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Authors: Adolfo Bioy Casares

Tags: #Fantástico

Dormir al sol (6 page)

El doctor me pidió sinceramente:

—Tómelo como de quien viene. Usted sabe, además, que Picardito no es malintencionado.

—Mire —le contesté—, no hago caso, porque lo conozco a Picardo; pero de que es malintencionado no le quepa duda.

—La mala entraña le sale del alma —me apoyó el mozo, mientras ofrecía otra vuelta de guiso.

Picardo insistió:

—Ahora anda como alma en pena, porque se arrepintió y quiere sacarla del loquero.

¿Cómo se habrá enterado? Mi eterna prédica: en el pasaje toda noticia de algún modo se filtra.

—Perdone que me inmiscuya —dijo Rivaroli— ¿Puedo preguntar algo?

Francamente, yo no quería que el individuo se mezclara en mis asuntos. Por no encontrar la manera de decir que no, dije que sí.

—Nadie mejor para darte una mano, si realmente querés sacar a la señora —observó Picardo.

Yo debía de estar bastante nervioso, porque fue una enormidad lo que esa noche comí de guiso y de pan, sin contar que me pasé con el Semillón.

—Motivaciones de ética profesional me inducen a someterle una pregunta —aclaró el doctor—. ¿Usted recuerda si ha extendido la autorización pertinente?

—¿Pertinente?

—Para la internación de su cónyuge.

—Yo no firmé nada —contesté.

—Se portó —me dijo—. Nunca se firma nada. ¿Sabe si la señora dio su autorización por escrito?

—No, eso no sé.

—Si no la dio, tenemos el punto de apoyo y actuamos. Trajeron la cuenta.

—Yo pago —dijo el doctor.

—No, yo pago —repliqué— lo de Aldini y lo mío. Con entusiasmo comentó Picardo:

—Ya verás cómo el doctor los hace bailar en la cuerda floja. No aclaró a quiénes.

—Estoy a su entera disposición —me aseguró el doctor mientras salíamos—. En el momento competente me lo despacha a Picardito, para que me avise. Le garanto que le salgo más barato que la internación con la ventaja de tener a la señora en casa.

Como había empezado a lloviznar, el doctor se ofreció para llevarnos en el coche. Aldini y yo no le permitimos que se moleste porque después de tanta sociabilidad estar a solas entre amigos es verdadero descanso. Nos encaminamos al pasaje. La llovizna se convertía en aguacero, la renguera de Aldini demoraba la marcha, la ropa se empapaba y llegué a preguntarme si más no hubiera valido aceptar la invitación de Rivaroli. Debajo de una cornisa esperamos que pasara el chubasco. Aldini, de pronto, me dijo:

—No te metas con abogados. Te van a sacar hasta las plumas.

—Hay que ser justo —contesté—. En un punto le doy la razón a Picardo. Si quiero que me la devuelvan a Diana, no debo poner dificultades.

—Me pregunto si la conversación de esta noche no te compromete. Es una pregunta.

—No le dije que sí.

—Ni que no. A un bicho como ése, mejor no tenerlo como enemigo. Tampoco a los del loquero.

—Bueno, che, hay que elegir. Si quiero sacarla, con alguien voy a quedar mal.

—¿Vos creés que tu señora le habrá dado la autorización al alemán?

—¿Por qué iba a dársela?

—No sé. Pregunto.

—Preguntás por algo.

La lluvia paró un poco, así que seguimos la marcha, Aldiniresuelto a caminar despacio, yo tirándolo de un brazo, lo que era increíblemente cansador. Cuando cruzamos la calle, el rengo se negó a saltar el agua, o no pudo, y se mojó hasta las pantorrillas. Observó reflexivo:

—Si después resulta que la firmó, quién sabe las complicaciones en que te mete el abogado.

—¿Vos creés?

—Calumnia o lo que sea —tras un silencio, agregó—: No me gustaría tener de enemigos a los del loquero.

Habíamos llegado al pasaje. Las cavilaciones de Aldini me habían aburrido.

—Y, che, con alguien voy a quedar mal —comenté—. Ahora me voy a la cucha, porque me caigo de sueño.

—Feliz de vos. Yo todavía tengo que pasear a Malandrín, amén del tecito que habrá que prepararle a Elvira.

En casa todo el mundo estaba con la luz apagada. Por culpa del guiso pasé la noche soñando pesadillas y disparates.

19

Si le cuento que a la otra mañana Ceferina me trató con notable consideración a lo mejor no me cree. Sin embargo le digo la pura verdad. Por algo repite don Martín que el humor de la mujer es tan variable como el clima de Buenos Aires.

Estábamos mateando cuando le dije a Ceferina:

—Si viene algún cliente, hasta la tarde no estoy en el taller.

Ceferina comentó con mi cuñada:

—Como lo oíste: ahora se pasa la mañana afuera.

Hacía de cuenta que yo no estaba ahí, pero usted no vaya a suponer que habló con desprecio. A la legua se le notaba el tonito de admiración y desconcierto. Juraría, además, que las dos mujeres no estaban tan enemistadas como de costumbre. ¿Quién las entiende?

—¿Dónde vas? —preguntó Adriana María.

—Vuelvo a almorzar —contesté.

Se miraron. Casi les tuve lástima.

Como el tiempo había cambiado, caminé con ganas, de modo que llegué bastante pronto a las inmediaciones del Instituto Frenopático. Le confieso que me recosté contra la verja de la Clínica de Animales Pequeños, porque a la vista del Instituto el coraje empezó a flaquear; yo no temía por mí. Desconfiaba de mi habilidad para argumentar y para convencer y me preguntaba si con la visita al director no empeoraría la situación de Diana; si todavía la pobre no pagaría mis torpezas y desplantes.

Es claro que al temer por Diana, temía por mí, porque no puedo vivir sin ella. Creo que la misma Diana me dijo una vez que todo amor, y sobre todo el mío, es egoísta. Por otra parte, si yo no le hablaba a Samaniego, me exponía a que el día de mañana Diana me reprochara: «No sacaste la cara por mí».

Como pude, templé el ánimo, crucé la Baigorria y llamé a la puerta del Instituto. Un enfermero me hizo pasar al despacho del doctor Reger Samaniego, donde, después de esperar un rato, me recibió personalmente su ayudante, el doctor Campolongo. Se trata de un individuo de cara afeitada, muy pálida y redonda, tan peinado que usted supone que echó mano a compás y regla para distribuir los pelos.

Primer detalle que no me gustó: en cuanto me tuvo ahí, cerró la puerta con llave. Había otra puerta que daba adentro.

Le podría inventariar ese despacho que mientras viva no olvidaré. A la derecha descubrí uno de esos relojes de pie, de madera oscura, marca T Dereme, que si usted les brinda la atención que merece toda máquina son, por lo general, puntuales. El del Instituto estaba parado a la una y trece, desde quién sabe cuándo. A la izquierda había un fichero metálico y una pileta de lavar, con su repisa, donde divisé varias jeringas para inyecciones. En el centro estaba el escritorio, con un recetario, algunos libros, un teléfono, un timbre en forma de tortuga con el caparazón de bronce. El escritorio era un mueble de madera negra, muy labrada, con una guarda de cabecitas con expresión y todo, un trabajo de mérito, pero que me repelía un poco, porque debía de traer mala suerte. Había también sillones, con el respaldo y el asiento en cuero repujado, muy oscuro y con las mismas cabecitas de la mala suerte. En la pared del fondo, entre diplomas, había un cuadro con personajes trajeados con túnica y casco.

Me dijo Campolongo:

—Va a tener que perdonar al doctor Regel Samaniego. No puede atenderlo. Está en el quinto.

—¿En el quinto?

—Sí, en el quinto piso. En cirugía.

—No sabía —le contesté, para ocultar mi contrariedad— que ustedes hicieran operaciones.

—La cirugía —me explicó satisfecho— hoy por hoy enriquece el arsenal de la terapéutica psiquiátrica de avanzada. ¿En qué puedo serle útil, señor Bordenave?

—Venía por noticias de mi señora.

Campolongo abrió un cajón y se puso a revisar fichas, lo que le llevó un tiempo que me pareció interminable. Por fin, dijo:

—Las noticias, grosso modo, son buenas. Yo diría que su señora responde favorablemente al tratamiento.

Para no precipitarme, porque el próximo paso era decisivo, le hice una pregunta de relleno:

—¿Qué significa ese cuadro?

—Un motivo romano. El doctor Reger Samaniego se lo explicará. Creo que es un rey con su mujer.

Armándome de coraje, aproveché la coincidencia y pregunté:

—¿Usted cree, doctor, que yo podría ver a la mía?

Sin apresurarse, Campolongo guardó las fichas, cerró el cajón y me dijo:

—En este caso particular, la visita de cualquier persona allegada a la enferma me parece poco recomendable. Desde luego, no excluyo la posibilidad de que el doctor Reger Samaniego opine de otro modo y acceda, estimado señor Bordenave, a su amable pedido.

—Si le parece lo espero al doctor.

—Mucho me temo que no pueda verlo.

En resumen, con su aire amistoso, había dicho que no primero y enseguida, para engañarme, que tal vez y por último que no. Cuando uno se ha hecho la ilusión de ver a una persona que extraña, si le dicen que no la verá, la congoja es muy grande.> Sobreponiéndome a medias, le pregunté:

—¿Se halla usted en condiciones de adelantarme una fecha aproximada de la vuelta a casa de mi señora? .

Campolongo me aseguró:

—Al respecto no puedo contestar, ya que todo dependerá, y usted lo entiende perfectamente, de cómo la enferma responde al tratamiento.

—¿Debo resignarme —le pregunté— a volver a casa con las manos vacías?

Con un aire de cortesía extrema, Campolongo sonrió y se inclinó.

—Correcto —dijo.

A lo mejor pensaba que yo estaba muy conforme.

—Lo que sucede —le previne— es que no me voy a resignar.

Me miró sorprendido.

—Tendrá que hablar con el doctor Reger Samaniego.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Cuando el doctor lo reciba.

—Mientras tanto queda mi señora encerrada y yo no la veo.

—No se ponga nervioso.

—¿Cómo no me voy a poner nervioso? Yo creí que mi señora no estaba presa.

—Está enferma.

—Yo no sabía que el sanatorio fuera una cárcel.

—No se ponga nervioso.

—Si me pongo nervioso ¿me mete adentro?

Pensé: «Por lo menos la tendré más cerca a Diana».

Campolongo se levantó del sillón, rodeó el escritorio suavemente, como si yo durmiera y él no quisiera despertarme y se arrimó a la pileta de lavar. Mientras tanto repetía de manera mecánica:

—No se ponga nervioso.

Hablaba como quien trata de serenar y entretener a un chico enfermo o a un perro.

—Si me pongo nervioso, ¿me aplica una inyección? ¿Un calmante? Pobre de usted. Le clausuro el local.

Campolongo se detuvo a mirarme. Sospecho que mis palabras lo enojaron, por el modo en que dijo:

—No amenace.

—¿Y usted qué se ha creído? ¿Que me va a decir lo que tengo que hacer y lo que no tengo que hacer? Vaya sabiendo que mi abogado está perfectamente al tanto sobre esta visita. Si no llamo al mediodía, actúa.

—¿Un abogado? ¿Quién es?

—A su debido tiempo sabrá quién es.

—No se ponga así.

—¿Cómo quiere que me ponga?

—Le sugiero que fije una entrevista, para hoy o mañana, con el doctor Reger Samaniego. A lo mejor lo deja ver a la enferma.

Porque ya no esperaba nada, tomé esas palabras conciliadoras, como la rendición incondicional. Para estar seguro pregunté:

—¿Me habla sinceramente?

—¿Cómo no voy a hablar sinceramente?

—¿Usted cree que Samaniego me dará permiso?

A mí mismo la pregunta me pareció bastante servil. Campolongo recuperó el tono de superioridad.

—Mi buen señor —dijo— eso ya lo veremos. Yo le expuse mi opinión de profesional probo. Si el doctor Reger Samaniego resuelve otra cosa, no soy yo quien va a oponerse. ¡El doctor sabe lo que hace!

—Por mi parte le aconsejo que arreglen el reloj —señalé el T. Dereme—. Un reloj que no camina causa mala impresión. Uno piensa: Aquí todo marcha igual.

¿Qué gano con decir impertinencias que la gente no entiende? Campolongo me escuchó impávido, quizá furioso, pero ya se había dado el gusto de negármela a Diana y de llamarme, encima, su buen señor. Retomé el camino de casa con el ánimo por el suelo.

20

Cuando llegué, Adriana María andaba ocupada en la limpieza, Martincito no había vuelto de la escuela ni Ceferina del mercado. Entré en mi cuarto, me envolví en el poncho azul y negro que Ceferina me regaló para el casamiento y me tiré en la cama. La temperatura estaba en franco descenso o tal vez el disgusto en el Frenopático me había destemplado.

Al rato, sin golpear la puerta, entró Adriana María. Me sorprendió, porque ahora estaba de entre casa, realmente en paños menores, lo que en una mañana como esa resultaba incomprensible.

—¿No te vas a resfriar, che? —le pregunté.

—La casa está caliente y ¿qué querés? todavía tengo la sangre joven.

—Qué va a estar caliente —repliqué—. Andar ventilándote no tiene sentido.

Adriana María resopló, se dejó caer en una silla, entre la cama y la ventana, y me miraba con expresión de curiosidad.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada —le dije.

—¿Estás enfermo?

—¿Cómo se te ocurre? Estoy perfectamente.

—¿Te cansaste?

—Un poco. La que está con aire decaído, triste, si se quiere, sos vos —le dije—. ¿Te pasa algo?

—Estoy con cuidado porque el chico todavía no volvió de la escuela —dijo. Sonrió y me preguntó en un tono distinto—: ¿Soy una pesada? ¿Te aburro?

—Te aseguro que no.

La miré para que me creyera y me encontré con un cuadro de sofocación: tirada sobre la silla, con las piernas abiertas, descompuesta, despechugada, estaba tan rara que me asombró su voz, perfectamente normal, cuando me preguntó:

—¿Lo que ahora menos deseás en el mundo es una mujer?

—¿Por qué lo decís?

—Fijate que no te culpo. ¿Sabés una cosa? Yo también tengo sangre torera.

Me sentía mal, estaba tristísimo, pensaba en mi señora, que no vería hasta quién sabe cuándo y esta mujer, con esa facha, me decía disparates que no tenían la menor ilación.

Le aseguré:

—No tengo sangre torera.

Era inútil protestar. Adriana María me preguntó:

—¿No será mejor lo que tenés en casa?

Iba a decirle francamente que no entendía, cuando abrí los ojos, por curiosidad o por miedo. El espectáculo no era tranquilizador. Con la respiración entrecortada, agitándose de un lado para otro, mi cuñada me trajo a la memoria al Gaucho Asadurián, en el cuadrilátero del Luna Park, segundos antes de emprender el ataque. Al revolver la cabeza, como si le faltara el resuello, debió de sorprender algo a través de la ventana, porque se paró a toda velocidad. Yo me acurruqué instintivamente, pero Adriana María ya estaba fuera del cuarto y me gritaba por lo bajo:

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