Read El segundo imperio Online

Authors: Paul Kearney

Tags: #Fantasía

El segundo imperio (3 page)

Se incorporó, y el movimiento desencadenó un oscuro flujo de sangre en torno a su herida. Las moscas ya habían formado una mancha negra a su alrededor.

—Ah, sí, la libertad. La bendita jungla. Y sólo estamos a unas docenas de leguas de la costa. Déjalo ya, Hawkwood. —Volvió a reclinarse con un gemido y cerró los ojos.

Hawkwood continuó de pie.

—Tal vez tengas razón. Yo todavía tengo un barco (o lo tenía), y pienso salir de este maldito país y hacerme a la mar. ¡Nueva Hebrion, menudo nombre! Si te queda algo de sentido del deber bajo ese pantano de autocompasión en el que te has hundido, Murad, comprenderás que debemos volver a casa, aunque sólo sea para avisarles. Eres un soldado, y un noble. Todavía entiendes el concepto del deber, ¿o no?

Los ojos inyectados en sangre se abrieron de nuevo.

—No te atrevas a darme lecciones, capitán. ¿De dónde has salido tú? ¿De alguna alcantarilla gabrionesa?

Hawkwood sonrió.

—Ahora soy el señor de la alcantarilla, Murad, ¿o lo habías olvidado? Tú mismo me diste un título, el mismo día que te autoproclamaste gobernador de todo esto… —Abrió los brazos para abarcar los antiguos árboles y la ruidosa jungla que los rodeaba. La risa amarga se heló en su garganta—. Ahora mueve tu noble trasero. Hemos de encontrar algo de agua. Bardolin, ayúdame, y deja de lamentarte como si el cielo acabara de caer.

Increíblemente, le obedecieron.

Aquella noche acamparon a unas cinco millas de la montaña, junto a la orilla de un riachuelo. Tras conseguir que Bardolin fuera a recoger leña y hojas para tumbarse, se sentó junto a Murad y examinó las heridas del noble. Los tres tenían rasguños y magulladuras de cierta importancia, pero la espectacular herida en la cabeza de Murad era una de las más feas que Hawkwood hubiera visto nunca. El cuero cabelludo se había separado del cráneo y colgaba suelto junto a su oreja izquierda.

—Tengo una aguja de marinero en mi bolsa, y algo de hilo —dijo a Murad—. Tal vez no quede muy bonito, pero creo que puedo arreglarlo. Dolerá un poco, por supuesto.

—Sin duda —dijo lentamente el noble, con algo parecido a su antigua actitud—. Hazlo mientras todavía hay luz.

—Hay gusanos en la carne. Primero los sacaré.

—¡No! Déjalos en paz. He visto hombres con heridas peores que ésta, cuya carne se pudrió por falta de unos cuantos gusanos. Cóselos dentro, Hawkwood; devorarán la carne muerta.

—Dios todopoderoso, Murad.

—Hazlo. Ya que estás tan decidido a sobrevivir, hemos de tomar las medidas correctas. ¿Dónde está ese maldito mago? Tal vez podría sernos de utilidad y conjurar una venda.

Bardolin apareció entre las tinieblas, con un
haz
de leña en los brazos.

—Mató a mi familiar —dijo en voz baja—. El dweomer que hay en mí ha quedado muy maltrecho. Mató a mi familiar, Hawkwood.

—¿Quién?

—Aruan. Su líder. —Dejó caer la carga como si le quemara. Sus ojos parecían muertos, como la pizarra seca—. Pero le echaré un vistazo, si queréis. Es posible que pueda hacer algo.

—¡Aléjate de mí! —gritó Murad, apartándose del mago—. Bastardo asesino. Si estuviera en condiciones, te rompería la cabeza. Estabas aliado con ellos desde el principio.

—Intenta encender un fuego, Bardolin —dijo Hawkwood, agotado—. Lo coseré yo mismo. Hablaremos más tarde.

El chasquido de la aguja atravesando la piel y el cartílago de Murad sonó lo bastante fuerte para que Hawkwood se estremeciera, pero el noble no emitió un solo sonido durante la brutal cirugía, limitándose a sacudirse en ciertos momentos, como un caballo que tratara de librarse de una mosca irritante. Cuando el navegante hubo terminado, la luz estaba a punto de desaparecer, y la hoguera de Bardolin era una mota de brillantez amarilla sobre el negro suelo de la jungla. Hawkwood estudió su obra con mirada crítica.

—No estás más guapo que antes, eso desde luego —dijo al fin.

Murad esbozó su sonrisa de calavera. El hilo recorría su sien como una hilera de hormigas, y bajo la piel podían verse los gusanos retorciéndose.

Bebieron agua del riachuelo y se tumbaron sobre las ramas que Bardolin había recogido para que les sirvieran de camas, mientras a su alrededor la oscuridad se volvía absoluta. Los insectos se alimentaban de ellos sin cesar, pero estaban demasiado agotados para preocuparse por ello, y tenían los estómagos cerrados. Fue Hawkwood quien se obligó a despertarse.

—¿Creéis que realmente nos dejaron marchar? ¿O están esperando a que llegue la noche para caer sobre nosotros?

—Podrían haber caído sobre nosotros cincuenta veces —dijo Murad en voz baja—. No hemos sido precisamente rápidos ni cautelosos en nuestra huida. No, hemos escapado, si eso sirve de algo. Tal vez dejarán que la jungla acabe el trabajo. Tal vez no fueron capaces de matar a un colega hechicero. O puede haber otra razón para que sigamos con vida. ¡Pregunta al mago! Él es quien estuvo encerrado con su líder.

Ambos miraron a Bardolin.

—¿Y bien? —dijo Hawkwood al fin—. Creo que tenemos derecho a saberlo. Cuéntanos, Bardolin. Cuéntanos qué te sucedió.

El mago mantuvo los ojos fijos en el fuego. Hubo un largo silencio mientras sus dos compañeros lo contemplaban fijamente.

—Yo mismo no estoy del todo seguro —dijo al fin—. El duende fue transportado hasta la cima de la pirámide en mitad de la ciudad… Gosa era un cambiaformas…

—Me sorprendes —resopló Murad.

—Alli conocí a su líder, un hombre llamado Aruan. Dijo que había ocupado un alto cargo en el Gremio de Taumaturgia de Garmidalan en Astarac hace muchos años. En tiempos del pontífice Willardius.

—¿Willardius? —dijo Murad con el ceño fruncido—. Lleva muerto más de cuatrocientos años.

—Lo sé. Ese Aruan afirma que es prácticamente inmortal. Es algo relacionado con el dweomer de esta tierra. En otro tiempo, existió una civilización grande y sofisticada aquí en el oeste, pero fue destruida en una gran catástrofe natural. Los magos de aquí tenían poderes apenas soñados en el Viejo Mundo. Pero había otra diferencia…

—¿Y bien? —quiso saber Murad.

—Creo que todos eran cambiaformas además de magos. Toda la sociedad.

—Sangre de Dios —jadeó Hawkwood—. Creí que eso no era posible.

—Yo también. Es algo inaudito, y sin embargo lo hemos visto por nosotros mismos.

Murad parecía pensativo.

—¿Estás seguro, Bardolin?

—Me gustaría no estarlo, créeme. Pero hay algo más. Según ese Aruan, cientos de agentes suyos están ya en Normannia, cumpliendo su voluntad.

—El oro —jadeó Hawkwood—. Las coronas normanias. Había dinero suficiente para sobornar a un rey o armar a un ejército.

—De modo que ese mago cambiaformas tiene ambiciones —dijo despectivamente Murad—. ¿Y cuál es tu papel en ellas, Bardolin?

—No lo sé, Murad. Que el bendito Santo me ayude, no lo sé.

Volveremos a encontramos, vos y yo, y cuando lo hagamos me reconoceréis como vuestro señor, y vuestro amigo
. Las últimas palabras de Aruan se habían grabado a fuego en el cerebro de Bardolin. Nunca se las revelaría a nadie. Era su propio dueño, y siempre lo sería pese a los cambios repugnantes que sentía en su interior.

—Hay algo que sí sé —continuó—. Esos magos cambiaformas no se conformarán con quedarse aquí. Van a volver a Normannia. Todo lo que me dijo Aruan lo confirma. Creo que tiene intención de convertirse en un poder a escala mundial. De hecho, ya ha empezado.

—Si puede convertir a un inceptino en hombre lobo, debe ser cierto —murmuró Hawkwood, recordando el viaje de ida y a Ortelius, que había conseguido sembrar el terror en el barco.

—Una raza de magos cambiaformas —dijo Murad—. Un hombre que afirma tener varios siglos de edad. Una red de cambiaformas que se extiende a través de Normannia, gastando su oro y haciendo sus encargos. Diría que estás loco, de no haber visto lo que he visto en este continente. Este lugar es un auténtico infierno en la tierra. Hawkwood tiene razón. Debemos llegar al barco, regresar a Hebrion e informar al rey. El Viejo Mundo debe ser advertido. Erradicaremos a esos monstruos de nuestro entorno y volveremos aquí con una flota y un ejército, para borrarlos de la faz de la tierra. No son tan formidables; un poco de hierro y caen muertos. Veremos qué pueden hacer aquí cinco mil arcabuceros hebrioneses, por Dios.

Por una vez, Hawkwood se sintió totalmente de acuerdo con el demacrado noble. Pero Bardolin parecía preocupado.

—¿Qué sucede ahora? —preguntó al mago—. No apruebas las ambiciones de ese Aruan, ¿o sí?

—Claro que no. Pero fue precisamente una purga de practicantes de dweomer lo que los trajo aquí, a él y a su gente. Sé adonde nos conducirá la propuesta de Murad, Hawkwood. Una purga enorme, a escala continental, como nunca se ha visto. Los míos serán exterminados por millares, los inocentes junto a los culpables. Obligaremos a todos los magos de Normannia a echarse en brazos de Aruan. Eso es exactamente lo que él quiere. Y sus agentes tampoco serán tan fáciles de descubrir. Podría ser cualquier persona, incluso entre la nobleza. Perseguiremos a los inocentes mientras los culpables esperan su momento.

—La gente ordinaria querrá correr el riesgo —replicó Murad—. Ya no hay sitio en la tierra para los de tu clase, Bardolin. Son una abominación. Hace mucho tiempo que su fin se acerca; esto es sólo apresurar lo inevitable.

—En eso tienes razón, al menos —murmuró el mago.

—¿De qué lado estás? —preguntó Hawkwood.

Bardolin pareció enfurecerse.

—No sé a qué te refieres.

—Me refiero a que Murad tiene razón. Se acerca el momento, Bardolin, en que los practicantes de dweomer se enfrentarán a toda la gente ordinaria del mundo, y tendrás que colaborar en su destrucción o unirte a ellos contra nosotros. A eso me refiero.

—No ocurrirá. No debemos llegar a eso —protestó el mago.

Hawkwood iba a continuar cuando Murad le detuvo con un gesto brusco.

—Basta. Mirad a vuestro alrededor. Lo más probable es que nunca tengamos que preocuparnos por esas cosas, y que nuestros huesos acaben pudriéndose en esta jungla. Mago, te ofrezco una tregua. Los tres debemos ayudarnos si queremos que alguno llegue a la costa. Los debates de alta política pueden esperar hasta que estemos a bordo del barco. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Bardolin, con la boca convertida en una línea de amargura.

—Excelente. —La ironía en la voz de Murad era palpable—. Bien, capitán, tú eres nuestro navegante. ¿Podrás indicamos mañana la dirección correcta?

—Es posible. Si puedo mirar al sol antes de que las nubes se concentren. Pero hay una forma mejor. Debemos hacer un inventario. Vaciad vuestras bolsas; quiero ver con qué puedo trabajar.

Arrancaron una ancha hoja de un arbusto cercano, y depositaron sobre ella el contenido de sus bolsas y bolsillos, entrecerrando los ojos a la luz de la hoguera. Bardolin y Hawkwood tenían cajas de yesca impermeables, con pedernal y acero y pequeñas limaduras de madera seca en su interior. El mago también tenía un cuchillo de bronce de bolsillo, y una cuchara de peltre. Murad tenía una hoja de cuchillo rota, de hierro, de unas cinco pulgadas de longitud, una pequeña taza de latón plegable y una cantimplora de corcho todavía colgando de las correas de su cinturón. Hawkwood tenía su aguja, un ovillo de cordel, una bala de arcabuz de plomo y un anzuelo de hueso. Todos ellos llevaban fragmentos de galleta de barco en los bolsillos, y Murad un pequeño trozo de cerdo seco, duro como la madera e incomible.

—Unas provisiones patéticas, por Dios —dijo el noble—. Bien, Hawkwood, ¿qué milagros puedes hacer con eso?

—Creo que puedo fabricar una brújula, y también podremos cazar y pescar un poco si es necesario. Cuando era pequeño, naufragué en las islas Malacar, y teníamos poco más que eso cuando llegamos a tierra. Podemos usar el cordel como hilo de pescar, darle peso con la bala y usar el cerdo como cebo. La hoja podemos atarla a una estaca para hacer una lanza. También hay fruta a nuestro alrededor. No moriremos de hambre, pero buscar comida lleva mucho tiempo, incluso en la jungla. Será mejor que nos preparemos para apretarnos el cinturón si queremos llegar a la costa antes de la primavera.

—¡La primavera! —exclamó Murad—. ¡Buen Dios, aunque tengamos que comernos las botas, estaremos en el fuerte antes de que llegue!

—Tardamos casi un mes en llegar hasta aquí, Murad, y viajando por un camino durante gran parte del trayecto. El viaje de regreso será más duro. Tal vez nos permitieron escapar, pero no quiero utilizar sus carreteras. —Recordó el calor y la pestilencia del gran hombre lobo tumbado junto a él entre los arbustos, en el interior de la montaña…

¿Acaso os haría daño a vos, capitán, el navegante, el que conduce los barcos? No lo creo. No lo creo
.

… Y se estremeció al recordarlo.

Se relevaron para montar guardia durante la primera noche, turnándose para alimentar el fuego y observar fijamente el muro negro de la jungla. Cuando no estaban de guardia, dormían entre sobresaltos. Bardolin pasó despierto la mayor parte de la noche, exhausto pero temeroso de dormir, temeroso de descubrir lo que podía estarle acechando en sus sueños.

Aruan lo había convertido en licántropo.

Así lo había dicho el archimago. Bardolin había tenido relaciones sexuales con Kersik, la muchacha que los había guiado hasta Undabane.

Y luego ella le había dado de comer carne de su caza. Aquél era el proceso. Aquél era el rito que engendraba la enfermedad.

Prácticamente podía sentir cómo el mal negro se abría paso en su interior, un proceso físico que le cambiaba el cuerpo y el alma a cada latido de su corazón. ¿Debía decírselo a los otros? Ya desconfiaban bastante de él. ¿Qué iba a ocurrirle? ¿En qué clase de ser iba a convertirse?

Pensó en levantarse y simplemente perderse entre la jungla… o incluso en regresar a Undi como un hijo pródigo. Pero siempre había sido testarudo, orgulloso y obstinado. Presentaría batalla, resistiría mientras en su interior quedara algún resto de Bardolin hijo de Carnolan. Había sido soldado; lucharía hasta el final.

Pensó en ello durante su guardia, mientras alimentaba el fuego y los otros dos dormían. Hawkwood le había encomendado una misión: tenía que frotar la aguja de hierro con lana de una de las cajas de yesca. Aquello tenía poco sentido para Bardolin, pero le daba algo que hacer para mantener el sueño a raya.

Other books

Fade to Black by M. Stratton
It's News to Her by Helen R. Myers
Birthday Party Murder by Leslie Meier
Liars All by Jo Bannister
A Man Above Reproach by Evelyn Pryce
Scandal With a Prince by Nicole Burnham
Butterfly in the Typewriter by Cory MacLauchlin


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024