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Authors: Morgan Llywelyn

Tags: #novela histórica

El Druida (6 page)

—Pero Menua acaba de decirme que voy a compartir su alojamiento, de modo que estás equivocado —dijo arrastrando las palabras—. Te equivocas con frecuencia, ¿verdad? —añadió en un tono insultante.

Menua podía acusarme de mis errores, y a menudo lo hacía, pero ningún forastero de otra tribu podía pasearse por mi lugar natal e insultarme. Le pegué, naturalmente. Soy celta.

Él me pegó a su vez, claro. También era celta.

Enseguida rodamos por el suelo, gruñendo, soltando juramentos y dándonos puñetazos. Me hundió un puño bajo las costillas que me dejó sin aliento, pero no sin que antes lograra golpearle directamente en uno de los ojos soñolientos y encapuchados por la espesa ceja. Vería el arco iris antes de que el sol se pusiera.

Alguien nos separó con brusquedad. Alcé la vista y vi que Menua me miraba furibundo y, más allá, un divertido círculo de espectadores.

—Me avergüenzas, Ainvar —dijo el jefe druida.

* * * * * *

Vercingetórix y yo nos pusimos en pie. Él tuvo el descaro de intentar echarme una mano para sacudirme el polvo, pero le aparté de un empujón.

Menua me miraba con acritud.

—El hecho de que nos haya sido confiado un príncipe arvernio para su ceremonia de la virilidad es un gran honor, Ainvar, pero tú le has recibido a puñetazos. Es un comienzo muy malo, y no olvides que el primer paso define el viaje. Apenas los arvernios nos reconocen como los druidas superiores en la Galia cuando pones en evidencia a nuestra tribu entera con tu comportamiento.

—No toda la culpa es suya —dijo entonces Vercingetórix— ni todo el crédito tuyo. Me han enviado aquí porque nuestro jefe druida es muy viejo y el largo invierno le ha debilitado. A mi modo de ver, vosotros erais simplemente la mejor opción secundaria. Y este chico y yo nos hemos peleado porque le provoqué a propósito. Quería saber qué clase de hombre es.

Sentí deseos de estrangular a Vercingetórix. ¡Cómo se atrevía a defenderme... e insultar a Menua! Esperé a que el jefe druida le fulminara allí mismo. Pero Menua no movió ni una pestaña. Dando a entender con su tono que no concedía importancia a las opiniones de los niños, le dijo:

—Al igual que tú, joven Vercingetórix, hasta que Ainvar pase por el ritual de la virilidad no es un hombre en absoluto.

El arvernio le miró con los ojos velados.

—Oh, creo que lo es —dijo en voz baja—. Creo que este Ainvar es un hombre.

Y sin decir nada más dio media vuelta y se alejó.

Miré a Menua, perplejo, y vi que se estaba riendo con los otros.

—Dos lobeznos en un saco —dijo Grannus.

—Dentro de una luna recogeré lo que haya sobrevivido de cualquiera de ellos —añadió Gobannitio.

Todo el mundo parecía considerar aquello muy divertido, pero yo no me reía. Miraba al alto muchacho de cabello dorado que deambulaba alrededor de los muros del fuerte como si evaluase la resistencia de la empalizada.

Así conocí al audaz guerrero, irresistible e implacable, cuya estrella un día seguiríamos allá donde ninguno de nosotros había pensado ir jamás. Vercingetórix.

En aquel momento el cuervo de Menua graznó desde el tejado, un augurio que ya había aprendido a interpretar. La voz del cuervo por encima de la cama significaba que un huésped era bien recibido. Yo no podía discutirlo.

Menua me había enseñado: «Si el cuervo dice "¡Bach, bach!", el visitante es un druida de otra tribu. Si dice "¡Gradh!", es uno de nuestros propios druidas. Para advertir que se aproximan guerreros, el cuervo dice "¡Grog!". Si grazna desde el nordeste, hay ladrones cerca; si lo hace desde la puerta, podemos esperar forasteros. Si gorjea con un hilo de voz y dice "Err, err", es muy posible que alguno de los alojados aquí enferme».

En cuanto a Vercingetórix, el cuervo graznó desde encima del orificio para el humo, y aquella misma noche el arvernio extendió su camastro tan cerca del fuego que me impidió por completo recibir calor.

CAPÍTULO IV

Vercingetórix y yo pudimos instruirnos juntos para la ceremonia de la virilidad. Los jóvenes candidatos se dividían en grupos de tres, un número poderoso, y cada grupo era sometido a prueba como una unidad para reforzar el sentido de hermandad tribal. El arvernio no pertenecía a nuestra tribu, pero Menua lo destinó arbitrariamente a mi grupo, junto con Crom Daral, que sería nuestro tercero.

La elección de Crom me sorprendió. Retornaron los recuerdos de nuestra amistad y me alegré cuando Menua dijo que podía hablarse de ese arreglo. Le encontré solo, lanzando venablos a un blanco de paja, pero a pesar de que creía comunicarle una buena noticia y del afectuoso golpe que le di en el hombro, él se mostró frío conmigo, serio y adusto.

—¿Pediste que fuese tu tercero? —quiso saber.

Antes de que mi cabeza reconociera la esperanza oculta en su voz, mi boca dijo la verdad.

—No, ha sido decisión de Menua. Quiere que formemos un grupo con el arvernio.

—Ah.

Crom se volvió a medias. Observé que el legado de su madre, los hombros encorvados, se había intensificado y ahora era casi una deformidad, pues uno estaba mucho más alto que el otro. Pobre Crom. Si Vercingetórix era oro y yo bronce, Crom Daral sería entre nosotros un metal más oscuro y de baja ley. ¿Con qué objetivo formaba parte del grupo? Sólo los druidas lo sabían.

—¿Te gusta el arvernio? —me preguntó de improviso.

—Aún no lo sé. Creo que no.

—¿Te gusta más de lo que te gustaba yo?

Había olvidado lo exasperante que podía ser Crom.

—¡Todavía me gustas! —exclamé.

—No, eso no es cierto —replicó, haciendo un mohín adusto.

—Como quieras, entonces. Pero no lo sabes todo.

—Ni tú tampoco. ¡Ni tus preciosos druidas!

Regresé malhumorado al alojamiento y me encontré con Vercingetórix que salía. Cautelosos como dos sabuesos que se encuentran en una puerta estrecha, erizados y husmeando el aire, nos rodeamos el uno al otro. Luego él siguió su camino y yo el mío.

Aquella noche, en la cama, pensé en Crom Daral. Con la insensibilidad y el egoísmo de los niños, no me había dado cuenta de la profundidad de su dolor al percibir mi alejamiento, pero era evidente que estaba dolido, y le conocía lo bastante bien para saber que alimentaría su agravio indefinidamente. Había perdido un amigo.

Demasiado tarde comprendí que había perdido más de lo que podía permitirme. La muerte de Rosmerta ya me había privado del afecto que me apoyó durante mi infancia. No lo había apreciado hasta que desapareció. Menua se ocupaba de proporcionarme lo que necesitaba, pero no era el sustituto de una abuela ni de un amigo.

Yací hecho un ovillo en la oscuridad, esforzándome por mantener a raya el sentimiento de lástima hacia mí mismo.

Durante tres días, Vercingetórix y yo nos reunimos a diario con varios miembros de la Orden de los Sabios, como lo hacían otros candidatos al ritual de la virilidad. Interpretaban los augurios, nos examinaban los dientes y el cuerpo en busca de signos de debilidad y ponían a prueba nuestras mentes con acertijos.

Al atardecer del tercer día Grannus nos dijo que nos preparásemos para la purificación.

Los candidatos para aquella ceremonia de la virilidad procedían del fuerte y la región que lo rodeaba hasta la distancia que podía recorrerse en un día. Los jóvenes que vivían más lejos asistían a los rituales que llevaban a cabo los druidas de su localidad. Éramos un buen número, y los miembros de la Orden se turnaban para supervisarnos mientras nos bañaban, purgaban, bañaban de nuevo, nos daban a beber agua del manantial, nos hacían sudar en un aposento especial y luego nos restregaban con aceite de anís y hojas de laurel machacadas y nos fustigaban con ramitas de sauce.

Durante todo el día Vercingetórix estuvo de muy buen humor. Hizo caso omiso del terco silencio de Crom Daral y trató a mi primo como si los dos fuesen buenos amigos. No se mostró menos amistoso conmigo, y descubrí que, cuando quería, el arvernio sabía hacer gala de un gran encanto. Pero cuando una de sus bromas hizo que me desternillara de risa, vi una expresión de dolor e ira en el rostro de Crom Daral. Me llevé la mano a la boca, pero entonces lo pensé mejor y seguí riendo.

La actitud de Crom Daral empezaba a irritarme.

Una vez limpios por dentro y por fuera, se nos ordenó que pasáramos una noche en vela, desnudos, bajo las estrellas.

Tomamos posiciones alrededor de la muralla. Todos estábamos decididos a aguantar heroicamente, totalmente despiertos e impermeables al frío del aire nocturno. Yo estaba apostado entre Crom y Vercingetórix. Este último aguantó desde la puesta del sol al amanecer, sin mover apenas los pies del lugar que ocupaba. Cada vez que le miraba me sonreía y sus dientes brillaban en la oscuridad.

Crom, en cambio, tenía dificultades. Temblaba sin poder contenerse, estornudaba, bostezaba. Una o dos veces se tambaleó y temí que se cayera, pero en el último momento salió de un amodorramiento con un sobresalto. Cuando amaneció tenía los ojos enrojecidos y parecía extenuado.

Vercingetórix se las había arreglado para parecer tan fresco como si hubiera pasado la noche en cama, aunque observé que incluso él tenía la piel de gallina.

—Hoy es nuestro día —dijo alegremente—. Vamos a convertirnos en hombres. —Entrecerró los ojos—. Ainvar, ¿te has preguntado alguna vez cómo es la ceremonia femenina de entrada en la edad adulta?

Me encogí de hombros, fingiendo que esas cosas no me interesaban.

—Diferente, eso es todo lo que sé. El ritual de cada niña se realiza individualmente, cuando tiene la primera hemorragia.

Me prometí en silencio que algún día lo sabría todo al respecto. Los druidas lo sabían.

Los druidas rodearon el fuerte para recogernos. Aún estábamos desnudos y éramos adolescentes con frío y bostezantes que intentaban parecer viriles. Bajo aquel frío, los genitales encogidos de Vercingetórix no eran más grandes que los míos. En cuanto a Crom Daral, a pesar de su hombro torcido, o quizá para compensarlo, estaba equipado de manera más impresionante que cualquiera de nosotros. Sin embargo, cuando acompañábamos a los druidas al bosque, noté el olor de su miedo.

El miedo huele como esa podredumbre verde que devora el bronce.

Subimos por la estribación hacia el bosque mientras el sol ascendía en el cielo. No nos llevaban al mismo bosque, pues la ceremonia tenía lugar en un claro al otro lado del cerro. Los árboles contemplaron nuestra aproximación, su oscuridad arbórea se extendía hacia nosotros y nos oprimía el peso húmedo de su sombra.

Los druidas encapuchados y los muchachos ateridos se detuvieron. Grannus nos llamó a cada uno por nuestro nombre y luego nos presentó, formalmente, a Menua, que dirigía la ceremonia.

El jefe druida nos hizo avanzar en grupos de tres. Cuando llegó nuestro turno, Vercingetórix y yo nos adelantamos sin vacilación, nuestros pasos perfectamente armonizados. Crom Daral estaba a medio paso detrás de nosotros.

Menua tendió la mano y Grannus depositó en la palma abierta un dardo de hueso pulido, delgado y afilado.

—Los hombres deben saber que pueden soportar el dolor —dijo Menua.

Yo había esperado algo parecido, pero no al principio del ritual. Aunque fue peor de lo que había previsto, apreté los dientes y aguanté. Cuando la aguja de hueso atravesó la piel del pecho de Crom, por detrás del pezón, y salió de nuevo, le oí emitir un grito apagado. Menua había apretado la piel para evitar que el dardo perforase la cavidad pectoral, pero el procedimiento era muy doloroso en una zona tan sensible.

Vercingetórix no se inmutó. Una sonrisa alzó las comisuras de sus labios, donde el bigote de guerrero empezaba a despuntar.

—A lo mejor ahora nos pedirán que demostremos nuestra pericia con una mujer —me susurró entre dientes.

Se equivocaba. A continuación nos dieron una piedra a cada uno y nos pidieron que pusiéramos un pie descalzo en ella mientras nos vertían agua sobre los brazos extendidos.

—La piedra no cede —dijo Menua—. Hay ocasiones en las que un hombre debe ser como la piedra. Incorporad en vosotros el espíritu de la piedra. El agua no ofrece resistencia. Hay otras ocasiones en las que un hombre debe ser como el agua. Incorporad en vosotros el espíritu del agua.

Cerré los ojos, obediente, e intenté sentirme como una piedra, como el agua. En algún punto entre una y otra, me encontré con una línea cambiante que me hizo sentir mal. Sorprendido, abrí los ojos.

—¿Y qué hay de las mujeres? —musitó Vercingetórix.

Menua le oyó.

El jefe druida se volvió hacia el arvernio. Acercó el rostro al del muchacho y rugió:

—¡Tienes una idea confusa de la virilidad! Dime, niño de nombre presuntuoso..., si tu pueblo fuese atacado, ¿lo defenderías poniéndote encima de una mujer?

Varios de los muchachos que observaban se rieron con disimulo.

Vercingetórix dio un paso atrás para distanciarse un poco de Menua.

—Claro que no. Cogería un escudo y atacaría a los atacantes con espada y lanza.

—¿De veras? —En un abrir y cerrar de ojos la actitud de Menua cambió por completo. Pasó de furioso a cortés y se transformó en una persona amable que deseaba información—. ¿Lo harías de veras? ¿Y eso les impresionaría?

Esta transformación cogió desprevenido a Vercingetórix. Como yo mismo había experimentado los desconcertantes cambios de actitud del jefe druida, casi me daba lástima. Intentó parecer tan calmado como Menua, pero había un leve tartamudeo en su voz cuando replicó:

—Soy excelente con la espada y la lanza.

—¿Ah, sí? Eso está muy bien. —Menua alzó las hirsutas cejas. Como yo lo estaba esperando, vi que cambiaba de nuevo. Con un súbito sarcasmo arrollador, gruñó—: Y si no tuvieras armas,
Rey del mundo
, ¿cómo impresionarías a tus enemigos? ¿Cómo asustarías a alguien con las manos vacías y la boca llena de aire?

Se dio media vuelta, como si Vercingetórix ya no fuese digno de interés. El arvernio había enrojecido por debajo de sus pecas. Dudé que nadie hubiese hablado al hijo de Celtillus de semejante manera en su vida. Me pregunté si Menua se había creado un enemigo.

La ceremonia de la virilidad prosiguió como si no hubiera habido ninguna interrupción.

Nos pusieron a prueba durante toda una jornada fatigosa. Yo intentaba superar la somnolencia y no rascarme la piel allí donde las costras de la sangre seca me producían comezón.

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