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Authors: Anne McCaffrey

La búsqueda del dragón (9 page)

En cambio, Asgenar, Señor del Fuerte de Lemos, era joven y había sido confirmado en su señorío por el Cónclave de Señores de los Fuertes hacía solamente cinco Revoluciones. Su actitud hacia el Weyr que protegía sus tierras de las Hebras no estaba mediatizada por los recuerdos de pasados servicios.

Mnementh se deslizó hacia la extensión del Gran Lago que separaba al Fuerte de Lemos del Fuerte de Telgar superior. Habían caído Hebras muy cerca de los verdeantes bosques que rodeaban las playas septentrionales. El descenso de Mnementh se hizo más pronunciado, obligando a F'lar a apoyarse en el gran cuello, sujetando firmemente el correaje que lo rodeaba. A pesar de su fatiga y su preocupación, se sintió inmerso en la oleada de júbilo que le inundaba siempre que montaba al enorme dragón bronce; aquella curiosa simbiosis de sí mismo con el animal, contra el aire y el viento, de modo que no era únicamente F'lar, caudillo del Weyr de Benden, sino también parte de Mnementh, inmensamente poderoso, espléndidamente libre.

Sobre una altura que dominaba el ancho prado que se extendía junto al Gran Lago, F'lar localizó al dragón hembra verde. Asgenar, Señor del Fuerte de Lemos, estaría cerca de ella. F'lar sonrió sardónicamente al verla. Los Antiguos podían manifestar su desaprobación, podían murmurar cuando F'lar buscaba caballeros fuera del Weyr, pero si F'lar no lo hubiese hecho, las Hebras habrían caído sobre aquellos bosques sin que nadie las viera.

¡Árboles! Otro motivo de discordia entre Weyr y Fuerte, aunque F'lar apoyaba plenamente la postura de los Señores. Hacía cuatrocientos años aquellos bosques no existían, no eran permitidos. Los Weyrs alegaban que no podían proteger semejante exceso de vegetación. Sin embargo, los Antiguos se mostraban ahora muy aficionados a la posesión de productos de madera, sobrecargando de trabajo al carpintero de Fandarel, Bendarek, con sus exigencias. Al mismo tiempo, no permitían la formación de un nuevo Artesanado dirigido por Bendarek. Probablemente, pensó F'lar con amargura, porque Bendarek deseaba permanecer cerca de los bosques de Lemos, ricos en maderas duras, y ello situaría a otro Artesanado en la jurisdicción del Weyr de Benden. ¡Por el Huevo, los Antiguos estaban resultando casi más molestos que útiles!

Mnementh se posó sobre la espesa hierba del prado. F'lar se deslizó del cuello del bronce para reunirse con Asgenar, mientras Mnementh trompeteaba su aprobación al dragón hembra verde y a F'rad, su jinete.

F'rad desea advertirte que Asgenar...

—No pasaron muchas a través de los escuadrones de Benden —estaba diciendo Asgenar a modo de saludo, de modo que Mnementh no terminó su pensamiento. El joven se estaba limpiando el rostro, manchado de hollín y de sudor, ya que era un Señor que dirigía a sus equipos de tierra personalmente en vez de quedarse cómodamente en su Fuerte principal—. A pesar de que las Hebras han empezado a desviarse. ¿A qué atribuyes todas esas recientes variaciones?

—¿Variaciones?——repitió F'lar, sintiéndose estúpido porque se daba cuenta de que Asgenar no se refería únicamente a lo anormal que había sucedido hoy.

—¡Sí! Y aquí creíamos que tus tablas horarias eran la última palabra. Creíamos que podía confiarse en ellas para siempre, especialmente desde que fueron revisadas y aprobadas por los Antiguos. —Asgenar miró a F'lar a los ojos—. Oh, no te estoy reprochando nada, F'lar. Siempre has sido leal en nuestros tratos. Y me considero afortunado por el hecho de que mi Fuerte se encuentre en tu jurisdicción. Mi cuñado, Larad, ha tenido problemas con T'kul, caudillo del Weyr de las Altas Extensiones, ¿sabes? Y desde aquellas caídas prematuras en Tillek y Crom Superior, ha montado un nuevo sistema de vigilancia —Asgenar hizo una pausa, súbitamente consciente del tenso silencio de F'lar—. No pretendo criticar a las gentes de los Weyrs —continuó, en un tono más formal—, pero los rumores se extienden y es lógico que lleguen a mis oídos. Comprendo que los Weyrs no deseen alarmar a los plebeyos, pero... bueno... una advertencia a tiempo sería un acto de cortesía.

—No había manera de predecir la caída de hoy –dijo F'lar lentamente, aunque las ideas giraban en su cerebro con tanta rapidez que se sintió mareado. ¿Por qué no le habían dicho nada a él? R'mart, del Weyr de Telgar, no había asistido a la reunión con motivo de las transgresiones de T'rel. ¿ Era posible que R'mart estuviera ocupado combatiendo a las Hebras en aquellos momentos ? En cuanto a T'kul, del Weyr de las Altas Extensiones, no daría las coordenadas para salvar la vida de un caballero, y mucho menos cualquier información capaz de afectar en sentido negativo a su prestigio personal.

No, ellos habían tenido buenos motivos para no mencionarle a F'lar caídas prematuras aquella noche. Si es que T'kul lo hubiera revelado a alguien. Pero, ¿por qué no lo había hecho R'mart?

—Pero al Weyr de Benden no le han pillado durmiendo. En estos bosques está la mayor parte de lo que necesitamos, ¿eh, F'lar? —estaba diciendo Asgenar, contemplando con una expresión satisfecha la vegetación que les rodeaba.

—Sí la mayor parte de lo que necesitamos. ¿Cuál es el informe final de esta Caída? ¿Han terminado su tarea tus equipos de tierra?

—Tu escuadrón de reinas informó que podrían darlas por terminadas dentro de dos horas.

Asgenar sonrió y se balanceó hacia adelante y hacia atrás sobre sus talones, sin que el inesperado acontecimiento de hoy hubiese quebrantado en lo más mínimo su confianza. F'lar le envidió.

Y el jinete bronce agradeció de nuevo la suerte de haber tenido que tratar con Asgenar esta mañana, en vez de hacerlo con el puntilloso Raid o el suspicaz Sifer. Esperaba sinceramente que el joven Señor del Fuerte de Lemos no vería defraudada su confianza. Pero seguía acosándole una pregunta: ¿cómo podían haber cambiado así las Hebras?

El caudillo del Weyr y el Señor del Fuerte se inmovilizaron ante la presencia de un dragón azul que planeó lentamente encima de uno de los bosques, al nordeste. Cuando el animal desapareció, Asgenar se volvió hacia F'lar con aire preocupado.

—¿Crees que esas extrañas caídas significarán que esos bosques deben ser talados?

—Ya conoces mi opinión sobre la madera, Asgenar. Es un material demasiado valioso, demasiado útil, para sacrificarlo innecesariamente.

—Pero harán falta todos los dragones para protegerlo...

—¿Estás a favor o en contra? —inquirió F'lar con amable ironía. Agarró el hombro de Asgenar—. Instruye a los hombres que cuidan de los bosques para que mantengan una vigilancia continua. Su vigilancia es esencial.

—Entonces, ¿no conoces la pauta de los desvíos de las Hebras?

F'lar agitó la cabeza lentamente, incapaz de engañar a este hombre.

—Dejaré a F'rad contigo. Tiene muy buena vista.

Una ancha sonrisa iluminó el preocupado rostro de Asgenar.

—No me atrevía a pedírtelo, pero es un alivio. Y no abusaré del privilegio.

F'lar le miró fijamente.

—¿Por qué habrías de hacerlo?

Asgenar sonrió.

—Eso es lo que censuran los Antiguos, ¿no es cierto? Un medio de transporte instantáneo a cualquier lugar de Pern es una tentación...

F'lar se echó a reír, recordando que Asgenar, Señor de Lemos, iba a tomar a Famira, la hermana más joven de Larad, Señor del Fuerte Telgar, por esposa. Y aunque las tierras de Telgar lindaban con las de Lemos, los Fuertes estaban separados por grandes extensiones de bosque y varias cadenas de montañas rocosas.

Tres dragones aparecieron y planearon en círculo encima de ellos, para que los jinetes informaran acerca de las actividades en el suelo. Nueve penetraciones habían sido localizadas y eliminadas con unas pérdidas materiales mínimas. F'lar les despidió. Un mensajero estaba cruzando el prado en dirección a su Señor, manteniendo cuidadosamente varias longitudes de dragón de distancia entre los dos animales y él. A pesar de que todos los perneses sabían que los dragones no causaban ningún daño a los humanos, la mayoría no dejarían nunca de temerlos. Los dragones estaban confundidos por aquella desconfianza, de modo que F'lar se acercó casualmente a su bronce y le rascó el borde del ojo izquierdo afectuosamente, hasta que Mnementh cerró sus párpados y ronroneó de placer.

El mensajero venía de muy lejos, y logró articular su tranquilizador mensaje antes de caer al suelo, completamente agotado. Asgenar se quitó su túnica y cubrió con ella al hombre para evitar que se enfriara, y dio de beber al mensajero de su propio frasco.

—¡Las dos infiltraciones en la ladera sur han sido eliminadas! —informó Asgenar al caudillo del Weyr cuando éste se reunió con él—. Eso significa que los árboles de madera dura están a salvo. —El alivio de Asgenar era tan grande que bebió también un buen trago de su botella. Luego se la ofreció al dragonero. Cuando F'lar la rechazó cortésmente, el Señor de Lemos continuó—: Podemos tener otro invierno duro y mi gente necesitará esa madera. ¡El carbón de Crom es muy caro!

F'lar asintió. El disponer de madera como combustible representaba un importante ahorro para los habitantes de un Fuerte, aunque no todos los Señores lo vieran bajo ese aspecto. Meron, Señor del Fuerte de Nabol, por ejemplo, no permitía que sus plebeyos utilizaran madera como combustible, obligándoles a pagar elevados precios por el carbón de Crom, aumentando sus beneficios a costa de ellos.

—¿Ese mensajero viene de la ladera sur? Es muy rápido.

—Mis hombres de los bosques son los mejores de todo Pern. Meron de Nabol ha intentado por dos veces quitarme a ese hombre.

—¿Y?

Asgenar rió burlonamente.

—¿Quién confía en Meron? Mi hombre había oído hablar de cómo trata a su gente ese Señor.

Pareció a punto de añadir algo más, pero cambió de idea y carraspeó, mirando nerviosamente a lo lejos como si hubiera captado algo que se movía entre los árboles.

—Lo que todo Pern necesita es un medio de comunicación eficaz —observó el dragonero, contemplando al jadeante mensajero.

—¿Eficaz? —Asgenar estalló en una carcajada—. ¿Acaso se ha contagiado todo Pern de la enfermedad de Fandarel?

—Pern se beneficia de una enfermedad semejante.

F'lar debía ponerse en contacto con el Maestro Herrero en cuanto regresara al Weyr. Pern necesitaba el genio del gigante Fandarel ahora más que nunca.

—Sí, pero, ¿nos recuperaremos de la fiebre de perfección? —La sonrisa de Asgenar se desvaneció mientras añadía, de un modo engañosamente casual—: ¿Sabes si se ha llegado a una decisión acerca del Artesanado de Bendarek?

—Todavía no.

—Yo no he insistido en que se ubicara un Artesanado en Lemos... —empezó Asgenar, muy serio.

F'lar alzó una mano.

—Ni yo, aunque me resulta difícil convencer a los demás de mi sinceridad. El Fuerte de Lemos dispone de las mayores reservas de madera, Bendarek necesita estar cerca de su mejor fuente de abastecimiento, y por si fuera poco procede de Lemos.

—Todas las objeciones formuladas han sido absurdas —exclamó Asgenar, con sus ojos grises centelleando de rabia—. Sabes tan bien como yo que un Maestro Artesano no está sometido a la autoridad del Señor de un Fuerte, y Bendarek es un hombre tan íntegro como Fandarel y sólo sería leal a su artesanado. Sólo piensa en la madera, en la pulpa de madera v en esas hojas o láminas nuevas en las que ahora está trabajando.

—Lo sé. Lo sé, Asgenar. Larad, del Hold Telgar, y Corman, del Hold Keroon, estarán de tu parte, o al menos eso me aseguraron.

—Cuando los Señores de los Fuertes se reúnan en Cónclave en el Fuerte de Telgar, voy a hablar claro. Reid y Sifer me apoyarán, aunque sólo sea porque pertenecemos a la jurisdicción del mismo Weyr.

—No son los Señores ni los caudillos de Weyr los que deben tomar esa decisión —le recordó F'lar al impulsivo y joven Señor—. Son los otros Maestros Artesanos. Esa fue mi idea desde que Fandarel propuso la designación de un nuevo artesanado.

—Entonces, ¿por qué no se revuelve el asunto de una vez? Todos los Maestros Artesanos asistirán a la boda en el Fuerte de Telgar. Que lo decidan allí, y que dejen a Bendarek en paz. —Asgenar abrió los brazos en un gesto de desaliento—. Necesitamos lo que Bendarek está produciendo, pero él no puede concentrarse en un trabajo importante si no disfruta de una tranquilidad que ahora no tiene.

—Cualquier propuesta que signifique un cambio en estos momentos (especialmente en estos momentos, añadió F'lar para sí mismo, pensando en esta caída de Hebras), llenará de alarma a ciertos caudillos de Weyr y Señores de Fuerte. A veces pienso que los únicos que buscan continuamente un cambio son los Artesanados, porque poseen el interés y la flexibilidad suficientes para aceptar todo lo que represente una mejora o un progreso. Los Señores de los Fuertes y los. . .

F'lar se interrumpió.

Afortunadamente se acercaba otro mensajero procedente del norte, a un paso rítmico y potente. Procurando no acercarse demasiado al dragón hembra verde, se dirigió rectamente hacia su Señor.

—El sector septentrional está limpio —informó—. Han sido quemadas tres madrigueras. Todo está seguro.

—Estupendo. Buena carrera.

El hombre, con el rostro enrojecido por el elogio y por el esfuerzo, saludó al caudillo del Weyr y a su Señor. Luego respirando profundamente pero sin dificultades, se acercó al mensajero tumbado en el suelo y empezó a masajear sus piernas.

Asgenar sonrió a F'lar.

—Es absurdo que sigamos discutiendo, ya que estamos básicamente de acuerdo. ¡Si pudiéramos conseguir que los otros lo vieran tan claro como lo vemos nosotros!

Mnementh rugió que los escuadrones estaban informando de que la operación había terminado en todos los sectores. Y extendió su pata delantera con un gesto tan imperativo que Asgenar se echó a reír.

—De acuerdo, amigo —dijo—. F'lar, ¿tienes alguna idea de lo que tardará en producirse otra Caída?

F'lar sacudió la cabeza.

—F'rad está aquí. Normalmente, deberíais tener siete días tranquilos. Recibirás noticias mías en cuanto sepa algo concreto.

—Estarás en Telgar dentro de seis días, ¿no?

—¡De no ser así, Lessa me arrancaría las orejas!

—Mis saludos a tu Dama.

Mnementh se remontó siguiendo una trayectoria elíptica que les permitió echar una ojeada final a las extensiones de bosque. Unas espirales de humo se alzaban al norte y más lejos al este, pero a Mnementh no parecieron preocuparle. F'lar le dijo que marchara al inter. El frío absoluto de aquella dimensión irritó dolorosamente los rasguños de Hebras en su rostro. E inmediatamente estuvieron encima del Weyr de Benden. Mnementh trompeteó su regreso y quedó suspendido en el aire, casi completamente inmóvil, hasta que oyó la resonante respuesta de Ramoth. En aquel momento, Lessa apareció en el saledizo del Weyr, con su pequeña estatura disminuida todavía más por la distancia. Mientras Mnementh planeaba hacia abajo, Lessa descendió el largo tramo de escalones con la misma precipitación que le reprochaba a su hijo, Felessan.

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