con las fuerzas restantes consumidas por completo. Sus pulmones parecían demasiado estrechos para absorber la densa humedad del aire a su alrededor. Permanecieron tumbados de cualquier manera sobre el blando suelo en penumbra de la jungla, mientras animales y aves apenas entrevistos aullaban y chillaban en los árboles por encima de ellos, como si la propia tierra se mofara de su fracaso. Su respiración era dificultosa, el sudor les corría por los rostros y los insectos formaban una nube ante sus ojos.

Hawkwood fue el primero en recuperarse. No estaba herido, al contrario que Murad, y conservaba las facultades mentales, al contrario que Bardolin. Se incorporó, por encima del apestoso humus y la vida parasitaria que lo infestaba, y ocultó el rostro entre las manos. Por un momento, deseó simplemente estar muerto y haber acabado con todo. Diecisiete hombres habían partido de Fuerte Abeleius unos veinticuatro días atrás. Sólo quedaban él y sus dos compañeros. Aquel mundo verde era excesivo para los hombres mortales, a no ser que fueran además una especie de parodia siniestra de humanidad, como los habitantes de la montaña. Sacudió la cabeza al recordar la matanza. Hombres despellejados como conejos, descuartizados, eviscerados, con las entrañas revueltas con el oro que habían robado. La cabeza de Masudi oscura y reluciente sobre el camino, con la luz de la luna resplandeciendo en sus ojos muertos.

Hawkwood se puso en pie. Bardolin tenía la cabeza hundida entre las rodillas, y Murad yacía de espaldas, quieto como un cadáver, con su horrible herida que dejaba al descubierto el hueso de su cráneo.

—Vamos. Hemos de alejarnos más. De lo contrario, nos alcanzarán.

—No quieren alcanzarnos. Murad tenía razón. —Era Bardolin. No levantó la cabeza, pero su voz sonó clara, aunque cargada de dolor.

—No lo sabemos —espetó Hawkwood.

—Yo sí lo sé.

Murad abrió los ojos.

—¿Qué te había dicho, capitán? Son aves del mismo plumaje. —Emitió una risita horrible—. Qué imbéciles hemos sido los pobres soldados y marineros, llevando una tripulación de brujas y hechiceros a sus amos. Nadie va a tocar al precioso Bardolin. Lo enviarán de vuelta con sus hermanos, y tú serás su barquero. Si alguien ha conseguido escapar, he sido yo. Pero ¿para qué he escapado?

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