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Authors: Paul Doherty

Tags: #Histórico, Intriga

La máscara de Ra

 

El faraón Tutmosis II regresa triunfante a la ciudad de Tebas tras conseguir una nueva victoria para Egipto, pero al llegar a las puertas del templo, donde le espera su joven esposa Hatasu, se desploma repentinamente y muere. El sagaz Amerotke, juez supremo de Tebas, debe enfrentarse a la intrigante corte tebana para aclarar la enigmática muerte del faraón.

Paul Doherty

La máscara de Ra

Juez Amerotke 1

ePUB v1.0

Nitsy
03.09.12

Título original:
The mask of Ra

Paul Doherty, 1998.

Traducción: Alberto Coscarelli

Editor original: Nitsy (v1.0)

ePub base v2.0

En memoria de una buena y pequeña colegiala,

Charlotte Anne Spencer de Chinford,

(23.1.86-16.10.97) a quien le encantaba escribir.

N
OTA HISTÓRICA

L
a primera dinastía del Antiguo Egipto se fundó alrededor del 3100 a. C. Entre esa fecha y el surgimiento del Nuevo Reino (1550 a. C), Egipto pasó por una serie de transformaciones radicales que presenciaron la construcción de las pirámides, la creación de ciudades a lo largo del Nilo, la unión del Alto y el Bajo Egipto y el desarrollo de su religión en torno a Ra
1
, el Dios Sol, y el culto de Osiris e Isis. Egipto tuvo que hacer frente a las invasiones extranjeras, sobre todo las de los hicsos, un pueblo de saqueadores asiáticos, que devastaron cruelmente el reino. Hacia el 1479 a. C, cuando comienza esta novela, Egipto, pacificado y unido bajo el reinado de Tutmosis II, se encontraba a las puertas de un nuevo y glorioso predominio. Los faraones habían trasladado la capital a Tebas; los enterramientos en las pirámides habían sido reemplazados por el desarrollo de la necrópolis en la ribera occidental del Nilo, además del uso del Valle de los Reyes como mausoleo real.

Para clarificar las cosas, he utilizado los nombres griegos de las ciudades: Tebas y Menfis, en lugar de los arcaicos nombres egipcios. El nombre de Sakkara, se ha empleado para describir todo el complejo de pirámides alrededor de Menfis y Giza. También he empleado la versión más corta del nombre de la reina-faraón: Hatasu en lugar de Hatshepsut. Tutmosis II murió en el 1479 a. C. y, después de un período de revueltas, Hatasu ostentó el poder durante los veintidós años siguientes. Durante este período, Egipto se convirtió en un poder imperial y en el estado más rico del mundo.

También se había desarrollado la religión egipcia, sobre todo el culto de Osiris, muerto a manos de su hermano Set, pero resucitado por su amante esposa Isis que dio a luz a su hijo Horas. Estos ritos deben ser considerados en su relación con él culto egipcio de un Dios Sol y de su deseo de crear una unidad en las prácticas religiosas. Los egipcios tenían un profundo respeto por todas las cosas vivas: animales, plantas, arroyos y ríos eran considerados sagrados mientras que el faraón, su gobernante, era adorado como la encarnación de la voluntad divina.

Hacia el 1479 a. C. la civilización egipcia expresaba su riqueza en la religión, los rituales, la arquitectura, la vestimenta, la educación y el disfrute de la buena vida. Los militares, los sacerdotes y los escribas dominaban esta sociedad y su sofisticación se reflejaba en los términos que empleaban para describirse a sí mismos y a su cultura. El faraón era el «halcón dorado»; el tesoro «la Casa de Plata»; la guerra la «estación de la hiena»; un palacio real era «la Casa de un Millón de Años». A pesar de esta sorprendente y esplendorosa civilización, la política egipcia, tanto en el país como en el extranjero, era a veces violenta y sanguinaria. El trono siempre era el centro de intrigas, celos y amargas rivalidades. Fue en esta plataforma política que apareció la joven Hatasu.

Por último, quiero expresar mi agradecimiento a la London Library en St. Jame's Square. Es un verdadero tesoro de conocimientos; sin duda una de las mejores y más cordiales bibliotecas del mundo. Estoy en deuda con sus magníficas colecciones de libros, tanto antiguos como modernos, y también con su muy capacitado y atento personal.

P
AUL
D
OHERTY

EGIPTO c. 1479 a.C.
P
RÓLOGO

E
n el mes de Hathor, la estación de las plantas acuáticas, en el decimotercer año del faraón Tutmosis II, preferido de Ra; Hatasu, la única esposa y hermanastra de Tutmosis, celebró un gran banquete en su palacio de Tebas. La fiesta continuó hasta altas horas de la noche. Hatasu había esperado el momento en que el vino dejara a sus invitados dormidos o contemplando, con la mirada vidriosa, a las danzarinas desnudas. Las jóvenes se movían sinuosamente y las cuentas huecas alrededor de las cinturas, las muñecas y los tobillos creaban su propio ritmo lánguido y seductor. Las danzarinas giraban y se volvían, las pelucas negras empapadas en perfume, los rostros maquillados con pintura blanca, y los ojos de gacela realzados con una raya negra.

Hatasu abandonó la sala del banquete y se alejó por un corredor con el suelo de mármol; las paredes, decoradas en rojo, azul y verde, brillaban con la luz de las lámparas de alabastro. Las escenas triunfales pintadas en el corredor cobraban vida y le traían recuerdos del reinado de su padre. Los nubios, los libios, los mitanni y los bandidos del mar se debatían en una representación casi real; arrodillados en el suelo, con las cabezas gachas y las manos atadas por encima de las testas, esperaban ser ejecutados a manos del faraón victorioso armado con el catro y el flagelo.

Hatasu continuó su marcha a paso ligero. Dejó atrás a los centinelas que vigilaban en las esquinas o al pie de las escaleras, hombres de la guardia real vestidos con faldillas blancas y cintos recamados en oro, con las muñequeras y torques de latón brillantes a la luz de las antorchas. Permanecían inmóviles como estatuas, con la lanza en una mano y el escudo rojiblanco en la otra.

La reina se detenía de vez en cuando para escuchar los ruidos de la fiesta. Eran cada vez más débiles a medida que se adentraba en las entrañas del palacio, para ir a su capilla particular consagrada a Set, el dios con cabeza de perro, señor del otro mundo. Abrió la puerta de la capilla y entró. Se quitó las sandalias revestidas de oro, cogió una pizca de sal de natrón para limpiarse la boca y aspiró los humos sagrados de un sahumador colgado de un gancho, para purificarse la nariz y la boca antes de la oración. Habían apagado las antorchas pero la luz de las lámparas de alabastro resplandecía en los preciosos mosaicos de las paredes, que mostraban los melones de plata, bordeados con oro, nacidos de la simiente de Set cuando en la persecución de una diosa había eyaculado su semen en la tierra. Hatasu se arrodilló en el almohadón delante del camarín sagrado que guardaba la estatua de Set; alrededor de la imagen los potes de marfil, vidrio y porcelana, con las asas en forma de ibis e íbice, desprendían el olor dulzón del incienso.

Hatasu era menuda y ágil, delicada en su diáfana túnica blanca. En la cabeza llevaba la pesada peluca negra con tres trenzas que le llegaban hasta los hombros. Sobre la frente descansaba un tocado de oro y plata bordado con hebras rojas; áspides de oro y piedras preciosas colgaban de los lóbulos de sus orejas; brazaletes de oro y plata rodeaban sus muñecas y tobillos; un grueso collar de gemas circundaba su cuello grácil. Hatasu se había vestido para la fiesta, pero en su interior se sentía aterrorizada. Miró el camarín, cerrado y sellado por los sacerdotes, y, levantando los brazos, con las manos extendidas, inclinó la cabeza y rezó. Set, el dios de las tinieblas, debía rescatarla de estas penurias. Dentro de unos días, su hermanastro y marido, Tutmosis II, regresaría a Tebas, victorioso en su lucha contra los bandidos del mar en el enorme delta del Nilo. ¿Qué pasaría entonces? Hatasu había leído el mensaje con mucha atención. Debía venir aquí en mitad de la noche y esperar instrucciones más claras sobre lo que podía ocurrir. No había pedido consejo a nadie; era un secreto demasiado terrible como para compartirlo. Sin embargo, aquí estaba, la reina del faraón, la portadora de la corona del buitre, escurriéndose como una rata por los corredores de su palacio. Hatasu se estremeció de furia. ¿Cómo podía nadie ser tan arrogante como para llamar a Hatasu, amada del faraón, a su capilla privada? Contempló las estatuas de granito negro de los dioses, Horus y Osiris, colocadas a cada lado del camarín sagrado.

¡Todo iba tan bien! Tutmosis tenía sus concubinas. Era cierto que una de ellas le había dado un hijo al que había reconocido como su heredero, pero Hatasu era su reina. Era experta en las artes del amor y había atraído a Tutmosis a sus redes como haría una araña con una mosca. Tan intenso había sido su placer que el faraón proclamó que había viajado hasta el horizonte y ya estaba en compañía de los dioses. Hatasu suplicaba a los dioses ser fértil. Hacía valiosas ofrendas a Hathor la diosa del amor y a Isis la diosa madre de Horas y Osiris. ¡Quizás aún ocurriera! Durante sus campañas, Tutmosis le había enviado cartas marcadas con su cartucho personal. Había adornado sus saludos con palabras dulces y cariñosas antes de hablarle de sus victorias en mar y tierra. También le había informado de cómo se enteró de un gran secreto durante su visita a la Gran Pirámide de Sakkara y de cómo, a su regreso, destrozaría los sueños de Egipto con sus revelaciones.

Hatasu se sentó en cuclillas. ¿Cuáles eran esos secretos? Tutmosis sufría ataques que los sacerdotes llamaban «trances divinos», cuando los dioses, en particular Amón-Ra, le hablaban. ¿Había ocurrido esto en la helada oscuridad de las pirámides? Hatasu unió las manos y agachó la cabeza; su mirada descubrió el rollo de papiro que asomaba debajo del
naos
, el camarín sagrado. Hatasu se olvidó de la dignidad, abalanzándose para recogerlo. Desenrolló el papiro y, a la luz de una de las lámparas, leyó los jeroglíficos trazados con tinta verde y roja. Podía haberlo escrito cualquiera de los miles de escribas que vivían en Tebas. No obstante, el mensaje, y la amenaza que contenía, hizo que la reina del faraón temblara como una niña y el sudor corriera por su cuerpo perfumado.

La noche caía sobre los edificios de ladrillos rojos de Tebas. La luna se alzaba brillante sobre el Nilo, que se ondulaba como una gran serpiente verde oscuro desde el sur de la Tierra de los Arcas hasta el Gran Mar. Los vigías esperaban en la chalana, con la mirada puesta en el cielo nocturno. Se dio una orden y la chalana se separó del muelle para iniciar su navegación hacia la necrópolis, la ciudad de los muertos, que se alzaba al oeste de Tebas. Una figura ocupaba la popa, y otra la proa, cada una provista de una pértiga. Se encargaban de mover la chalana rápida y silenciosamente entre las cañas. Sus compañeros en el centro de la embarcación, vestidos de negro y con los rostros cubiertos a la manera de los pobladores del desierto, estaban sentados alrededor de la hechicera. Era ciega, y el pelo gris, largo y sucio, enmarcaba su rostro de loca. Este engendro de la noche acunaba un pote de barro con la boca sellada y lleno de sangre humana, con la ternura de una madre que acuna a su hijo. Los asesinos, los
amemets
, que tomaban su nombre de los «devoradores», las criaturas fantasmales que se comían las almas de los malvados muertos, escuchaban los sonidos de la noche y vigilaban el río. Oyeron el croar de las ranas y el zumbido de las bandadas de mosquitos, pero aquí, en los bajíos, estaban atentos a la presencia de cocodrilos que a menudo se deslizaban silenciosamente hasta las embarcaciones, antes de asomar y arrancarle la cabeza a un hombre con un chasquido de sus terribles mandíbulas.

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