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Authors: Carmen Martín Gaite

Tags: #Narrativa

Nubosidad Variable (31 page)

—Eso indica personalidad fuerte —comentó monsieur Richard.

Mamá no dijo nada. Me despedí cortésmente y salí de la habitación como si me hubieran nacido alas en los pies.

Efectivamente, con el vestido rojo venía una cartita. La leí antes de probármelo.

«No sé si es de tu talla —decía—. Pero el fuego no tiene tallas. Espero que en esa hoguera ardan todos tus fantasmas y resucite tu cuerpo.»

Era exactamente de mi talla y se me adaptaba al cuerpo como un guante. En cuanto a la resurrección y la quema de fantasmas, siendo como eran augurios bastante en consonancia con los formulados por las hadas de los cuentos, tengo que confesar que me quedé un rato largo contemplándome delante del espejo, al acecho de algún prodigio. Y la muchacha de rojo se desprendió de mí como una desconocida, a medida que se acentuaba la sonrisa sensual con que parecía invitarme a un peligroso juego de complicidades. Retrocedía y avanzaba hacia mí con paso lánguido, arqueando los brazos sobre la cabeza y volviéndolos a bajar lentamente. El escote era cuadrado y bastante generoso, con dos clips. Desde luego no era mi estilo de vestir ni de moverme, pero me encontraba guapísima. Pensándolo bien, la mayor trasformación consistía precisamente en aquella complacencia al descubrirme distinta y gustarme. Creo que nunca me he mirado tanto rato seguido al espejo, era como una situación hipnótica.

Desperté de ella bruscamente cuando se abrió la puerta y apareció mi madre para avisarme de que me llamaban por teléfono. Su extrañeza, inicialmente motivada por el hecho de que yo no lo hubiera oído sonar, cuando estaba colgado en el pasillo, junto a la puerta de mi dormitorio, aumentó al verme convertida en una especie de Marilyn que ensaya su papel. Y lo más raro de todo fue que ni siquiera me sentí avergonzada. Al contrario; exageré la pose teatral iniciando una leve reverencia.

—¿Pero qué te pasa? ¿Qué estás haciendo?

—Nada. Probándome el vestido que me ha mandado Sofía.

—¿Y esos gestos tan raros?

—Por favor, mamá, ¿no me puedo divertir un poco? No nos vamos a tomar siempre la vida como un funeral de tercera.

Se apartó para dejarme pasar.

—¡Qué barbaridad! —dijo—. Te queda exageradísimo. Pareces una fulana.

Suspiré mientras la veía alejarse por el pasillo. Luego me apoyé contra la pared y cogí el auricular.

La que me llamaba era María Teresa y debo reconocer que me decepcionó muchísimo. No porque yo esperara aquella tarde alguna llamada de nadie, sino precisamente por eso: ya que no esperaba nada, cabía lo inesperado. Y mientras escuchaba la consabida petición de apuntes, formulada esta vez en términos de agobio, yo, arqueando una rodilla para apoyar el pie contra la pared, acariciaba la falda suave, como de ante, ciñéndose a mis caderas.

—Sofía, ¿estás ahí?

—Sí.

—Creí que se había cortado. Es que voy atrasadísima, en serio. Me faltan todos los de Gramática Histórica desde antes de Navidades, fíjate qué horror. ¿Me estás atendiendo?

—Que sí…

—Pues ¿cómo quedamos, oye?

Al día siguiente era domingo y yo había decidido pasármelo entero en el Ateneo para huir de implicaciones familiares. La cité a las siete en el bar de allí.

Era domingo, pues, el día en que estrené el vestido rojo. Con un abrigo encima, eso sí, porque salí temprano y hacía frío. Pero lo llevaba desabrochado, en plan un poco desafiante.

Nunca me he atenido a la división —mucho más rígida en aquellos años que ahora— entre ropa de diario y ropa de vestir, y además pienso que tardar en estrenar un vestido trae mala suerte. De todos modos, a medida que iba andando y mirándome de refilón en las lunas de los escaparates, yo misma me daba cuenta de que no era una
toilette
muy adecuada para ir a estudiar al Ateneo. Y me producía cierto malestar reconocer que en mi elección, más que el capricho, habían influido el comentario despectivo de mi madre y el afán por llevarle la contraria. Ya por entonces vislumbraba yo algo que iría quedando cada vez más claro con el correr del tiempo: que no basta con dar un portazo y largarse a la calle para librarse del influjo de otras vidas que inciden en la propia.

Me cundió poco el estudio aquel domingo. Y tampoco escribí nada de fuste, excepto un poema corto titulado «Deshielo» que no está mal. Habla de las ansias con que un alma entumecida otea la llegada de la primavera, como el avance de un ejército enarbolando teas ardientes. Me salió de un tirón. El resto del tiempo, en cambio, lo gasté en empezar varias veces una carta dirigida a Mariana, cuyos principios iba rasgando sucesivamente y tirando a la papelera. No encontraba el tono, y era porque en vez de pensar en lo que quería decir, hacía conjeturas sobre la disponibilidad de su ánimo hacia mí, y las tachaduras eran reflejo de la inseguridad que me invadía. Ensayé finalmente el tono jocoso, pero tampoco resultó. En la última cuartilla que rompí, incluía una tira inédita de copiomanuenses y un dibujito del vestido rojo, con abrazaderas en los hombros como las que llevan las mariquitas recortables. Pero no. Mariana no se iba a divertir con esos dibujos, no iba a recibirlos como un fulgor, o por lo menos no estaba segura. Así que di por definitivamente fallido un intento que tal vez estoy recogiendo hoy. Las cartas sólo se adornan sin trabas cuando se tiene la certeza —equivocada o no— de que el destinatario va a disfrutar muchísimo con su contenido y le va a saber a poco, «siga usted, señorita Montalvo» entonces da igual lo que se ponga aunque sean tonterías. Y ya no lo son. Precisamente deja de ser una tontería lo que se cuenta con ganas. En eso consiste.

En algún momento de la tarde empecé a encontrarme muy a disgusto y a pensar si no habría sido preferible irme con mis padres y los Richard de excursión a Toledo, que por lo menos allí me habría sentido útil y en mi sitio. Se pensaban quedar a dormir. Me inquietaba imaginarlos por las calles estrechas, venciendo sus tensiones interiores, haciendo esfuerzos por que resultara un día digno de recuerdo. Me pesaba de lejos su deambular inútil y me reprochaba un egoísmo que al fin y al cabo no me había servido más que para dinamitar mis propios espejismos de plenitud.

Tenía sentado en el pupitre de enfrente a un chico con calva incipiente y pinta de opositor, que subrayaba compulsivamente ristras de frases con bolígrafos de distintos colores. De vez en cuando resoplaba, se rascaba la cabeza y se me quedaba mirando al escote, primero de reojo y poco a poco con mayor descaro. Eso contribuyó a aumentar mi malestar y mi incapacidad de concentrarme. La tarde había dado un quiebro extraño hacia el aburrimiento. De la complacencia ante mi figura reflejada en el espejo y presagiando inquietantes mutaciones, resbalaba por una cuesta abajo de desconfianza y conciencia de error hacia el ciego deseo de romper a pedradas todos los espejos.

Acabé recogiendo los libros y bajando al bar media hora antes de lo acordado para la cita. La tarde no acababa nunca de pasar.

Cuando llegó María Teresa nos tomamos un café y le pasé los apuntes de Gramática Histórica, que inmediatamente tomó al peso y hojeó abrumada, más que para hacerse una ligera idea de su contenido para contar los folios grapados, tarea en la que se ayudaba mojando un dedo en saliva, y que pareció sumirla en atroz depresión.

—¡Cuarenta hojas! ¡Pero cuántos apuntes ha dado! Son muchísimos, ¿no?

Había en el tono de su voz una sombra de reproche.

—Sí, los de enero y parte de febrero, ahí tienes las fechas. Es que vienes muy poco a clase, chica, qué quieres que te diga.

—Hay cosas más importantes que asistir a clase —dijo con cierta acritud.

—Bueno, eso allá tú, no te lo discuto. Pero luego no te vengas quejando, deja de estudiar y ya está.

Seguía mirando los apuntes.

—¿Tú ya te los sabes todos? —preguntó.

—Yo no. Les echaré una mirada cuando sea el examen. A ver si los copias pronto, tú, que la otra vez te eternizaste.

—A ver —replicó—. Es que son muchos.

Los metió, suspirando, en una carpeta azul deslucida. Luego pagó los cafés y salimos juntas.

—¿Ya no estudias más?

—No. Me ha cundido poco el día. Hay días muy tontos.

Echamos a andar en silencio camino de la Plaza de Santa Ana. Hacía una tarde ventosa y despejada de finales de febrero, y al fondo de la calle del Prado se vislumbraban resplandores de primavera. Me paré a mirar el escaparate de una librería de viejo que todavía existe. Siempre que paso por allí me acuerdo. Había una lámina grande en tonos sepia y rojo, donde se veía a una señorita decimonónica reclinada en un sofá con gesto voluptuoso. En la mano derecha, abandonada sobre la falda, tenía una carta que probablemente acababa de leer. Y sus ojos, dirigidos hacia alguna ventana invisible, conservaban el fulgor provocado por aquellas palabras del enamorado ausente que impregnaban la escena por completo. Aquel descubrimiento daba pie a cualquier novela de las que yo solía inventar para Mariana cuando éramos más pequeñas y soñábamos con el amor romántico. En cuántos poemas y canciones habíamos bebido ese aire inflamado de la ausencia amorosa, la ausencia es aire que apaga el fuego chico y aviva el grande. Y de pronto, al mirarme reflejada en el escaparate, con mi vestido rojo bajo el abrigo desabrochado, vigilando a aquella enamorada de papel, comprendí que estaba deseando descubrir por mí misma, como Mariana, la diferencia entre lo vivo y lo pintado. Comprendí que ya no me bastaba con inventar novelas ni con que me las contaran, que de lo que tenía ganas era de enamorarme yo. Bueno, la verdad es que no sé si me lo formulé exactamente así, pero de esta manera me lo cuento ahora siempre que vuelvo a pasar por delante de aquella librería. Lo que sí es verdad es que me había quedado absorta, que el corazón me latía muy fuerte y que el vestido de la mujer del dibujo era rojo, como el mío.

—¿Qué miras? —me preguntó María Teresa.

—Ese grabado; me gusta mucho.

—¿El de la señora leyendo una carta? Pues hija, a mí no. Lo encuentro una cursilería.

Seguimos andando. Había unas nubes revueltas de color acero. Era la típica noche para haberme quedado a dormir en casa de Mariana, ya que mis padres no volverían hasta el día siguiente. Me invadió una mezcla exaltada de añoranza y rebeldía. Echaba de menos a mi amiga hasta no poder más, pero necesitaba quemar fantasmas, romper la tiranía del círculo vicioso. Algún camino tenía que haber para escaparse hacia lo desconocido.

—¿Hacia dónde vas? —me preguntó María Teresa al llegar a la Plaza de Santa Ana.

—No sé. Puede que dé un paseo. ¿Es tuyo ese Isetta?

—Sí. Te puedo acercar a algún sitio, si quieres.

María Teresa se había parado junto a un dos plazas redondeado y transparente de los que llamaron aquí «huevos» que tenían un diseño como de helicóptero y se abrían por delante. Era un modelo italiano bastante barato y en la España pre— consumista hizo furor, aunque duró poco. Miré con envidia a María Teresa, mientras levantaba la cubierta ovalada de su Isetta y quedaban al descubierto los dos asientos. Yo nunca había montado en ningún coche de aquéllos, y me hacía ilusión. Tenía algo de carricoche de tiovivo.

—¿Qué dirección llevas? —le pregunté.

—Voy a casa de unos amigos que viven en comuna por la parte de Pozuelo y celebran un cumpleaños. Por cierto, me han dicho que lleve a quien quiera. Seguramente estará tu hermano. ¿Te apetece venir?

Dije que sí con un repentino entusiasmo. Y así fue como me dirigí montada en aquel ingenio de cristal un tanto surrealista hacia la casa de la chimenea encendida. Pero no estaba mi hermano. Ni nadie que me despertara ningún recuerdo ni a quien tuviera que dar cuentas de mi presencia allí. Mi hada madrina había preparado bien las cosas.

La gente que por aquellos años había empezado a vivir en comuna tenía a gala burlarse de las convenciones burguesas y exhibir cierto grado de desorden vendido como espontaneidad y desinhibición. Las menciones a Marx y a Simone de Beauvoir recibían un refuerzo de modernidad y eficacia cuando se mezclaban con un manejo experto de estadísticas de exilio, natalidad y desempleo, discos de Raimon o de Brassens y exaltación del amor libre. Cuando en una de aquellas viviendas, generalmente chalets de extrarradio alquilados entre varios, se celebraba una reunión política o festiva, el que llegaba por primera vez introducido por algún amigo no podía esperar que nadie le presentara a nadie ni le aclarara quién de los asistentes pernoctaba en la casa de forma fija o de qué madre y padre eran los niños que por allí correteaban.

Es muy raro lo que se me está ocurriendo, en plan de insólita asociación de ideas, según escribo esto. Pero de pronto me parece haber hallado el patrón escondido sobre el que se organizan —contando con todas las diferencias aparentes que pueden camuflar el parecido— fiestas de «élite» como la del otro día en casa de Gregorio Termes, donde la consigna es no hacer caso de nadie, porque todos se consideran elegidos y cómplices. Seguro que Gregorio fue un progre de los sesenta, se bañó poco, vivió en comuna y atacó de forma furibunda el orden burgués. A saber si no estaría incluso en aquella casa de Pozuelo cuando María Teresa y yo llegamos en el Isetta.

Eran dos habitaciones grandes y un poco destartaladas formando ángulo y separadas por una puerta corredera que tenían abierta. Tampoco estaba cerrada la que daba al jardín y que María Teresa simplemente empujó, sin andar llamando a ningún timbre. Las paredes estaban forradas de corcho y había una escalera de acceso a los pisos superiores, donde debía estar el grueso de la reunión, a juzgar por un rumor intermitente de voces, risas y música que bajaba de allí. Adultos en la parte de abajo se veían pocos, pero sí varios grupos de niños tirados por el suelo leyendo tebeos o jugando con construcciones de madera. Otros salían o entraban del jardín un tanto descuidado, donde vi una piscina de azulejos mellados con un fondo de agua verdinosa. Había también un perro.

Creo que María Teresa desapareció enseguida escaleras arriba. Tal vez saludó antes a alguien. Tal vez me preguntó que si quería subir con ella. No sé. No me acuerdo de nada. Desde que entré en aquel recinto en forma de ele lleno de estanterías de ladrillo y posters sujetos al corcho, de botellas semivacías, juguetes, almohadones, ceniceros y libros abandonados por el suelo, no me fijé más que en un chico rubio con pantalones de pana y camisa a cuadros, que estaba en cuclillas en el rincón de la derecha delante de una chimenea de fuego mortecino, cuyas brasas removía cuidadosamente con un hierro. De espaldas a cualquier solicitación ajena, transmitía a través de su actitud absorta la impresión de estar entregado a una tarea de importancia fundamental: reavivar un fuego. No sé cuánto tiempo lo estuve mirando antes de echar a andar despacio pero inevitablemente en aquella dirección.

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