Read Siempre tuyo Online

Authors: Daniel Glattauer

Tags: #Romántico

Siempre tuyo (22 page)

Judith sacó un collar de grandes cuentas de ámbar con destellos ocres.

—Muy bonito, la verdad —dijo—, espero que a usted el ámbar le guste un poco más que a mí.

Una vez más, la mujer trató de sonreír. Cuando Judith iba a guardar de nuevo el collar en el cofre, le saltó a la vista el dibujo en un papel amarillento: un corazón a lápiz, demasiado ancho. En el dorso había unas líneas escritas a mano. Judith leyó el breve texto, lo releyó, volvió a coger la mano de la mujer, la estrechó con fuerza y dijo:

—Bella, quisiera pedirle un favor muy grande. ¿Me presta esta carta? Sólo por un día. Se la devolveré. Voy a volver, no la dejaré aquí sola. Voy a hablar con su madre, muy pronto, le contaré toda la historia. Todo saldrá… todo irá mejor… Yo me ocuparé de usted, se lo prometo.

3.

Para la noche había prevista una fiesta prenavideña con la familia y los amigos más íntimos, de la que Judith no debía sospechar nada… y de la que tampoco se enteraría mucho llegado el momento, pensaban. Pero no querían quitarle a Hannes la ilusión de la sorpresa.

Al caer la tarde, Judith, Bianca y Basti habían ultimado todos los preparativos necesarios para el éxito de aquella celebración tan especial. Judith se había escondido en su cama por última vez y ahora oía cómo aparecían los primeros invitados, cómo se daban la bienvenida unas o otras sus copas de champán y cómo sus cuerdas vocales realizaban los habituales ejercicios de precalentamiento retórico.

Mientras tanto, sin embargo, también cuchichearon, serios y turbados, en consideración a la incapacitada dueña de la casa. Respecto a su estado mental, Judith supo que estaba «estancado», pero que ya se había «superado el punto crítico», que desde hacía mucho no había «vuelto a haber escándalos», que tenía «un excelente apetito» y que había que ver lo fantástica que es la medicina moderna, con su asombrosa diversidad de sustancias que permitían a los pacientes psiquiátricos llevar «una dignísima vida» en casa. Es más, Hannes sabía que Judith era «una mujer muy alegre y equilibrada» y que podía «llegar así a los cien años como poco».

Al término del debate sanitario, en mérito del abnegado cuidado y atención de su hija, mamá otorgó a Hannes en ambas mejillas, de manera oficial y entre los cerrados aplausos de los invitados, la condecoración rojo cereza o burdeos de sus labios, sin duda pintados con gruesas capas. El sonido de sus besos llegó a la habitación de la paciente.

Ahora la velada se acercaba a su primer apogeo. Judith dejó que la despertaran, la sacaran de la cama y la arreglaran para presentarse ante los invitados… se empeñó en llevar su colección psicópata de invierno: un pijama de franela morado, debajo de un albornoz de rizo negro. Luego, todos sus seres queridos pudieron abrazarla con cariño y darle la bienvenida a este mundo. Sólo guardó las distancias con Lukas, pues delante de él la teatralización le daba un poco de vergüenza. Y a su hermano Ali, que tenía un día particularmente triste, trató de darle ánimos guiñándole un ojo.

Después pidió la palabra el anfitrión.

—Querida Judith, querida familia, queridos amigos, como ya sabéis, no me gustan los discursos largos —dijo Hannes, iniciando su largo discurso.

Habló de los últimos meses, que «bien sabe Dios lo difíciles» que habían sido para todos, de los desafíos que hay que aceptar, de los cambios personales que pueden ocurrir, por así decirlo, de la noche a la mañana, y ante los cuales nos vemos impotentes e indefensos. En ese punto, Judith se atrevió a interrumpirlo con un breve aplauso, que dio lugar a unos gratísimos momentos de embarazoso silencio navideño.

A continuación, Hannes abrevió un poco y pronto arribó a la siguiente conclusión:

—Hoy es un día especial para Judith y para mí —en eso tenía toda la razón—. De hecho, hoy cambiará nuestra… ¿cómo decirlo?, nuestra situación habitacional.

Prolongó de manera significativa las vocales finales y dijo: «situacióóóón habitacionaaaal». Pues bien, aquel día dicha situación iba a cambiar, «por así decirlo, a ampliarse», añadió con una sonrisa de satisfacción. En ese momento, Judith no pudo evitarlo y una vez más aplaudió a rabiar.

Hannes enarboló una llave, la hizo tintinear con aire triunfal y, en el tono de un guardián medieval, dijo:

—¿Queréis hacer el favor de seguirme?

Judith tomó del brazo a Ali y simuló dejar que él la guiara. En realidad era la única que ya sabía adónde conduciría aquel corto camino. Poco antes había conocido un modelo habitacional similar.

Unos instantes más tarde estaban en el piso de al lado, el del difunto pensionista Helmut Schneider, admirando el lujoso diseño de las habitaciones renovadas. En efecto, Hannes había hecho un buen trabajo, y además lo había hecho con una perfeccionista confidencialidad, salvo por algunas operaciones sonoras nocturnas, que casi le habían hecho perder la razón a Judith. Casi.

Por supuesto, en tales momentos de éxtasis no había disputa posible, ni siquiera sobre gustos, a pesar de que en cada centímetro cuadrado de aquella superficie renovada con minuciosidad se advertía a simple vista que el arquitecto responsable normalmente montaba farmacias.

—He anexionado este piso, para que no nos demos de pisotones —dijo Hannes con ceremoniosa modestia.

Al decir «nos», desde luego se refería también a mamá, para la cual parecía avecinarse una tercera primavera. Judith, que se había alejado del grupo y había descubierto la mesa con los bocadillos, declaró abierto el bufet.

—¿Puedo pediros que prestéis atención una vez más?

Podía. Porque tenía preparada una última sorpresa, que aguardaba tras la puerta blanca entornada y por la estrecha rendija ya dejaba entrever su extraordinaria luminosidad.

Y bien, allí estaban todos, en la nueva sala de estar, de dormir, de reposo, de inquietud, de día, de noche y de vida de Judith, en el calabozo cinco estrellas destinado para ella, donde tendría todo aquello que Hannes había pensado para su «dignísima vida», incluido un nuevo frutero, más grande todavía, en el que por cierto había tan sólo tres miserables plátanos, eso había que mejorarlo.

Judith se dirigió directamente hacia la pared que dividía su supuesto nuevo hogar de su antiguo dormitorio y la tanteó con disimulo. Nada le habría gustado más que preguntarle a Hannes cómo había hecho el sonido de las chapas metálicas, si la voz era en directo cada vez o si la tenía grabada, o si quizá incluso había colocado altavoces dentro de las paredes. Pero eso ya no le correspondía a ella.

Por supuesto, las miradas extasiadas de los invitados se detuvieron en el centro de la habitación. Allí pendía majestuosa, sobre la cama, la elegante araña de cristal de Barcelona, con su inconfundible colorido resplandeciente.

—Esta araña, querida familia, queridos amigos, esta araña tiene un significado muy especial para nosotros dos —dijo—. Bajo su luz, Judith y yo casi… —la breve pausa era necesaria para que los presentes pudieran esbozar su sonrisa forzada por la conmovedora situación—. Casi llegamos a querernos —dijo.

Judith, la incorregible, se acercó a la araña por detrás, agitó con ambas manos las sartas de cristales, produjo esa melodía extraña pero tan familiar y estalló en ruidosas carcajadas.

—¡Mirad cómo se alegra! —dijo Hannes.

Poco a poco también lo notaron los demás.

4.

El timbre de la puerta puso fin a la comedia e hizo enmudecer de golpe a los presentes.

—Han llegado mis invitados —anunció Judith, con una voz clara y cristalina, a la que ella misma tendría que volver a acostumbrarse.

Bianca y Basti entraron acompañados por dos hombres desconocidos, que permanecieron en el vestíbulo.

—Perdón, no queremos molestar —dijo el más bajo, cuyas gafas parecían haberse empañado por la vergüenza.

—No molestan ustedes en absoluto, de todos modos estábamos de fiesta —los animó Judith—. Por cierto, disculpen las pintas, pero aún no he tenido tiempo de pensar en una ropa apropiada para la ocasión.

Sin necesidad de mirar a su alrededor, Judith se deleitaba con la certeza de que todos la contemplaban con asombro. A Hannes, sobre todo, seguro que su versatilidad lo había dejado «de piedra».

—Estos señores son de la Kripo, la policía criminal —se apresuró a anunciar Bianca, exaltada—: el inspector Bittner y el inspector jefe Kainreich.

La aprendiza se inclinó hacia ellos como para hacerse una foto de grupo. Basti estaba a su lado, con las mejillas rojas y la boca un poco más abierta que de costumbre.

—¿El señor Bergtaler? —preguntó el inspector jefe al corro perplejo y abochornado.

—Soy yo —dijo Hannes.

Su voz sonó angustiada. Tenía la vista baja y le temblaban las comisuras de la boca como aquel día en el café Rainer, cuando Judith rompió por primera vez con él en vano.

—Necesitaríamos hacerle algunas preguntas, así que le rogamos que…

—¿Preguntas? —preguntó mamá, consternada.

—Por eso le solicitamos que nos acompañe a la jefatura, para que podamos…

—Pero por supuesto, señor inspector —interrumpió Hannes con voz trémula—, si puedo ayudar en algo…

Judith: —Sí que puede.

Mamá: —¿A la jefatura?

—Por desgracia, si es posible, sería necesario, ya que se ha presentado una extensa denuncia, pues en dos casos tenemos graves sospechas… —el inspector sacó una libreta azul, se aclaró la garganta y leyó—: En virtud del artículo 99, privación de libertad. Artículo 107, amenaza grave. Artículo 107 bis, acoso continuado. Artículo 109, allanamiento de morada…

Mamá: —¡Pero por el amor de Dios!, ¿de qué se trata?, ¿qué es lo que ha ocurrido?

—Créeme, mamá, no querrás saberlo —replicó Judith.

Y le hizo una seña a Bianca. Ella le dio un empujón a Basti. Él cerró la boca y abrió la puerta.

—Tenemos otra invitada sorpresa —Judith avanzó hacia una mujer alta y enjuta, de pelo corto canoso, que estaba esperando fuera. La tomó del brazo, la llevó con su madre y dijo en tono formal—: Señora Permason, ésta es mi mamá. Mamá, ésta es la señora Adelheid Permason, la suegra de Hannes.

Los siguientes momentos, durante los cuales surtieron su efecto las palabras, fueron los más placenteros de los últimos meses.

—A título explicativo, para mis queridos y atónitos invitados —recapituló Judith—: durante muchos años, en rigor, hasta el día de hoy, Hannes ha brindado a su esposa Isabella, la hija de la señora Permason… digamos,
atención psicológica
.

—¿Qué has hecho? —exclamó la mujer enjuta y canosa—, ¿por qué nos has hecho esto? —las miradas se dirigían a Hannes, que estaba acurrucado en una silla, lejos del grupo, cubriéndose la cara con las manos cruzadas y balanceando enérgicamente la cabeza arriba y abajo—. Estás enfermo, Hannes —exclamó la señora Permason—, eres

el que está enfermo. ¡Gravemente enfermo de la cabeza!

Judith: —Para que sepáis de qué estamos hablando, he traído unas líneas que Hannes le escribió a Isabella. Acompañaban un precioso collar de ámbar que él le regaló hace trece años —Judith tomó el papel amarillento con el corazón dibujado y leyó—: «Para Isabella, mi ángel en la tierra, en su cumpleaños número 25. El amor nos enlaza. La eternidad nos une. Tú eres mi luz y yo soy tu sombra. Nunca más podremos existir separados. ¡Cuando tú respiras, respiro yo! Siempre tuyo, Hannes».

DANIEL GLATTAUER
, nació en Viena en 1960. Desde 1989 colabora para el periódico austriaco
Der Standard
. Ha escrito varias novelas y libros de artículos. Su novela,
Contra el viento del norte
(Alfaguara, 2010), finalista del prestigioso German Book Prize, se convirtió en un bestseller traducido a treinta y dos idiomas, y también ha tenido gran éxito en forma de radionovela, obra de teatro y audiolibro.
Cada siete olas
es la segunda parte de este auténtico fenómeno editorial.

Not
as

[1]
El apellido Bergtaler está compuesto por las palabras
Berg
(«montaña») y
Tal
(«valle»).
(N. de la T.)
<<

Other books

When the Legends Die by Hal Borland
Those Harper Women by Stephen Birmingham
Wives and Lovers by Margaret Millar
The Quilter's Legacy by Chiaverini, Jennifer
A Voice in the Distance by Tabitha Suzuma


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024