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Authors: Albert Boadella

Tags: #Ensayo

Adiós Cataluña (4 page)

Dadas las circunstancias políticas, nada de lo que se hacía allí era por descuido del contrincante; solo se ejecutaba, y con escrupulosa precisión, aquello que había sido tolerado y sellado. Servíamos perfectamente a los planes posibilistas de algunos notables estrategas del aparato enemigo, que consideraban aquellas tímidas embestidas como actos imprescindibles para la adaptación del régimen a los nuevos tiempos. Algunas veces, y con el fin de mostrar su potestad, no autorizaban un festival aduciendo motivos burocráticos, y otras censuraban una canción por demasiado explícita. Eran alardes de poder más que auténtica convicción de la peligrosidad de nuestros envites lírico-mímicos. Pero poco importaba, porque la masa de correligionarios se tomaba las
variétés
pretendidamente agitadoras como si fueran lances clandestinos, y gustaba de imaginarse al enemigo franquista rabiando ante la perversidad del ataque. Sí una canción había sido censurada, entonces era convertida en mito para la posteridad.

Sumergidos en este clima de simulacros bélicos, cualquier inocente referencia musical al viento o al abuelo Siset y su estaca
[1]
se convertía en símbolo de la imparable fuerza opositora, o de la demencia senil del dictador. De forma parecida debían de descifrar nuestra obsesión por vegetales, insectos y gestos esotéricos, porque, si no era así, tampoco logro comprender qué pintábamos en aquella guerra.

El festival patriótico de Sant Feliu estaba a punto de empezar y el bendito de Lluís Llach seguía llorando desconsoladamente. Su mánager trataba de calmarlo y decirle que en otra ocasión ya cerraría el acto de afirmación, pero el sensible luchador lírico no tenía consuelo. Yo observaba perplejo la escena desde una discreta posición, enfundado en unas mallas negras y la cara pintada de blanco, a punto de salir a la refriega pública.

En todas las plazas que pretendíamos conquistar se creaba la misma pugna entre los combatientes de nuestro bando. El conflicto surgía en el momento de organizar el orden de intervención en combate. La colocación de cada uno en el recital venía a considerarse la posición que ocupaba el cantante en el
ranking
regional, o sea, de menor a mayor importancia. El escalafón era similar al ejército regular: los que estaban situados en la retaguardia del festival ostentaban un grado superior a los de primera línea.

Llegados a esta situación, su ferviente militancia a la causa libertadora dejaba de ser temporalmente el objetivo supremo y cada cual procuraba barrer para casa. La discrepancia empezaba primero con subterfugios estéticos. «... Que si mi canción es más adecuada para cerrar... que si yo tengo un ritmo menos lento que facilita un final esperanzados... Que si tú ya cerraste el festival en Sabadell...». Al poco tiempo, el asunto pasaba a mayores con argumentos de naturaleza más contundente, como por ejemplo: ¡El público ha venido aquí a escuchar a Raimon!

A partir de entonces, el ya frágil protocolo se venía abajo, dando paso al sacramental. Nadie quería ser telonero del otro y todos lanzaban su mánager al ataque del contrario con el consiguiente riesgo de guerra fratricida. Como secuela de la discordia, una vez finalizado el acto, se podían distinguir a primera vista un montón de caras agrias. Pero si, además, alguien había sido vitoreado con más fervor, lo convertían en cordero pascual. Tampoco la sangre llegaba al río, pues para dejar abierta la continuidad de nuevas operaciones lírico-militares, la despedida entre ellos (como la de cualquier farándula) exhibía gran caudal de besos y abrazos, aunque detrás de tanta efusión planeaba subrepticiamente la sombra de Judas.

Desconozco los argumentos que utilizó aquel día el representante de Llach, pero lo cierto es que el festival lo cerró Raimon, como casi siempre. Llach enjugó sus lágrimas, cogió la guitarra y cantó con voz plañidera un repertorio de tres o cuatro temas en penúltimo lugar.

El aspecto juvenil y algo desvalido del cantautor provocó instantáneamente una subida de libido en las jovencitas presentes, a pesar de que los objetivos del asunto y las inclinaciones sentimentales del patriota no andaban en esa dirección. Poco antes habíamos intervenido nosotros con nuestras «mimeces» (o memeces), seguidos por los habituales teloneros con sus guitarras, los cuales se esforzaban en demostrar una persistente enemistad entre el instrumento y su voz. Pero como el fin no era filarmónico, sino militar, la masa de partidarios aplaudía hasta la extenuación.

Aquello no era más que el principio de una práctica cuya implantación acabaría siendo responsable de numerosos estragos en la tribu. Por el solo hecho de ser genuinamente autóctono, el control de calidad de cualquier evento ya nunca sería requisito esencial. Ese «rasgo diferencial» ha perdurado largamente; incluso merced a la Consejería de Cultura el «rasgo» ha venido sufriendo en los últimos tiempos un aumento espectacular. El mérito no se impone porque se considera una tendencia derechista.

Cuando empezó el ataque de Raimon, salí por la puerta de artistas que daba a la calle. El volumen de su voz no permitía demasiada proximidad sin riesgo para los tímpanos. Incluso así, hasta el exterior del teatro de operaciones llegaban con claridad los rugidos de su combate con
Al vent
[Al viento]. Sin duda, se trataba del mejor guerrero. Raimon tenía la contundencia de una paella valenciana mixta con todos los ingredientes animales y vegetales. Sin embargo, algunas de sus letras eran tan rudimentarias que, de haber transcurrido la existencia humana bajo aquellos edictos, no creo que hubiera acaecido ni el gótico ni el renacimiento; pero, aun así, no se le puede negar un aliento especial en sus desazones.

Dentro del teatro, nuestros leales reaccionaban enfervorecidos a cada frase «... No creemos en las pistoooolas... para la vida se ha hecho el hombreeee... y no para la mueeeerte...». ¡Mira por dónde! ¡Vaya descubrimiento! Todos estábamos de acuerdo con la obviedad, pero el dilema seguía siendo el mismo: ¿Quién ponía el cascabel al gato? O, más concretamente, al viejo.

La duda era demasiado pueril para entorpecer las elevadas misiones que el batallón cultural tenía encomendadas. Enfrentarse a ello radicalmente hubiera significado despojarse de muchas cosas y elevar de forma sustancial la cota de riesgo. No podían ponerse en peligro los líderes del simulacro; esas cuestiones estaban relegadas a la clase de tropa, la cual tampoco parecía muy dispuesta a ir más allá del griterío testimonial.

Un elemental análisis objetivo de la situación dejaba enseguida el artificio al descubierto. La falta de agallas quedaba patente, porque en el fondo cualquier guerra seria arrastra hambre, opresión tiránica o un ataque despiadado a la propiedad. No era el caso del crepúsculo franquista. Vivíamos ya demasiado felices.

Al instigar el recuerdo, mi mente reproduce algo tan paradójico como el clima de euforia, libertad y frenesí con que transcurrió la última década de dictadura. ¿Es nostalgia de la juventud la que ofusca esta rememoración, revistiéndola hoy con tintes optimistas? No lo descarto; pero incluso así hay que reconocer objetivamente que la vileza de un régimen exhausto nos proporcionaba a los jóvenes el incentivo de rebeldía imprescindible en esta etapa de la vida. El ansia por conseguir pasar algún día de perdedores a ganadores constituía un estímulo hacia la subversión, aunque, por supuesto, siempre simulada.

El riesgo estaba bajo control, y en general no iba más allá de las rutinarias conspiraciones caseras o de alguna que otra carrera delante de unos policías con problemas de obesidad. Si alguien tenía la suerte de poder exhibir un hematoma producido por un porrazo enemigo, los intereses a plazo fijo auguraban una buena rentabilidad futura, tal como hemos podido comprobar en las nóminas oficiales de la democracia. Cierto que hubo excepciones trágicas, torturas y ejecuciones, demasiadas; pero, aun así, solo en la proporción que confirmaba la regla mayoritaria. Los finales del franquismo nada tuvieron que ver con la brutal y sórdida posguerra.

Nosotros habíamos llegado a la feliz conclusión de que mediante una forma de vida noctámbula, etílica y procaz estábamos socavando ya los cimientos del régimen. En suma, deberíamos plantearnos si el Franco decadente de aquellos años no era una bendición para una juventud que necesitaba enfrentarse al malo de la película y vivir así bajo una dosis de generoso riesgo. Cuando el malo absoluto se ha diluido, hemos podido verificar cómo la dosis inoculada ha sido química, y en consecuencia el índice de mortalidad juvenil ha sufrido un notable aumento.

Los militantes antifranquistas se esforzaban en igualar a Franco con los dos iconos fascistas, Hitler y Mussolini (se tenía buen cuidado de omitir a Stalin). Era un concepto absolutamente engañoso: el fascismo de esos tres rufianes perseguía la creación de un hombre del futuro, ya fuera el comunista o el fascista, pero en todo caso un hombre nuevo que rompiera las ataduras con cualquier anacrónico pasado y especialmente con la herencia burguesa. Franco trataba de imponer precisamente lo contrario, volver a los valores caducos del siglo XIX, y en ese sentido su pretendido fascismo no era más que una completa falsificación. Lo que sufrimos en España era el encumbramiento de una cursilada con métodos despóticos y a menudo criminales.

Ciertamente, yo estaba en aquel simulacro de resistencia bélica, pero como víctima de mi propia esquizofrenia. Por un lado, sentía apego hacia el entorno, permanecía encandilado ante algunas expresiones características de la tribu que alimentaban mi sentimentalismo. Sin embargo, empezaba a detestar la mística que lo envolvía. El ambiente general de los guerreros culturales catalanes se movía en un clima tan afectado y beatón que me resultaba totalmente refractario. Era un tufo de naturaleza clerical el que invadía todo aquello y del que no se libraba ni la guarnición soviética del PSUC.

En definitiva, los largos años de dictadura habían conseguido un amplio contagio de las tácticas entre defensores y atacantes del régimen. Estábamos todos tan contaminados, que acabamos como el propio Franco, confiando incluso en la Providencia.

En última instancia, también habíamos depositado nuestra fe en la naturaleza, para que como mano justiciera asestara ella el golpe definitivo. Es evidente que para un viaje así no se necesitaba tanta alforja retórica.

AMOR III

¿Era amor a la patria? Cuando entraban los segadores afilando sus hoces desde el fondo del teatro, y el sonido estridente de la «tenora» enfilaba el himno
Els segadors
, un escalofrío emotivo recorría toda mi piel. Transcurrían los últimos espasmos de nuestra excitante y feliz adolescencia mental, creyendo todavía que ser catalán era lo mejor que podía ocurrirle a cualquier habitante del planeta. En todo caso, el tiempo de la ficción tocaba a su fin, y la cruda realidad sobre la conducta de nuestro bando y sus integrantes era inminente. En el otro lado, el ocaso del régimen parecía irreversible. La naturaleza nos complacía maltratando el cuerpo de Franco. Aun así, como todo bicho finiquitado y acorralado, sus dentelladas podían ser letales, como se demostró en septiembre de 1975, enviando cinco jóvenes al paredón.

No obstante, el hecho de interpretar en público un himno prohibido por la dictadura aportaba todavía a la representación unos ingredientes de riesgo que hacían subir notablemente la cota emocional.

—¿Has visto aquel viejo de la segunda fila? Le caían las lágrimas...

Mi amigo y colega Jaume Sorribas actuaba siempre con un ojo en el personaje y otro sobre los espectadores.

—Naturalmente —le contesté—, porque ese tío es de antes de la guerra.

No iba yo a admitir en su presencia que cuando empezaba la escena patriótica me ocurría lo mismo que al viejo de la segunda fila. Tenía claro que Jaume no era muy proclive a esa clase de sentimentalismos. Practicaba el justo apego a las cosas místicas para no tener que pasar asiduamente la humillación del desencanto. Cuando alguien se ponía demasiado pegajoso en las expresiones sentimentales, el ingenioso Jaume lanzaba un sarcasmo tan divertido como demoledor.

Su actitud no ha cambiado desde el primer día que apareció en la sala de ensayo, hace ahora unos cuarenta y cinco años. La vida no le ha sido fácil, pero la dignidad ha resultado indemne. Si escuchara ahora lo que estoy diciendo, su reacción pudorosa lo llevaría a echar mano del
bel canto
:

—¡Celesteee Aidaaa! ¡Oh, bala perdidaaa!

Cualquier aria operística manipulada a su antojo podía servirle para cortar toda plática ajena cuya derivación en el terreno de los sentimientos se encaminara por derroteros excesivamente acaramelados.

¿Por qué no había captado todavía su ejemplo práctico? Me hallaba aún empeñado buscando sensaciones afectivas en la promiscuidad tribal. Trataba de extraer del territorio un caudal de sentimientos que mi entrañable amigo, con el buen tino que lo caracterizaba, sabía colocarlos con certera precisión en las gentes más diversas, ya fueran gallegos, japoneses o zulúes.

También su forma jovial de encararse a las dificultades, o incluso a los apuros que podía sufrir el grupo, marcaría para siempre nuestra dinámica de relación colectiva y, sobre todo, acabaría imprimiendo un estilo de ofensiva sarcástica hacia el exterior. Sin exhibir ningún protagonismo, y sin estar presente desde hace muchos años, Jaume ha sido, sin lugar a dudas, quien más ha influido a la compañía durante cuatro décadas y media.

—Oye, Jaume: hay un sinfín de asuntos para resolver pronto. Apunta todas las gestiones que debemos realizar los próximos días.

La razón del encargo era debida a sus funciones de secretario-administrador del grupo, que ejercía durante los tiempos libres de ensayo. En esta ocasión, Jaume estuvo media hora ante un folio, bolígrafo en mano, y después desapareció con cualquier excusa. Cuando me acerqué al papel para ver la lista de los asuntos a realizar, pude leer la totalidad del contenido: ¡Gestionar gestiones!

Juntos habíamos vivido infinidad de situaciones complicadas, que él, hábilmente, convertía en hilarantes. Mi turbulenta cabeza encontraba en su armonía rítmica un motivo de imitación. Yo era maestro suyo en las ficciones teatrales y su alumno aventajado en realidades objetivas.

Acabábamos de pasar muchos meses con la compañía instalados en los montes de Pruit, construyendo
Alias Serrallonga
, que fue mi última extracción de residuos amorosos sobre la tribu. Yo andaba todavía por el territorio catalán como los niños en su parque infantil. Aquí el olor reconfortante del pipí, allí el juguete manoseado con efluvios de papilla, debajo el fascinante agujero en el suelo plastificado para introducir compulsivamente el dedo índice... Me movía con pasmosa facilidad por los rincones endogámicos del jardín provinciano, compartiendo confidencias sobre la perversidad del enemigo centralista. Lo hacía con todos aquellos nostálgicos del claustro materno nacional (entre veinte y ochenta años) que aún se chupaban el pulgar soñando con la tierra prometida.

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