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Authors: Lincoln Child

Tags: #Intriga, #Aventuras

La tercera puerta (12 page)

Rush se levantó y empezó a caminar por el pequeño despacho.

—Te pondré un ejemplo de cómo funciona. Supón que en el bolsillo tengo cinco billetes: uno de un dólar, uno de cinco, uno de diez, uno de veinte y uno de cincuenta. Cojo uno al azar y te pido que adivines cuál es. Si partimos de una hipótesis de nivel cero, es decir, ninguna habilidad psíquica, las posibilidades de éxito serían de una entre cinco o de un veinte por ciento. En la escala de Kleiner-Wechsmann eso equivale a una puntuación de veinte, y esa sería la nota que sacaría una persona corriente. Utilizando la misma escala, alguien con ciertas habilidades tendría una puntuación de cuarenta. Alguien con notables poderes psíquicos podría alcanzar sesenta. Y alguien con un poder altamente desarrollado llegaría a los ochenta: cuatro veces de cada cinco adivinaría qué billete he sacado.

Se detuvo y se volvió hacia Logan.

—Lo que hemos descubierto es que la nota promedio de las personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte y han regresado es casi de sesenta y cinco.

—Eso no puede ser… —empezó a decir Logan, pero calló.

Rush meneó la cabeza.

—Lo sé. Resulta difícil de creer, incluso para ti. ¿A santo de qué una experiencia cercana a la muerte debería alterar nuestra capacidad psíquica? Sin embargo es un hecho, Jeremy. Tenemos cifras, y las cifras no mienten. Como es natural, no siempre ocurre, y las habilidades varían según las personas. No todas serán capaces de adivinar qué billete voy a sacar del bolsillo, por ejemplo. Algunas son mejores en lo tocante a la percepción extrasensorial y otras con la clarividencia, pero eso no cambia el hecho de que las cifras que hemos reunido tras estudiar a más de doscientos sujetos demuestran que el promedio K-W de una persona que ha tenido una experiencia cercana a la muerte es extraordinariamente alto.

Se sentó de nuevo.

—Y hemos descubierto otra cosa: cuanto más larga es la duración de la experiencia cercana a la muerte, cuanto más tiempo pasa el sujeto «al otro lado», más alta es su puntuación en la escala. —Hizo una pausa—. Mi mujer… Se le paró el corazón, su actividad cerebral cesó durante catorce minutos, hasta que por fin conseguí reanimarla. Es la experiencia cercana a la muerte más larga de la que tenemos constancia en el Centro, y su puntuación en la escala de Kleiner-Wechsmann es también la más alta que hemos medido: ciento treinta y cinco.

—¿Ciento treinta y cinco? —exclamó Logan—. Pero eso no puede ser. Según tú mismo has dicho, una puntuación de cien significa un cien por cien de aciertos. ¿Cómo es posible superar una puntuación perfecta?

—Eso es algo para lo que no tengo explicación, Jeremy. Ni siquiera nosotros estamos seguros. Se trata de una ciencia nueva. Solo puedo decirte que hemos comprobado y vuelto a comprobar nuestros hallazgos. Resumiendo, esa puntuación significa que sabe qué billete voy a sacar antes incluso de que haya metido la mano en el bolsillo. —Meneó la cabeza como si, a pesar de todo, también a él le costara todavía creerlo—. Y nos lo ha demostrado una y otra vez. Su don particular es la retrocognición.

—Retrocognición —repitió Logan, pensativo. Luego miró a Rush—. La mujer de la habitación es tu esposa, ¿no?

Rush asintió.

—Pero ¿qué hace ella aquí? ¿Para qué necesita Porter Stone sus habilidades psíquicas por muy extraordinarias que sean?

Rush tosió con delicadeza.

—Lo siento, hay algunas cosas que creo que no debo explicarte, al menos por el momento.

—Lo entiendo. Ha sido muy interesante, gracias.

«Más que interesante —pensó—. Es posible que lo investigue por mi cuenta».

De repente el suelo tembló bajo sus pies como si una mano gigante hubiera sacudido violentamente la estación. En la distancia se oyó el retumbar de una explosión. Los dos hombres se miraron un momento, sorprendidos. Entonces una sirena se disparó en el pasillo.

—¿Qué es eso? —preguntó Logan, poniéndose rápidamente en pie.

—La alarma de emergencia.

Rush también se había levantado y se disponía a coger la radio que llevaba al cinto cuando esta empezó a pitar.

—Aquí Rush —contestó tras acercársela a los labios. Escuchó un momento—. ¡Dios mío! —dijo—. ¡Voy para allá!

»Vamos —le dijo a Logan mientras volvía a colgarse la radio del cinturón.

—¿Qué ha pasado?

—El generador número dos se ha incendiado.

Rush salió corriendo del despacho con Logan pisándole los talones.

15

S
ALIERON corriendo a toda prisa del sector Marrón, atravesaron el laberinto de corredores que constituían el sector Verde y desembocaron en el amplio y resonante embarcadero. Los muelles, que el día antes parecían soñolientos y desiertos, estaban abarrotados de gente. Reinaba una confusa algarabía de órdenes dadas a gritos y de conversaciones.

Logan percibió el acre olor del humo en el margoso ambiente. Siguió a Rush por una pasarela construida a lo largo de la pared y que continuaba más allá, tras una red de camuflaje. De repente se encontró en el exterior, en una pasarela estrecha que giraba hacia la marisma y desaparecía al doblar la esquina del gran entramado de pontones que constituía el puerto. Eran las tres en punto; Logan notaba el sol como una manta ardiente sobre la cabeza y los hombros. Por encima de la red que cubría el puerto alcanzó a ver nubes de espeso humo negro que se alzaban hacia el azul del cielo.

Doblaron la esquina de los pontones y allí, a unos treinta metros delante de ellos, vieron el generador. Era una estructura grande y pesada que se sostenía sobre columnas flotantes. Furiosas llamas salían por una rejilla lateral y tiznaban de negro la carcasa. A pesar de la distancia, Logan sintió el calor infernal que llegaba a oleadas. Varios hombres, desde sus motos acuáticas, rociaban la estructura con mangueras conectadas a depósitos portátiles sujetos a la espalda.

Logan oyó voces detrás de ellos y se dio la vuelta. Frank Valentino y otros dos hombres vestidos con monos de trabajo se acercaban corriendo. Uno de ellos llevaba una bomba de succión de alta potencia, y el otro, sobre el hombro, un grueso rollo de manguera industrial. Los tres pasaron a toda prisa ante Logan y Rush y se reunieron con el grupo de operarios que se hallaban al final de la pasarela.

—¡Daos prisa con esa bomba! —los apremió Valentino.

Uno de los hombres se arrodilló, fijó la bomba al suelo y sumergió la manguera de succión en el Sudd. Su compañero conectó la manguera y se acercó con cautela al generador mientras el otro ponía en marcha la bomba. El motor cobró vida, y la manguera escupió sobre las llamas un delgado chorro de agua pardusca y viscosa.

—Affanculo
! —bramó Valentino—. ¿Se puede saber qué ocurre?

—Es la marisma —contestó uno de los hombres—. ¡Es demasiado espesa!

—¡Mierda! —masculló Valentino—. ¡Traed un filtro del tres! ¡Rápido!

El hombre dejó la manguera y se alejó a toda prisa por la pasarela.

Valentino se volvió hacia un hombre alto de unos sesenta años, con el cabello rubio y ralo, que parecía estar al mando de la situación.

—¿Cómo está la conexión de entrada del metano? —oyó Logan que le preguntaba.

—Lo he comprobado con los de Procesamiento. Las válvulas de escape de todas las alas están cerradas y los protocolos de seguridad funcionan.

—¡Gracias a Dios! —dijo Valentino.

Rush se acercó al grupo, y Logan lo siguió de manera instintiva, pero de repente se detuvo en seco, tan bruscamente como si se hubiera dado de bruces con un muro invisible. Sin previo aviso acababa de percibir una presencia sobre el generador y alrededor de él: una entidad corrupta, maligna, antigua e implacable. A pesar del calor del sol y las llamas, Logan se estremeció con un súbito escalofrío. Un pútrido hedor a osario le llenaba la nariz. De alguna manera se dio cuenta de que aquella cosa —ente, espíritu, fuerza de la naturaleza o lo que fuera— había percibido su presencia y la de los demás y de que sentía un odio irrefrenable hacia todos ellos, un odio que resultaba casi lascivo por su fuerza e intensidad. Instintivamente dio un paso atrás y después otro e intentó dominarse.

Respiró hondo y controló su reacción inicial. Había aprendido tiempo atrás que su don despertaba el miedo o la burla en los demás. Hizo un esfuerzo por concentrarse en las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor.

—¡Por Dios! —dijo Valentino—. ¡El tanque auxiliar!

El jefe se volvió hacia uno de los hombres de las motos y gritó:

—¡Rogers, rápido, desacopla ese tanque antes de que el fuego lo haga estallar!

El operario asintió, dejó la manguera y llevó su moto acuática al extremo más alejado del generador. Se disponía a empujar el tanque con un bichero cuando una formidable explosión lanzó una densa nube de humo que los envolvió a todos. La pasarela tembló violentamente, y Logan cayó de rodillas. Cuando se levantó, oyó un aullido desgarrador. El humo se disipó y entonces vio la figura de Rogers. Estaba envuelto en gasoil ardiendo, con la ropa y el cabello en llamas. Media docena de hombres saltaron al agua y nadaron hacia él para ayudarlo, pero cayó de su moto acuática retorciéndose y, sin dejar de arder, se hundió en las turbias aguas del Sudd.

16

E
L único bar de la estación se llamaba Oasis. Mitad cantina, mitad salón de cócteles, estaba situado en el rincón más alejado del sector Azul, con vistas a la vasta y desolada extensión del Sudd. Sin embargo, al entrar, Logan se fijó en que las ventanas que daban a la marisma estaban tapadas con estores de bambú, como si la intención fuera ocultar, más que enfatizar, que se hallaban atrapados en medio de la nada.

El salón de cócteles estaba en penumbra —iluminado con la luz indirecta de neones azules y violetas— y prácticamente desierto. A Logan no le sorprendió. Tras el incendio del generador, el ambiente en la estación se había apagado. Esa noche no había partidas de bridge ni alegres charlas en el comedor. Casi todo el mundo se había retirado a su cuarto, como si quisiera digerir en soledad lo ocurrido.

Sin embargo, el humor de Logan era precisamente el contrario. La abrumadora sensación de malignidad que había percibido cuando el generador estalló en llamas lo había desconcertado. Su austero laboratorio y su silencioso dormitorio eran los últimos lugares donde deseaba estar.

Caminó hasta la barra y se sentó. Por unos altavoces invisibles sonaba algo de Charlie Parker. El barman, un joven de cabello corto y oscuro y bigote a lo
Sgt. Pepper
, se acercó.

—¿Qué le sirvo? —preguntó al tiempo que ponía en la barra una servilleta de cóctel.

—¿Tiene Lagavulin?

El joven sonrió y señaló una impresionante colección de botellas de whisky escocés de malta en la pared de espejo que había a su espalda.

—Estupendo, gracias —dijo Logan—. Lo tomaré solo.

El barman sirvió una generosa ración en un vaso y lo dejó sobre la servilleta. Logan dio un sorbo y admiró la gruesa base de cristal del vaso mientras disfrutaba del sabor a turba del whisky. Tomó un segundo sorbo y esperó a que el desagradable recuerdo del incendio y el olor a carne quemada se desvanecieran, aunque solo fuera un poco. Rogers había sufrido quemaduras de tercer grado en el veinticinco por ciento del cuerpo. Obviamente lo habían evacuado, pero el hospital de quemados más próximo se hallaba a cientos de kilómetros de distancia, y el pronóstico era reservado.

—¿Invitaría a una chica a tomar algo?

Alzó la vista y vio a Christina Romero junto a él.

—Buena pregunta. ¿Puedo?

—Esta que ve no es la que antes se mostró tan arisca. Es una versión mejorada: Christina Romero, modelo dos punto cero.

Logan rió.

—Está bien, en ese caso estaré encantado de invitarla. ¿Qué le apetece tomar?

Ella se volvió hacia el barman.

—Un daiquiri, por favor.

—¿Con hielo picado? —preguntó el joven.

—No, agitado y sin hielo.

—Ahora mismo.

—¿Le parece que nos sentemos a una mesa? —propuso Logan.

Cuando Romero asintió, él se encaminó hacia una mesa cerca de las ventanas.

—Antes que nada quiero decirle algo —anunció Tina mientras tomaban asiento—. Lamento haberme comportado como una bruja en mi despacho. La gente siempre me dice que soy arrogante, pero normalmente no me excedo. Supongo que como usted es famoso y todo eso, no quería parecer impresionada. Me pasé de la raya. Un montón.

Logan le quitó importancia con un gesto de la mano.

—Olvidémoslo.

—No pretendo inventar excusas, pero es…, ya sabe, el estrés. Quiero decir que nadie habla de ello pero llevamos dos semanas de trabajo y no hemos encontrado nada de nada. Tengo que tratar con un par de tíos importantes que son unos capullos, y ahora esto…, una serie de sucesos a cuál más raro. Gente que ve cosas, equipos que se estropean. Y hoy ese incendio, lo que le ha ocurrido a Rogers. —Meneó la cabeza—. Al final acabas de los nervios. No tendría que haberla tomado con usted.

—No pasa nada. Puede hacerse cargo de la cuenta.

—Pero si es gratis —respondió ella riendo.

Tomaron un sorbo de sus respectivas bebidas.

—¿Siempre quiso ser egiptóloga? —preguntó Logan—. Yo quería serlo de pequeño, después de ver
La momia
, pero cuando me enteré de lo difícil que es leer jeroglíficos dejó de interesarme.

—Mi abuela era arqueóloga, pero de alguna manera eso usted ya lo sabía. Trabajó en todo tipo de excavaciones, desde New Hampshire hasta Nínive. Yo la idolatraba. Así que supongo que esa es parte de la razón. Pero el que realmente me metió el veneno en el cuerpo fue el rey Tutankhamón.

Logan se la quedó mirando.

—¿El rey Tutankhamón?

—Pues sí. Yo crecí en el South Bend. Cuando la exposición de Tutankhamón llegó al Field Museum, fuimos toda la familia en coche a Chicago para verla. Dios mío… Mis padres tuvieron que sacarme de ahí a rastras. ¿Cómo se lo diría? La máscara mortuoria, los escarabajos dorados, la sala del tesoro… Por aquel entonces yo solo estaba en cuarto curso y todo aquello me dejó hechizada durante meses. Después leí todo lo que cayó en mis manos acerca de Egipto y la arqueología:
Dioses, tumbas y sabios; Five Years of Explorations at Thebes
, de Carter y Carnavon…, en fin, los que quiera. Y ya no volví la vista atrás.

Se había ido animando a medida que hablaba, y sus ojos verdes casi chispeaban de emoción. No era lo que se dice guapa, pero tenía una especie de energía interior y una estimulante franqueza que a Logan le parecieron fascinantes.

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