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Authors: Craig Smith

Tags: #Histórico, Intriga

La lanza sagrada (50 page)

—¿Pedro lo llevaba en el bolsillo?

—La estafa era evidente, incluso para tiempos medievales —respondió Ethan, encogiéndose de hombros—. Por supuesto, cualquiera lo bastante inteligente para comprender lo sucedido también era lo bastante inteligente para darse cuenta de que aquel milagro era la única oportunidad que tenía el ejército de salir vivo de Antioquía.

Kate cogió el trozo de hierro oxidado de la mesa y lo puso al sol, para mirarlo con más detenimiento.

—Lo que no tiene sentido es por qué Pedro Bartolomé se sometió a la prueba del fuego... sabiendo que esto no era más que un trozo de hierro.

—La prueba del fuego tuvo lugar casi un año después del sitio de Antioquía. Para entonces, Pedro dirigía todas las decisiones militares del ejército. Los barones lo adulaban o le ofrecían regalos y sobornos. Los sacerdotes le pedían consejo (por mucho que odiaran hacerlo), y los soldados lo consideraban el hombre santo de la expedición. Resultaba embriagador para un plebeyo, pero sabía que, si se negaba a la prueba, lo perdería todo.

—Y, si aceptaba, moriría quemado. —Creía que la lanza sagrada lo protegería. —No tenía la lanza sagrada —repuso Kate, dejando caer el objeto en la mesa—. Tenía esta cosa.

—Para Pedro, se había convertido en lo que él decía que era.

—Creo que el hecho de que aceptara caminar sobre fuego prueba que encontró algo en el barro. Es lo único que tiene sentido.

—Entonces tienes que aceptar que tuvo una visión de San Andrés, que le dijo dónde estaba enterrada. Por supuesto, eso significaría que es la lanza que atravesó el costado de Cristo. —Kate guardó silencio, ya que no estaba preparada para ir tan lejos—. El pensamiento mágico era una forma de vida en la edad oscura. Todavía quedaban unos trescientos o cuatrocientos años para el pensamiento racional. Dado el nivel general de inocencia y superstición de la cultura, a Raimundo no le habría costado mucho convencer a Pedro de que la lanza (no su plan) lo había convertido en un gran hombre dentro del ejército. Una vez Pedro lo hubiese creído, le resultaría bastante fácil imaginar que la lanza lo protegería del fuego.

—El primer paso sobre las brasas tuvo que hacerle ver la verdad —respondió Kate esbozando una sonrisa irónica.

—Entró en un trance extático antes de tocar los carbones. Es probable que no sintiera demasiado hasta llegar prácticamente al final, pero, al parecer, cuando iba a salir del pozo los sacerdotes le hicieron volver por donde había venido. Eso fue lo que lo mató.

—¿Querían que muriese?

—La lanza no era el problema. El problema era que las visiones de Pedro entraban en conflicto con las tácticas militares más apropiadas, y nadie tenía autoridad para cerrarle la boca. Así que le pusieron el cebo de la prueba del fuego para deshacerse de él.

—¿Crees que de verdad creía que la lanza lo protegería?

—Solo sé que todavía la sujetaba cuando lo sacaron del pozo, y que siguió sujetándola durante los trece días que tardó en morir.

—¿Por qué convencería Raimundo a Pedro para que se matase? ¿O es que él también se engañaba a sí mismo?

—Tener una reliquia de la Pasión convirtió a Raimundo en el primero entre los suyos. No había ningún otro líder de la cruzada que pudiera alardear de algo semejante. Y no era solo por prestigio, sino que, mientras todos creyeran que era auténtica, tenía un tremendo valor material. Si la desacreditaban, valdría menos.

—¿Me estás diciendo que Raimundo sacrificó a Pedro por dinero?

—Algunas cosas no cambian nunca.

—Pero, después de la muerte de Pedro, la lanza tendría que haber quedado desacreditada.

—Después de eliminar a Pedro, los sacerdotes no dudaron en declarar que la lanza era genuina. Recuperaron su autoridad. Y, además, todavía tenían que conquistar Jerusalén, y la muchedumbre creía en la leyenda de que el ejército que portara la lanza sagrada nunca sería derrotado.

—¿Qué trajo a Otto Rahn hasta aquí? —preguntó Kate—. Tenía amigos en Francia y en Suiza, ¿por qué no fue allí?

—Lo único que se sabe es que un excursionista encontró su cadáver en la base del Wilder Káiser la mañana del 16 de marzo de 1939. En cuanto las SS austríacas se dieron cuenta de lo que tenían entre manos, llamaron a las tropas de las SS alemanas que tenían sus cuarteles generales en Berchstesgaden. Fueron aquella misma mañana y se llevaron el cuerpo.

—¿Y entonces desapareció la lanza?

—La gente supo del accidente de escalada del prominente erudito del grial del Reich, pero los de las SS recibieron una buena lección de lo que le pasaría a cualquiera que traicionase a Himmler.

—¿Crees que Rahn era un buen hombre, como supone su hija?

—No lo sé, Kate. Supongo que mucha gente buena acabó mezclándose con las SS. No creo que ninguno de ellos decidiera conscientemente convertirse en un monstruo. Desde su punto de vista, pertenecían a algo noble y puro. Al final, los que quedaron vivos no se diferenciarían mucho de Pedro Bartolomé: se aferrarían desesperadamente a la mentira, incluso mientras ardían.

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15 DE JUNIO DE 2008
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A los pies del Wilder Káiser, Ethan y Kate encontraron el bosquecillo en el que habían descubierto el cadáver de Otto Rahn a finales del invierno de 1939. Examinaron con ojo experto la oscura cara de la montaña que se elevaba en vertical sobre ellos. Ethan señaló el saliente desde el que tiraban a los prisioneros de guerra en otros tiempos; era una caída de tres o cuatro segundos. Calculó que era tiempo suficiente para que las plegarias y los remordimientos se te atragantaran, a no ser que se estuviese en paz con Dios.

NOTAS HISTÓRICAS

Ethan quería creer que una persona podía ganarse el perdón al margen de los pecados del pasado, pero su propia experiencia hacía que no estuviese tan seguro. Las buenas intenciones tenían sus límites. Al final, lo que hacemos define lo que somos, a pesar de nuestras penas y arrepentimientos. Otto Rahn había servido en dos campos de concentración de las SS, y eso era demasiado para excusarse en la ignorancia. Quizá dudara de la causa a la que servía, quizá incluso le afectase espiritualmente lo visto, pero, mientras estuvo del lado de Himmler, formó parte del régimen más odiado de la historia, y, además, siendo judío.

¿De verdad sería como un Perceval que despertaba en un páramo, como quería creer su hija? ¿O habían descubierto lo que era y lo habían perseguido por eso? Como era consciente de que la vida rara vez era pura, Ethan pensaba que Otto Rahn debió de tener muchas razones para romper su juramento y renunciar a la Orden de la Calavera, algunas nobles y otras egoístas. Eso no importaba. Lo importante era lo que vino después.

Dos semanas podrían parecer poca cosa en toda una vida, pero era lo único que le quedaba a Rahn, y él debía de saberlo. En aquel momento de soledad y desesperación, el romántico olvidado que llevaba dentro tuvo que imaginar que se unía a la sublime compañía de los heroicos caballeros trovadores que tanto había celebrado cuando todavía era un hombre libre con un alma bella. Y, de ser así, si de verdad se convirtió en un caballero de la lanza sagrada, aunque fuese solo por un par de horas, seguro que también había muerto con ellos.

—Ahora le pertenece a él —susurró Ethan. Tiró la reliquia desde el saliente, y los dos la observaron caer por la tierra negra y depositarse al fin en un lecho de flores silvestres.

LOS CATAROS SIEMPRE HAN SIDO TERRENO ABONADO PARA la imaginación, pero es cierto que cientos de miles de ellos fallecieron durante las primeras décadas del siglo XIII. Su idea del amor cortés era revolucionaria y tuvo grandes consecuencias. En cuanto a la naturaleza de su herejía, existen multitud de opiniones, aunque, al parecer, la imagen de la lanza sagrada sustituyó en cierto momento del conflicto a la cruz romana del Vaticano como símbolo unificador de su fe sublime.

Se considera que la lanza de Antioquía, de la que tanto se habla en esta novela, salvó al ejército de la primera cruzada. Es muy probable que aquel acontecimiento inspirase la leyenda de que el ejército que la portara en la batalla nunca sería derrotado.

Nadie ha investigado en profundidad la vida de Otto Rahn; sin embargo, he intentado perfilar de forma precisa la última década de su vida. Tuvo numerosos trabajos antes y después de la publicación de Cruzada contra el grial, el más extraño de los cuales consistió en una aventura empresarial como propietario de hotel en Francia, aunque no se sabe de dónde sacó el dinero para emprenderla. Rahn trabajaba en el anonimato en París cuando Heinrich Himmler se puso en contacto con él de forma anónima mediante una carta en la que alababa su libro y le proporcionaba dinero para viajar a Berlín, donde deseaba reunirse con él. Himmler habló con Rahn y, finalmente, lo reclutó para las SS, donde se convirtió en un miembro de confianza de su círculo interno. Durante una temporada, Rahn fue el niño mimado de la flor y nata de Berlín y su libro se convirtió al instante en un best seller en Alemania, tres años después de su publicación.

Las historias sobre los últimos años de Otto Rahn reflejan una personalidad que fue cayendo rápidamente en los conflictos y la desilusión. Incluyen referencias veladas a la bebida, el derroche y numerosos comentarios bastante imprudentes sobre las autoridades. Su muerte en el Wilder Káiser apareció en los periódicos del momento, pero no se hace ninguna mención a su funeral y, por lo que se sabe, los oficiales de las SS que recuperaron el cadáver de Rahn nunca se lo entregaron a su familia. Después de la guerra se descubrió que Rahn había dimitido de su cargo quince días antes de su muerte. Solo podemos imaginar por qué Himmler decidió esperar a que se supiera la muerte de Rahn para firmar y sellar personalmente la carta en la que aceptaba su dimisión.

Dieter y Elise Bachman, así como todos los personajes de la historia contemporánea de la novela, son producto de la imaginación del autor. Si desean saber más sobre La lanza sagrada, visiten mi página web: www.craigsmithnovels.ch.

AGRADECIMIENTOS

Doy las gracias a Harriet McNeal, Burdette Palmberg, mi mujer (Martha Ineichen Smith), y mi madre (Shirley Underwood), por leer el primer borrador de esta novela. Sus incomparables perspectivas y sus ánimos continuos me ayudaron mucho durante el proceso de reescritura. También debo dar gracias a mis viejos amigos Matthew Jockers y Britta Luher, a Matt por ayudarme con los fragmentos montañosos de la historia y a Britta por enseñarme Hamburgo. Muchas gracias también a todos los que, a lo largo de los años, habéis compartido conmigo vuestros recursos cuando más los necesitaba: Herbert Ineichen, Doug y María Smith, Don Jennermann, y Rick Williams.

Finalmente, desearía dedicar un agradecimiento especial a mi editor, Ed Handyside, y a mi agente, Jeffrey Simmons. Este libro no habría sido posible sin su fe inquebrantable y su esfuerzo.

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