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Authors: Horace McCoy

Tags: #Drama

¿Acaso no matan a los caballos? (3 page)

—Lo suponía —dije—. Ella está bien. Lo único que sucede es que la tiene tomada con todo el mundo.

—Procure que no se desmande —dijo.

—Será difícil, pero haré lo que esté en mis manos.

Miré por casualidad hacia el pasillo que conducía al vestuario de las chicas y me sorprendió ver a Gloria y Ruby venir juntas. Fui a su encuentro.

—¿Qué opinas de las carreras? —le pregunté.

—Es una forma como cualquier otra de eliminarnos —dijo ella.

Sonó de nuevo el silbato que daba la señal para comenzar.

—Esta noche no habrá más de cien espectadores —dije.

Gloria y yo no bailábamos. Yo le rodeaba el hombro con el brazo y ella con el suyo me rodeaba la cintura mientras andábamos. Era lo reglamentario. Durante la primera semana tuvimos que bailar, pero a partir de ésta no era necesario. Todo lo que teníamos que hacer era movernos. Advertí que James y Ruby se nos acercaban, y por la expresión de James me di cuenta de que las cosas no marchaban bien. Probé a alejarme pero no encontré espacio libre.

—Te dije que dejaras en paz a mi mujer, ¿no lo recuerdas? —dijo a Gloria.

—Vete al infierno, orangután —respondió Gloria.

—Aguardad un momento —intervine—, ¿qué es lo que ocurre?

—Estuvo otra vez persiguiendo a Ruby —dijo James—. Cada vez que me doy la vuelta, ella le llena la cabeza de ideas absurdas.

—Olvídalo, Jim —dijo Ruby, tratando de llevárselo.

—No, no me da la gana de olvidar nada. Te dije que mantuvieras el pico cerrado. ¿No te lo advertí?

—Vete a paseo...

Antes de que Gloria terminara de hablar, él le dio un bofetón en una mejilla que hizo rebotar su cara contra mi hombro. Fue una sonora bofetada. No pude aguantarme. Fui a por él y le propiné un puñetazo en la boca. Él me dio a su vez en la mandíbula con su mano izquierda, lanzándome contra alguno de los bailarines. Esto impidió que me cayera al suelo. Se abalanzó sobre mí y yo le agarré para contenerle; forcejeamos y traté de colocar mi rodilla entre sus piernas para hacerle caer. Era mi única posibilidad de salir bien del lance.

Sonó un silbido en mis oídos y alguien nos separó. Era Rollo Peters. Nos empujó a un lado.

—Ya está bien —dijo—. ¿Qué ocurre ahora?

—Nada —dije yo.

—Nada —dijo Ruby.

Rollo alzó una mano y le hizo señas a Rocky, que se encontraba encima de la plataforma.

—Sigan tocando —dijo Rocky, y la orquesta inició la canción.

—Dispérsense —dijo Rollo a los concursantes, que empezaron a alejarse—. Vamos, vamos, no se queden parados —dijo él, precediéndoles por la pista.

—La próxima vez te cortaré la lengua —dijo James a Gloria

—¿Tú...?

—Cállate —le dije a Gloria.

La llevé hacia un ángulo de la pista, y allí seguimos moviéndonos lentamente.

—¿Te has vuelto loca? —dije—. ¿Por qué no dejas tranquila a Ruby?

—No te preocupes. Ya estoy harta de perder el tiempo con ella. Si quiere tener un crío deforme, a mí me da igual.

—¡Hola!, Gloria —dijo una voz.

Miramos a nuestro alrededor. La voz procedía de una señora ya entrada en años que ocupaba una butaca delantera de un palco, contigua a la barandilla. No la conocíamos por el nombre pero era todo un personaje. Se sentaba allí todas las noches provista de comida y una manta. Una noche, se envolvió en la manta y permaneció allí hasta la mañana siguiente. Aparentaba unos sesenta y cinco años.

—¡Hola! —dijo Gloria.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la anciana.

—Nada —dijo Gloria—. Una discusión sin importancia.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó la mujer.

—Me figuro que bien —replicó Gloria.

—Soy la señora Layden —dijo la mujer—. Son ustedes mi pareja favorita.

—Muy amable —respondí.

—Quería participar —dijo la señora Layden—, pero no me lo permitieron. Alegaron que era demasiado vieja. Pero sólo tengo sesenta años.

—Eso está bien —dije yo.

Gloria y yo paramos de bailar. Nos limitamos a mover nuestros cuerpos el uno en brazos del otro. Era obligatorio moverse constantemente. Un par de sujetos subieron al palco y se sentaron detrás de la anciana. Ambos mordían cigarros apagados.

—Son detectives —dijo Gloria en voz baja.

—¿Le gusta la competición? —pregunté a la señora Layden.

—¡Oh!, sí, me divierto muchísimo —dijo—. Me gusta mucho. Con todos estos chicos y chicas tan simpáticos...

—Vamos, muchachos, a ver si se mueven —dijo Rollo, acercándose.

Saludé con la cabeza a la señora Layden y nos alejamos.

—¿Qué te parece? ¿Has oído? —me preguntó Gloria—. Más le valdría quedarse en casa cambiando los pañales a su nieta. ¡Dios! Espero no llegar a esta edad.

—¿Cómo sabes que aquellos dos son detectives? —pregunté.

—Soy psicóloga —contestó Gloria—. ¡Dios mío! ¿Tú entiendes a la vieja? Se vuelve loca por estos espectáculos. Deberían cobrarle doble entrada —movió la cabeza con gesto de incomprensión—. Confío en no tener que vivir tantos años —insistió.

La conversación con la anciana deprimió bastante a Gloria. Me dijo que le recordaba las ancianas de la pequeña ciudad del oeste de Texas donde ella había vivido.

—Acaba de entrar Alice Faye —dijo una de las muchachas—. ¿La ves? Allí sentada.

Era realmente Alice Faye, acompañada de dos hombres que no logré reconocer.

—¿La ves? —pregunté a Gloria.

—No deseo verla —dijo Gloria.

—Damas y caballeros —dijo Rocky hablando por el micrófono—, esta noche tenemos el honor de que nos acompañe la hermosa estrella de cine, la señorita Alice Faye. ¡Un aplauso para la señorita Alice Faye, damas y caballeros!

Todos aplaudieron, y la señorita Faye sonrió mientras saludaba con la cabeza. Socks Donald, sentado en una silla del palco contiguo a la plataforma de la orquesta, también sonreía. Los famosos de Hollywood comenzaban a llegar.

—Vamos —dije a Gloria—. Aplaude tú también.

—¿Y por qué tengo que aplaudir? —dijo Gloria—. ¿Qué tiene ella que no tenga yo?

—Estás celosa —dije.

—Has acertado, los celos me devoran. Mientras yo sea un fracaso estaré celosa de todo aquel que triunfe. ¿Tú no?

—Desde luego que no —respondí.

—Eres un imbécil —dijo.

—¡Eh, mira! —dije.

Los dos detectives habían abandonado el palco de la señora Layden y estaban ahora sentados con Socks Donald. Tenían las cabezas juntas, mirando un pedazo de papel que sostenía uno de ellos en la mano.

—¡Muy bien, muchachos! —dijo Rocky por el micrófono—. Ahora, antes del período de descanso, una pequeña carrera... Venga —dijo a la orquesta, y comenzó a dar palmas y a patear la plataforma, siguiendo el compás de la música.

El público no tardó en imitarle, siguiendo el ritmo con manos y pies.

Todos los concursantes íbamos dando vueltas por el centro de la pista sin perder de vista las manecillas del reloj, cuando, repentinamente, Kid Kamm, de la pareja número dieciocho, comenzó a dar bofetones a su pareja. La sostenía firmemente con la mano izquierda mientras con la derecha le pegaba repetidamente en la cara. Pero ella no respondía. Estaba completamente inmóvil. Después de emitir unos ruidos con la garganta resbaló al suelo inconsciente.

El juez de pista hizo sonar el silbato y todo el público se puso en pie, alterado. Cuando ocurría algo fuera de lo normal, los espectadores se alteraban súbitamente. El público de estos concursos de baile no necesita gran cosa para vibrar de entusiasmo. En este aspecto, estos maratones de baile guardan bastante parecido con las corridas de toros.

El juez de pista y dos enfermeras se llevaron a la chica y, con los pies arrastrando, la trasladaron a los vestuarios.

—Mattie Barnes, de la pareja número dieciocho, ha sufrido un desmayo —anunció Rocky al público—. Ha sido trasladada a los vestuarios, damas y caballeros donde recibirá una inmejorable asistencia facultativa. Nada grave, damas y caballeros, nada grave. Eso sólo demuestra que siempre se producen acontecimientos imprevistos en los campeonatos del mundo de resistencia de baile.

—En el último descanso ya se quejó —dijo Gloria.

—¿Qué le sucede?

—Tiene el período —dijo Gloria—. Ya no podrá reincorporarse al concurso. La pobre es de las que no tienen más remedio que acostarse tres o cuatro días.

—¡Parece hecho adrede! —se lamentó Kid Kamm. Movió la cabeza disgustado—. ¡Chico, qué mala pata! He participado en nueve concursos de éstos y todavía no he podido terminar uno. Siempre me falla la pareja.

—Probablemente se recuperará enseguida —dije, con ganas de animarle.

—No —dijo—, ya está lista. Ahora ya puede volver al pueblo.

La sirena anunció el final de otra ronda. Todos se dirigieron corriendo a los vestuarios. Me descalcé y me desplomé sobre el camastro. Oí una vez el oleaje del océano, solamente una vez, y me quedé dormido.

Desperté, envuelto por el intenso olor de amoníaco. Uno de los entrenadores agitaba un frasco junto a mi barbilla para que oliera los vapores. (Éste es el mejor método de despertar de un sueño profundo, decía el médico. Si hubieran pretendido despertarnos sacudiéndonos, nunca lo habrían conseguido).

—Muy bien —comuniqué al entrenador—, estoy perfectamente.

Me incorporé y me dispuse a buscar mis zapatos. Entonces vi a los dos detectives y a Socks Donald de pie cerca de allí, junto al camastro de Mario. Aguardaban a que el otro entrenador lo despertara. Finalmente, Mario se desperezó y se quedó mirándoles.

—¡Hola!, muchacho —dijo uno de los detectives—. ¿Sabes quién es éste? —le acercó un pedazo de papel. Yo me encontraba lo bastante cerca para ver de qué se trataba. Era una página arrancada de una revista para detectives, repleta de fotografías.

Mario observó el papel y después se lo devolvió.

—Sí, ya sé quién es —dijo, mientras se levantaba del camastro.

—No has cambiado mucho —dijo el otro detective.

—Tú, italiano de mierda, hijo de mala madre —dijo Socks cerrando los puños—. ¿Es que quieres ponerme en un compromiso?

—Cállese, Socks —espetó el primer detective. Luego dijo, dirigiéndose a Mario—: Vamos, Giuseppe, recoge tus cosas.

Mario procedió a atarse los cordones de sus zapatos.

—No tengo más que la chaqueta y el cepillo de dientes —dijo—, pero me gustaría despedirme de mi pareja.

—Maldito italiano hijo de perra —repitió Socks—, ¿Los periódicos sacarán partido de esto, no es verdad?

—Olvídate de la pareja, Giuseppe —dijo el segundo detective—. ¡Eh!, amigo —dijo dirigiéndose a mí—, despídete de la pareja en nombre de Giuseppe. Vamos, Giuseppe —dijo a Mario.

—Llévense a este sucio italiano de aquí, amigos —dijo Socks Donald.

—Todo el mundo a la pista —gritó el juez—. Vamos, todo el mundo a la pista.

—Adiós, Mario —le dije.

Mario no respondió. Había demostrado estar muy tranquilo, como si todo aquello no le afectara lo más mínimo. Los detectives se comportaron como si realizaran un trabajo rutinario.

... Del cual, según veredicto del jurado, se le declara culpable...

Así fue como Mario fue a la cárcel y Mattie volvió a su casa en el campo. «Recuerdo que el arresto de Mario por asesinato me sorprendió de veras. No podía creerlo. Era uno de los chicos más amables que he conocido. Pero así pensaba antes. Ahora ya sé que se puede ser amable y asesino al mismo tiempo. Nadie habría podido ser más amable de lo que yo fui con Gloria, lo que no fue obstáculo para que más adelante disparara contra ella y la matara. Ya ven que ser amable no significa gran cosa...».

Mattie quedó automáticamente descalificada cuando el doctor la obligó a retirarse del concurso. Dijo que si continuaba bailando, podría sufrir una grave lesión en alguno de sus órganos que le impediría tener hijos en lo sucesivo. Gloria me contó que la chica había formado un gran alboroto, insultando al médico y negándose terminantemente a abandonar. Pero se retiró. No tenía más remedio. Ya se sabe. Quien manda...

Emparejaron a su compañero, Kid Kamm, con Jackie. Los reglamentos lo permitían. Si te quedabas sin pareja, tenías un margen de veinticuatro horas para sustituirla, y si, transcurrido este plazo, no la encontrabas entre los mismos concursantes, quedabas descalificado. Tanto Kid como Jackie parecían bastante satisfechos con el nuevo arreglo. Jackie se abstuvo de comentar la partida forzosa de Mario. Su actitud daba a entender que en su opinión una pareja era meramente eso, una pareja. Pero Kid sonreía encantado. Pensaba, según todos los indicios, que había roto el maleficio.

—Son capaces de ganar —dijo Gloria—. Son fuertes como mulas. Es porque los de Alabama crecen comiendo zanahorias. Mira su aspecto. Juraría que ella puede seguir bailando seis meses más.

—Acerquémonos a James y Ruby —le dije.

—Después del modo en que nos han tratado... ¡ni lo sueñes!

—¿Y eso qué tiene que ver? Y además... ¿qué confianza tenemos en nuestras posibilidades? ¿Podemos ganar, no es cierto?

—¿Podemos?

—Caramba, parece que no lo crees.

Movió negativamente la cabeza, sin contestar directamente.

—Cada vez siento más deseos de morirme —dijo.

Otra vez lo mismo. No importaba de qué se hablara, ella volvía siempre a ese tema.

—¿No hay nada de que pueda hablarte que no te recuerde tu deseo de morirte?

—No.

—Abandono, pues.

Alguien del tablado bajó el volumen de la radio. Ahora la música parecía música y no una olla de grillos. (Empleábamos la radio cuando no había orquesta. Ahora era por la tarde y la orquesta venía sólo por la noche).

—Damas y caballeros —dijo Rocky por el micro—, tengo el honor de anunciarles que han acudido hoy dos patrocinadores para apadrinar a dos parejas. El Salón de Belleza Pompadour, de la avenida B, 415, patrocinará la pareja número trece: James y Rubb Bates. Obsequiemos con un nutrido aplauso al Salón de Belleza Pompadour, de avenida B, 415, por su gentileza, damas y caballeros... vosotros también, muchachos...

Todos aplaudimos.

—La segunda pareja patrocinada —prosiguió Rocky— es la número treinta y cuatro, Pedro Ortega y Lillian Bacon. Los patrocina el Garaje Oceanie. Pues bien, un aplauso para el Garaje Oceanie, de Ocean Wakway de Santa Mónica.

Todos volvimos a aplaudir.

—Damas y caballeros —dijo Rocky—, tendrían que presentarse más patrocinadores para estos maravillosos muchachos. Díganlo a sus amigos, damas y caballeros, y así tendremos un patrocinador para cada pareja. Mírenlos bien, damas y caballeros, llevan bailando doscientas cuarenta y dos horas y siguen tan campantes... un nutrido aplauso para nuestros maravillosos participantes, damas y caballeros.

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