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Authors: Colleen McCullough

Tags: #Histórica

Las mujeres de César (9 page)


¡Mater!
—la llamó irrumpiendo en su despacho—. ¡Necesito hacerte una consulta urgente, así que deja lo que estés haciendo y ven a mi estudio!

Aurelia dejó la pluma y miró a César llena de asombro.

—Es día de rentas —dijo.

—No me importa si es el día de pago del trimestre.

Y ya había desaparecido antes de pronunciar esa frase tan breve, dejando que Aurelia abandonase sus cuentas profundamente impresionada. ¡Aquello no era propio de César! ¿Qué le pasaría?

—Bueno, ¿de qué se trata? —preguntó entrando a largos pasos en el
tablinum
de él; lo encontró de pie, con las manos detrás de la espalda y balanceándose sobre los pies, desde el talón a la punta de los dedos y viceversa. La toga se encontraba hecha un montón en el suelo, así que Aurelia se agachó para recogerla y la arrojó dentro del comedor antes de cerrar la puerta. Durante un momento César actuó como si ella no hubiera entrado todavía; luego empezó. La miró fugazmente con una mezcla de diversión y… ¿euforia?, antes de avanzar hacia ella para ayudarla a sentarse en la silla que su madre siempre utilizaba.

—Mi querido César, ¿es que no puedes estarte quieto, aunque no te sientes? Pareces un gato callejero en celo.

Aquello a él se le antojó gracioso en extremo y se puso a rugir de risa.

—¡Es que probablemente me sienta como un gato callejero en celo!

El día de rentas desapareció; Aurelia comprendió con quién acababa de entrevistarse César.

—¡Oh! ¡Servilia!

—Servilia —repitió él; y se sentó, recuperándose de pronto de aquel efervescente estado de exaltación.

—Estás enamorado, ¿verdad? —le preguntó la madre friamente.

César reflexionó y luego negó con la cabeza.

—Lo dudo. Lujurioso, quizás, aunque ni siquiera de eso estoy seguro. Creo que me desagrada.

—Un comienzo prometedor. Estás aburrido.

—Cierto. Verdaderamente aburrido de todas esas mujeres que me contemplan con adoración y se tumban en el suelo para que me limpie los pies en ellas.

—Servilia no hará eso, César.

—Ya lo sé, ya lo sé.

—¿Para qué quería verte? ¿Para empezar una aventura?

—Oh, no hemos avanzado nada en nuestra relación a ese respecto,
mater
. En realidad no tengo ni idea de si mi lujuria es correspondida. Bien podría no serlo, porque en mí sólo empezó realmente cuando ella me dio la espalda para marcharse.

—Mi curiosidad crece por momentos. ¿Qué quería?

—Adivina —dijo César sonriendo.

—¡No juegues conmigo!

—¿No quieres adivinar?

—Haré algo más que negarme a adivinar, César, si no dejas de comportarte como un niño de diez años, me marcharé.

—No, no, quédate ahí,
mater
, me portaré bien. Pero es una sensación tan buena la de verse enfrentado a un desafío, un poco de
terra incognita
.

—Sí, eso lo comprendo —dijo ella; y sonrió—. Cuéntame.

—Vino a verme en nombre de su hijo para pedirme que consienta en un compromiso de matrimonio entre el joven Bruto y mi hija Julia.

Aquello, evidentemente, la cogió por sorpresa; Aurelia parpadeó varias veces.

—¡Qué extraordinario!

—La cosa es,
mater
, ¿de quién es la idea? ¿Suya o de Bruto?

Aurelia echó la cabeza hacia un lado y se quedó pensando. Por fin asintió y dijo:

—De Bruto, diría yo. Cuando la queridísima nieta de una no es más que una niña, una no se espera que ocurran cosas así, pero pensándolo bien ha habido ciertas muestras de ello. Él, desde luego, tiene tendencia a mirarla con ojos de cordero degollado.

—Hoy estás llena de notables metáforas animales, mater! Desde gatos callejeros a corderos.

—Deja de hacerte el chistoso aunque la madre del muchacho te inspire lujuria. El futuro de Julia es demasiado importante. César se puso serio al instante.

—Sí, desde luego. Considerada con toda crudeza, es una oferta maravillosa, incluso para una Julia.

—Estoy de acuerdo, especialmente en este momento, antes de que tu carrera política esté cerca de su cenit. Un compromiso de matrimonio con un Junio Bruto, cuya madre es de la familia de los Servilios Cepiones, te reportaría un apoyo inmenso entre los
boni
, César. Todos los Junios, los Servilios, tanto patricios como plebeyos, Hortensio, algunos de los Domicios, muchos de los Cecilios Metelos… incluso Catulo tendría que pararse a pensar.

—Tentador —dijo César.

—Muy tentador si las intenciones del muchacho son serias.

—Su madre me asegura que lo son.

—Yo también lo creo. No me parece que sea de los que cambian según sopla el viento. Bruto es un chico sobrio y cauto.

—¿Le gustaría eso a Julia? —preguntó César frunciendo el entrecejo.

Aurelia alzó las cejas.

—Ésa es una pregunta extraña viniendo de ti. Tú eres su padre, su destino marital está totalmente en tus manos, y nunca me has dado ningún motivo para suponer que considerarías la posibilidad de permitirle que se casara por amor. Ella es demasiado importante, es tu única hija. Además, Julia hará lo que se le diga. Yo la he educado para que comprenda que las cosas como el matrimonio no son para que ella las decida.

—Pero me gustaría que a ella le agradase la idea.

—Tú no eres muy dado a dejarte llevar por el sentimentalismo, César. ¿Es que a ti, personalmente, no te gusta mucho el muchacho? —le preguntó Aurelia astutamente.

César suspiró.

—En parte, quizás. Oh, no me desagrada tanto como su madre, pero parecía un perro triste.

—¡Metáforas animales!

Aquello hizo reír a César, pero no duró mucho.

—Es una niñita tan dulce y tan vivaz. Su madre y yo fuimos muy felices y me gustaría que ella también lo fuera en su matrimonio.

—Los perros tristes son buenos maridos —dijo Aurelia.

—Tú estás a favor del emparejamiento.

—Lo estoy. Si dejamos pasar esta ocasión, puede que no se presente otra en el camino de Julia ni la mitad de buena. Las hermanas de Bruto se han comprometido con el joven Lépido y el hijo mayor de Vatia Isáurico, así que ahí van dos parejas muy convenientes y solicitadas que ya han desaparecido. ¿Se la entregarías mejor a un Claudio Pulcher o a un Cecilio Metelo? ¿O al hijo de Pompeyo Magnus?

César se estremeció e hizo una mueca de desagrado.

—Tienes toda la razón, mater. ¡Siempre es mejor un perro triste que un lobo rapaz o un perro sarnoso de mala raza! Yo más bien albergaba la esperanza de emparejar a Julia con uno de los hijos de Craso.

Aurelia dejó escapar un bufido.

—Craso es un buen amigo para ti, César, pero sabes perfectamente que no permitiría que ninguno de sus hijos se casara con una chica que no poseyese una dote digna de mención.

—Otra vez estás en lo cierto,
mater
. Como siempre. —César se dio unos golpes con las palmas de las manos en las rodillas, señal de que ya había tomado una determinación—. ¡Que sea Marco Junio Bruto, pues! ¿Quién sabe? A lo mejor resulta ser un muchacho irresistiblemente atractivo, como Paris, una vez que haya superado la etapa de los granos.

—Ojalá no tuvieras esa tendencia a la frivolidad, César! —le dijo su madre al tiempo que se levantaba para volver a los libros—. Ello será un estorbo para tu carrera en el Foro, igual que le ocurre a Cicerón de vez en cuando. Ese pobre muchacho nunca será atractivo. Ni gallardo.

—En ese caso —comentó César con completa seriedad—, el muchacho tiene suerte. La gente nunca se fía de los individuos que son demasiado apuestos.

—Si las mujeres pudiéramos votar —le comentó Aurelia con una sonrisa maliciosa—, eso no tardaría en cambiar. Cada Memmio sería rey de Roma.

—Por no decir cada César, ¿no? Gracias,
mater
, pero prefiero las cosas como son.

Cuando regresó a casa, Servilia no les mencionó la entrevista con César ni a Bruto ni a Silano. Ni tampoco les dijo que a la mañana siguiente iba a volver a verlo. En la mayoría de los hogares la noticia se habría filtrado entre los sirvientes, pero no en los dominios de Servilia. Los dos griegos que empleaba como escolta personal siempre que salía a la calle eran antiguos criados que llevaban muchos años en la familia y la conocían lo suficientemente bien como para no ir con cotilleos, ni siquiera entre sus compatriotas. La historia de la niñera que Servilia había hecho azotar y crucificar por dejar caer a Bruto cuando era un bebé la había acompañado desde la casa de Bruto a la de Silano, y nadie había cometido el error de considerar a Silano lo bastante fuerte como para enfrentarse al temperamento de su mujer ni a su mal genio. Desde entonces no había tenido lugar ninguna otra crucifixión, pero había castigado con azotes las suficientes veces como para asegurarse la obediencia instantánea y que las lenguas permanecieran quietas. Tampoco era aquélla una casa donde a los esclavos se les manumitiese, donde pudieran llevar puesto el gorro de la libertad o llamarse hombres y mujeres libres. Una vez que uno era vendido y pasaba a ser propiedad de Servilia, era ya un esclavo para siempre. Así, cuando los dos griegos la acompañaron al pie del Vicus Patricii a la mañana siguiente, no hicieron el menor intento por ver qué había en el interior del edificio, ni soñaron siquiera con subir sigilosamente la escalera un poco más tarde para ponerse a escuchar detrás de la puerta o para mirar por el ojo de la cerradura. No es que sospechasen que Servilia tenía un enredo con algún hombre; se la conocía lo suficiente como para estar por encima de cualquier reproche a ese respecto. Era una esnob, y generalmente se daba por sentado en todo su mundo, desde iguales a sirvientes, que ella se consideraría superior al mismísimo Júpiter Óptimo Máximo.

Y quizás habría sido así de habérsele acercado el gran dios, pero una relación amorosa con Cayo Julio César ciertamente se le hacía de lo más atractivo, pensaba Servilia mientras subía la escalera sola; encontró significativo que aquella mañana aquel peculiar y más bien ruidoso hombrecillo del día anterior no se hallase a la vista aquella mañana. La convicción de que algo más que un compromiso matrimonial saldría de aquella entrevista con César no se le había pasado por la cabeza hasta que, al acompañarla éste a la puerta el día anterior, Servilia notó en él un cambio lo bastante palpable como para desencadenar la esperanza… no, la emoción.

Desde luego, toda Roma sabía que a César le fastidiaba una cosa en las mujeres, y era que no fuesen escrupulosamente limpias. Así que se había bañado con extremo cuidado y había reducido su perfume a un rastro incapaz de disfrazar los olores naturales; por suerte no sudaba más que de forma muy moderada, y nunca se ponía una túnica más de una vez entre lavado y lavado. El día anterior llevaba una de color bermellón; hoy había elegido una ámbar intenso, y se había puesto unos pendientes y un collar de cuentas del mismo color. Ahora estoy preparada para que me seduzcan, pensó; y llamó a la puerta. Le abrió César en persona; la acompañó a la silla y se sentó detrás del escritorio exactamente igual que el día anterior. Pero no la miró como la había mirado la víspera; ahora los ojos no parecían distantes ni fríos. Había en ellos algo que Servilia nunca había visto en los ojos de un hombre, una chispa de intimidad y posesión que le decía que no iba a ponerle obstáculos, pero que no hacía que lo desechase por impúdico o crudo. ¿Por qué le pareció a Servilia que dicha chispa la honraba y la distinguía entre todas las demás mujeres?

—¿Qué has decidido, Cayo Julio? —le preguntó.

—Aceptar el ofrecimiento del joven Bruto.

Aquello complació a Servilia; sonrió ampliamente por primera vez desde que él la conocía y reveló definitivamente que tenía la comisura derecha de la boca menos fuerte que la izquierda.

—¡Excelente! —dijo; y dejó escapar un suspiro a través de una sonrisa pequeña y tímida.

—Tu hijo significa mucho para ti.

—Lo es todo para mí —repuso ella simplemente.

Había una hoja de papel encima del escritorio; César la miró fugazmente y dijo:

—He redactado un pacto legal como es debido para el compromiso matrimonial de tu hijo y mi hija —dijo—, pero si lo prefieres podemos dejar el asunto en un terreno más informal durante una temporada, por lo menos hasta que Bruto lleve algún tiempo como hombre adulto. Podría cambiar de opinión.

—No lo hará, y yo tampoco —contestó Servilia—. Concluyamos el trato aquí y ahora.

—Si es eso lo que deseas. Pero debo advertirte que una vez que un pacto está firmado, ambas partes y sus guardianes están sujetos legalmente y se les puede llevar a pleito por rompimiento de promesa, y también se les puede obligar a satisfacer una compensación igual a la cantidad a que ascienda la dote.

—¿Cuál es la dote de Julia? —preguntó Servilia.

—La he fijado por escrito en cien talentos.

Aquello provocó en ella un grito ahogado.

—Tú no tienes cien talentos para dárselos de dote, César!

—En este momento no, pero Julia no alcanzará la edad de contraer matrimonio hasta que yo sea cónsul, porque no tengo intención de permitir que se case antes de que haya cumplido los dieciocho años. Y cuando llegue ese día, tendré los cien talentos para su dote.

—Creo que sí, en efecto —dijo Servilia—. Sin embargo, eso significa que si mi hijo cambia de idea yo me quedaré cien talentos más pobre.

—¿Ya no estás tan segura de su constancia? —le preguntó César con una sonrisa.

—Exactamente igual de segura que antes —repuso Servilia—. Concluyamos el trato.

—¿Tienes poder legal para firmar en nombre de Bruto, Servilia? No me ha pasado por alto que ayer dijiste que Silano es el
paterfamilias
del muchacho.

Servilia se humedeció los labios.

—Yo soy la custodia legal de Bruto, César, no Silano. Ayer me preocupaba que pensases mal de mí por acudir a ti en persona en lugar de enviar a mi marido. Vivimos en casa de Silano, de la cual él es, sin duda, el
paterfamilias
. Pero mi tío Mamerco fue el albacea testamentario de mi difunto marido y de mi grandísima dote. Antes de que me casase con Silano, el tío Mamerco y yo pusimos en orden mis asuntos, lo cual incluía las propiedades de mi difunto marido. Silano aceptó de buena gana que yo retuviera el control de lo que es mío y actuase como custodia de Bruto. El acuerdo ha funcionado bien, y Silano no se entromete.

—¿Nunca? —le preguntó César con ojos chispeantes.

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