Read Un puente hacia Terabithia Online

Authors: Katherine Paterson

Un puente hacia Terabithia (10 page)

BOOK: Un puente hacia Terabithia
9.01Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

—Ya que no me has comprado nada, ¿puede Leslie ir con nosotros a la iglesia?

—¿Esa chica? —Su madre intentó buscar un buen pretexto para decir que no—. Esa chica no se viste adecuadamente.

—¡Mamá! —puso una voz tan remilgada como la de Ellie—. Leslie tiene vestidos. Centenares.

El flaco rostro de su madre se oscureció. Se mordió el labio inferior como a veces hacía Joyce Ann y habló tan bajo que Jess casi no pudo oírla.

—No quiero que nadie se burle de mi familia.

A Jess le entraron ganas de rodearla con el brazo como hacía con Joyce Ann cuando necesitaba que alguien la consolara.

—No se va a burlar de ti, mamá. De verdad.

Su madre dio un suspiro.

—Bueno, si su aspecto es decente...

Leslie estaba decente. Se había peinado el pelo hacia abajo y llevaba un pichi de color azul debajo una blusa con florecitas a la moda antigua. Llevaba unos calcetines rojos que le llegaban hasta la rodilla y calzaba unos resplandecientes zapatos de piel marrón, que eran nuevos para Jess porque Leslie siempre llevaba playeras, como todos los niños de Lark Creek. Hasta su comportamiento era decente. Moderó su habitual viveza y contestaba con un «Sí, señora» o «No, señora», como si se diera cuenta de que la madre de Jess temía una falta de respeto. Jess era consciente de los esfuerzos que estaba haciendo Leslie porque no decía «señora» con naturalidad.

Comparadas con Leslie, Brenda y Ellie parecían dos pavos reales con un falso plumaje. Las dos exigieron ir delante con sus padres en la camioneta, lo cual resultó bastante incómodo dado el peso de Brenda. Jess, Leslie y las pequeñas subieron contentos a la parte trasera y se sentaron sobre unos viejos sacos que el padre había arrimado a la pared de la cabina.

No es que hubiera salido el sol, pero como era el primer día en que no llovía desde hacía tiempo cantaron
Oh, Señor, qué mañana, Ah, hermosos prados
y
¡Canta! Canta una canción
, que les había enseñado la señorita Edmunds, y para Joyce Ann
Sonad campanas.
El viento se llevaba las voces. Aquello hacía que la música sonara misteriosamente, dando a Jess una sensación de poder sobre las ondulantes colinas que se veían desde la parte trasera del camión. El viaje se hizo demasiado corto para Joyce Ann, que empezó a llorar porque la llegada interrumpió el primer verso de
Santa Claus llegó a la ciudad
que, después de
Sonad campanas
, era su canción preferida. Jess le hizo cosquillas para hacerla reír de nuevo, así que cuando los cuatro bajaron saltando sobre la compuerta trasera tenían las caras enrojecidas y estaban otra vez alegres.

Llegaron un poco tarde, para satisfacción de Ellie y Brenda que así pudieron dar el espectáculo por el pasillo hasta llegar al primer banco, con la seguridad de que todos los ojos en la iglesia estaban fijos en ellas y que todos expresaban celos. Dios, qué odiosas eran. Y su madre que había temido que fuera Leslie quien les hiciera pasar vergüenza. Jess se encogió de hombros y se deslizó, esforzándose por no llamar la atención, en el banco de detrás de la fila de mujeres y delante de su padre.

La iglesia siempre parecía la misma. Jess podía desconectarse igual que se desconectaba en las clases en el colegio, con el cuerpo levantándose o sentándose al unísono con el resto de los feligreses, pero con la mente entumecida y flotante, sin pensar ni soñar, pero al menos libre.

Una o dos veces fue consciente de estar de pie en medio de un canto fuerte pero escasamente armonioso. En una zona alejada de su conciencia escuchó a Leslie cantando con los demás y se preguntó, amodorrado, por qué se molestaría en hacerlo.

El predicador tenía una de esas voces llenas de matices. Hablaba en voz rápida, que sonaba normalmente y de repente, ¡zas!, comenzaba a chillarte. Cada vez que eso ocurría Jess pegaba un salto y le costaba varios minutos volver a tranquilizarse. Como no escuchaba las palabras, la cara enrojecida y sudorosa de aquel tipo parecía extrañamente fuera de lugar en aquel aburrido santuario. Era como cuando Brenda cogía una rabieta porque Joyce Ann había andado con su barra de labios.

Costó tiempo arrastrar a Ellie y Brenda fuera del porche de la iglesia. Jess y Leslie se fueron antes y colocaron a las pequeñas en la parte de atrás, sentándose luego a esperar.

—Jo, cuánto me alegro de haber venido.

Jess se volvió hacia ella mirándola incrédulo.

—Es más divertido que una película.

—Lo dices de broma.

—Qué va. —Hablaba en serio. Jess lo supo por su mirada—. Toda esa historia de Jesús es realmente interesante, ¿no te parece?

—¿Qué quieres decir?

—Toda aquella gente que quiso matarle sin que él les hubiera hecho nada.

Vaciló. De verdad que era una historia preciosa: como la de Abraham Lincoln o Sócrates o Aslan.

—No tiene nada de hermosa —interrumpió May Belle—. Da miedo eso de hacer agujeros en las manos de alguien.

—Tienes razón, May Belle. —Jess buscó en las profundidades de su mente—. Dios hizo que Jesús muriera porque nosotros somos unos miserables pecadores.

—¿Crees que eso es verdad?

Se quedó atónito.

—Lo dice la Biblia, Leslie.

Le miró como si estuviera dispuesta a ponerse a discutir con él, pero luego pareció cambiar de opinión.

—Qué locura, ¿verdad? —Leslie sacudió la cabeza—. Tú que tienes que creer en la Biblia, la odias. Y yo, que no tengo que creerla, la encuentro preciosa. —Volvió a sacudir la cabeza—. Es cosa de locos.

May Belle bizqueaba como si Leslie fuera algún animal extraño sacado del zoo.

—Tienes que creer en la Biblia, Leslie.

—¿Por qué?

Preguntaba de verdad. Leslie no pretendía dárselas de ingeniosa.

—Si no crees en la Biblia —los ojos de May Belle estaban abiertos como platos—, Dios te condenará al infierno cuando te mueras.

—¿De dónde ha aprendido semejante estupidez? —Leslie miró a Jess como si le fuera a acusar de haberle hecho daño a su hermana.

Jess se sintió enrojecer sin saber qué responder.

Bajó los ojos para mirar el saco de yute y empezó a juguetear con sus deshilachados bordes.

—Es la verdad, ¿no, Jess? —exigió la aguda voz de May Belle—. ¿No te manda Dios al infierno si no crees en la Biblia?

Jess apartó el pelo de su cara.

—Supongo que sí —masculló.

—No lo creo —dijo Leslie—. Ni siquiera creo que hayas leído la Biblia.

—La he leído casi entera —dijo Jess, todavía toqueteando el saco—. Es casi el único libro que tenemos en casa. —Levantó la mirada hacia Leslie y medio sonrió.

Ella le sonrió a su vez.

—Vale —dijo—. Pero yo sigo sin creer que Dios se dedique a condenar a la gente al infierno.

Sonriendo, intentó no hacer caso de la preocupada vocecita de May Belle.

—Pero Leslie —insistió—. ¿Y si te
mueres?
¿Qué pasa si te
mueres?

Capítulo 9
El maleficio

El lunes de Pascua comenzó a llover en serio otra vez. Era como si las fuerzas de la naturaleza conspiraran para estropearles su corta semana de libertad. Jess y Leslie estaban sentados con las piernas cruzadas en el porche de los Burke, mirando cómo los neumáticos de un camión salpicaban con agua fangosa.

—Ése no va a más de cincuenta millas por hora —musitó Jess.

En aquel momento algo salió de la ventanilla de la cabina. Leslie se incorporó de un salto.

—¡Cochino! —gritó en dirección a las luces traseras que ya desaparecían.

Jess también se puso de pie.

—¿Qué quieres hacer?

—Lo que quiero es ir a Terabithia —dijo, mirando tristemente caer la lluvia torrencial.

—¡Qué diantre! Vámonos —dijo Jess.

—Vale —respondió ella, repentinamente alegre.

Fue a por sus botas y un impermeable y dudó un momento con respecto al paraguas.

—¿Crees que podremos columpiarnos hasta el otro lado con un paraguas en la mano?

Él negó con la cabeza.

—No.

—Será mejor que pasemos por tu casa a coger tus botas y demás.

Se encogió de hombros.

—Toda mi ropa se ha quedado demasiado pequeña. Iré con lo puesto.

—Voy a buscarte un abrigo viejo de Bill. —Comenzó a subir la escalera.

Judy salió al corredor.

—¿Qué estáis haciendo?

Eran las mismas palabras que podía haber dicho la madre de Jess, sólo que en un tono distinto. Los ojos de Judy estaban como nublados y su voz sonaba distante.

—No queríamos molestarte, Judy.

—No os preocupéis, estaba empantanada en ese momento. Así que es mejor que lo deje. ¿Habéis desayunado?

—No te molestes, Judy. Podemos prepararnos algo.

Los ojos de Judy se aclararon un poco.

—Tienes puestas las botas.

Leslie se miró los pies.

—Oh, sí —dijo, como si acabara de darse cuenta de ello—. Pensábamos salir un momento.

—¿Está lloviendo otra vez?

—Sí.

—A mí me gustaba pasear bajo la lluvia. —La sonrisa de Judy se parecía a la de May Belle cuando dormía—. Bueno, si podéis arreglaros...

—Por supuesto.

—¿Todavía no ha vuelto Bill?

—No. Dijo que no volvería hasta tarde. Que no debemos preocuparnos.

—Bien —contestó—. ¡Oh! —dijo repentinamente y sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Oh! —Volvió a su habitación y el golpeteo de la máquina de escribir se reanudó en seguida.

Leslie sonrió.

—Ya no está empantanada.

Se preguntó cómo sería eso de tener una madre cuyas historias estaban dentro de su cabeza en lugar de estar pasando durante todo el día por la pantalla del televisor. Siguió a Leslie que se puso a sacar cosas de un armario. Le entregó un impermeable de color beige y un curioso sombrero redondo de lana negra.

—No hay botas. —Su voz salía de las profundidades del armario, amortiguada por una hilera de abrigos—. ¿Qué tal un par de pisafuerte?

—¿Un par de qué?

Leslie asomó la cabeza entre los abrigos.

—Zuecos, zuecos.

Se los enseñó. Eran enormes.

—No, los perdería en el barro. Iré descalzo.

—Buena idea —aprobó saliendo de allí—, yo también.

La tierra estaba fría. El barro frío les produjo punzadas de dolor en las piernas, así que corrieron chapoteando en los charcos, llenándose de barro. El
P. T.
brincaba delante de ellos, saltando como un pez de un mar oscuro a otro, luego volviéndose para agrupar a su rebaño, mordisqueando sus talones y salpicando aún más sus ya empapados vaqueros.

Al llegar a la orilla del arroyo se detuvieron. Daba miedo. Era igual que en
Los Diez Mandamientos
que pusieron en la tele, cuando el agua llenó torrencialmente el camino seco hecho por Moisés y barrió a todos los egipcios; el largo cauce se había convertido en un tormentoso mar de casi cuatro metros de ancho, que arrastraba árboles, troncos y basura como si fueran carros egipcios; las aguas hambrientas lamían y a veces rebasaban las orillas, desafiándolas a que intentaran confinarlas.

—Caray —dijo Leslie con respeto.

—Sí. —Jess levantó la vista hacia la cuerda. Seguía colgando de la rama del manzano silvestre. Sintió frío en el estómago—. Lo mejor sería dejarlo.

—Vamos, Jess. Podemos cruzar. —La capucha del impermeable se le había caído hacia atrás y tenía el pelo pegado a la frente. Se limpió las mejillas y los ojos con la mano y luego desenrolló la cuerda. Desabrochó el cuello del abrigo con la mano izquierda—. Aquí —dijo—. Mete al
P. T.
dentro.

—Lo llevaré yo, Leslie.

—Con el impermeable que llevas se te caerá.

Estaba impaciente por cruzar, así que Jess alzó al empapado perro y lo metió de culo en la cueva que formaba el impermeable de Leslie.

—Tienes que sujetarlo con el brazo izquierdo y columpiarte con el derecho, ¿sabes?

—Lo sé, lo sé. —Dio unos cuantos pasos hacia atrás para tomar impulso.

—Agárrate bien.

—No seas pesado, Jess.

Cerró la boca. Quisiera cerrar también los ojos. Pero no lo hizo y la vio tomar impulso, correr hacia la orilla, dar el salto, columpiarse, soltar la cuerda y caer con gracia en la otra orilla.

—Tómala.

Estiró la mano, pero tenía puestos los ojos en Leslie y en el
P. T.
y no se fijó en la cuerda, que se deslizó entre la punta de sus dedos y osciló en un gran arco, fuera de su alcance. Dio un salto y la agarró, olvidándose del ruido y del aspecto del agua, se echó hacia atrás y luego se lanzó con gran fuerza hacia adelante. La fría agua del arroyo lamió un instante sus talones descalzos pero en seguida se levantó en el aire, cayendo torpemente de culo. El
P. T.
se subió encima de él inmediatamente, pisoteando con sus patas enlodadas el impermeable beige y lamiéndole con la rosada lengua el rostro mojado.

Leslie tenía los ojos brillantes.

—Levantaos —le costó contener la risa—, levantaos, rey de Terabithia, y entremos en nuestro reino.

El rey de Terabithia aspiró y se limpió la cara con el dorso de la mano.

—Me levantaré —replicó con dignidad— cuando vos quitéis ese tonto perro de encima de mis tripas.

Fueron a Terabithia el martes y el miércoles. Llovía a intervalos y el miércoles las aguas del arroyo habían alcanzado el tronco del manzano, obligándoles a meterse en el agua hasta los tobillos cuando tomaban carrerilla para volar hacia Terabithia.

Jess hizo todo lo posible por caer de pie en la otra orilla. Estar sentado con unos pantalones fríos y mojados no era muy divertido, ni siquiera en un reino mágico.

A Jess le fue aumentando el miedo a cruzar a medida que crecía el agua del arroyo. Pero Leslie no parecía vacilar, de modo que Jess no podía hacerse el remolón. Pese a que podía obligar a su cuerpo a seguirla, su espíritu se rezagaba, deseoso de agarrarse al manzano silvestre de la misma manera que Joyce Ann lo hacía a las faldas de su madre.

Mientras estaban sentados en su castillo el miércoles, de pronto empezó a llover con tanta fuerza que el agua entró a chorros helados por el tejado de la choza. Jess intentó acurrucarse para evitar lo más desagradable, pero no había forma de escapar de los horribles invasores.

—¿Sabéis lo que pienso, oh rey?

Leslie vació el contenido de una de las latas de café en el suelo y la puso debajo de la gotera más grande.

—¿Qué?

BOOK: Un puente hacia Terabithia
9.01Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

The Space in Between by Melyssa Winchester
Paths of Glory by Jeffrey Archer
Gates of Dawn by Susan Barrie
Mistaken Identity by Diane Fanning
The Bird Room by Chris Killen
A Highlander Christmas by Dawn Halliday, Cindy Miles, Sophie Renwick
Quick by Viola Grace
Polar Reaction by Claire Thompson
My Scandalous Viscount by Gaelen Foley


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024