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Authors: Daniel Glattauer

Tags: #Romántico

Siempre tuyo (7 page)

—Hannes, no podemos seguir así —dijo ella.

—Te entiendo —dijo él—, estás ofendida por lo de ayer. Sí, fue una tontería por mi parte. Tendría que haberte llamado antes. Te cogí con mal pie.

—No, Hannes, es más que eso —dijo ella—. Para una relación tan intensa, yo no estoy…

—¡No sigas, por favor! —el escolar había desaparecido. Ahora Hannes era el padre fuera de sí, severamente autoritario—. Te he entendido, sé que cometí un error, no volverá a ocurrir. ¡Nostalgia! ¿Sabes lo que significa nostalgia? ¿Hace falta que te lo deletree? N, O, S, T, A, L, G, I, A. Nostalgia. Sentía nostalgia de ti. ¿Es un delito?

En cuanto advirtió que Judith estaba observando su puño cerrado, lo abrió de inmediato. Sonrió con dulzura como obedeciendo una orden, intentó en vano que se le formaran arruguillas solares. Alargó el brazo hacia Judith. Ella se echó hacia atrás.

—Ya lo verás, amor, todo se arreglará —dijo él.

Ella pidió la cuenta.

—Pago yo —replicó Hannes.

4.

—¡Jefa, teléfono! —gritó Bianca pocas horas después, desde la sala de ventas hacia el despacho, donde Judith estaba intentando recoger los añicos de sus ideas sin hacerse más daño todavía.

—No estoy para nadie, estoy ocupada —contestó.

Su corazón no había retomado el ritmo habitual desde el duro golpe en la escalera.

Bianca: —Es su hermano Ali.

Judith: —¡Ah!, ya, Ali, a él puedes pasármelo.

Ali hablaba el doble de rápido y fuerte que de costumbre. Casi se diría que las palabras le salían a borbotones (si las aguas estancadas pudieran salir a borbotones).

—No sé cómo agradecéroslo —dijo.

Judith tampoco lo sabía. Ni siquiera sabía qué tenía que agradecer.

Ali: —Es bonito tener una hermana que esté ahí cuando uno se ve en un apuro.

Judith: —Sí, claro que sí. ¿Por qué lo dices?

Ali: —Porque conseguiste que Hannes lo hiciera. Hedi está tan contenta. Y ya verás cómo pronto dejaré de necesitar medicamentos.

Basta, ya estaba bien:

—¡Ali, explícate! ¿Qué es lo que conseguí que hiciera Hannes?

Ali: —No me digas que no sabes nada.

Resultó ser lo siguiente: ya el día después de su visita, Hannes lo había llamado y le había ofrecido el trabajo ideal. Lo único que Ali debía hacer era fotografiar farmacias y droguerías, primero en los distritos de Alta Austria y luego en otros estados. Al día siguiente, Hannes había pasado a recogerlo y habían ido a Schwanenstadt para visitar el primer proyecto. Hannes le había explicado cómo tenían que ser las fotografías, todas tomas exteriores de los edificios. Después habían redactado un contrato a tanto alzado por medio año.

—Mil euros al mes más todos los gastos, por un par de fotos sencillas, ¡qué barbaridad! —se entusiasmó Ali.

Judith no abrió la boca.

—Me da vergüenza haberlo subestimado —dijo su hermano—. Esa clase de personas son mejores que todos los terapeutas, que sólo hacen negocio con las crisis ajenas.

»Los que te ayudan no son los que estudian para luego decirte que necesitas con urgencia un trabajo, sino los que realmente te lo consiguen.

—Ya —dijo Judith.

Tenía la garganta seca y no podía emitir más sonidos.

Ali: —Hannes no sólo escucha, también hace algo. Algún día le devolveré el favor, te lo prometo.

Judith: —Ya.

Ali: —Y tú lo arreglaste todo, te lo agradezco, querida hermana.

Ella se mordió los labios. ¿Podía refrenar su euforia? ¿Podía disuadirlo de aceptar el trabajo? ¿Con qué argumentos? ¿Con su intuición?

—Me alegro por ti, Ali —dijo ella—. Y la próxima vez me gustaría hablar contigo. Tengo que explicarte algo, algo importante. Espero que me comprendas. Pero por teléfono no puedo.

5.

Los siguientes días Hannes la sorprendió con su reserva, y estaba bien que así fuera. Judith no se sentía en condiciones de pasar una noche con él, al menos no todavía. Tenía preparada una serie de elaboradas excusas para evitar un encuentro. Pero si hubiese confesado la verdad, habría dicho algo así: «Lo siento, Hannes, es que de momento no estoy de humor para verte. Tu nostalgia me saca de quicio. Me he hartado de tu insistencia. En concreto: de tu asalto nocturno. Es esa imagen del hombre acurrucado delante de mi puerta a medianoche, que ha estado esperándome, acosándome, invadiéndome. Ese hombre no se me quita con tanta facilidad de la cabeza. Y es del todo incompatible conmigo en una misma cama».

Las aclaraciones quedaron sin formular, pues sorprendentemente él no dio claras señales, ni siquiera oscuros indicios, de querer verla por la noche. Tres veces saludó a través del escaparate. Sus llamadas telefónicas fueron breves y cordiales. Se esforzaba al máximo por resultar gracioso, y un par de veces incluso lo consiguió (con relativa espontaneidad).

En todo caso —y ésa era su nueva y agradable faceta— parecía haberse deshecho de su abrumadora melancolía. Cultivaba el tono distendido, evitaba el patético tema del «amor de su vida», hurgaba en el cajón de las pequeñas atenciones y se contentaba con tiernas citas de su diccionario secreto de los mil piropos más hermosos.

Al cabo de una semana de cercanía bien dosificada y de ininterrumpida distancia, ella había recobrado la confianza necesaria para hablarle del asunto de Ali.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó.

Hannes: —¿Tú qué crees?

Judith: —¿Que qué creo? No quiero que sea lo que yo creo.

Hannes: —Pues ahora me interesa más todavía qué crees tú que es.

Judith: —Creo que lo hiciste por mí.

Él soltó una sonora carcajada. Si era fingida, estaba bien fingida.

Hannes: —Amor, esta vez te equivocas. Necesito las fotos, tengo que hacer un fichero. Ali necesita dinero, tiene que mantener a una familia. Y Ali sabe sacar fotografías. Ojalá todos los negocios fuesen tan sencillos.

Judith: —¿Por qué no hablaste primero conmigo?

Hannes: —Lo reconozco, quería darte una sorpresa, amor. Porque sabía que te alegrarías por tu hermano.

Judith: —Hannes, tus sorpresas son demasiado frecuentes y demasiado grandes.

Hannes: —Amor, no podrás quitarme esa costumbre. Me encanta darte sorpresas. Es la mejor de mis aficiones, ya casi se ha convertido en el sentido de mi vida.

Él rio. Cuando intentaba ser irónico consigo mismo, era cuando a ella mejor le caía.

6.

Su actual oferta de sorpresas se caracterizaba por la pertinaz ausencia de la pregunta de si volverían a salir una noche juntos. Ya habían pasado dos semanas del encuentro en la escalera. ¿De pronto había perdido el interés en ella? ¿Ya no quería estar cerca de ella? ¿Había otra mujer? (Una idea que le producía, en igual medida, alivio y consternación.) ¿O simplemente, después de cuatro meses de amistad, noviazgo o lo que quiera que fuere, por primera vez le tocaba a Judith dar el próximo paso?

Eran las diez y media de la noche, ella estaba en su sofá ocre, dejándose iluminar por su cálida lámpara de codeso. Un día laborable de verano sin incidentes parecía agotarse entre bostezos y la voz de un presentador de noticias cuando decidió escribirle un SMS a Hannes: «Si aún estás despierto, mantente así. Si aún quieres venir a casa, ¡¡¡¡¡ven!!!!!». Antes de mandar el mensaje, borró tres de los cinco signos de exclamación.

Dos minutos después llegó su mensaje. «Amor», le escribió, «hoy ya no. Pero mañana por la noche podemos ir a cenar. ¡¡¡Si TÚ quieres!!!». Su decepción duró apenas unos minutos y no guardaba ninguna relación con la sensación de felicidad con que se fue a la cama. A ese Hannes que no estaba siempre disponible como su predecesor, a ese nuevo Hannes quería conocerlo mejor. Esperaba con ilusión la primera cita con él.

7.

Él debía de haber hecho un curso de serenidad. El saludo fue informal y consistió en un masaje manual de tres segundos y un beso fugaz en la mejilla. Además, había llegado nueve minutos tarde. Fueron los primeros nueve minutos en que ella —debía admitirlo— lo había esperado con el alma en vilo.

—Seis minutos más y me habría marchado —mintió.

Él sonrió con dulzura. De no haberse tratado del constructor de farmacias Hannes Bergtaler, hasta podría decirse que sonrió con aplomo.

Ella quería ver su aspecto más favorable y había escogido una mesa junto a una ventana del lado oeste, aún iluminado por el crepúsculo. Aquella luz les sentaba bien a sus arruguillas solares. Y cuando reía, los dientes de la abuela se extendían de oreja a oreja como una hamaca blanquísima. Lástima no tener la cámara fotográfica. Así le habría gustado guardarlo en su memoria para siempre.

Ella se extrañó de no tener apetito esta vez. Se asombró de que él se concentrara varios minutos en la carta. Y por primera vez empezaba a desconcertarla que nada, pero nada de nada en sus gestos contenidos indicara los impetuosos sentimientos con que durante meses la había tenido fascinada.

—¿Ha cambiado algo? —preguntó ella, tras una hora larga de conversación amena pero intrascendente (y la siguiente pregunta, «¿Ya no me quieres?», por suerte no salió de su boca).

—Sí —contestó él—, ha cambiado mi actitud.

Lo dijo en el mismo tono que antes había dicho: «De postre te recomiendo la tartaleta de fresas y castañas».

Hannes: —Quiero ser prudente. Quiero que te sientas a gusto conmigo. No quiero atosigarte nunca más con mi amor.

Judith: —Eso está muy bien y lo valoro mucho, querido.

Ella le cogió la mano, él la apartó.

Hannes: —¿Pero?

Judith: —No hay peros.

Hannes: —Que sí, que lo noto, hay algún pero.

Judith: —Que no por eso debes renunciar por entero a demostrarme que significo algo para ti.

Hannes: —Sólo puedo ser de una manera o de otra.

Judith: —Sé que dices la verdad, pero la verdad que no está bien. ¿Qué pasó en tus relaciones anteriores?

Hannes: —No quiero hablar de eso. Lo pasado, pasado —el sol se había puesto ya—. ¿Nos vamos?

—Buena idea —dijo ella.

8.

En realidad, ella ya había sentido deseos de besarlo por el camino. A decir verdad, estaba impaciente por hacerlo, pero el paso de él era tan uniforme y decidido que no se atrevió a frenarlo y hacerle perder el ritmo. Cuando abrió el portal, él se detuvo de improviso y dijo:

—Bueno.

Judith: —Bueno, ¿qué?

Hannes: —Yo me despido aquí.

Judith: —¿Perdón?

Hannes: —No voy a subir contigo.

Judith: —¿Por qué no?

A ella le costaba mucho disimular su decepción.

Hannes: —Creo que es mejor así.

Nunca algo es realmente mejor así cuando se emplea esa detestable fórmula de cortesía, pensó ella.

Judith: —¿Y si yo, sí o sí, quiero acostarme contigo?

Hannes: —Me alegro.

Judith: —Pero no te excita.

Hannes: —Claro que sí.

Judith: —¿Pero?

Hannes: —No hay peros.

Judith: —Que sí, que lo noto, hay algún pero.

Hannes: —Que la excitación no lo es todo.

Judith: —De acuerdo, Hannes, voy a intentarlo una vez más: me gustaría que pasaras esta noche conmigo. ¡Me gustaría mucho, mucho, mucho!

Hannes: —Eso está bien.

Judith: —¿Pero?

Hannes: —Pero yo no sólo quiero pasar algunas noches contigo.

Judith: —¿Sino?

Hannes: —¡Toda la vida!

La pausa que siguió era necesaria.

Judith: —¡Ah! Buenas noches, señor Bergtaler, hoy casi no lo había reconocido.

Él no dijo nada.

Judith: —La verdad, ha de ser difícil pasar toda la vida con una mujer con la que uno no quiere pasar algunas noches. Primero las noches, luego la vida. Por eso te repito mi pregunta por última vez: ¿subes?

Él no dijo nada. Ella entró despacio en el vestíbulo y empezó a cerrar la puerta. Él se quedó inmóvil.

—¡Buenas noches! —le espetó ella, con sarcasmo, por el resquicio de la puerta.

—¡Mis buenas noches están en tu bolso, amor! —le gritó él mientras se alejaba.

Durante algunas horas de insomnio en la cama ella logró ignorar el cuerpo extraño que había dentro de su bolso (a Hannes lo creía capaz de cualquier gesto, desde una servilleta donde había escrito «¡Que descanses!» o «Te amo» hasta un hermano gemelo del feo anillo de ámbar). A eso de las tres de la madrugada fue a ver para poder dormirse de una vez. Sin embargo, aquellas buenas noches la mantendrían despierta unas horas más. Se trataba de un sobre con billetes de avión: Venecia, tres días, dos personas, tres noches, el nombre de ella, el de él. Salida prevista: el viernes. Pasado mañana. Además, un corazón a lápiz demasiado ancho y su inconfundible letra: «¡Sorpresa!».

9.

Venecia no tuvo la culpa. Hizo lo que pudo para estar a la altura de su afamado romanticismo. Pero, a pesar de sus coloridas góndolas y sus canales verdes, ante Hannes Bergtaler llevaba todas las de perder. Por su febril mirada científica al emprender el viaje, por el beso de guía turístico con que la saludó y por su maletín de expedicionario, Judith ya comprendió que había sido un error aceptar aquel regalo.

Se alojaron en una pequeña suite cuatro estrellas, con un balcón que daba a uno de los cuatrocientos veintiséis puentes históricos. Hannes los conocía todos, de modo que Judith no tuvo necesidad de recordar ninguno. Se diría que él se había criado en Venecia. Aunque aseguraba que nunca había estado allí antes.

Sea como sea, conocía Venecia casi mejor que a sí mismo. Como pronto quedó demostrado, enseñársela a Judith era el sentido último del viaje, el último y el primero…, el único. Al principio, Judith no intentó resistirse. Hannes era incorregible e implacable en su afán de poner el mundo a sus pies (en este caso, Venecia).

Fueron aplazando el sexo de una noche para otra por el agotamiento (ella), y porque de todos modos el sexo no contribuía a descubrir la ciudad (él). Durante el día, obedeciendo a un refinado plan geográfico, el programa incluía visitas a museos, a lugares con y sin interés turístico, pausas de duración limitada para tomar un café, que Hannes aprovechaba para impartir pequeños seminarios particulares de arquitectura, y excursiones a la periferia, «la secreta, oculta, pero genuina y auténtica Venecia». Para las tres noches había reservado mesas en conocidos restaurantes y comprado entradas para los mejores conciertos de violín y obras de teatro de cada día. Es probable que hasta los sitios en los guardarropas estuvieran reservados. Ahora podía imaginar Judith qué era lo que él había estado haciendo las dos últimas semanas.

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