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Authors: Marion Zimmer Bradley

Tags: #Fantasia

El rey ciervo (4 page)

Morgause contuvo la respiración. Siempre había pensado que, si Morgana había concebido un hijo de su medio hermano, era sólo debido a la más desdichada casualidad. Al comprender el complejo plan de Viviana quedó abrumada ante su audacia: poner en el trono a un hijo de Avalón y de Arturo.

«¿Qué será del macho rey cuando el ciervo joven haya crecido?» Por un momento no supo si el pensamiento era suyo o si había surgido en su cabeza como eco de algo pensado por una u otra de las dos sacerdotisas presentes.

Gwydion, con los ojos muy abiertos, se inclinó hacia delante.

—Señora —susurró—, ¿es cierto… que soy hijo de… del gran rey?

—Sí —confirmó Viviana, apretando los labios—, aunque los curas jamás lo reconocerán. Para ellos, que un hombre engendre un hijo en la hija de su madre es el peor de todos los pecados. Se creen más santos que la Diosa, que es madre de todos nosotros. Pero así son las cosas.

Lenta y penosamente Kevin se arrodilló ante Gwydion.

—Príncipe y señor mío —dijo—, vástago de la estirpe real de Avalón e hijo del hijo del Gran Dragón: hemos venido para llevaros a Avalón, donde podréis prepararos para vuestro destino. Por la mañana debéis estar listo para partir.

2

«P
or la mañana debéis estar listo para partir…»

«Era como el terror de un sueño que hablaran así, abiertamente, de lo que yo había mantenido en secreto tantos años. Habría podido ir a la muerte sin decir a nadie que había tenido un hijo de mi hermano. Pero Morgause me había arrancado el secreto y Viviana lo sabía. Según un antiguo dicho; tres pueden guardar un secreto, siempre que dos estén en la tumba.

»Pero el sueño empezaba a disiparse y a ondular, como si lo viera bajo el agua. Me esforcé por retenerlo, por escuchar, pero Arturo estaba allí, con una espada en la mano, y avanzaba contra Gwydion, y el niño desenvainaba la
Escalibur
…»

Morgana se incorporó bruscamente en su cuarto de Camelot, aferrada a la manta. Era un sueño, sólo un sueño. «Ni siquiera sé quién se sienta en Avalón junto a Viviana; sin duda es Cuervo, no esa rubia tan parecida a mi madre que he visto en mis sueños, una y otra vez. No recuerdo haber visto a nadie como ella en la Casa de las doncellas.»

—Mirad —anunció Elaine desde la ventana—. Ya llegan algunos jinetes. ¡Y aún faltan tres días para el gran festín de Arturo!

Las otras se apiñaron a su alrededor para contemplar el prado, donde ya se veían tiendas y pabellones. Elaine dijo:

—Ahí está el estandarte de mi padre. Viene acompañado por Lamorak, mi hermano, que ya tiene edad de ser caballero del rey. Combatió en Monte Badon, aunque era muy joven…

—Entonces no dudo que Arturo hará de él uno de sus caballeros, aunque sólo sea para complacer a Pelinor —dijo Morgana—. Tienes que ayudar a la reina a vestirse. Y yo también tengo que darme prisa. Con un gran festín dentro de tres días, tengo mucho que hacer.

Y en verdad se alegraba de estar muy ocupada; eso la distraía de su terrorífico sueño. Últimamente, cada vez que soñaba con Avalón, expulsaba el recuerdo con desesperación. Ignoraba que Kevin hubiera ido a Lothian. «Y tampoco lo sé ahora —se dijo—. Es sólo un sueño.» Pero aquel mismo día, al encontrarse con el anciano Taliesin en el patio, le dijo tímidamente:

—Padre… Kevin, Merlín, ¿vendrá para Pentecostés?

—Vaya, no lo sé, hija mía —respondió con una bondadosa sonrisa—. Ha ido a Lothian. Pero sé que te ama y que volverá en cuanto pueda.

—¿Acaso se rumorea en la corte que el arpista viene y va a mi antojo? Eso no es cierto —dijo irritada.

Taliesin volvió a sonreír.

—Nunca te avergüences de amar, querida. Y para Kevin ha sido muy importante que una mujer tan buena y bella como tú…

—¿Te burlas de mí, abuelo?

—¿Cómo, pequeña? Eres mi nieta y te tengo por la más bella y dotada entre las mujeres. En cuanto a Kevin, el sol sale y se pone donde tú estés, como sabe toda la corte. Al Merlín de Britania no le está prohibido casarse; el día en que pida tu mano, no creo que Arturo o yo se la neguemos.

Morgana bajó la vista al suelo, pensando: «Ah, si pudiera amarlo como él a mí… Lo aprecio, le tengo afecto y hasta me da placer compartir su lecho, pero…»

—No tengo deseos de casarme, abuelo.

—Bueno, debes hacer tu voluntad, hija —replicó Taliesin delicadamente—. Eres señora y sacerdotisa. Pero ya no eres tan joven y, puesto que has renunciado a Avalón, no me gustaría verte malgastar la vida sirviendo a Ginebra.

Morgana marchó hacia la cervecería, sumida en profundas reflexiones. «¿Por qué estoy condenada a sentir esto por Lanzarote?», se preguntaba mientras preparaba agua de rosas y confituras perfumadas. Cuando Kevin estaba en la corte, al menos no tenía motivos para desear inútilmente a su primo. Y resolvió que, cuando regresara, le daría la mejor bienvenida.

«Podría correr peor suerte que casarme con él. Si he perdido Avalón, tengo que pensarlo. Y realmente estaba en Lothian. Temía que la videncia me hubiera abandonado.»

La víspera de Pentecostés Kevin regresó a Camelot. Durante todo el día no dejó de llegar gente: era el mayor festival de cuantos se celebraban en la zona. Morgana recibió al arpista con un beso y un abrazo que le encendieron los ojos: luego lo condujo una alcoba para huéspedes, le quitó el manto y el calzado d viaje y le llevó cintas para adornar el arpa.

—Te eché de menos, amor —dijo Kevin, apoyando un instante la cabeza en su pecho.

—Y yo a ti, querido. Te lo demostraré esta noche, cuando todos estén descansando. ¿Por qué crees que te he asignado un cuarto para ti solo, cuando hasta los mejores caballeros de Arturo tienen que alojarse en grupos de cuatro y, en algunos casos compartir con otro la cama?

—Serás bien recibida, y si mi señora se pone celosa, la pondré de cara a la pared. —Por un momento la estrechó con toda la fuerza de sus brazos fibrosos—. Supongo que te gustará saberlo: he llevado a tu hijo a Avalón. Es un niño bien desarrollado e inteligente, y tiene algo de tu don para la música. Y el de la videncia. En Avalón se educará como druida.

—¿Y después?

—Y después… Ah, querida —dijo Kevin—, todo será como deba ser. Pero no dudo que será bardo y sabio. —Le tocó ligeramente el hombro—. Tiene tus ojos.

Habría querido preguntarle más, pero cambió de tema.

—El festín se celebrará mañana, pero esta noche Arturo ha invitado a cenar a sus mejores amigos y caballeros. Mañana se dará una fiesta familiar en honor de Gareth, que va a ser armado caballero.

—Es un buen hombre —dijo Kevin—. La reina Morgause no me gusta mucho, pero sus hijos son buenos caballeros y grandes amigos de Arturo.

Aun siendo una cena familiar, en la víspera de Pentecostés fueron muchos los que se sentaron a la mesa de Arturo. Gawaine permaneció de pie tras la silla del rey. Arturo protestó:

—Siéntate con nosotros, Gawaine. Eres rey por derecho propio. ¡No me gusta que estés de pie como un criado!

Su primo respondió reciamente:

—Es un orgullo servir a mi rey y señor.

Arturo bajó la cabeza, riendo.

—No puedo negar nada a mis caballeros.

Más tarde pidió silencio con un gesto y llamó al joven Gareth.

—Esta noche velarás tus armas en la iglesia —dijo—. Por la mañana, antes de misa, el caballero que escojas hará de ti uno de mis compañeros. Pese a tu juventud me has servido honorablemente. Si lo deseas, yo mismo te armaré caballero, pero Aprenderé que prefirieras a tu hermano.

Gareth vestía una túnica blanca; su pelo era como un halo dorado que se rizaba en torno a la cara. Parecía un niño de gran estatura y hombros de toro. Le cubría las mejillas un vello rubio, demasiado fino para ser afeitado. La impaciencia le hizo tartamudear un poco:

—Os lo ruego, señor… No quiero ofenderos, ni tampoco a mi hermano, pero si fuera posible… ¿podría ser armado por Lanzarote, mi rey y señor?

Arturo sonrió.

—Bueno, si acepta no tengo objeción.

Morgana recordó al pequeño que hablaba del caballero del lago con un palo de madera pintada. ¿Cuántas personas llegaban a hacer realidad sus sueños infantiles?

—Será un honor, primo —dijo Lanzarote, gravemente. Y se volvió hacia Gawaine con puntillosa cortesía—. Pero sois vos quien debe autorizarme, primo, puesto que representáis al padre de este muchacho.

Gareth se mordió el labio; sólo ahora comprendía que tal vez había ofendido a su hermano y al rey. ¡Qué niño era, pese a su fuerza y su habilidad!

Gawaine dijo con un gruñido:

—¿Quién querría ser armado caballero por mí, pudiendo hacerlo el gran Lanzarote?

Éste los abrazó a ambos con exuberancia.

—Ambos me honráis. —Luego soltó a Gareth—. Bien, muchacho, a tus armas. Después de medianoche iré a velar contigo.

Gawaine siguió a su hermano con la vista. Luego dijo:

—Todos los muchachos de esta corte te adoran como a un héroe. Es una pena que no te inclines por la práctica del amor que estuvo de moda entre los antiguos griegos.

Lanzarote enrojeció.

—Eres mi primo, Gawaine. No toleraría oír algo así de ningún otro, ni siquiera en broma.

Gawaine lanzó una carcajada.

—Broma, sí, ¡para quien se profesa devoto sólo de nuestra castísima reina!

—¡No te atrevas! —Lanzarote le aferró el brazo con fuerza suficiente para romperle la muñeca y se lo dobló hacia atrás, bramando de ira como un lobo furioso.

Cay se interpuso entre los dos con torpeza.

—¡Nada de peleas en el salón del rey!

Morgana se apresuró a decir:

—Caramba, Gawaine, ¿qué diríais de los curas, que se confiesan devotos de la Virgen María? ¿Les atribuiríais una escandalosa devoción carnal hacia el Cristo?

Ginebra lanzó una exclamación de espanto:

—¡Morgana! ¡Qué broma tan blasfema!

Lanzarote soltó el brazo de su primo. Mientras éste se frotaba el cardenal, Arturo se volvió hacia ellos, ceñudo.

—Sois como niños, primos. ¿Queréis que os haga azotar por Cay en las cocinas?

Gawaine volvió a reír, diciendo:

—Bromeaba, Lanzarote. Con tantas mujeres persiguiéndote no puede haber en esto una pizca de verdad.

Lanzarote se encogió de hombros con una sonrisa, como un ave con el plumaje encrespado, y todo quedó entre risas de camaradas. Pero más tarde, Morgana, que cruzaba el patio, vio que Lanzarote aún se paseaba, atribulado y nervioso.

—¿Qué pasa, primo? ¿Qué os aqueja?

Lanzarote suspiró:

—Me gustaría poder abandonar esta corte.

—Pero mi señora no os dejará partir.

—No hablaré de la reina ni siquiera con vos, Morgana —dijo rígidamente.

A ella le tocó entonces suspirar.

—No soy la guardiana de vuestra conciencia, Lanzarote. Si Arturo no os regaña, ¿quién soy yo para pronunciar una palabra de reproche?

—¡No lo comprendéis! —protestó él, fieramente—. La entregaron a Arturo como si fuera una mercancía, pero es demasiado leal para murmurar.

—No he dicho nada contra ella —le recordó Morgana—. Las acusaciones que oyes no vienen de mis labios, sino de ti.

«Podría hacer que me deseara», pensó; pero la idea era como una bocanada de polvo. Una vez jugó con aquello, pero bajo el deseo Lanzarote la había temido tal como temía a Viviana. Él se las compuso para mirarla a los ojos.

—Me arrojasteis una maldición. Y estoy maldito, creedme.

De pronto desaparecieron el antiguo enfado y el desprecio. Era como era, y Morgana le cogió las manos.

—No os preocupéis por aquello, primo. Fue hace muchos años. No creo que los dioses escucharan las palabras de una muchacha furiosa que se creyó desdeñada.

Lanzarote aspiró profundamente y volvió a pasearse. Por fin dijo:

—Esta noche podría haber matado a Gawaine. Me alegra que nos hayáis detenido, aunque fuera con una broma blasfema. Es que… he tenido que habérmelas con esto toda mi vida. En la corte de Ban era más apuesto que el mismo Gareth, y en la baja Britania un niño así tiene que andarse con más cuidado que una doncella. Pero los hombres creen que es sólo un chiste vulgar para fastidiar a los demás. Hubo un tiempo en que llegué a creerlo…

Se hizo un largo silencio mientras contemplaba, ceñudo, las losas del patio.

—Y por eso me lancé a experimentar con mujeres, hasta contigo, que eras mi prima y estabas consagrada a la Diosa. Pero eran pocas las que podían excitarme, ni siquiera un poco, hasta que me encontré… con ella. —Morgana se alegró de que no pronunciara el nombre de Ginebra—. Desde ese momento no ha existido otra. Con ella me siento hombre.

—Pero es la esposa de Arturo…

—¡Maldita sea! —Lanzarote golpeó el muro con una mano—. ¿Crees que eso no me atormenta? Somos amigos; si Ginebra estuviera casada con cualquier otro ya me la habría llevado a mi casa. —Tragó saliva con mucha dificultad—. No sé qué será de nosotros. Y Arturo necesita un heredero para su reino. El destino de Britania es más importante que nuestro amor. Los amo a ambos… ¡y estoy atormentado, Morgana, atormentado!

Por un momento Morgana creyó ver un asomo de locura en sus ojos. En adelante se preguntaría siempre: «¿Hubo algo, cualquier cosa, que pudiera haber dicho o hecho aquella noche?»

—Mañana —dijo Lanzarote—, suplicaré a Arturo que me asigne algún cometido difícil, no me importa cuál. Lo que sea, Morgana, con tal de alejarme de aquí. Esta noche podría haber matado a Gawaine, aunque tan sólo bromeaba. Se moriría de horror si supiera… —Apartó la vista. Por fin lo dijo en un susurro—: Puede que lo que dijo sea verdad. Tendría que llevarme a Ginebra lejos de aquí, antes de que se comente en todas las cortes del mundo que amo a la esposa de mi rey. Y no obstante… es de Arturo de quien no puedo separarme. No sé si la amo sólo Porque de ese modo me acerco a él.

Morgana alzó una mano para interrumpirlo. Había cosas Que no soportaba saber. Pero Lanzarote no se percató.

—No. no. Tengo que decírselo a alguien antes de que esto me mate. ¿Sabes cómo llegué a yacer con la reina?. La amaba desde hacía tiempo, desde la primera vez que la vi en Avalón pero creía poder vivir y morir con esa pasión insatisfecha. Arturo era mi amigo y no iba a traicionarlo. Y ella… ¡no vayas a pensar que me sedujo! Pero… pero fue voluntad de Arturo. Sucedió en Beltane…

Entonces se lo contó. Morgana escuchaba petrificada, pensando tan sólo: «Conque así obró el hechizo. ¡Ojalá hubiera enfermado de lepra antes de dárselo!»

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