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Authors: John Steinbeck

Tags: #Histórica, aventuras, #Aventuras

Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros (33 page)

—Por supuesto —dijo la reina de las Islas—. Es Lanzarote.

—Les dije que era un bocado especial. Pero las hermanas no deben morder a las hermanas. Sé que lucharemos por él. Pero que no sea con garras y dientes Además, las conozco lo bastante, queridas mías, como para estar segura de que no querrán compartirlo.

—¿Qué sugieres? —dijo con dulzura la reina de Gales del Norte.

En eso el cuerpo de Lanzarote se estremeció, agitó la cabeza como si lo devorara la fiebre, se lamió los labios y gruñó.

Morgan extrajo de la capa una pequeña redoma de lactucario, irisada por los años. La destapó, se agachó y vertió algunas gotas negras y espesas en los labios de Lanzarote, y mientras él se relamía los labios y reaccionaba ante el amargo sabor con una mueca, Morgan le Fay lo cubrió con un manto de susurradas palabras mágicas. El caballero lanzó un suspiro profundo y entrecortado y quedó sumido en un misterioso sueño.

Morgan dejó de hablar en voz baja, pues ya no había posibilidad de que despertase.

—Esta es mi propuesta —dijo Morgan—. Que llevemos con nosotros este trofeo al Castillo de la Doncella y luego compitamos por él, pero con tal imperceptible sutileza que cuando la vencedora reciba el premio, la paloma pensará que ha elegido las garras del halcón. ¿Les gusta el trato, hermanas?

Las otras asintieron con una risotada, pues todas pensaban que no tenían par en esta especie de torneo. Entonces tendieron a Lanzarote sobre el escudo y dos caballeros lo llevaron entre sus caballos. El suntuoso séquito avanzó, como figuras pintadas en un muro, hacia la formidable fortaleza prehistórica del monte. Cuando entraron por el estrecho pasaje con abruptas paredes de tierra, caía el sol. Mientras cruzaban los angostos terraplenes que bordeaban las profundas y sucesivas fosas, titilaron las estrellas. Era de noche cuando emergieron a la cima amurallada, donde una hierba montaraz crecía entre las rocas apiladas tras mil años de construcciones y destrucciones. Luego, cuando el cortejo de reinas cruzó las altas murallas, un castillo se alzó en el extremo meridional, y rápidamente se multiplicaron las almenas y brotaron torres de las esquinas. En cuanto quedó completo, brillaron luces en los ventanales y los centinelas se pasearon por las murallas. Cuando llegaron al sitio que correspondía al foso, había un foso en cuyas aguas se reflejaban las estrellas y las vagas sombras blancas de lentos cisnes. Y en la entrada surgió súbitamente un puente levadizo que cayó con estrépito, mientras las rejas de hierro del rastrillo ascendían con morosos chirridos y los montantes tachonados de bronce crujían para dar paso al cortejo. En cuanto entraron, el puente levadizo se alzó, el rastrillo bajó, se cerraron las puertas, y el castillo se volvió brumoso y transparente como una delgada nube, y el viento dispersó sus jirones, dejando una meseta rocosa donde las ovejas pacían bajo las estrellas.

Lanzarote se arrastró penosamente fuera de la inconsciencia provocada mediante drogas y encantamientos. Sumido en las tinieblas, un palpitante resplandor le golpeteaba las sienes, mientras el frío de la humedad le penetraba hasta el tuétano. Al tanteo, descubrió que estaba desarmado y que sólo vestía la chaqueta y los pantalones livianos que solía llevar bajo la cota de malla. Siguió explorando con los dedos y palpó un piso de losa tapizado de fría y grasienta humedad, en tanto que su olfato discernía los hedores de viejos sufrimientos, temores, desesperanzas y muertes nauseabundas, la acre pestilencia que impregna los muros de las mazmorras.

Se incorporó dolorido y se abrazó las rodillas, tratando de distinguir algo en la mohosa oscuridad. Estiró la mano y luego la retrajo, temeroso de saber lo que podían encontrar sus dedos. Permaneció largo rato encogido sobre si mismo, tratando de ofrecer el blanco más pequeño posible al miedo que acechaba en las tinieblas circundantes. Luego oyó un leve ruido de pasos que se acercaban y cerró los ojos con fuerza y elevó una apasionada plegaria de niño para implorar protección. Cuando los abrió, lo cegó la llama de una única vela. Pasó un instante antes que pudiera distinguir a la doncella que la sostenía, quien lo saludó:

—¿Te encuentras bien, caballero?

Él consideró minuciosamente la pregunta, estudió los muros de piedra sin ventanas y la gruesa puerta de roble con una pequeña reja de hierro y un cerrojo grande como un escudo, y luego volvió a mirar a la doncella.

—¡Muy bien, por cierto! ¡Qué pregunta!

—Es sólo un modo de hablar, señor. Mi padre dice que corresponde preguntarle a un caballero si se encuentra bien.

—¿Acaso corresponde que un caballero pregunte dónde se encuentra, cómo llego aquí y por qué, en nombre de los cuatro Evangelistas, tu padre me tiene prisionero?

—No es mi padre, señor. El no está aquí. Verás, yo también soy una especie de prisionera. Estaba sentada en el salón de la residencia de mi padre, peinando lana de cordero para hacer estambre y preguntándome cómo podría ayudar a mi padre en el torneo del próximo martes, porque, verás, el martes pasado lo derribaron, y cuando lo vencen se pone insoportable… supongo que le pasa a todos los caballeros.

—Hermosa doncella —interrumpió Lanzarote—, por el amor de Dios, volvamos al principio. ¿Quién me tiene prisionero aquí?

—Olvidé tu cena —dijo la muchacha—. La tengo aquí afuera.

—Espera… ¿quién…?

Ella se fue y volvió la oscuridad, pero al cabo de un momento regresó con un cuenco de madera lleno de huesos y pan mojado, una cena de perros.

—No es muy rico —dijo ella—, pero me dijeron que te lo traiga.

—¿Quién?

—Las reinas.

—¿Qué reinas?

Ella depositó el cuenco de madera en el piso de piedra y apoyó la vela al lado para tener los dedos libres.

—La reina de Gore —se tocó el meñique—, la reina de las Islas, la reina de Gales del Norte, y… veamos… Gore, Islas, Gales. Ah, si, la reina del Este. Suman cuatro, ¿no es así?

—¡Y qué cuatro! —dijo Lanzarote—. Las conozco a todas… brujas, hechiceras, hijas del demonio. ¿Ellas me trajeron aquí?

—Son hermosas —dijo la doncella—. Y sus vestidos y joyas… tendrías que verlos para creerlo…

—Contéstame.

—Si, ellas te trajeron aquí, señor, y a mi también, pues yo estaba sentada en el salón de mi padre, peinando lana de cordero…

—Ya sé, y de pronto estuviste aquí. Yo me dormí bajo un manzano al sol y estoy aquí. ¿Qué quieren de mí esas mujerzuelas?

—Lo ignoro, señor. Verás, yo llegué aquí y me dijeron que te trajera la cena y después echara el cerrojo. Voy a ver, señor. Quizá pueda decirte más en la mañana. Debo irme. Me dijeron que no hablase y que me apurara, como si temieran que me devorases.

—¿Puedes dejarme la vela?

—Me temo que no, señor. Sin ella, me perdería al salir de aquí.

En cuanto se fue la doncella y volvió la oscuridad, el caballero hurgó en el cuenco y royó los huesos mientras pensaba en las extrañas y temibles criaturas que lo tenían prisionero.

Tenía dos razones para tener miedo. En su prolongada y tenaz batalla consigo mismo y con el mundo para convertirse en el perfecto caballero, pocas mujeres le habían llamado la atención. Así, su ignorancia le hacia temer cosas desconocidas. Y en segundo lugar, era un hombre simple y llano; la herramienta de su grandeza era la espada, no la mente. Los propósitos y artilugios de la nigromancia, los demonios y los arcanos, le parecían ajenos y temibles. Sus pocos fracasos y menos derrotas eran debidos a obra de encantamientos, y ahora lo habían capturado por esas mismas artes, negras y nocturnas. En la oscuridad, sintió brincar su corazón y le pareció que las paredes de piedra lo asfixiaban. Su corazón saltó y el estómago se le apretó contra el pecho, impidiéndole respirar. Pero esta sensación no le era desconocida, pues Lanzarote, como todos los que se destacan en la práctica de un arte, era un hombre nervioso y sensible. Un oponente que en el campo presenciara la frialdad con que dominaba sus armas lo habría juzgado un temple de acero, ignorando el mórbido desasosiego que precedía a la lucha. Y mientras repechaba contra las barreras, esperando las trompetas, su ojo penetrante pese a todo no dejaba de observar, tabular y memorizar cada movimiento, cada gesto, cada tendencia del adversario. De manera que, aunque estuviera cerca del pánico, su segunda mente sondeaba a sus rivales, pues aunque fueran damas y reinas eran también sus enemigas, y un enemigo debe tener un propósito, un medio y una dirección.

No podían odiarlo, pensó, pues él nunca les había hecho daño. Por lo tanto, no perseguían la venganza. El robo estaba fuera de la cuestión, pues ellas estaban colmadas de posesiones y él no tenía nada salvo su armadura y su gloria. Entonces, ¿cuál podía ser su propósito? Debían de querer algo de él, algo que quizás él ignoraba que poseía, un servicio, un secreto. Como la respuesta se le escapaba, renunció a la búsqueda, pero su mente obstinada siguió analizando llevada por el hábito. Si un hombre se paraba en seco por un golpe, o se interrumpía en medio de la lucha, generalmente había una razón: una vieja herida, o a veces una vieja pena. Un hombre adoptaba la profesión de las armas por razones claras y definidas, ¿pero por qué había hombres y mujeres que estudiaban las despreciables artes de la nigromancia?

Lanzarote, nuevamente extraviado, ya tomaba las riendas para espolear a su mente hacia otro rumbo, cuando vino a él una imagen, pero una imagen vivida, clara y brillante como los vitrales de una catedral. Vio a un Lanzarote joven y decidido, aunque entonces llamado Galahad, que rodaba por el suelo polvoriento impulsado por la lanza de un mozo de catorce años. Galahad reanudaba el intento, y nuevamente volaba por los aires. Afirmó la corta barbilla y la determinación tiznó sus labios de azul. Y por tercera vez la afilada lanza lo arrancó de la silla, y cuando tocó el suelo un aullido de dolor le recorrió el espinazo. El enano, blasonado y vigoroso, ancho como un tonel, llevó con la madre al niño que sollozaba de dolor. «El otro era demasiado grande, mi señora —explicó el escudero—. Pero él se destaca entre los de su edad y no hay modo de mantener aquí a Galahad». Hubo modo de mantenerlo durante largo tiempo, pues no se podía mover. Lo reclinaron sobre bolsas de arena, para mantenerlo erguido. Y mientras yacía en esa postura para que se le curara el espinazo, el rival alcanzó dimensiones de árbol en la imaginación del niño. En sueño y vigilia la filosa lanza lo arrancaba de la montura, hasta que descubrió una cataplasma para su orgullo. Bajo el brazo izquierdo tenía un bulto minúsculo que sólo él conocía. Tres vueltas a la derecha y media vuelta atrás con los dedos de su mano izquierda, y en el campo se transformó en una nube negra y derrotó al mozo de catorce años. Pero el bulto secreto podía hacer aún más que eso. Dos vueltas a la derecha y dos a la izquierda, y podía volar y revolotear y lanzarse en línea recta. A veces, en la justa, dejaba el caballo y salía disparado y derribaba a su gigantesco oponente y, por último, hundiéndolo hacia adentro se volvía invisible. Esperaba con ansiedad estar a solas con las bolsas de arena para realizar su sueño. Curiosamente, olvidó todo eso cuando empezó a desarrollar su auténtica destreza. Y de pronto, Lanzarote, en las tinieblas de su prisión, comprendió la magia y la nigromancia y a cuantos las practicaban. «De modo que eso es lo que hacen —pensó entonces—. Pobres criaturas…, pobres y desdichadas criaturas».

No es verdad, como románticamente se presume, que la gente atemorizada, herida o perseguida permanezca despierta. Harto más frecuente es que se refugien en el sueño para hurtarse provisionalmente a la tribulación. Un hombre como Lanzarote, habituado al ejercicio de las armas, templado y curtido por los peligros, acumula reservas de sueño como si se tratara de bebida o alimento, pues sabe que si carece de él, flaquearán sus fuerzas y se ofuscará su mente. Y aunque había dormido buena parte del día, el caballero buscó refugio del frío, la oscuridad y el ignorado mañana en un reposo sin sueños que duró hasta que una luz tenue comenzó a extenderse en su celda de piedra desnuda. Cuando despertó, estiró los músculos para liberarlos de la frialdad del entumecimiento y buscó calor abrazándose las rodillas. No podía distinguir de dónde venía la luz. Dimanaba de todas partes, como sucede con el crepúsculo antes de la salida del sol. Vio las piedras de su celda tachonadas con manchas de légamo oscuro. Y mientras miraba, se formaban dibujos en las paredes: árboles de copa redonda cargados de dorados frutos, flores rizadas y entrelazadas semejantes a las de los libros iluminados, un árbol de sombra benigna, y debajo de él un unicornio blanco y resplandeciente que agachaba el cuerno y el cuello para saludar a una doncella de brillantes colores que lo abrazaba, probando de ese modo su doncellez. Entonces un lecho amplio y mullido titiló y se materializó en un rincón de la celda, un lecho con una colcha de terciopelo púrpura donde se apilaban grandes cojines semejantes a joyas de tenue fulgor. Un sol heráldico resplandeció en toda su gloria y lanzó sus rayos desde el techo, entibiando el aire.

Sir Lanzarote era un caballero simple que no había aprendido a confiar en sus ojos en determinado momento y recelar de ellos un instante después. Se incorporó y vio y palpó la larga y rica túnica ocre que le llegaba hasta los tobillos. Fue al lecho y se tendió en su acogedora y blanda superficie. Se cruzó las manos sobre la nuca justo a tiempo para ver cuatro tronos suntuosos y mullidos que titilaron, cobraron forma y adquirieron solidez en el extremo opuesto de la celda, al tiempo que una lujosa alfombra brotaba como hierba del piso de piedra.

Un aroma en el que parecían combinarse el pétalo de rosa y el cinamomo, la lavanda y el incienso, el nardo y el clavo de olor, impregnó el recinto, y una brisa estival que no venia de ninguna parte agitó las colgaduras.

«No sé qué va a pasar, pero vamos a estar cómodos», se dijo Lanzarote.

Hubo unos segundos de silencio expectante, como en un escenario decorado y amueblado poco antes de empezar la representación, y luego los matizados acordes de varios laúdes sonaron con un ritmo lento, dulce y sincopado que evocaba el andar de las princesas que marchan en solemne procesión a la coronación de un monarca. Sólo había quedado la puerta de la prisión, un desagradable recordatorio de roble tachonado y hierro herrumbrado.

No tardó en abrirse por si misma para permitir la entrada de las cuatro reinas, que caminaban a impulsos a ese ritmo y a cada paso se detenían para tocarse el pie. Ocuparon su sitio en cada trono, bellas y perfectas como flores de cera. Apoyaron las manos blancas y enjoyadas en los brazos de sus respectivos tronos y sonrieron con serenidad, contemplando al caballero tendido en el lecho. La música se apagó y siguió un silencio semejante al que una concha marina transmite al oído.

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