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Authors: Colleen McCullough

Tags: #Histórica

Las mujeres de César (10 page)

—Bueno, sólo en una ocasión —confesó Servilia—. Insistió en que yo debía enviar a Bruto a la escuela en lugar de retenerlo en casa con un preceptor. Comprendí la fuerza de sus argumentos y accedí a intentarlo. Con gran sorpresa por mi parte, la escuela resultó ser algo bueno para Bruto. El muchacho tiene una tendencia natural hacia lo que él llama la intelectualidad, y si hubiera tenido a su propio pedagogo dentro de casa esa tendencia se habría visto reforzada.

—Sí, un pedagogo particular tiende a hacer eso —comentó César con seriedad—. Bruto todavía va a la escuela, naturalmente.

—Hasta finales de año. Después irá al Foro y a un
grammaticus
, bajo el cuidado del tío Mamerco.

—Una elección muy acertada y un espléndido futuro. Mamerco es también pariente mío. ¿Cabría la posibilidad de que me permitieras participar en la educación retórica de Bruto? Al fin y al cabo, estoy destinado a ser su padre político —dijo César al tiempo que se ponía en pie.

—Me encantaría —dijo Servilia, consciente de una inmensa e inquietante decepción. ¡No iba a ocurrir nada! ¡Su instinto se había equivocado terrible, espantosa, horriblemente!

César dio la vuelta a la mesa hasta situarse detrás de la silla de Servilia; ésta creyó que lo hacía con intención de ayudarla a marcharse, pero de algún modo las piernas se negaron a responderle; se vio obligada a permanecer sentada como una estatua; se sentía realmente mal.

—¿Sabes —oyó decir a César con una voz completamente diferente y gutural— que tienes una deliciosa crestita de vello que te baja por la espina dorsal hasta donde alcanzo a ver? Pero me doy cuenta de que nadie la cuida como es debido, está arrugada y desordenada tanto hacia un lado como hacia el otro. Ayer pensé que era una lástima.

César comenzó a acariciarle la nuca justo debajo del gran moño que formaba el cabello de Servilia, y ésta primero pensó que la estaba tocando con la punta de los dedos, unos dedos lisos y lánguidos. Pero César tenía la cabeza inmediatamente detrás de la suya; rodeó a Servilia con ambas manos y le cogió los pechos. El aliento de él le refrescaba el cuello como un soplo de brisa sobre la piel húmeda, y entonces comprendió lo que César estaba haciendo. Le estaba lamiendo aquel crecimiento de vello superfluo que ella tanto odiaba y que su madre había despreciado y ridiculizado hasta el día en que murió. Lo lamió primero por un lado y luego por el otro, siempre en dirección hacia la cresta de la columna vertebral, avanzando lentamente hacia abajo, cada vez más hacia abajo. Y lo único que Servilia pudo hacer fue quedarse sentada presa de sensaciones que ni siquiera había imaginado que existieran, quemada y empapada en una tormenta de emociones.

Aunque había estado casada durante dieciocho años con dos hombres muy diferentes, en toda su vida jamás había tenido ocasión de conocer nada parecido a aquella fiera y penetrante explosión de los sentidos que surgía hacia afuera partiendo del foco de la lengua de César y que se sumergía en ella para invadirle los pechos, el vientre y el alma. En cierto momento logró ponerse en pie, no para ayudarle a desatar el ceñidor que la rodeaba por debajo de los pechos, ni para desprender de sus hombros las capas de ropa que llevaba puestas y que acabaron cayendo al suelo —eso lo hizo él sin ninguna ayuda—, sino exclusivamente para permanecer de pie mientras él seguía con la lengua la línea de vello hasta que ésta disminuía y se hacía invisible allí donde empezaba la hendidura entre las nalgas.

Si él sacase un cuchillo y me lo hundiese en el corazón hasta la empuñadura, pensó Servilia, no sería capaz de moverme ni un centímetro para impedírselo. Ni siquiera querría impedírselo. Nada importaba salvo la gratificación que sentía de una parte de sí misma, que ella nunca había soñado siquiera que poseyera. La ropa de César, toga y túnica, permanecieron en su sitio hasta que él llegó al final del viaje con la lengua, y entonces Servilia notó que César daba un paso atrás para separarse de ella, pero no pudo volverse y situarse frente a él porque si soltaba el respaldo de la silla, se caería al suelo.

—Oh, así está mejor —le oyó decir—. Así es como debe estar siempre. Perfecto.

Volvió a acercarse a ella y la obligó a darse la vuelta, tirándole de los brazos para que le rodeara por la cintura, y Servilia sintió por fin el contacto de la piel de aquel hombre; levantó el rostro para recibir el beso que él no le había dado todavía. Peró en lugar de eso, César la cogió en brazos y la condujo hasta el dormitorio, donde la colocó sin esfuerzo sobre las sábanas que ya había dejado abiertas de antemano. Servilia tenía los ojos cerrados, lo único que podía sentir era la presencia de él moviéndose por encima de ella y a su lado, pero los abrió cuando César le puso la nariz en el ombligo e inhaló profundamente.

—Dulce —comentó; y luego fue bajando hasta el
mons Veneris
—. Rollizo, dulce y jugoso —dijo riéndose.

¿Cómo era posible que se riera? Pero sí, se reía; después, cuando Servilia abrió los ojos de par en par al ver la erección de César, éste la atrajo hacia sí y la besó por fin en la boca. No como Bruto, que le metía la lengua hasta adentro y con tantas humedades que llegaba a revolverla; tampoco como Silano, cuyos besos eran reverentes hasta el punto que resultaban castos. Aquello era perfecto, algo con que deleitarse, a lo cual unirse, haciéndolo durar. Una mano le acariciaba la espalda desde las nalgas hasta los hombros; los dedos de la otra exploraban con suavidad entre los labios de la vulva, lo que la hacía temblar y estremecerse. ¡Oh, qué lujo! ¡La gloria absoluta de no preocuparse por qué impresión estaba produciendo, de no importar si era demasiado echada hacia adelante o demasiado retraída! A Servilia le daba lo mismo lo que pudiera pensar César de ella. Aquello era para ella. Así que se subió encima de él y le agarró la erección con ambas manos para conducirla a su interior; luego se sentó encima y comenzó a mover las caderas hasta que se puso a gritar de éxtasis, tan traspasada y paralizada como un animal atravesado por la lanza de un cazador. Finalmente cayó hacia adelante contra el pecho de aquel hombre, tan lacia y acabada como aquel animal muerto. Pero César no había acabado con ella. El acto sexual continuó durante lo que parecieron horas, aunque Servilia no supo en qué momento alcanzó él su propio orgasmo, o si hubo muchos o sólo uno, porque César no produjo sonido alguno y permaneció en erección hasta que de repente se detuvo.

—Realmente es grandísimo —comentó ella levantando el pene y dejándolo caer sobre el vientre de César.

—Sí, y está muy pegajoso —dijo éste; y se incorporó con agilidad y desapareció de la habitación.

Cuando regresó, Servilia ya había recuperado la vista lo suficiente para observar que él era lampiño como la estatua de un dios, y que estaba formado con tanto cuidado como un Apolo de Praxíteles.

—Qué hermoso eres —le dijo mirándolo fijamente.

—Piénsalo si no puedes evitarlo, pero no lo digas —fue la respuesta de César.

—¿Cómo puedo gustarte si tú no tienes vello?

—Porque eres dulce, rolliza y jugosa, y esa línea de vello negro que te baja por la espalda me fascina. —Se sentó al borde de la cama y le dirigió una sonrisa que hizo que el corazón le latiera a Servilia con más fuerza—. Y además, tú has disfrutado. Eso, por lo que a mí concierne, es la mitad de la diversión.

—¿Es ya hora de irse? —le preguntó Servilia, sensible al hecho de que él no parecía tener intención de volver a tumbarse.

—Sí, es hora de irse. —Se echó a reír—. Me pregunto si técnicamente esto se cuenta como un incesto. Nuestros hijos están comprometidos en matrimonio.

Pero ella carecía del sentido de lo absurdo que tenía César, y frunció el entrecejo.

—¡Pues claro que no!

—Era broma, Servilia, era una broma —le dijo él suavemente; se levantó—. Espero que la ropa que llevabas puesta no se arrugue. Todavía sigue en el suelo de la otra habitación.

Mientras Servilia se vestía, César empezó a llenar el baño con agua de la cisterna; metía un cubo de cuero en ella y la vertía incansablemente en el baño. No se detuvo cuando ella se acercó para mirar.

—¿Cuándo podremos volver a vemos? —le preguntó Servilia.

—No con demasiada frecuencia, si no dejará de gustarnos; y preferiría que no fuese así —respondió César sin dejar de echar agua en el baño.

Aunque Servilia no era consciente de ello, ésta era una de las pruebas a las que César sometía a sus amantes; si la receptora del acto sexual empezaba a derramar lágrimas o a expresar grandes protestas para demostrar cuánto le importaba él, el interés de César decaía.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo ella.

El cubo se detuvo a mitad de la trayectoria; César la observó impresionado.

—¿De verdad?

—Absolutamente —dijo Servilia asegurándose de que tenía los pendientes de ámbar bien enganchados en su sitio—. ¿Tienes otras mujeres?

—De momento no, pero eso puede cambiar cualquier día. Ésta era la segunda prueba, más rigurosa que la primera.

—Sí, es verdad que tienes una fama que has de mantener; lo comprendo.

—¿Lo dices de veras?

—Claro.

—Aunque el sentido del humor de Servilia era rudimentario, sonrió un poco y añadió—: Ahora comprendo lo que todas las mujeres dicen de ti, ya ves. Voy a estar tiesa y escocida durante días.

—Entonces veámonos de nuevo el día después de las elecciones de la Asamblea Popular. Me presento para el cargo de curator de la vía Apia.

—Y mi hermano Cepión para el de cuestor. Mi marido, naturalmente, se presentará antes de eso para el cargo de pretor en las centurias.

—Y tu otro hermano, Catón, sin duda saldrá elegido tribuno militar.

Servilia arrugó la cara, endureció la boca y los ojos se le volvieron de piedra.

—Catón no es mi hermano, es mi hermanastro —puntualizó.

—Pues eso dicen también de Cepión. La misma yegua, el mismo semental.

Servilia tomó aliento y miró a César con compostura.

—Soy consciente de lo que dicen, y creo que es cierto. Pero Cepión lleva mi mismo apellido y, por lo tanto, lo reconozco como hermano.

—Muy sensato por tu parte —dijo César. Y continuó trabajando con el cubo; Servilia, tras asegurarse de que su aspecto era aceptable, aunque no tan impecable como unas horas antes, se marchó.

César se metió en el baño con rostro pensativo. Aquélla era una mujer fuera de lo corriente. ¡Un tormento sobre seductoras plumas de vello negro! Qué cosa más tonta para causarle a él su caída. Caída hacia abajo, como el vello. Un buen juego de palabras, aunque accidental. Ahora que se habían convertido en amantes, no estaba muy seguro de que ella le resultase más simpática, aunque César sabía que tampoco estaba dispuesto a despedirla. Además, ella era una rareza en otros aspectos, aparte de en su carácter. Las mujeres de la clase a la que pertenecía Servilia que sabían comportarse entre las sábanas sin inhibición eran tan escasas como los cobardes en un ejército de Craso. Incluso su querida Cinnilla había conservado el recato y el decoro. Bien, así era como se las educaba, pobrecillas. Y, como César había caído en la costumbre de ser honrado consigo mismo, tuvo que admitir que no haría nada por tratar de que Julia fuera educada de otro modo. Oh, también había marranas entre las mujeres de su clase, ya lo creo, mujeres que eran tan famosas por sus artimañas sexuales como cualquier puta, desde la difunta gran Colubra hasta la ya entrada en años Precia. Pero cuando a César le apetecía una juerga sexual desinhibida, prefería procurársela entre las honradas, francas, prácticas y decentes mujeres de Subura. Hasta el día que había conocido a Servilia en ese terreno. ¿Quién iba a imaginarlo? Y además, ella no iría por ahí cotilleando sobre su aventura amorosa.

Se volvió del otro lado dentro del baño y alcanzó la piedra pómez; era inútil usar una
strigilis
con el agua fría, un hombre tenía que sudar para poder frotarse.

—Y ahora, ¿qué parte de todo esto le cuento yo a mi madre? —le preguntó al gris pedacito de piedra pómez—. ¡Qué extraño! Ella es tan distante que normalmente no me resulta difícil hablar con ella de mujeres. Pero creo que llevaré puesta la toga de color púrpura oscuro de censor cuando mencione a Servilia.

Las elecciones se celebraron puntualmente aquel año, primero las de las centurias, para elegir cónsules y pretores, luego toda la gama de patricios y plebeyos en la Asamblea Popular para escoger a los magistrados menores, y finalmente las tribus en la Asamblea Plebeya, que restringía sus actividades a la elección de los ediles plebeyos y los tribunos de la plebe. Aunque según el calendario era el mes de
quintilis
, y por ello debía de haber sido el punto álgido del verano, las estaciones se iban quedando rezagadas porque Metelo Pío, pontífice máximo, se había mostrado reacio durante varios años a insertar aquellos veinte días extra en el mes de febrero cada dos años. Quizás no fuera tan sorprendente, pues, que Cneo Pompeyo Magnus —Pompeyo el Grande— se viera movido a visitar Roma para contemplar el oportuno proceso de la ley electoral en la Asamblea Plebeya, ya que el tiempo era primaveral y apacible.

A pesar de que se tenía a sí mismo por el Primer Hombre de Roma, Pompeyo detestaba la ciudad y prefería vivir en sus propiedades situadas en el norte de Picenum. Allí era prácticamente un rey; en Roma, sin embargo, sabía que la mayor parte del Senado lo odiaba más incluso de lo que él odiaba a Roma. Entre los caballeros que dirigían el mundo de los negocios de Roma, Pompeyo era extremadamente popular y tenía muchos adeptos, pero ese hecho no podía aliviar la sensible y vulnerable imagen de sí mismo cuando ciertos miembros del grupo senatorial de los
boni
y de otras camarillas aristócratas dejaban claro que no lo tenían por otra cosa que por un advenedizo presuntuoso, un intruso no romano.

Su árbol genealógico era mediocre, pero en modo alguno inexistente, porque su abuelo había sido miembro del Senado y había entrado por su matrimonio en una familia impecablemente romana, los Lucilios, y su padre había sido el famoso Pompeyo Estrabón, cónsul, general victorioso de la guerra italiana, protector de los elementos conservadores en el Senado cuando Roma había estado amenazada por Mario y Cinna. Pero Mario y Cinna habían ganado, y Pompeyo Estrabón murió a causa de una enfermedad en el campamento situado a las afueras de la ciudad. Los habitantes del Quirinal y el Viminal culparon a Pompeyo Estrabón de la epidemia de fiebre entérica que había hecho estragos en la sitiada Roma y arrastraron su cuerpo desnudo por las calles atado a un asno. Para el joven Pompeyo fue un ultraje que nunca había perdonado. Su oportunidad se había presentado cuando Sila volvió del exilio e invadió la península Itálica; con sólo veintidós años, Pompeyo había reclutado tres legiones de veteranos de su padre muerto y las había hecho marchar para reunirse con Sila en Campania.

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