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Authors: Marion Zimmer Bradley

Tags: #Fantasia

El rey ciervo (7 page)

Lanzarote apuntó en voz baja:

—Es joven para esto, señor. ¿No tendríais que enviar a alguien más experimentado?

Arturo negó con la cabeza.

—En verdad creo que Gareth puede hacerlo. Y no quiero que haya preferencias entre mis caballeros. Esa señora tendrá que conformarse con que uno de ellos vaya en ayuda de su pueblo. ¿Hay algún otro demandante?

—Uno más, mi señor Arturo —dijo Viviana en voz baja.

Y se levantó de entre las damas de la reina. Morgana iba a acompañarla, pero se lo impidió con un gesto. Parecía más alta de lo que era, en parte porque se mantenía muy erguida y en parte por el encantamiento de Avalón. De uno de sus costados pendía la pequeña hoz de las sacerdotisas; en su frente brillaba la marca de la Diosa: la media luna azul.

Arturo la observó un momento, asombrado. Al reconocerla le indicó por un gesto que se adelantara.

—Hacía tiempo que no honrabas a la corte con tu presencia, Dama de Avalón. Ven a sentarte a mi lado y dime cómo puedo servirte.

—Honrando a Avalón, como jurasteis —dijo Viviana, con voz grave y muy clara, que resonó en todos los rincones—. Mi rey: os pido que miréis la espada que lleváis. Pensad en los que os la pusieron en las manos y en lo que jurasteis…

En años posteriores, al discutirse lo sucedido entre los cientos de personas que estaban presentes aquel día, no habría dos que pudieran ponerse de acuerdo sobre lo que aconteció primero. Morgana vio que Balin se levantaba para arrojarse hacia delante, y una mano arrebató la gran hacha que Meleagrant había dejado apoyada en el trono. Luego hubo un forcejeo y un grito. Y oyó su alarido mientras el hacha descendía en un torbellino. Pero no vio el golpe: sólo las trenzas blancas de Viviana, súbitamente rojas de sangre, mientras la Dama se derrumbaba sin una exclamación.

El salón se llenó de voces. Lanzarote y Gawaine sujetaban a Balin, que se debatía. Morgana corrió hacia ellos, con su puñal en la mano, pero Kevin la retuvo, apretándole la muñeca con sus dedos torcidos.

—No, Morgana, no, es demasiado tarde —dijo con la voz enronquecida por los sollozos—. ¡Ceridwen, Madre Diosa! No, no la mires, Morgana…

Trató de apartarla, pero ella se mantuvo allí, como si se hubiera convertido en piedra, oyendo las obscenidades que Balin aullaba a todo pulmón.

Cay dijo abruptamente:

—¡Atended al señor Taliesin!

El anciano se había deslizado de su asiento, desvanecido. Cay se agachó para sostenerlo. Luego, murmurando una palabra de disculpa, cogió la copa del rey y vertió un poco de vino por la garganta del anciano. Kevin soltó a Morgana para acercarse torpemente a Taliesin. Ella no pudo dar un solo paso. Miraba fijamente al anciano desmayado, para no ver el horrible charco rojo en el suelo, que iba empapando túnicas, pelo y manto. En el último instante Viviana había asido su pequeña hoz y la tenía en la mano, manchada de sangre. Su cráneo estaba partido en dos y había tanta sangre, tanta… «Sangre en el trono, como la de un animal para el sacrificio, a los pies del trono de Arturo…»

Por fin el rey recuperó la voz.

—¡Qué has hecho, condenado! —dijo, ronco—. Esto es homicidio a sangre fría, ante el mismo trono de tu rey.

—¿Homicidio, decís? —gritó Balin—. Sí, era la asesina más sucia de este reino. Merecía dos veces la muerte. ¡He librado a vuestro país de una maligna y perversa hechicera, mi rey!

Arturo lo miró con más cólera que dolor.

—¡La Dama del Lago era mi amiga y mi benefactora! ¿Cómo osas hablar así de mi tía, la que me ayudó a subir al trono?

—Pongo al señor Lanzarote como testigo. ¡Que os diga si ella no causó la muerte de mi madre! Se llamaba Priscila y era una cristiana devota. Y ella la mató con brujerías. —Gesticulaba y lloraba como un niño—. Mató a mi madre, os digo, y la he vengado como corresponde a un caballero.

Lanzarote cerró los ojos, horrorizado, pero sin llorar.

—¡Mi señor Arturo! La vida de este hombre me pertenece. Permitid que vengue a mi madre aquí mismo.

—Y a la hermana de mi madre —añadió Gawaine.

—Y de la mía —se sumó Gaheris.

Morgana salió de su trance.

—¡No, Arturo! —gritó—. ¡Es mío! Ha matado a la Dama. Que una mujer de Avalón vengue la sangre de Avalón. ¡Mirad al señor Taliesin, que yace exánime! Es posible que haya matado también a nuestro abuelo.

—Hermana, hermana… —Arturo le ofreció la mano—. No, no, dame tu daga…

Morgana negó con la cabeza, con el puñal todavía en la mano. Taliesin se levantó súbitamente para quitársela con dedos temblorosos.

—No, Morgana. Basta de sangre… ya es demasiada… La suya ha sido derramada en este salón como sacrificio por Avalón.

—¡Sacrificio! ¡Sí, se la ha sacrificado a Dios, que fulminará a todos estos hechiceros y a sus malditos dioses! —gritó Balin, frenético—. Dejadme a esos también, mi señor Arturo. Purgad esta corte de toda esta estirpe de perversos magos…

Se debatía tan violentamente que Lanzarote y Gawaine apenas podían sujetarlo. Cay se acercó a prestarles ayuda para arrojarlo ante el trono.

—¡Quieto! —ordenó Lanzarote—. Te lo advierto: levanta una mano contra Taliesin o Morgana y te arrancaré la cabeza, sin importar lo que el rey diga… Sí, mi señor Arturo; estoy dispuesto a morir después a vuestras manos, si así lo queréis. —En su cara había angustia y desesperación.

—Mi señor —aulló Balin—, os lo ruego, dejadme matar a todos estos hechiceros, en el nombre del Cristo que los odia…

Lanzarote lo golpeó con fuerza en la boca; el hombre lanzó una exclamación ahogada y quedó mudo, chorreando sangre por un labio cortado.

—Con vuestra venia, mi señor. —El caballero del lago se quitó el rico manto para cubrir delicadamente el horrible cadáver de su madre.

Una vez que el cuerpo estuvo oculto, Arturo pareció respirar con más facilidad. Sólo Morgana seguía contemplando el bulto inerte. «Sangre, sangre a los pies del trono del rey. Sangre vertida sobre el hogar…» De algún modo creyó oír el grito de Cuervo.

Arturo dijo en voz baja:

—Atended a la señora Morgana, que va a desmayarse.

Morgana sintió que unas manos la ayudaban delicadamente a sentarse: alguien le acercó una copa a los labios. Iba a rechazarlo, pero le pareció oír la voz de Viviana: «Bebe. Una sacerdotisa debe conservar su fuerza y su voluntad.» Bebió, obediente, mientras oía la voz severa y solemne de Arturo.

—Balín: cualesquiera que fuesen tus razones… No, basta, ni una palabra… estás loco o eres un asesino a sangre fría. Digas lo que digas, has matado a mi tía y desenvainado el acero ante tu gran rey en el día de Pentecostés. Aun así no te haré ejecutar aquí. Envaina tu espada, Lanzarote.

El caballero del lago obedeció, diciendo:

—Haré lo que mandáis, mi señor. Pero si no castigáis este homicidio, os ruego que me permitáis abandonar la corte.

—Lo castigaré, sí —aseveró Arturo, ceñudo—. ¿Estás lo bastante cuerdo para escucharme, Balin? He aquí tu condena: te expulso para siempre de esta corte. Que se prepare el cuerpo de la Dama y sea puesto en una carroza fúnebre. Te encargo llevarlo a Glastonbury. Allí contarás tu historia al arzobispo y cumplirás la penitencia que te imponga. Has hablado de Dios y de Cristo, pero ningún rey cristiano permite que se ejecute una venganza privada ante el trono de la justicia. ¿Oyes lo que te digo, Balin, tú que fuiste caballero y uno de mis compañeros?

Balin agachó la cabeza. Tenía la nariz rota por el golpe de Lanzarote; chorreaba sangre por la boca y hablaba con dificultad.

—Os escucho, mi rey y señor. Allá iré. —Y se sentó con la cabeza baja.

Arturo hizo un gesto a los criados.

—Por favor, que alguien retire este pobre cuerpo.

Morgana se desprendió de las manos que la sostenían para arrodillarse junto a Viviana.

—Os lo imploro, mi señor: permitidme prepararla para la sepultura.

Y luchó por contener las lágrimas. Eso no era Viviana, esa cosa muerta, esa mano que todavía, como una garra encogida, aferraba la hoz de Avalón. Recogió la herramienta y, después de besarla, se la guardó en el cinturón. Sólo conservaría eso.

«Gran madre misericordiosa, sabía que no podríamos ir juntas a Avalón…»

No iba a llorar. Lanzarote murmuró a su lado:

—Menos mal que Balan no está aquí; perder a la vez a su madre y a su hermano de leche en un momento de locura… Pero si hubiera estado aquí, tal vez esto no habría sucedido. ¿Existe un Dios, existe la misericordia?

Una parte de Morgana, dolorida ante aquella angustia, quería abrazar a Lanzarote, consolarlo, permitirle llorar. Pero también sentía ira: había desafiado a su madre; ¿cómo se atrevía ahora a llorarla?

Taliesin se arrodilló junto a ellos para decirles, con su voz vieja y quebrada:

—Permitidme ayudar, hijos. Es mi derecho.

Y se hicieron a un lado mientras inclinaba la cabeza para murmurar una antigua oración de tránsito.

Arturo se puso de pie.

—Por hoy se acabó el festín. Terminad vuestra comida y retiraos en silencio.

Y bajó lentamente hacia el cadáver. En el aturdimiento del dolor, Morgana sintió que le apoyaba una mano en el hombro. Oyó que los otros invitados abandonaban sin ruido el salón, uno tras otro. Y entre el rumor se elevó el suave sonido de un arpa. Sólo había en Britania unas manos que tocaran así. Entonces cedió por fin: las lágrimas brotaron a raudales mientras Kevin tocaba la endecha por la Dama.

Y a su compás, Viviana, sacerdotisa de Avalón, fue retirada lentamente del gran salón de Camelot. Morgana, que caminaba a su lado, se volvió una sola vez para mirar atrás, la mesa redonda y la figura solitaria y encorvada de Arturo, que estaba junto al arpista. Entonces pensó, a pesar de su dolor: «Viviana nunca entregó a Arturo el mensaje de Avalón. Éste es el salón de un rey cristiano. Y ahora no habrá quien diga otra cosa. ¡Cómo se regocijaría Ginebra, si lo supiera!»

Arturo tenía las manos extendidas, quizá rezaba. Morgana le vio en las muñecas las serpientes tatuadas y pensó en el joven que había ido a ella, con la sangre del Macho rey en las manos y la cara. Por un momento creyó oír la voz burlona de la reina del pueblo de las hadas.

Un momento después sólo quedaba el angustioso lamento del arpa y los sollozos de Lanzarote, a su lado, mientras Viviana iba hacia su descanso.

HABLA MORGANA…

I
ba tras el cuerpo de Viviana, llorando por segunda vez desde que tenía memoria.

Y más tarde, aquella noche, reñí con Kevin.

Ayudada por las damas de la reina, preparé el cuerpo para el entierro. Ginebra envió lienzo, especias y terciopelo, pero no se presentó. Era mejor así: una sacerdotisa de Avalón tenía que ser amortajada por otras sacerdotisas. Cuando terminé, Kevin vino a velar el cadáver.

—He hecho que Taliesin se acostara. Ahora, como Merlín de Britania, tengo tal autoridad. Es muy anciano y frágil; fue un milagro que hoy no le fallara el corazón. Temo que no la sobreviva mucho tiempo. —y agregó—: Ahora Balín guarda silencio; tal vez sabe lo que hizo, pero fue un ataque de locura. Está listo para acompañar al cuerpo hasta Glastonbury y cumplir la penitencia que el arzobispo imponga.

Lo miré fijamente, indignada:

—¿Y eso te conforma? ¿Que ella caiga en manos de la Iglesia? Lo que hagan con el homicida no me importa, pero Viviana tiene que ir a Avalón.

Tragué saliva con dificultad, para no volver a llorar: teníamos que haber vuelto juntas. Kevin dijo, en voz baja:

—Arturo ha decretado que se la entierre en Glastonbury, delante de la iglesia, a la vista de todos.

Sacudí la cabeza, incrédula. ¿Acaso habían enloquecido todos?

—Viviana tiene que descansar en Avalón —dije—, donde se ha sepultado a todas las sacerdotisas de la Madre desde el comienzo de los tiempos. ¡Y era la Dama del Lago!

—También era la amiga y benefactora de Arturo —observo Kevin—. Quiere que su tumba se convierta en lugar de peregrinaje. —Alzó una mano para impedirme hablar—. No, Morgana, escúchame: hay razón en lo que dice. En todo el reinado de Arturo no se ha cometido ningún crimen tan grave. No puede esconder su sepultura, fuera de la vista y de la memoria. Es preciso enterrarla donde todos sepan de la justicia del rey y de la Iglesia.

—¡Y tú lo permitirás!

—No soy yo quien tiene que permitir o prohibir, queridísimo Arturo es el gran rey y en este país se hace su voluntad.

—¿Y Taliesin calla? ¿O por eso le mandaste descansar? para que no estorbe mientras cometes esta blasfemia con la connivencia del rey? ¿Vas a permitir que sepulten a Viviana con ritos cristianos, a ella, que era la Dama del Lago? Viviana me escogió para que ¡a sucediera y yo lo prohíbo. Lo prohíbo, ¿me oyes?

Kevin dijo muy quedo:

—Escúchame, querida: Viviana murió sin designar sucesora.

—Estabas presente el día que dijo que sería yo.

—Pero no estabas en Avalón cuando murió y has renunciado a ese lugar.

Sus palabras me cayeron sobre la cabeza como lluvia fría, haciéndome estremecer. Él miraba fijamente el catafalco y el cadáver cubierto.

—Viviana murió sin designar sucesora —dijo—. Por lo tanto me corresponde a mí, Merlín de Britania, decidir qué se hará. Y si Arturo lo quiere así, sólo la Dama del Lago podría oponerse a mi decisión… y con tu perdón, querida, ahora no hay en Avalón ninguna Dama del Lago. Creo que el rey tiene buenos motivos para obrar así. Viviana dedicó toda su vida a lograr el pacífico imperio de la ley en este país…

—¡Vino para reprochar a Arturo que hubiera abandonado a Avalón! —grité desesperada—. ¡Murió sin cumplir con su misión! Y ahora pretendes que descanse en suelo cristiano, bajo el tañido de esas campanas, para que triunfen sobre ella tanto en la vida como en la muerte.

—¡Morgana, pobre niña! —Kevin me abrió los brazos—. Yo también la amaba, créeme. Pero ha muerto. Fue una gran mujer y dedicó su vida a esta tierra: ¿crees que importa dónde yazga su vaina vacía? ¿Crees que se opondría a que su cuerpo descansara donde mejor pudiera servir a sus fines de justicia?

Su voz envolvente y melodiosa era tan elocuente que vacilé por un momento. Viviana ya no existía. Solamente los cristianos daban tanta importancia a descansar en suelo consagrado, como si no fuera sagrada toda la tierra, que es el pecho de la Madre. Habría querido caer en sus brazos y llorar entre ellos por la única madre que había conocido, por el final de mis esperanzas de volver con ella a Avalón, por el desastre de mi vida…

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