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Authors: Mongolia,

Papel mojado (10 page)

Esta es al final la gran paradoja: fue Aznar, el Cid Campeador de la unidad de España, quien colocó al frente de
La Vanguardia
al hombre que la ha guiado hacia el apoyo al proyecto soberanista —en último término, independentista— de Artur Mas. Pero el gran salto mortal fue demasiado incluso para un hombre tan acostumbrado a los equilibrios imposibles: una vez desencadenado, el
tsunami
amenaza con ponerlo todo patas arriba.

En 2000, nadie se sorprendió por la coronación de Antich en
La Vanguardia
, periódico al que se había incorporado en 1994 tras publicar
El Virrey
, la biografía de Pujol dictada por el mismo Molt Honorable. Si
La Vanguardia
se mantenía fiel a su ADN de mutar hasta confundirse con el poder, Antich era sin duda el hombre del momento, por mucho que el entonces favorito de Aznar en Cataluña, Josep Piqué, tratara de encumbrar a Màrius Carol, integrante de su
clan de Urús
.

Carol se pegó a Piqué mientras Antich iba a las fuentes primarias: Aznar y Pujol. El periodista fue a ver al
president
tras una cena en Vía Véneto con el hoy ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz —mano derecha de Mariano Rajoy y siempre puente con CiU—, que había allanado ya mucho el camino: «
President
, tengo posibilidades de ser director de
La Vanguardia
; necesito tu apoyo». Para Pujol, era el momento tantas veces soñado de ver al fin a uno de los suyos al frente del diario de referencia de la burguesía catalana, al que en la época de Joan Tapia incluso había intentado destruir a través de
El Observador
.

La relación especial de Antich con Pujol arranca de muy atrás. Cuando
El País
cercaba al
president
con el caso
«Banca Catalana», el periodista abrió una gruta secreta que conectaba con el Palau de la Generalitat, algo así como un teléfono rojo. Pero no en beneficio del periódico, sino de sí mismo. El hilo directo no era solo con Lluís Prenafeta, el «fontanero» ahora imputado en el caso Pretoria, sino directamente con el presidente: a través de Antich, Pujol lanzó durante años mensajes a España, a Cataluña y a sus propios consejeros, a los que reprendía, elogiaba o castigaba a través de las páginas que, paradójicamente, los militantes nacionalistas abominaban como punta de lanza jacobina.

El flechazo con Aznar fue posterior, propulsado por el pacto del Majestic, que algunos contaron como el primer peldaño hacia una unificación de las derechas a la alemana que reservaba para CiU el papel de la CSU bávara. A pesar de que ni el conde de Godó ni Antich hablan catalán en la intimidad, Aznar, que sí decía hablarlo, les cortejó en el mismo paquete de CiU. Y el periodista aprovechó la oportunidad.

Aznar tenía a Pedro J. en Madrid y a Antich en Barcelona; con estilos opuestos. Pedro J. se acerca al poder estirando sus noticias con grandes y escandalosos titulares. Antich, no publicándolas o arrojándolas a la categoría de breves.

Antes de llegar a Aznar, el periodista había conquistado ya a Mariano Rajoy a través de su mano derecha en Cataluña, el actual ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, con cuyo clan político le une una antiquísima relación que va mucho más allá del periodismo. Y en el frente de CiU, la relación especial no se limitó al Molt Honorable: logró extenderla también al líder de Unió, Josep Antoni Duran i Lleida.

En la relación especial, el periodismo casi es lo de menos. Es un terreno vidrioso relacionado más con el poder e incluso con el dinero, que Antich aprendió a manejar desde muy joven siendo redactor de base de Política en
El País
: cerca del poder no solo se hallaba la noticia.

A finales de la década de 1980, cuando Jorge Fernández Díaz dirigía el PP en Cataluña, Antich, que cubría la información del partido para
El País
, recibía periódicamente sobres con gratificaciones, a menudo en efectivo, según han explicado con gran detalle fuentes conocedoras de las tripas contables de la formación. Estas atenciones, subrayan las mismas fuentes, eran especialmente suculentas coincidiendo con las campañas electorales.

Según fuentes que conocieron de cerca la mecánica, Fernández Díaz ordenaba que se entregara al periodista un sobre repleto de billetes, que en ocasiones podía llegar a sumar el equivalente a media mensualidad de
El País
. En el dispositivo, el germen de lo que ahora ha estallado para el conjunto del PP en el caso Bárcenas, participaban varias personas, entre la contabilidad interna, el ensobrado y el reparto.

En aquella época, en pleno auge de la cultura del pelotazo, el periodista también solía recibir misteriosas llamadas en la redacción de
El País
, tras las cuales dejaba todo lo que estaba haciendo y, ante la atónita mirada de sus compañeros, realizaba, cual bróker con información privilegiada, llamadas ordenando a gritos la compra o la venta de acciones de determinada compañía cotizada.

Los años en que el periodista ejerció de redactor político de
El País
(1982-1994) fueron trepidantes para la construcción de vasos comunicantes con el poder, pero también para la creación de la estructura del equipo que en 1994 se llevaría en bloque a
La Vanguardia
cuando el entonces director, Joan Tàpia, empezó a cavarse su propia tumba con el gesto, que creía tan audaz, de incorporar al periodista y, con él, a su inseparable garganta profunda, Jordi Pujol. El fichaje incluía como condición sine qua non a dos escuderos que le han resultado imprescindibles: Alfredo Abián, actual vicedirector, y Álex Rodríguez, subdirector.

Sin Abián, Antich es un periodista con grandes fuentes, pero de noticias ininteligibles. Abián no solo sabe llevar una redacción, sino que ha sido siempre su «traductor» particular al castellano. Y Rodríguez resultó una coraza aún más efectiva para el equipo, en un diario donde el desembarco generó muchas reticencias porque anunciaba la toma del poder, por un hecho imprevisto: se casó con la hija del dueño y consejera del grupo, Anna Godó.

Aunque sin relación formal con
La Vanguardia
, otra terminal clave de su director procedente de los días de
El País
es Antonio Pemán, ex gerente del diario de Prisa en Barcelona. Pemán fue nombrado en 2012 consejero de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, el órgano de gobierno de los medios públicos, el principal competidor del Grupo Godó, a propuesta de CiU. «Esto es cosa de mi hermano Antich», suele explicar para justificar su sorprendente nombramiento.

La proximidad de Antich con el sempiterno líder de Unió Democràtica (UDC), Josep Antoni Duran i Lleida, se construyó también en los tiempos de
El País
y llegó a superar incluso la de Fernández Díaz. Por ello, el estallido del caso Pallerols, de financiación irregular del partido democristiano, colocó también los focos de forma indirecta sobre el hoy director de
La Vanguardia
. Varias redacciones de Barcelona llegaron a manejar en su día transcripciones de conversaciones intervenidas por la policía con supervisión judicial en las que se detallaban muchas atenciones al «periodista Pepe». Nadie se atrevió a publicarlas, salvo
El Triangle
, un combativo semanario que lleva veintitrés años como mosca cojonera del oasis.

El acuerdo para cerrar el caso Pallerols sin juicio ha impedido profundizar sobre las grabaciones entre dos dirigentes del aparato de Unió hablando sobre Fecea, organización que financiaba los viajes de Duran como líder del partido: «Fecea pagaba el billete, pero no se lo quedaban como comprobante, se lo daban a Pepe, y lo mismo hacían con la factura del hotel… ¿Lo entiendes?», explicaba el ex dirigente con el teléfono pinchado. En aquella época,
El País
se jactaba de pagar todos los viajes y de no dejarse invitar jamás. Un marco ideal para la picaresca de quien sí se dejara invitar y tuviera luego la posibilidad de pasar los recibos a su empresa.

Las conversaciones entre dirigentes del aparato democristiano incluían otros fragmentos jugosos con el «periodista Pepe» de protagonista, con supuestas gratificaciones complementarias a los presuntos chanchullos con Fecea: «Aparte de lo que le daban cada mes y aparte de pagarle la declaración de la renta, los viajes, la seguridad de la casa, el aire acondicionado, las cortinas, etcétera», explicaba, sin saber que su teléfono estaba intervenido, el ex dirigente, que hace años abandonó la primera línea política.

En los viajes periodísticos con la cúpula de CiU, Antich siempre hizo gran ostentación de una proximidad especial con la estructura presidencial, incluyendo correrías junto a Ramon Pedrós, ex jefe de prensa de Pujol, y «Bergui», organizador durante dos décadas de los viajes del
president
. Todo siempre delante de decenas de periodistas, que asistían atónitos a la exhibición, que solía iniciarse ya en las cenas: Antich pedía la carta de vinos y elegía mirando solo el precio: el más caro. Luego lo devolvía varias veces antes de darle el visto bueno. Y la factura se distribuía a partes iguales entre todo el grupo de periodistas, incluyendo los de los medios modestos.

En buena medida, esto es el poder: exhibirlo sin que nadie se atreva a rechistar, como cuando purgó sin contemplaciones a la vieja guardia de
La Vanguardia
o cuando convirtió la boda de su hija en un acto social de asistencia obligatoria para todo el que aspirara a ser algo. O cuando en los años del pánico por el comando Barcelona de ETA ordenó a su chófer que recorriera toda la ciudad para que pasara un paquete regalo por el detector de metales de la empresa.

Y también cuando dedicó páginas del diario a ensalzar la revista
Dossier
, editada por el grupo y galardonada con múltiples premios, atribuyendo el mérito en exclusiva a su escudero, Álex Rodríguez, casado con la hija del conde de Godó, sin ni siquiera citar a su fundador, el malogrado Xavier Batalla, estando ya este aquejado de un tumor cerebral. En el funeral del prestigioso corresponsal diplomático, en diciembre de 2012, Antich acudió a dar el pésame a la viuda, quien le espetó: «Qué pena no haber recibido ni una sola llamada en los catorce meses en que ha estado enfermo».

La sensación de impunidad ha sido tan grande que otro de sus poderosos aliados, Arcadi Calzada, durante años factótum de CiU y presidente de Caixa Girona, alardeaba de haber convertido a Antich en coleccionista de arte en un fin de semana. Y no tenía reparos en ofrecer a periodistas que creía cercanos a su amigo préstamos en condiciones muy favorables de la entidad que dirigía.

Caixa Girona fue una de las primeras en caer con la crisis, salpicada además por múltiples supuestas irregularidades, y Calzada fue desapareciendo sigilosamente de la escena. El prócer era también vicepresidente de Félix Millet en la fundación del Palau de la Música, el escándalo con ramificación en la presunta financiación irregular de CiU, cuyo seguimiento en
La Vanguardia
supervisaba al detalle el propio director con una máxima que ha practicado también en el caso Urdangarín: «Publicar lo mismo que los demás, pero el día después y en pequeño».

De las muchas interconexiones entre Millet y
La Vanguardia
hay una especialmente visible: la licencia con la que opera la televisión del Grupo Godó pertenecía al Palau de la Música de Millet.

Al rescate de Caixa Girona acudió La Caixa, el auténtico poder de Cataluña, una pata clave que Antich tiene también muy bien trabada a través de Jaume Giró, el influyente ideólogo de la comunicación de la entidad financiera, muy próximo al periodista.

El director de
La Vanguardia
debe contar, por definición, con el aval de La Caixa, pero Antich y Giró empujaron esta relación hacia un estadio superior, en el que una y otra entidad empiezan a confundirse.

Los que conocen al conde de Godó explican que su sueño ha sido siempre presidir la entidad financiera y los dos trabajaron al alimón para abrirle camino en el sanctasanctórum de las finanzas en Cataluña. Ahora, Godó ya es vicepresidente de la entidad y consejero de CaixaBank, lo que ha proporcionado enormes satisfacciones tanto a Antich como a Giró.

El director del diario logró así un blindaje del dueño, que, antes de la fiebre independentista y sus problemas con la Casa Real, parecía para toda la eternidad. Godó ha tratado a Antich casi como a un hijo: le ha encargado los trajes para que vistiera como se espera de un director de
La Vanguardia
y ha llegado hasta a asignarle un despacho tan superlativo que llegó a provocar recelos de su hijo Carlos.

Y Giró ha obtenido de
La Vanguardia
una cobertura para los intereses de la caja —desde la crisis de YPF hasta el rescate bancario, pasando por la denuncia por la pensión de veinte millones de Isidro Fainé— equiparable casi al de la propia revista corporativa.

Todo este mundo tan sólido construido por Antich corría peligro de desvanecerse en el aire del órdago soberanista, alimentado por los medios del Grupo Godó, grande de España.

Godó, que con el pulso entre Rajoy y Mas atravesó un momento delicado porque muchos de sus amigos y el mismo Rey le retiraron la palabra, trataba de recomponer los cristales rotos, lo que llegó a dejar en la cuerda floja al periodista más poderoso de Cataluña, con candidatos prestos a reconducir la situación tan bien apadrinados como, de nuevo, Màrius Carol.

Y eso que Antich sobrevivió al tripartito —que incluso regó con setenta millones de euros al periódico que más contribuyó a su caída— y a José Luis Rodríguez Zapatero sin despeinarse: le bastó un pacto con el secretario de Organización del PSC, José Zaragoza, para proteger a José Montilla.

Si el órdago soberanista prosigue no será tan fácil.

El conde buscaba al periodista mejor conectado con Rajoy, Mas y Fainé para intentar reconducir una situación que se le ha ido de las manos.

Este periodista existe. Y la suerte del director de
La Vanguardia
es que se llama José Antich. El cargo que ocupe en el grupo casi es lo de menos.

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