Read Chis y Garabís Online

Authors: Paloma Bordons

Tags: #Infantil y juvenil

Chis y Garabís (8 page)

Pero, en cuanto abrió la boca, Pachorro cortó por lo sano:

—¡Venga, Agapito! No seas pelma. Ya hemos oído lo que había que escuchar. Guarda el resto para otra ocasión.

—¡Pachorro! ¡Eres el último de mis súbditos! ¡La humillación de mi reino! —chilló Agapito, enfurecido.

—Te he dicho mil veces que no soy súbdito de nadie —replicó Pachorro—. ¡Yo soy libre!

—Tengamos la fiesta en paz —rogó el rey Manolo—. Dejad hablar a Mocasín. Creo que quiere decir algo.

Mocasín se había puesto de pie y se rascaba la oreja todo colorado.

—En... en nombre de los garabisinos... —tartamudeó el zapatero—, quisiera pedir perdón al rey Agapito por haber abandonado la isla en los momentos difíciles y agradecer a los de Chis su hospitalidad...

Simón el Migas, puesto también de pie, interrumpió a Mocasín:

—En nombre de los chisinos..., quisiera pedir perdón a los garabisinos por nuestro egoísmo e intransigencia...

—¡Ya está bien! —interrumpió Agapito—. Creo que Pachorro tiene razón: aquí hay demasiadas palabras para una fiesta. ¡Comed y divertíos!

Y eso hicieron todos. Bueno, todos menos el rey Manolo, que, como ya sabéis, no era muy aficionado a las sardinas y las miraba de reojo con expresión desconfiada. Además, no podía dejar de pensar en los doce mil flings que debía al reino de Oste. Lanzó un enorme y tristísimo suspiro.

El rey Agapito, que se sentaba a su lado, le dijo al oírle suspirar:

—Manolo, si estás preocupado por las deudas de tu reino, no tienes motivo. Estoy seguro de que el rey de Oste aceptará gustoso el trasto como pago de su préstamo.

—¡Caramba, Agapito! —exclamó el rey Manolo, asombrado—. ¡Tu mejor creación! ¡Darla así! No puedo aceptar.

Entonces Agapito confesó avergonzado que los frutos de todos los árboles regados por la máquina desaladora tenían gusto a sardinas. ¿Os imagináis una naranja con sabor a sardina? ¿O una pera? ¿O una castaña? Al oírlo, el rey Manolo estuvo riendo cinco minutos sin parar, y por fin aceptó el ofrecimiento del rey Agapito. Le daba algo de remordimiento engañar así al rey de Oste. «Pero, al fin y al cabo —pensó—, quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón».

Como fin de fiesta, la nube de los jueves, que había decidido trabajar doble para congraciarse con su jefe, volvió a sobrevolar las dos islas y obsequió con un buen remojón a los invitados del rey Agapito.

21. ... Y comieron perdices

Los emisarios de Oste, al ver funcionar la máquina desaladora, la aceptaron al instante en pago de la deuda.

Cuando en Oste probaron la primera cosecha con sabor a sardinas, se pusieron como fieras, y enseguida se deshicieron de la máquina vendiéndosela a los de Moste. Cuando los de Moste probaron su primera cosecha con sabor a sardinas, también se pusieron como fieras, y se deshicieron del trasto regalándoselo al rey Agapito por su cumpleaños. De esta manera, Agapito pudo recuperar su sillón estampado, al que tenía mucho cariño.

AHORA EN GARABÍS, gracias al kuolulo, había madera para dar y tomar. Se puede decir que tenían un bosque en un solo árbol. El kuolulo creció tanto que empezó a invadir con sus ramas el palacio del rey Agapito, y éste y Marieta se tuvieron que ir a vivir a una casa como la de todo hijo de vecino. En el fondo, los dos se alegraron de poder abandonar aquel caserón triste y oscuro.

La enciclopedia no se equivocó: los siguientes frutos que dio el kuolulo realmente sabían a gloria. También los limones, las manzanas, las peras, las naranjas... de la nueva cosecha de Garabís empezaron a saber como Dios manda en cuanto los regaron con agua de lluvia. Por último, creció una hierba con sabor a hierba en la que pastaron vacas que daban leche con sabor a leche. En resumen: en Garabís, sólo las sardinas siguieron sabiendo a sardinas, y todo fue a las mil maravillas. También en Chis, al marcharse los garabisinos, se acabaron los problemas.

EL REY AGAPITO y Pachorro siguieron inventando. El último invento de que tengo noticia fue una corona indeformable que, con gran sentido práctico, regaló Pachorro a Agapito el día de su cumpleaños. Ya sabéis que al rey Agapito se le caía la corona cada dos por tres. La corona resultó tan indeformable que al caerse al suelo no sólo no se deformaba, sino que botaba como si fuera de goma, e iba dando tumbos por toda la isla, perseguida por su enfurecido dueño, que gritaba:

—¡Pachorro! ¡Ésta me la pagas! ¡Eres el último de mis súbditos!

Pachorro, tumbado a la bartola en la playa, se reía entre dientes.

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