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Authors: Johan Theorin

Tags: #Intriga

La hora de las sombras (29 page)

BOOK: La hora de las sombras
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Marie se detuvo, y Gerlof se puso en pie con su ayuda y se sentó en el banco junto a Astrid.

—No te has perdido nada —le susurró ella al oído—. Ha sido aburridísimo.

Gerlof apenas hizo un gesto de asentimiento, después de lanzar una mirada de soslayo al otro lado de Astrid y comprobar que Julia no estaba allí.

Marie retrocedió con la silla de ruedas hacia la salida mientras se apagaba el murmullo bajo los altos arcos de la iglesia cuando el cantor comenzó a tocar el salmo «La vieja cabaña». Gerlof había escuchado la triste melodía en más entierros de los que podía recordar. La música le tranquilizó y miró con detenimiento alrededor.

La iglesia estaba repleta de ancianos. Del centenar de personas que había reunidas allí sólo unos pocos tenían menos de cincuenta años.

El asesino de Ernst estaba ahí, oculto entre los dolientes; Gerlof no tenía la menor duda.

Junto a Astrid se sentaba su hermano Cari, el último jefe de estación de Marnäs, que había acabado trabajando de ferretero al cerrar la estación a mediados de los años sesenta. En la actualidad estaba jubilado. Fue Axel Månsson, el compañero mayor de Cari, quien había dado la orden de partida al tren en que viajaba Nils Kant ese día de verano al acabar la guerra, pero Cari también estaba allí. Entonces era el chico de los recados de la estación y le había contado a Gerlof cómo vio que Margit, la vendedora de billetes, llamaba por teléfono a la policía de Marnäs e informaba en un murmullo que el joven señorito Kant acababa de comprar un billete a Borgholm. Incluso vio, algunos minutos más tarde, al policía provincial Henriksson llegar corriendo desde Marnäs y avanzar pesadamente por el andén con su inmensa barriga para intentar detener al sospechoso de asesinato.

Cari fue quizás el último ölandés vivo que vio de cerca a Nils Kant de adulto, pero cuando en una ocasión Gerlof le preguntó cómo era éste, se limitó a negar con la cabeza: tenía muy mala memoria para los rostros.

Unos bancos más allá se sentaban otros jubilados de Marnäs: Bert Lindgren, el antiguo director de la Casa del Pueblo, que había sido marinero y navegado por los mares del mundo entero entre los años cincuenta y sesenta, y junto a él Olof Håkansson, pescador de anguilas, y después Karl Lundstedt, coronel del ejército en Kalmar, que tras jubilarse se había mudado a su casa de verano en Långvik.

No era raro que los jubilados se mudaran a Marnäs, pero Gerlof sabía que lo que necesitaba el norte de Öland no eran más ancianos, sino jóvenes y trabajo.

La música del órgano dejó de sonar. El pastor Åke Högström, oficiante en Marnäs desde hacía unos diez años, se situó frente al féretro de madera blanco adornado con rosas. Sostenía entre las manos una gran Biblia de piel marrón y miraba seriamente a la congregación a través de sus gafas redondas.

—Nos hemos reunido hoy aquí para despedir a nuestro amigo y cantero Ernst Adolfsson. —El pastor hizo una pausa, se ajustó las gafas y luego prosiguió con el funeral formulando una pregunta importante—: Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él?

«Primera Epístola a los Corintios, segundo capítulo», anotó Gerlof en su fuero interno.

—Nosotros, los hombres, sabemos muy poco los unos de los otros —predicó el pastor—; sólo Dios lo sabe todo. Ve todas nuestras faltas y deficiencias y, sin embargo, desea darnos paz eterna…

Gerlof cerró los ojos y escuchó con tranquilidad; apenas dejó que lo asaltaran los sentimientos alguna vez que otra. Cuando entonaron el salmo 113 sobre la rosa florida afinó lo mejor que pudo. A continuación el pastor dirigió la oración, se leyeron más citas de la Biblia y salmos, y luego se cantó el bonito himno
Donde las flores nunca mueren
.

Aunque consideraba que se había despedido de Ernst en su casa de la cantera, Gerlof sintió un nudo en la garganta cuando en los últimos acordes de la música de órgano seis hombres se levantaron con gravedad y se acercaron para cargar el féretro. Entre ellos estaban sus amigos Gösta Engström de Borgholm y Bernard Kollberg, que había regentado durante décadas la tienda de Solby, un pueblo al sur de Stenvik, y solía llevarle las provisiones a Ernst en coche. El resto eran parientes del finado que residían en Småland.

Le habría gustado levantarse y cargar el féretro sobre sus hombros, pero no pudo hacer otra cosa que permanecer sentado hasta que todos comenzaron a ponerse en pie. Entonces apareció Marie con la silla de ruedas.

—Creo que ahora puedo caminar —anunció, pero no podía, claro.

Marie le ayudó a volver a la silla y, cuando estuvo lista, Astrid se acercó y la tocó en el hombro.

—Ya lo llevo yo —dijo decidida mientras cogía las cosas.

Marie le lanzó una mirada dubitativa; Astrid era menuda y delgada como un gorrión, pero Gerlof sonrió animoso.

—Todo irá bien, Marie —la tranquilizó.

Ésta asintió y Astrid condujo la silla de ruedas por el pasillo acompañada de su hermano Cari.

—Ahí está John —señaló ella.

Gerlof giró la cabeza y vio que John Hagman abandonaba la iglesia acompañado de su hijo Anders.

Al salir del recinto y sentir el viento helado, Gerlof se abrochó el abrigo, y entonces se dio cuenta de que llevaba un objeto plano en el bolsillo. Recordó que había traído el monedero de Ernst.

Al sacarlo notó la piel desgastada entre los dedos y le preguntó a Astrid:

—¿Has visto hoy a mi hija?

—No —respondió ella—. ¿No regresaba hoy a Gotemburgo? Tampoco he visto el coche.

—Vaya —se lamentó Gerlof.

Así que Julia al final se había marchado por la mañana. Pensó que podía haber venido al entierro, o haberle llamado para despedirse de él. Pero su hija era así. Al menos había conseguido que se quedara en Öland más tiempo del que tenía previsto, y aunque no habían hecho grandes progresos, Gerlof creía que a Julia le había sentado bien la visita. La llamaría dentro de poco a Gotemburgo.

—¿Es el monedero de Ernst? —preguntó Astrid señalándolo.

Gerlof asintió con la cabeza.

—Quiero dárselo a sus parientes.

También les entregaría todo lo que contenía, menos el recibo del museo de la madera de Ramneby, que Gerlof había ocultado en su escritorio.

—Eres muy honrado, Gerlof —comentó Astrid.

—A César lo que es del César —sentenció él—. No me gusta dejar cabos sueltos.

Se encontraban en medio de las tumbas y avanzaban lentamente entre lápidas conocidas. Gran parte de las más bonitas las había tallado Ernst antes de jubilarse, entre otras, la amplia losa de Ella. Era sencilla y hermosa, y había espacio de sobra para el nombre y las fechas de Gerlof debajo de los de su esposa.

La fosa recién cavada para Ernst se hallaba en una hilera de tumbas pertenecientes a los vecinos de Stenvik. El cortejo fúnebre se había situado en torno a la sepultura formando un semicírculo, y Astrid empujó con decisión la silla de ruedas entre los dolientes. Gerlof miró el profundo agujero abierto a sus pies. La fosa era negra y fría, y si alguien caía dentro sería totalmente incapaz de salir. No le apetecía nada acabar ahí abajo, por mucho que Sjögren y el frío se confabulasen para tirar de sus articulaciones.

Los hombres que cargaban el féretro hicieron una pausa junto a la tumba, y a continuación introdujeron cuidadosamente el ataúd en la tierra. Gerlof vio más rostros conocidos. Bengt Nyberg, el redactor del
Ölands-Posten,
se encontraba al otro lado de la tumba, por fin sin una cámara entre las manos. Gerlof intentó recordar desde cuándo vivía y trabajaba como redactor en Marnäs. Quince, veinte años quizá. Procedía del continente, como muchos otros.

Junto a él estaba Örjan Granfors, el granjero, a quien le habían requisado las vacas de su propiedad, al nordeste de Marnäs, durante los años ochenta. Gerlof recordó que también le habían condenado por no cuidarlas bien.

Al lado de Granfors, muy juntos, vio a Linda y Gunnar Ljunger, los dueños del hotel de Långvik. Hablaban en voz baja, seguramente sobre las nuevas casas que se estaban construyendo en el pueblo de veraneo. Junto a ellos se encontraba Lennart Henriksson, el policía. Vestía traje negro en lugar de uniforme.

Gerlof miró de nuevo la tumba. ¿Qué habría querido Ernst que hiciera él? ¿Cuál era el siguiente paso?

En las últimas visitas que le había hecho su amigo durante el otoño, había insistido en hablarle sobre Nils Kant y el pequeño Jens, volviendo una y otra vez sobre ambos misterios como si estuviera convencido de que guardaban una relación que no era evidente para nadie más.

Con el tiempo Gerlof había acabado por aceptar la desaparición de Jens, de la misma manera que se había reconciliado con la muerte de Ella.

Pero a principios de septiembre, Ernst había ido a visitarlo a la residencia de Marnäs para hablar con él. Llevaba un libro delgado de tapa blanda.

—¿Has visto esto, Gerlof? —le preguntó.

El negó con la cabeza y se inclinó hacia delante.

Era el libro conmemorativo de la naviera Malm. Gerlof sabía por el
Ölands-Posten
que se había editado hacía unos meses, pero no lo había leído.

—Conoces a Martin Malm, ¿verdad? —dijo Ernst—. Ésta es una vieja fotografía de él a finales de los años cincuenta en el aserradero de la familia Kant, en Småland.

—No conozco mucho a Martin —respondió Gerlof cogiendo el libro no sin cierta sorpresa—. Coincidí con él en algunos puertos cuando éramos capitanes.

—Y después de dejar el mar, ¿volviste a verlo?

—Rara vez. En tres o cuatro ocasiones tal vez. Alguna que otra cena de antiguos capitanes.

—¿Cenas?

—En Borgholm.

—¿Sabes de dónde sacó Martin el dinero para su primer transatlántico? —preguntó Ernst.

—Pues… no. No lo sé —reconoció Gerlof—. ¿De su familia?

—De la suya no —respondió Ernst—. Procedía de la familia Kant.

—¿Lo dice el libro? —se extrañó Gerlof.

—No, pero lo he oído contar —repuso Ernst—. Y mira esta foto: August Kant rodea con el brazo a Martin. ¿Tú le dejarías?

—No —dijo Gerlof.

Pero era cierto; el estricto director August Kant tenía la mano apoyada amigablemente en el hombro del también severo capitán de barco Martin Malm. Era muy extraño.

Ernst no quiso decir más, pero seguro que sabía cosas que no contó. Había visto u oído algo que le dio nuevas ideas. Había ido al museo de madera de Ramneby en busca de alguna casa sin decírselo a Gerlof. Y unas semanas más tarde tuvo una cita en la cantera con alguien, tal vez para llegar a un acuerdo del que Gerlof no debería saber nada.

—¿Quieres acercarte para decirle adiós, Gerlof?

La pregunta de Astrid le sacó del mar de dudas en que se encontraba. Negó suavemente con la cabeza.

—Ya me despedí —afirmó.

Se lanzaron las últimas rosas sobre el féretro de Ernst y el entierro concluyó. Los asistentes se encaminaron hacia la casa parroquial junto a la iglesia para asistir a un pequeño ágape funerario.

—Nos sentará bien un poco de café —observó Astrid.

Retrocedió con la silla de ruedas y la empujó hacia la casa parroquial.

Pese a que Sjögren le atenazaba la nuca, Gerlof se estiró y miró al otro lado del cementerio; junto al muro oeste había una vieja lápida.

La tumba de Nils Kant.

¿Quién yacía allí, en realidad?

Puerto Limón, octubre de 1955

La ciudad junto al mar es oscura, ruidosa y apesta a barro y orín de perro.

Nils Kant le da la espalda. Está en el porche del bar del puerto Casa Grande, sentado a la mesa de los clientes habituales con una botella de vino frente a él, y dirige la mirada al mar, al litoral caribeño de Costa Rica. Aunque el olor a lodo y algas podridas no es mucho mejor que el hedor que flota sobre las callejuelas de la ciudad, al menos el mar es una vía de escape.

Normalmente pasa el día en algún muelle con la vista clavada en el refulgente mar.

El camino a casa. El mar es el camino a Suecia. Si tuviera suficiente dinero Nils podría viajar a casa.

Brinda por ello.

Levanta su vaso de vino tibio y le da un largo trago para olvidar las dificultades de su regreso a casa. Pues lo cierto es que no tiene suficiente dinero. Casi se le ha acabado. Un par de días a la semana carga plátanos y barriles de petróleo en el puerto, pero eso apenas le alcanza para el alquiler y la comida. Necesitaría trabajar más, pero no se encuentra del todo bien.

—Estoy enfermo —murmura por la noche.

Suele tener dolor de estómago y de cabeza, y le tiemblan las manos.

¿Cuántas veces ha brindado por Suecia en el porche de Casa Grande? ¿Por Öland? ¿Por Stenvik? ¿Y por Vera, su madre?

Los brindis y las botellas que ha vaciado son incontables. Esa noche sería como muchas otras en el bar, si no fuera porque Nils celebra su trigésimo cumpleaños. Sabe que en realidad no hay nada que celebrar, y eso hace que se sienta mucho peor.


Quiero regresar a casa
[1]
—murmura en la oscuridad.

Poco a poco ha aprendido a hablar español y algo de inglés, pero aún siente el sueco vivo en su interior.

Lleva más de diez años huyendo, desde que subió a bordo del carguero
Celeste Horizon
en el puerto de Gotemburgo, el verano que acabó la guerra.

En el barco le acomodaron en una cabina que era tan estrecha como un féretro, un ataúd de acero.

Ha viajado en muchos buques viejos por los mares de Sudamérica desde entonces, pero el
Celeste
fue el peor de todos. No había ni un solo lugar seco a bordo; la humedad del mar se introducía por cualquier sitio, y lo que no estaba mojado ni mohoso, estaba roto u oxidado. El agua corría o goteaba por todas partes. Durante un mes la luz nunca alcanzó el ojo de buey de su camarote, puesto que éste se hallaba a babor y la constante vía de agua hacía que la nave escorase hacia ese lado.

Los motores retumbaban todo el día. Nils yacía más muerto que vivo en una litera a oscuras y mareado como una sopa, y a menudo Henriksson, el policía provincial, se sentaba a su lado mientras una sangre oscura le manaba del pecho; entonces Nils cerraba los ojos y deseaba que el barco chocara contra una mina. En el mar había muchas, a pesar de que la guerra había acabado (el cerdo del capitán Petri se había encargado de recordárselo a Nils varias veces). También le había dejado claro que si el
Celeste Horizon
llegara a explotar, Nils sería el último en subir al bote salvavidas.

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