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Authors: Gayle Lynds

Tags: #Intriga, #Aventuras, #Thriller

La biblioteca de oro (8 page)

La multitud se agolpaba de tal manera alrededor del
Libro de los Espías
, que algunos de los que estaban más lejos empezaban a cejar en sus intentos de verlo. Eva frunció el ceño, pero no por aquel muro humano imponente. Lo que le había llamado la atención era un hombre que se retiraba de la vitrina. Tenía un aire familiar. No le pudo ver el rostro, porque miraba hacia otro lado y se cubría un oído con la mano, escuchando la guía grabada.

¿Qué tenía aquel hombre? Eva dejó el vaso en la bandeja de un camarero y lo siguió, sorteando a otros visitantes. El hombre llevaba una gabardina negra; tenía el pelo negro y reluciente, y la nuca bronceada. Eva quiso adelantarse para verle la cara, pero con aquella multitud resultaba difícil moverse con rapidez.

Después, el hombre pasó a un espacio despejado, y ella pudo ver con claridad por primera vez todo su cuerpo, su aspecto físico. Cuando lo observó, el corazón se le aceleró. El hombre caminaba con paso atlético, flexible. Los hombros musculosos le temblaban a cada seis u ocho pasos. Irradiaba gran seguridad en sí mismo, como si aquel salón fuera suyo. Su talla coincidía: alrededor de un metro ochenta. Aunque debería haber tenido el pelo castaño claro, no negro azulado, y aunque todavía no había podido verle el rostro, en todos los demás sentidos le resultaba familiar de una manera inquietante, desazonadora. Podría ser el doble de Charles.

El hombre se retiró la mano del oído. Eva, emocionada, se adelantó rápidamente hasta que estuvo caminando casi a su altura. El hombre inspeccionaba la multitud, girando lentamente la cabeza de derecha a izquierda. Por fin, Eva le vio el rostro. Tenía la barbilla más ancha y más pesada que Charles, y las orejas un poco salientes, mientras que Charles las había tenido pegadas al cráneo. Tenía aspecto general de tipo duro, de hombre que había perdido demasiadas peleas a puñetazos.

Pero, entonces, él se quedó mirándola fijamente y se detuvo. Tenía los ojos de Charles, grandes y negros con motas castañas, rodeados de espesas pestañas. Charles y ella habían vivido juntos ocho años de intimidad, y ella conocía cada uno de sus gestos, cada matiz de sus expresiones, y sus reacciones. Los ojos del hombre transmitieron sorpresa, y después se entrecerraron con temor. Inclinó la cabeza hacia atrás: orgullo. Y, por último, tuvo aquella expresión no emotiva suya que ella le conocía tan bien, cuando se encontraba ante lo inesperado. Formó con los labios la palabra
Eva
.

A Eva le pareció que la sala se difuminaba y que la charla del público se desvanecía mientras intentaba respirar, sentir los latidos de su corazón, saber que tenía los pies bien plantados en el suelo. Se esforzaba por pensar, por entender cómo podía seguir vivo Charles. La inundó el alivio de saber que no lo había matado. Pero ¿cómo había podido salir vivo del accidente con el coche? De pronto, su dolor y su culpabilidad se convirtieron en rabia aturdida. Había perdido dos años por su culpa. Había perdido a casi todos sus amigos. Su reputación. Su carrera profesional. Había llorado por él y se había culpado a sí misma… y, mientras tanto, él estaba vivo.

Mientras él la miraba con el ceño fruncido, ella sacó el teléfono móvil, tocó el teclado y enfocó al hombre con la cámara de vídeo del aparato.

Él frunció el ceño todavía más y, sacudiendo la cabeza, se llevó la mano al oído izquierdo y se abalanzó entre la multitud.

—¡Charles, espera!

Corrió tras él, sorteando a la gente, dejando un rastro de comentarios de desagrado.

Él pasó rozando a una pareja mayor y se adentró más entre la masa humana. Ella se puso de puntillas y vio que rodeaba un expositor. Eva corrió. Cuando Charles se abría camino a codazos entre un círculo de mujeres, dio un empujón con el hombro a un camarero que llevaba una bandeja llena de copas de vino. La bandeja se volcó; las copas salieron despedidas. El vino tinto salpicó a las mujeres. Estas chillaron y resbalaron con sus zapatos de tacón.

Mientras los invitados los miraban atónitos, los guardias de seguridad tomaron las radios que llevaban en el cinturón, y Charles salió corriendo por la puerta. Eva lo siguió velozmente y se lanzó escaleras abajo. Cuando llegó al rellano, un vigilante se despegó de la pared, empuñando su radio.

—¡Alto, señorita!

Corrió hacia ella, haciendo ondular el vientre prominente.

Ella aceleró, y el guardia no tuvo tiempo de variar su rumbo. Intentó asirla de la gabardina con las manos, pero falló. Tropezó y cayó hacia delante, sobre la barandilla, en una posición precaria sobre aquel desnivel de un piso de altura.

Ella se detuvo para volver a ayudarlo, pero un hombre que llevaba un chaquetón azul oscuro bajó tres escalones de un salto y tiró del guardia hasta dejarlo a salvo.

Eva, lamentándose del tiempo perdido, prosiguió su carrera desenfrenada escaleras abajo, mientras resonaban a sus espaldas los pasos de los guardias. Cuando alcanzó la primera planta, aceleró ante los ascensores y llegó a la inmensa plaza central. En las alturas retumbó con fuerza un trueno, y un chaparrón azotó la alta cúpula de cristal.

Vio a Charles de nuevo. Este, dirigiéndole una mirada furiosa desde el otro lado de aquella ancha extensión, pasó velozmente tras una inmensa escultura de la cabeza del faraón egipcio Amenhotep III.

Ella corrió tras él, siguiéndolo hasta el gran zaguán del museo. Los visitantes retrocedían en silencio, confusos, al verlo pasar corriendo. Había un vigilante a cada lado de la puerta principal abierta; ambos tenían la radio pegada al oído, con aspecto de que acababan de recibir instrucciones.

Cuando Charles se aproximó a ellos, Eva vio que se le ponía rígida la espalda.

El aire le trajo sus palabras. Era la voz profunda de Charles, que decía con toda seriedad a los dos guardias:

—Está loca… lleva un cuchillo.

Enfurecida, corrió más deprisa. Los guardias se miraron entre sí, y Charles aprovechó su vacilación para colarse entre ellos y salir corriendo entre la noche de tormenta.

Eva soltó una maldición para sus adentros. Los dos guardias se habían rehecho y se habían plantado hombro con hombro ante ella, cerrándole el paso.

—Alto —ordenó el más alto de los dos.

Ella se abalanzó sobre ellos. Mientras ellos entrecerraban los ojos, ella hizo una pausa y clavó la base de cada mano en el plexo solar de los hombres, asestándoles sendos golpes
teisho
de karate.

Los hombres, sorprendidos, sin aire en los pulmones, vacilaron, dejándole el sitio justo para pasar. A los pocos instantes, estaba fuera. La lluvia fría caía a cántaros del cielo anubarrado, empapándola mientras bajaba aprisa por la escalinata de piedra.

Charles era una esquirla negra en la noche; braceaba para impulsarse a través del largo patio delantero, hacia el portón de entrada del museo.

—Maldita sea, Charles. ¡Espera!

Los chillidos de una sirena de la Policía sonaban más fuerte, se aproximaban. Respirando con fuerza, salió corriendo tras él a Great Russell Street. Los vehículos que pasaban arrojaban olas oscuras de agua sobre la acera. Los peatones caminaban aprisa con los paraguas abiertos, como una falange de sombrillas oscilantes.

Cuando Eva redujo la velocidad, buscando a Charles por todas partes, unas manos la asieron por la espalda. Ella forcejeó, pero las manos la sujetaban con fuerza.

—Alto, le han dicho —le repitió un guardia del museo, jadeante.

Otro le arrancó el bolso que llevaba al hombro.

Un coche patrulla de la Policía Metropolitana se detuvo ante la acera con chirrido de frenos. Saltaron de él
bobbies
de uniforme que empujaron a Eva contra el coche y la cachearon. Ella, frustrada, furiosa, se volvió y vio que Charles se subía a un taxi, cerca del final de la manzana. Lo siguió mirando hasta que sus pilotos rojos traseros se perdieron entre el tráfico.

CAPÍTULO
9

La sala de interrogatorios de la Policía era un espacio estrecho en un piso inferior de los trece que tenía la comisaría de Policía de Holborn, a solo siete manzanas del Museo Británico.

—Y bien, doctora Blake, parece que no me ha estado diciendo usted la verdad.

El inspector Kent Collins, de la Policía Metropolitana, saludó con un gesto de la cabeza al agente que estaba de vigilancia en un rincón, y este le devolvió el saludo. El inspector cerró la puerta a su espalda, aislándolos del mundo.

—Me dijo que su marido había muerto. Pero no me dijo que a usted la habían condenado por matarlo.

Era un hombre de pelo hirsuto, de nariz grande y que, a pesar de lo tardío de la hora, llevaba las mejillas bien afeitadas. Duro, impecable y claramente al mando de la situación, llevaba bajo el brazo una carpeta nueva de papel manila.

Eva tenía las manos en el regazo. Hacía girar sobre el dedo la alianza de oro. No había podido llamar por teléfono a Tucker Andersen porque no había estado sola en ningún momento desde que la habían detenido. Tenía bien presente la advertencia que le había hecho de no hablar de su misión a nadie. Pero ¿cómo iba a salir de aquello? ¿Podría hacerlo de alguna manera?

—Lo que dije fue que se suponía que Charles había muerto —dijo al inspector—. Si le hubiera contado todo lo demás, quizá no me habría dejado explicárselo todo. El hombre que vi era Charles Sherback. Mi marido. Vivo. Y no fui yo la que mentí a los guardias del museo —le recordó—. Fue él. Les dijo que yo llevaba un cuchillo. Me registraron. No tenía ningún cuchillo.

El inspector Collins dejó la carpeta en la mesa de golpe y se dejó caer en una silla de plástico ante el extremo de la mesa, de modo que estuvieran sentados cerca uno de otro pero en ángulo recto. Ella reconoció aquella técnica. Si quieres que alguien tenga empatía contigo, siéntate a su lado. Pero si lo que quieres es desafiarlo, ponte frente a él. La posición en ángulo recto le otorgaba flexibilidad.

Se volvió hacia ella.

—Estamos más bien ocupados como para ponernos a buscar entre los vivos a un hombre que está muerto y enterrado.

—Charles no solo mintió en lo del cuchillo; huyó porque me había reconocido.

—O huyó porque era un sujeto inocente y usted lo estaba acosando.

—Pero en tal caso podría haber dado parte a los guardias.

El inspector perdió la paciencia.

—¡Chorradas! Fue usted, y no él, quien atacó a los dos vigilantes en la entrada del museo.

—No tenía tiempo de pararme a demostrar que no llevaba ningún cuchillo, ni a explicarles por qué tenía que atrapar a Charles. Y otra cosa: soy cinturón negro de karate. Podría haber hecho mucho daño a los guardias. En vez de ello, les di con la fuerza justa para que quedaran sin aliento y retrocedieran. ¿Ha presentado denuncia alguno de los dos?

Ella sospechaba que no, ya que no se había hablado de ello.

—La verdad es que no.

Ella asintió con la cabeza.

—Aquí hay mucho más que lo mío. Charles está vivo, y en su tumba debe de estar enterrada alguna otra persona. ¿Quieren hacer el favor de buscarlo?

En la expresión del inspector Collins se leía claramente que la tomaba por loca.

—¿Cómo quiere que lo encontremos? No nos ha dado usted ninguna dirección. Nada concreto en absoluto.

Ella tomó su teléfono móvil, pulsando botones mientras decía:

—Lo grabé en vídeo en el museo.

Dispuso la pequeña pantalla de manera que pudieran verla los dos y puso en marcha la grabación. Y allí estaba, un Charles en miniatura, bien plantado con su gabardina negra sobre el fondo movedizo de visitantes del museo. La miraba fijamente, desde un punto más alto que el teléfono móvil, y fruncía el ceño.

—Todavía no se le ve el modo de andar —dijo al inspector—. Su manera de andar es importante. Es deportista y se mueve como tal, un poco inclinado hacia delante y con paso flexible. Además, los hombros le tiemblan regularmente. Es un rasgo muy distintivo. También coinciden la edad y la estatura. Y también el color de los ojos y la voz.

En el vídeo, Charles miraba hacia abajo.

—Esto fue cuando se fijó en mi móvil —explicó ella.

Charles se llevó la mano al oído, se volvió bruscamente y desapareció entre la multitud. Eva maldijo para sus adentros. Se había movido tan aprisa que ella no había captado su modo de andar. El vídeo terminó.

—¿Eso es todo? ¿No tiene más? —dijo el inspector, con un tono que parecía una agresión.

—Es algo. Es un comienzo.

—Dijo usted que allí estaban otras personas que su marido y usted conocían desde hacía años. Si ese hubiera sido su marido, que está muerto, habrían dicho algo. De hecho, me figuro que se habrían alborotado bastante.

El inspector, sacudiendo la cabeza, abrió la carpeta, sacó una hoja de papel y se la acercó deslizándola sobre la mesa.

—La Policía de Los Ángeles me ha enviado esto por correo electrónico. Dígame quién es.

Era un retrato que se había hecho Charles para los folletos de la Biblioteca Elaine Moreau. Sus rasgos refinados y sus ojos negros brillantes la miraron desde el papel.

—Es Charles, por supuesto —dijo ella en voz baja—. Después de desaparecer, ha debido de teñirse el pelo y de operarse la cara.

El inspector señaló la foto bruscamente con el pulgar.

—Esta foto no se parece en nada al hombre que sale en su vídeo.

La miró fijamente, desafiándola.

—He hablado con la prisión. ¿Es esta la primera vez que ha creído verlo después de su muerte?

Ella vaciló, pero se rindió.

—Usted sabe que no, evidentemente.

El inspector sacó otro papel y leyó en voz alta:

—«En las tres primeras semanas tras la muerte del doctor Sherback, la doctora Blake dijo que había creído verlo dos veces. Según su relación, ella abordó a los hombres, que se comportaron de manera amistosa. Pero cuando les explicó por qué quería hablarles, se apartaron de ella».

Le pareció como si sus pulmones hubieran perdido el oxígeno.

—Se parecían a Charles…

¿Cómo podría salir de allí para encontrarlo? Pensó con rapidez. Dijo por fin:

—Mi marido y yo éramos bibliotecarios y conservadores de manuscritos antiguos y medievales. Solíamos viajar por el mundo para asistir a inauguraciones como la de esta noche. Al haberme vuelto a encontrar en ese ambiente… puede que usted tenga razón y que haya cometido un gran error.

Bajó la voz.

—Lo echo mucho de menos. Espero que usted pueda entenderlo.

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