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Authors: Horace McCoy

Tags: #Drama

¿Acaso no matan a los caballos? (10 page)

—Dejadlo correr por la parte de dentro, muchachos —gritó Rocky.

Cuando Vee me adelantó, me aparté. Ahora tendría que dar dos vueltas por cada una de las nuestras Al pasar echó una mirada al centro de la pista; su expresión era de angustia. Yo sabía que no estaba en dificultades; se preguntaba sólo cuándo regresaría su compañera... Cuando llevaba cuatro vueltas en solitario, su pareja se reincorporó a la pista y volvieron a marchar en tándem.

Hice señas a la enfermera para que me proporcionase una toalla humedecida y a la vuelta siguiente me la tiró al cuello. Me coloqué un extremo de la toalla entre los dientes.

—Faltan cuatro minutos —gritó Rocky.

Aquélla era una de las pruebas más difíciles que hasta entonces corrimos. Kid y Jackie mantenían un ritmo endiablado. Gloria y yo no corríamos ningún peligro mientras pudiéramos conservar nuestro paso, pero nunca se sabe cuándo el compañero se hundirá. Superado un cierto punto, uno sigue moviéndose mecánicamente sin apenas ser consciente. Te mueves a toda marcha y al segundo siguiente comienzas a flaquear. Eso es lo que temía de Gloria, que se desplomara de pronto. Empezaba ya a apoyarse en mi cinturón.

«No aflojes ahora», le grité mentalmente, aminorando un poco el paso con el fin de aliviar un tanto su esfuerzo. Pedro y Lillian estaban al acecho. En la misma curva nos sobrepasaron y se colocaron en tercera posición. Inmediatamente detrás de mí oía el repiquetear de los pasos y comprendí que todos iban agrupados pisándole a Gloria los talones. No nos quedaba el menor margen.

Hice un movimiento con la cadena. Ésta era una señal convenida para que Gloria se me agarrara firmemente al cinturón. Cambió enseguida a la mano derecha.

«Gracias a Dios», me dije. Era una buena señal. Me demostraba que todavía andaba bien de reflejos.

—Falta un minuto de carrera... —anunció Rocky. Me lancé entonces a fondo. Kid Kamm y Jackie habían aflojado el ritmo poco o mucho, haciendo que también aflojaran Mack y Bess y Pedro y Lillian. Gloria y yo estábamos entre ellos y los restantes. Era una mala posición. Rogué por que ninguno de los que me seguían tuviera suficientes energías para realizar un postrer esfuerzo, ya que comprendía que, al más leve choque, Gloria perdería el equilibrio y caería al suelo. Y una caída en esos momentos...

Movilicé cada átomo de la fuerza que me quedaba para ganar un paso de ventaja, huyendo de la amenaza que se cernía sobre Gloria... Cuando el disparo de la pistola anunció el final de la carrera, giré sobre los talones para recoger a Gloria. Pero no se desmayó. Sólo se dejó caer en mis brazos, empapada en sudor y pugnando por respirar.

—¿Queréis una enfermera? —gritó Rocky desde el tablado.

—No, está bien —dije—. Déjela descansar un instante.

A casi todas las chicas tuvieron que ayudarlas a llegar hasta los vestuarios, pero todos los chicos se quedaron junto al tablado para saber quién había sido eliminado. Los jueces entregaban las tarjetas de control a Rollo y a Rocky y éstos las iban comprobando.

—Damas y caballeros —anunció Rocky al cabo de uno o dos minutos—. He aquí los resultados de la más sensacional carrera que jamás presenciaron. En primer lugar tenemos la pareja número dieciocho, Kid Kamm y Jackie Miller. En segundo lugar, la pareja formada por Mack Aston y Bess Cartwright. En tercer lugar, Pedro Ortega y Lillian Bacon. En cuarto lugar, Robert Syverten y Gloria Beatty. Estos fueron los triunfadores... y ahora, los derrotados... el equipo último en terminar, la pareja que, según las reglas de la carrera, queda eliminada del campeonato de resistencia de baile. La pareja número once, Jere Flint y Vera Rosenfield...

—¡Está usted loco! —exclamó Jere Flint, lo bastante alto para que pudiera oírle toda la sala—. Esto está equivocado —dijo, acercándose al tablado.

—Compruébalo tú mismo —dijo Rocky, entregándole la tarjeta de puntuación.

—Habría preferido que fuéramos nosotros los eliminados —dijo Gloria alzando la cabeza—. Me gustaría haber abandonado la competición...

—Cállate —dije.

—No me fio de lo que dicen estas tarjetas; están equivocadas —dijo Jere Flint, devolviéndoselas a Rocky—. Me consta que hay un error. ¿Cómo puede ser que estemos descalificados si no hemos llegado los últimos?

—¿Es que eres capaz de contar las vueltas mientras corres? —le preguntó Rocky.

Pretendía poner en evidencia a Jere. Sabía que aquello era imposible.

—No —dijo Jere—, pero sé que no hemos ido ninguna vez al centro de la pista, mientras que Mary sí. Al comenzar íbamos delante de ellos y al acabar también...

—¿Qué dice usted a eso, señor? —preguntó Rocky a un hombre que estaba a su lado de pie—. Usted ha controlado a la pareja número once.

—Está usted equivocado, amigo —dijo el hombre a Jere—. Los he Vigilado con sumo cuidado.

—Mal asunto, chico —dijo Socks Donald pasando entre los jueces—. Tuviste mala suerte.

—No es mala suerte; esto es una maldita trampa —dijo Jere—. A mí no me enredab. Si Vee y Mary hubieran quedado eliminados mañana no habrían poddo celebrar la boda...

—Vamos, vamos —dijo Socks—, vete a los vestuarios.

—Muy bien —dijo Jere. Se dirigió al hombre que los había controlado—: ¿Cuánto le ha dado Socks por todo esto?

—No sé de qué me habla...

Jere dio media vuelta y le propinó un fuerte puñetazo al hombre en la boca que le hizo caer al suelo.

Socks se abalanzó hacia Jere, se puso en guardia y lo miró airado con una mano en el bolsillo trasero del pantalón.

—Si intenta golpearme con esta maldita porra, se la hago tragar —dijo Jere, y se encaminó a los vestuarios atravesando el centro de la pista.

Los espectadores se habían puesto en pie y armaban un gran alboroto intentando ver lo que sucedía.

—Vamos a vestirnos —dije a Gloria.

... El día 19 del mes de septiembre del año del Señor de 1935...

LLEVAN BAILANDO ..... 879 HORAS

QUEDAN ......................... 20 PAREJAS

Durante todo aquel día, Gloria se mostró muy abatida. Le pregunté infinidad de veces qué le pasaba, en qué pensaba: «En nada», me respondía siempre.

«Me doy cuenta ahora de lo estúpido que fui. Tenía que haberla comprendido. Cuando recuerdo todo lo sucedido aquella noche no entiendo cómo pude ser tan necio. Pero aquellos días yo estaba ciego para muchas cosas. El juez, sentado allá arriba, habla mirándome a través de sus gafas, pero sus palabras hacen el mismo efecto en mi cuerpo que su mirada a las gafas... penetra en él sin detenerse, una mirada tras otra, una palabra tras otra. No le escucho ni con los oídos ni con el cerebro, del mismo modo que los cristales de las gafas no retienen ni aprisionan cada mirada sino que pasan de largo. Le escucho con los pies y las piernas, con el pecho y los brazos, con todo salvo con los oídos y el cerebro. Los oídos y el cerebro escuchan en este momento a un vendedor de periódicos que, en la calle, grita algo sobre el rey Alejandro, y oigo cómo circulan los automóviles y el repiqueteo de los timbres de los semáforos. Y dentro de la sala, oigo cómo el público mueve los pies y respira, cómo cruje la madera del banco, y oigo incluso la leve salpicadura de alguien que echa un salivazo en la escupidera. Todas estas cosas las oigo con los oídos y el cerebro, pero al juez le oigo sólo con mi cuerpo. Si alguna vez escuchan a un juez decir las cosas que éste me está diciendo ahora, comprenderán lo que quiero decir».

Aquel día, Gloria no tenía el menor motivo para estar deprimida. Una gran muchedumbre había invadido el local, entrando y saliendo a todas horas, y desde las primeras horas del día la sala estuvo constantemente llena, y ahora, justo antes de la boda se encontraban vacías escasas localidades, y la mayor parte de ellas estaban reservadas. Todo el local apareció engalanado con muchas banderas y con tanto alarde de rojo, blanco y azul que a cada momento parecía que fuera a encenderse un castillo de fuegos artificiales y que la banda se dispusiera a entonar el himno nacional. Durante todo el día reinó un gran nerviosismo: los hombres decorando el interior, el ir y venir de los espectadores, los ensayos de la ceremonia, los rumores de que la Liga de Madres de Familia en Defensa de la Moral enviaría a sus miembros femeninos para incendiar el local... y los dos ternos nuevos que la gerencia de Cervezas Jonathan nos envió a Gloria y a mí.

Aquél era un día en el que Gloria no tenía motivos para estar deprimida, pero lo cierto es que lo estaba más que nunca.

—Muchacho —un hombre me llamó desde un palco.

No lo había visto nunca. Me hacía señas de que me acercara.

«No estarás mucho rato en este asiento —me dije—; es la localidad de la señora Layden. Cuando venga tendrás que marcharte».

—¿No es usted el chico de la pareja veintidós? —preguntó.

—Sí, señor —dije.

—¿Dónde está su pareja?

—Anda por allí —contesté, señalando hacia el tablado donde Gloria charlaba con otras jóvenes.

—Dígale que venga —dijo el hombre aquel—; necesito verla.

—De acuerdo —dije, y fui en busca de Gloria.

«¿Y este tipo quién demonios será?», me pregunté intrigado.

—Allí hay un hombre que quiere hablar contigo —dije a Gloria.

—No quiero hablar con nadie.

—No es ningún pordiosero. Va bien vestido y parece una persona importante.

—Me tiene sin cuidado lo que pueda parecer —contestó.

—A lo mejor es un productor —dije—. Tal vez le has causado buena impresión. Tal vez sea ésta tu oportunidad.

—Al infierno mi oportunidad.

—Ve —insistí—, este hombre te está esperando.

Al final me acompañó.

—Este negocio del cine está podrido —dijo Gloria—. Tienes que conocer a un puñado de gente que no te apetece en absoluto conocer y, además, mostrarte amable con personas a las que te gustaría ver con las tripas al aire. Estoy contenta de haber terminado con esto.

—Estás sólo empezando —le dije para animarla. «No presté entonces la menor atención a su observación, pero ahora me doy cuenta de que fueron las palabras más significativas que le oí pronunciar».

—Aquí la tiene —le dije al hombre.

—¿Sabe usted quién soy? —preguntó el hombre.

—No, señor...

—Mi nombre es Maxwell —dijo—. Soy el director de publicidad de Cervezas Jonathan.

—Cómo está usted, señor Maxwell —dije, mientras me acercaba para estrecharle la mano—. Ella es Gloria Beatty, mí compañera. Les estamos muy agradecidos por habernos patrocinado.

—No me den las gracias a mí, sino a la señora Layden. Fue ella quien me hizo fijarme en ustedes. ¿Ya han recibido los paquetes?

—Sí, señor —dije—, y han llegado justo a tiempo. Realmente nos hacía falta ropa. Estos campeonatos de baile la destrozan. ¿No había venido nunca?

—No, y no me encontraría ahora aquí si la señora Layden no hubiera insistido tanto. Me habló mucho de las carreras. ¿Hay alguna esta noche?

—Un acontecimiento tan poco importante como es una boda no puede impedir que se celebre una carrera —dije—. La realizaremos después de la ceremonia.

—Adiós —dijo Gloria marchándose.

—¿Dije algo que pudo molestarla? —preguntó el señor Maxwell.

—No, señor, se ha ido para recibir las últimas instrucciones. La ceremonia comenzará dentro de poco.

Frunció el ceño y pareció adivinar que yo mentía para disculpar los malos modales de Gloria. Estuvo un momento observando a Gloria, mientras ella andaba por la pista, y después volvió a mirarme.

—¿Qué posibilidad tienen de ganar la carrera esta noche? —me preguntó.

—Tenemos bastantes posibilidades. Naturalmente, lo más importante no es ganar, sino procurar no perder. Si acabamos los últimos, quedaremos automáticamente eliminados.

—Supongamos que Cervezas Jonathan ofrece veinticinco dólares para el ganador. ¿Cree que podrán conseguirlo?

—Que por mí no quede, haré lo que esté en mi mano —le aseguré.

—En ese caso, estamos de acuerdo —dijo, mirándome de arriba abajo—. La señora Layden me ha dicho que tiene usted mucho interés en trabajar en el cine.

—Sí, pero no como actor; yo quiero ser director.

—¿No le gustaría trabajar en el negocio de la cerveza?

—Me parece que no...

—¿Ha dirigido alguna vez una película?

—No, señor, pero no me da miedo probarlo. Sé que podría desenvolverme bien. ¡Oh!, no me refiero a un film importante al estilo de los de Boleslawsky, Mamoulian o King Vidor, sino otra cosa, para empezar...

—Como por ejemplo...

—Bueno... un cortometraje... dos o tres rollos. Que reflejara la vida de un chatarrero, del hombre de la calle... ya sabe, de aquel que gana treinta dólares a la semana y ha de sacar adelante a los hijos, comprar la casa, el coche la radio..., la clase de tipo al que acosan constantemente los cobradores de recibos y letras. Algo distinto de lo que suele hacerse, con ángulos de la cámara que contribuyeran a contar la trama...

—Ya veo —dijo.

—No quisiera aburrirle —le dije—, pero pocas veces encuentro a alguien que me escuche, y cuando lo encuentro no pararía nunca de hablar.

—No me aburre. De hecho, me interesa mucho. Pero tal vez hablo demasiado...

—Buenas noches —dijo la señora Layden entrando en el palco. El señor Maxwell se puso en pie—. Éste es mi asiento, John —dijo la señora Layden—. Siéntese allí —el señor Maxwell rió y tomó otro asiento—. Vaya, vaya, tienes un aspecto muy elegante —me dijo la señora Layden.

—Es la primera vez en mi vida que visto de esmoquin —dije, ruborizado—. El señor Donald los ha alquilado para todos los concursantes masculinos, y vestidos de noche para las chicas. Todos formaremos parte del cortejo nupcial.

—¿Qué impresión le ha causado, John? —preguntó la señora Layden al señor Maxwell.

—Muy buena —dijo el señor Maxwell.

—Confio plenamente en el criterio de John —dijo ella.

Ahora comenzaba a comprender la razón por la que el señor Maxwell me había hecho tantas preguntas.

—... Venid hacia aquí, muchachos —dijo Rocky por el micrófono—, hacia aquí. Damas y caballeros. Estamos a punto de comenzar la boda pública de Vee Lovell y Mary Hawley, la pareja número setenta y uno, y recuerden que el espectáculo de esta noche no terminará con la boda, eso será sólo el comienzo, sólo el comienzo. Después de la boda comenzará la carrera...

Se inclinó hacia delante y Socks Donald le susurró algo al oído.

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