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Authors: Jussi Adler-Olsen

Tags: #Intriga, Policíaco

El mensaje que llegó en una botella (9 page)

El primer piso estaba calcinado, tal como esperaban. Las planchas de aglomerado de las paredes colgaban en jirones; los tabiques parecían chapiteles desmochados, igual que los cimientos de la Zona Cero. Un mundo de destrucción, tiznado de hollín.

—¿Dónde estaba el cadáver? —preguntó Carl a un hombre mayor que se presentó como perito de incendios de la compañía de seguros.

El hombre señaló una mancha en el suelo que atestiguaba con claridad dónde había estado.

—Hubo dos explosiones potentes que llegaron en dos tandas casi seguidas —explicó—. La primera provocó el incendio, y la segunda absorbió el oxígeno, apagando así el fuego.

—O sea que ¿no fue un incendio en el sentido habitual, en el que el monóxido de carbono mató a la víctima? —preguntó Carl.

—No.

—¿Crees que el hombre quedó sin sentido con la primera detonación y después se quemó poco a poco?

—No lo sé. Queda tan poco del cadáver que es difícil saberlo. Apenas se encuentran restos de vías respiratorias en un cadáver como este, y por eso no podemos decir nada sobre la concentración de hollín en pulmones y tráquea —observó, sacudiendo la cabeza—. Resulta difícil creer que el cadáver pudiera quedar tan maltrecho en tan poco tiempo. También se lo dije a tus compañeros de Emdrup el otro día.

—¿A saber…?

—Pues que creía que el incendio estaba organizado de tal modo que debía ocultar que la víctima murió de hecho en otro incendio que no tenía nada que ver con aquel.

—O sea, que crees que han traído hasta aquí el cadáver. ¿Y qué te dijeron ellos?

—Bueno, creo que estuvieron de acuerdo conmigo en todo.

—Así que ¿es un asesinato? Matan a un hombre, lo queman y después lo llevan al lugar de otro incendio.

—Sí, claro que no sabemos si a la víctima la habían asesinado la primera vez. Pero sí, en mi opinión es muy probable que hayan cambiado el cadáver de sitio. No entiendo que un incendio tan corto en el tiempo, por muy violento que haya sido, pueda quemar un cadáver hasta reducirlo a un esqueleto.

—¿Has estado en las otras casas quemadas? —preguntó Assad.

—Podría haber estado, porque trabajo para varias aseguradoras, pero no, fue un colega mío quien estuvo en Stockholmsgade.

—Los demás incendios ¿se produjeron en el mismo tipo de local que este? —preguntó Carl.

—No, solo tenían en común que todos estaban vacíos. Por eso era natural pensar que las víctimas eran gente sin hogar.

—¿Crees que todos los incendios han sido iguales? Es decir, ¿colocaron a todos los muertos en un local vacío y volvieron a quemarlos? —se interesó Assad.

El hombre de la aseguradora dirigió a aquel extraño agente una mirada sosegada.

—Creo que en muchos aspectos puede suponerse que sí.

Carl alzó la vista y observó las ennegrecidas vigas del techo.

—Tengo dos preguntas para ti; después te dejaremos en paz.

—Adelante.

—¿Por qué dos explosiones? ¿Por qué no dejar que se quemara todo rápidamente? ¿Tienes alguna idea?

—Lo único que se me ocurre es que el incendiario quería controlar los daños.

—Gracias. La otra pregunta es si podemos telefonearte en caso de tener más preguntas.

El hombre sonrió y buscó su tarjeta de visita.

—Por supuesto. Me llamo Torben Christensen.

Carl buscó en vano una tarjeta en el bolsillo, aunque ya sabía que no tenía ninguna. Un quehacer más para Rose cuando volviera.

—No lo entiendo —admitió Assad, que estaba junto a ellos, haciendo rayas en el hollín de la pared abuhardillada. Estaba claro que era de los que cuando tienen un poco de pintura en el dedo son capaces de extenderla por todas partes. Desde luego, en aquel momento llevaba hollín suficiente en el rostro y en la ropa como para cubrir una mesa de tamaño mediano—. No entiendo qué puede significar eso de lo que habláis. Debe haber una conexión, entonces. Entre eso del anillo en el dedo o el dedo que ya no está, y los muertos y los incendios y todo eso.

Después se volvió de pronto hacia el perito de la aseguradora.

—¿Cuánto dinero pide la empresa, o sea, por esto? Vamos, que la casa es vieja, está hecha un cristo.

El perito frunció las cejas. La idea de fraude estaba servida, pero él no estaba necesariamente de acuerdo.

—Sí, el edificio está deteriorado, pero aun así hay que dar una compensación a la empresa. Se trata de un seguro contra incendios. No de un seguro contra hongos y podredumbre.

—¿Entonces, cuánto?

—Bueno, yo diría que unas setecientas, ochocientas mil coronas.

Assad soltó un silbido.

—¿Van a construir algo nuevo sobre el piso bajo dañado, entonces?

—Eso depende de la empresa asegurada.

—O sea, que podrían derrumbarlo todo si quieren.

—Pues sí.

Carl miró a Assad. Sí, se le había ocurrido algo.

Camino del coche, a Carl le dio la sensación de que en la siguiente curva iban a adelantar por la derecha a sus adversarios, y esta vez no iban a ser unos delincuentes, sino la Brigada de Homicidios.

Vaya triunfo si consiguieran tomarles la delantera.

Carl hizo un gesto reservado de saludo a los compañeros que seguían en el patio exterior. No tenía ganas de hablarles.

Que se las arreglaran para averiguar lo que deseaban saber.

Assad frenó un segundo junto al coche patrulla y se quedó leyendo un cartel escrito con letras verdes, blancas, negras y rojas, pegado en una pared pulcramente encalada.

«Israel fuera de la franja de Gazza. Palestina para los palestinos», ponía.

—No saben escribir —sentenció, y subió al coche.

¿Y tú sí?, pensó Carl. Hay que joderse.

Carl puso el motor en marcha y miró a su asistente, que tenía la mirada clavada en el cartel de la esquina. Parecía estar muy lejos de allí.

—¡Eh, Assad! ¿Dónde estás?

Assad siguió mirando impertérrito.

—Estoy aquí, Carl —le aseguró.

Durante el trayecto a Jefatura no cruzaron palabra.

9

Las ventanas del pequeño edificio comunitario parecían placas de metal al rojo vivo. O sea que los chiflados habían empezado la función.

Se quitó el abrigo en el vestíbulo, saludó a las denominadas «mujeres impuras» que tenían la menstruación, y que estaban fuera escuchando los cantos de júbilo, y se coló por la puerta doble.

La misa había llegado al punto en que el ambiente se estaba caldeando de verdad. Había estado allí varias veces, y el ritual era siempre el mismo. En aquel momento el oficiante, vestido con sus ropajes cosidos a mano, estaba en el altar preparando el «consuelo vital», que es como llamaban a la comunión. Dentro de poco todos, niños y adultos, se levantarían a una señal suya y se acercarían unos a otros con pasos cortos y la cabeza hundida, vestidos con sus túnicas de blanca inocencia.

Aquella comunión del jueves al atardecer era el punto álgido de la semana. En ella la misma Madre de Dios, en la figura del sacerdote, extendía el cáliz a la comunidad y les ofrecía el pan. Pronto los presentes en el Salón de la Madre se abandonarían a una danza feliz y de sus bocas brotarían cascadas interminables de alabanzas para con la Madre de Dios, quien con ayuda del Espíritu Santo dio vida a Jesucristo. Dejarían que las voces fluyeran y hablaran en lenguas extrañas, rezarían por los niños no natos, se abrazarían y recordarían la sensualidad con la que la Madre de Dios se entregó al Señor y muchas más cosas del mismo tenor.

Como tantas otras cosas que ocurrían allí dentro, todo era absurdo.

Se dirigió sigiloso al fondo del local y se colocó junto a la pared. Lo miraron con devoción. Todos son bienvenidos, decían las sonrisas. Y cuando dentro de poco el grupo se entregara al éxtasis, le agradecerían que hubiera acudido a ellos atraído por la Madre de Dios.

Mientras tanto, observaba a la familia que había elegido. Padre, madre y cinco niños. En aquellos círculos raras veces se veían familias con menor número de hijos.

Tras los dos chicos mayores estaba, parcialmente oculto, su padre canoso, y ante ellos las tres niñas, balanceándose rítmicamente de lado a lado con el pelo suelto y cimbreante. En primera fila del círculo, rodeada de otras mujeres adultas, estaba su madre con los labios entreabiertos, los ojos cerrados y las manos sujetando levemente los pechos. Todas las mujeres estaban en la misma postura. Ausentes del mundo que las rodeaba, cabeceando en la conciencia colectiva, estremeciéndose por la cercanía de la Madre de Dios.

La mayoría de las mujeres jóvenes estaban embarazadas. Una de ellas, casi a punto de dar a luz, tenía manchas desleídas en la pechera de la túnica por la leche que rezumaba.

Y los hombres miraban a aquellas mujeres fértiles con una entrega extasiada. Porque el cuerpo femenino, excepto cuando tenía la regla, era lo más sagrado para los discípulos de la Iglesia Madre.

En aquella congregación adoradora de la fecundidad, los hombres estaban de pie con las manos juntas sobre la entrepierna, y los chicos más pequeños reían y trataban de imitarlos sin tener la menor idea del sentido profundo de lo que hacían. Cantaban y hacían como los padres, sin más. Las treinta y cinco personas eran una. Era la hermandad descrita con detalle en el Decreto de la Madre.

La hermandad en la fe en la Madre de Dios, sobre la que se erigía toda la vida. Había oído hablar de ella hasta la saciedad.

Cada secta tenía su verdad irrefutable e incomprensible.

Observó a la mediana de las hijas de la familia, Magdalena, mientras el oficiante arrojaba pan a los cercanos y hablaba en lenguas extrañas.

La chica estaba absorta en sus pensamientos. ¿Estaría pensando en el mensaje de la comunión? ¿En lo que tenía escondido en el agujero del jardín de su casa? ¿En el día que la consagrarían como servidora de la Madre de Dios, la desvestirían y la rociarían con sangre fresca de oveja? ¿En el día en que elegirían un hombre para ella y cantarían a su vientre para que fuera fértil? No era fácil de saber. ¿Qué pasa por la cabeza de una niña de doce años como ella? Solo ellas lo saben. Tal vez estuviera asustada, pues tampoco era para menos.

En la comunidad de la que él procedía eran los chicos los que debían pasar ciertos rituales. Eran ellos quienes debían confiar su voluntad y sus sueños a la comunidad. Ellos quienes ponían su cuerpo. Lo recordaba con total nitidez. Con demasiada nitidez.

Pero aquí todo giraba en torno a las chicas.

Trató de captar la mirada de Magdalena. ¿No estaría pensando precisamente en el agujero del jardín? Aquella cosa inconfesable ¿la atraía más que la fe?

Tal vez fuera más difícil de doblegar que su hermano, que estaba junto a ella. Y por eso tampoco podía decir de antemano a quién de los dos iba a eligir.

A cuál de los dos iba a matar.

Había esperado una hora para forzar su entrada en la casa, hasta que la familia partió en coche para asistir al oficio religioso y el sol de marzo se puso al fondo del horizonte. Un par de minutos le bastaron para soltar los ganchos de una de las ventanas de la sala e introducirse en uno de los cuartos de los niños.

La habitación en la que entró pertenecía a la menor de las niñas, se dio cuenta enseguida. No porque estuviera pintada de rosa o porque el sofá estuviese adornado con cojines estampados de corazones. No, allí no había muñecas Barbie ni lápices adornados con animalitos de plástico, ni manoletinas con tiras delgadas en los tobillos bajo la cama. Porque en el interior del cuarto no había nada que pudiera indicar el modo de ver el mundo y a sí misma de una chica danesa normal de diez años. No, se veía que era el cuarto de la más pequeña porque el traje de bautizo colgaba aún de la pared, porque así se hacía en la Iglesia Madre. El traje de bautizo eran los ropajes de la Madre de Dios, y aquellos ropajes se guardaban para pasarlos al siguiente que naciera en la familia. Hasta entonces, el último nacido debía proteger el traje de bautizo con todo su empeño. Cepillarlo con cuidado los sábados antes del descanso. Planchar el cuello y los encajes al llegar Semana Santa.

Y se consideraba afortunado al último nacido de la familia, porque lograba cuidar durante más tiempo aquel ropaje sagrado. Afortunado, y por tanto más feliz, decían.

Entró al despacho del hombre y encontró enseguida lo que andaba buscando. Papeles que confirmaban la prosperidad de la familia, los documentos anuales que certificaban la valoración que hacía la Iglesia Madre sobre el lugar de cada uno en la comunidad, y por fin encontró la lista de teléfonos, que le dio una visión renovada de la extensión geográfica de la secta, no solo en Dinamarca sino por todo el mundo.

Desde la última vez que golpeó a la secta habían ingresado en el rebaño unos cien nuevos miembros, solo en la zona de Jutlandia central.

Daba miedo pensarlo.

Cuando terminó de inspeccionar todas las habitaciones volvió a salir por la ventana y después la empujó para cerrarla. Su mirada se centró en la esquina del jardín. Magdalena no había elegido mal sitio para jugar. Era casi imposible de ver desde la casa y el resto del jardín.

Levantó la cabeza y vio que la capa de nubes empezaba a virar al negro. Pronto oscurecería, así que debía darse prisa.

Sabía dónde buscar; de otro modo no lo habría encontrado, porque el escondite de Magdalena estaba marcado solo por una ramita que sobresalía del borde de un pedazo de césped. Sonrió al verlo, sacó la ramita con cuidado y levantó un pedazo de césped del tamaño de una mano.

En la tierra, el agujero estaba forrado con una bolsa de plástico amarillo, y encima había un pedazo de papel de colores doblado.

Sonrió cuando lo desplegó.

Después lo metió en el bolsillo.

En el interior de la casa comunitaria observó un buen rato a aquella niña de pelo largo y a su hermano Samuel, de sonrisa rebelde. Allí estaban, confiados, con los demás miembros de la comunidad. Los que podían seguir viviendo en la ignorancia y los que muy pronto iban a vivir con una certidumbre que iba a resultarles insoportable.

La pavorosa certidumbre de lo que él iba a causarles.

Tras los cánticos, los asistentes lo rodearon y acariciaron su cabeza y torso. Así era como expresaban el júbilo que sentían por que él buscase a la Madre de Dios. Así correspondían a su confianza, y todos estaban felices y contentos porque debían mostrarle el camino a la verdad eterna. Después los asistentes retrocedieron un paso y extendieron los brazos hacia el cielo. Dentro de poco empezarían a pasarse la mano abierta por encima uno a otro. Las caricias continuarían hasta que uno de ellos cayera al suelo y ofreciera a la Madre su cuerpo tembloroso. Ya sabía quién iba a ser. El éxtasis fluía ya de las pupilas de la mujer. Una joven madre menuda cuya mayor hazaña eran tres niños gordos que saltaban a su lado.

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