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Authors: Kevin Hearne

Tags: #Infantil y juvenil, #Fantástico

Acorralado (27 page)

—Eso puede llevarte años —le advertí—. Yo tardé tres en llegar a ese punto, y soy un tipo afable. Nunca debes dar la sensación de impaciencia.

—¿Dónde conseguías tú las criaturas feéricas para alimentar al elemental?

—Aenghus Óg no dejaba de enviármelas.

—¡Ja! —soltó Morrigan—. Así que, en cierta manera, fue él mismo quien te ayudó a que crearas la defensa que te permitió alzarte contra él.

Cuando Morrigan se marchó, por fin pude aliviar mi vejiga, y después me di cuenta de que sólo se me había hecho un poco tarde para ir con Granuaile al trabajo. El móvil seguía en lo alto del tejado de la tienda, así que la llamé desde el teléfono de la cocina para que fuera a buscarme. Después, cogí los palos del garaje para llevar a cabo la adivinación que tendría que haber hecho mucho tiempo antes.

Mis palos son veinte varas con un signo Ogham tallado en un extremo. Cada uno representa una letra diferente del alfabeto Ogham y éstas, a su vez, están asociadas a los árboles de Irlanda y a varios significados proféticos.

Saqué los palos al jardín trasero y puse la mente en blanco. Me concentré en mis amigos y en su seguridad y después, sin mirar, saqué cinco palos de la bolsa y los lancé al aire con delicadeza, para que cayeran delante de mí. La forma en que cayeran, y cómo lo interpretara yo, me daría una idea del futuro, con un poco de suerte.

Vi el sauce, el aliso, el espino, el endrino y el tejo. Ver este último me desalentó: anunciaba la muerte. Por suerte, no se cruzaba claramente con el aliso ni el sauce —que decidí interpretar como amigo y amiga—, aunque amenazaba a los dos descansando en el medio, como una posibilidad muy fuerte, un resultado probable. El espino y el endrino, la custodia y el peligro mágicos. Mis amigos necesitaban protección mágica: las
Hexen
alemanas no tardarían en atacar, tal vez lo hicieran de un momento a otro.

—¡Fuera, Fortuna! ¡Vete, ramera! —exclamé, con la fuerza de Charlton Heston.

¿Qué es «ramera»?
, preguntó
Oberón
.

Es una palabra que utiliza Shakespeare en vez de «puta».

¡Qué palabra más guay! Rima con «cadera». Y con «jodiera». ¿Por qué los Black Eyes Peas no la utilizarán? ¿Los raperos no están siempre buscando rimas nuevas? Deberían atacar a la antigua, con el bardo.

Resoplé.

La verdad es que sí.

¿A quién llamas ramera?

A la Fortuna. Es una cita de
Hamlet
. La idea es que la Fortuna es inconstante y desleal, como una puta. El personaje que lo dice continúa así: «Vosotros, dioses, reunidos todos en un sínodo general, arrebatadle su poder», porque no le gusta lo que la Fortuna tiene reservado para él. Bueno, yo no soy un dios, ni estoy reunido en sínodo general con nadie, pero quizá tenga una forma de arrebatarle a la Fortuna el poder de hacerte daño.

Tenía tres amuletos de hierro frío que podía utilizar como talismanes, tres personas a las que podía proteger.

Ven aquí,
Oberón
. Déjame ver tu collar.

Oh, no, ¿más etiquetas?

Esta vez no. Es un talismán mágico especial para protegerte de la Autoridad.

¡Guay! ¡Gracias, Atticus!

Tienes que quedarte quieto un par de minutos mientras lo activo. Tenemos que asegurarnos de que la Autoridad no pueda traspasar toda la magia y hacerte puré, ¿sabes?

¡Mola! ¡Mola mucho! Haré como si fuera uno de esos gatos esfinge tan raros.

Perfecto.

Los talismanes protectores son muy fáciles de hacer a partir de la mayoría de objetos, pero su potencia varía según el material que se utilice y la habilidad de la persona que lo crea. El hierro frío da de forma natural la protección más alta, pero sus propiedades antimágicas también conllevan que sea increíblemente difícil doblegarlo para los propios fines, a no ser que hayas observado cómo lo hacen los elementales de hierro. Como en los conjuros, tienes que ser muy concreto respecto a contra qué quieres que proteja el talismán. No se puede decir sin más «protégeme de todo», porque los términos absolutos no sólo son difíciles de aplicar, sino que también resulta peligroso llevarlos a la práctica. El hierro frío casi es un absoluto en sí mismo, pero preparé el talismán de
Oberón
para que neutralizara la magia de los Fae, los maleficios demoníacos y otras artimañas propias de la Europa del pasado que tal vez utilizaran las
Hexen
, además de los hechizos cabalísticos. Quedaría desprotegido en parte ante la magia obeah, el vudú y la Wicca; así como ante cualquier ataque de las tradiciones indias y asiáticas y las prácticas chamánicas, pero tenía que decantarme por algo.

Cuando terminamos, Granuaile ya estaba llamando a la puerta. Después de que me confirmara que había cogido algunos bates y pelotas de béisbol para afianzar mi coartada de la Masacre del Satyrn, repetí los mismos pasos con ella.

—Vaya,
sensei
, no tenías que haberte molestado —me dijo, cuando le entregué el amuleto.

Ella llevaba una cadena de oro y cuando se colgó el amuleto, se veía un poco basto. Tenía un par de pecas junto a la clavícula y tomé la decisión de no mirar más abajo.

—Espero que no estropee mucho tu estilismo, pero a partir de ahora deberías llevarlo siempre. Si no te lo pones, no te servirá de nada. Más adelante lo uniré a tu aura como hice con el mío, pero hasta entonces para ti no será más que un talismán. Ahora voy a activarlo. ¿Quieres verlo?

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero a que activaré mi descodificador feérico para que la magia sea visible y después uniré tu sentido de la vista al mío, para que puedas ver lo que yo veo.

—¿Vas a dejarme mirar mientras haces esas mierdas tan guays de druidas?

—Eso es. Pero no deberías olvidar nunca que tienes que hablar de esas cosas con admiración y respeto.

No vaciló ni un segundo.

—¿Quieres decir que vas a iniciarme en los misterios sagrados del druidismo?

—Así está mucho mejor.

Activé mi descodificador feérico, encontré los hilos de la conciencia de Granuaile y los até a los míos. Dio un grito ahogado cuando el nudo estuvo listo y su perspectiva se separó de su propia cabeza.

—¡Guau! —Abrió los brazos para recuperar el equilibrio—. Mi primera experiencia extracorporal.

—No te muevas, porque es fácil que te caigas. Cierra los ojos.

—Vale, vale. Así está mejor. Oye, ¿dónde está la magia? Has dicho que habría magia.

—Paciencia. Todavía no he empezado. Pero mira aquí.

Levanté la mano derecha con el dorso hacia mí hasta tenerla en mi campo de visión y observé el poder que brillaba con una luz blanca a través del lazo de mis tatuajes. En el espectro visible, mis tatuajes no hacían nada, pero, cuando miraba la verdad de las cosas, la fuerza de la tierra los iluminaba desde abajo como si fueran un cartel de neón. Se convertían en algo parecido a esas rayas que llevan los coches de carreras, de color añil con un halo blanco vivo.

—¡Hala! ¡Estás iluminado como Las Vegas! ¿Cómo es posible que los tatuajes brillen por debajo? No importa, explícame qué son todos esos hilos y nudos… Espera. No. ¿Qué coño son todos esos nudos que me salen de la cabeza? Son muy intrincados.

—Lo que estás viendo es el amarre de tu vista a la mía.

—¡Qué fuerte! ¿Puedes ver los hechizos? ¿Están flotando por el aire como si fueran diseños celtas?

Me reí un poco.

—Es que la mayor parte de diseños celtas son hechizos, o al menos lo fueron en algún momento. Ahí están las uniones entre todos los seres vivos para que los druidas las contemplemos y las manipulemos como decidamos. Existen tantos amarres que la capacidad de elegir qué ver y concentrarse en eso será tu habilidad más preciada.

—¿En serio? Ahora mismo no tengo problemas para concentrarme.

—Porque estás utilizando mis ojos —le recordé.

—Ah, claro. Me merezco unas orejas de burro. Entonces, ¿todos los hechizos tienen este aspecto?

—No, sólo los druídicos. Algunos hechizos no puedo verlos muy bien o ni siquiera identificarlos, pero siempre puedes saber que algo va mal cuando algunas partes de la gente están separadas del mundo, cuando sus vínculos están cubiertos o modificados de alguna forma. Ya te enseñaré cómo se ven otros hechizos cuando surja la ocasión.

—Mola. Esto mola la hostia.

—¿Respeto y admiración? —le recordé con suavidad.

—Quería decir que este misterio bendito ilumina mi alma.

—¡Eh! Perfecto. Bueno, ahora tengo que concentrarme y seguramente será mejor que guardes para ti tus exclamaciones mientras lo hago —dije, mientras volvía a ocuparme del amuleto—. No te muevas tampoco.

—Vale.

Protegí a Granuaile contra el mismo tipo de magia que había protegido a
Oberón
. Aunque permaneció en silencio mientras veía cómo la red de protección, de un tenue color verde, se extendía por su cuerpo desde el amuleto, dio un grito ahogado cuando el amarre estuvo terminado y activado, porque los hilos se iluminaron y titilaron un momento con una luz blanca, antes de volver a apagarse con un suave resplandor verde.

—Muy bien, ya está listo. Sólo estás protegida de los ataques mágicos que provengan de tu mismo campo de visión. Si alguien se hace con un cabello tuyo o con un poco de sangre, esto no te servirá de nada, porque entonces pueden conjurar un hechizo que te ataque desde dentro, por debajo de esta capa de protección.

—Te refieres al tipo de cosas que sabe hacer Laksha.

—Exactamente. Y el aquelarre que vive un piso más arriba que tú. Ahora observa lo que pasa cuando te quitas el amuleto que llevas al cuello. ¿Puedes quitarte la cadena utilizando mis ojos?

—Creo que sí. Espera.

Se llevó las manos detrás del cuello y abrió el broche de la cadena. Se quitó el amuleto y lo sostuvo en la mano derecha, bajándola pegada al costado. Los delicados hilos de mi hechizo se desprendieron y se enrollaron en el amuleto que tenía en la mano, como hacen algunas cintas métricas.

—¿Lo ves? —le dije—. Si no lo llevas puesto, no sirve de nada.

—¿Así que tengo que llevarlo todo el tiempo?

—Eso sería lo más seguro, pero puedes quitártelo cuando sepas que estás a salvo en una habitación envuelta en conjuros. Eso incluye tu apartamento, porque ya lo he conjurado.

—O sea que si mirara mi puerta a través de tu vista, ¿vería todos los conjuros que has puesto ahí?

—Eso es. Puedes ver los conjuros que hay aquí en mi casa, si quieres. Puedo guiarte hasta fuera para mirarlos.

—¿Cómo coño…? Quiero decir: me honras,
sensei
.

Me eché a reír.

—Antes vuelve a ponerte el amuleto y observa cómo te proteges.

Lo hizo y así adquirió, sin darse cuenta, un poco de sentido de la precaución. Con las manos apoyadas en mis hombros, me siguió hasta afuera, al límite de mi jardín delantero, comentando por el camino la red de amarres que había por todo el porche, en la hierba y el mezquite que me había ayudado a derrotar al demonio con forma de chinche asesina. Entonces, cuando estábamos a punto de volvernos para admirar los conjuros que había en la casa, oí un ruido fuerte y seco, como si alguien hubiera golpeado con fuerza el cojín de un sofá con la mano abierta. Granuaile resopló y sentí que me clavaba los dedos, desesperada, en los hombros, antes de separarse de mí con violencia. Me volví rápidamente justo a tiempo para verla caer de espaldas sobre la hierba. Antes de que me diera tiempo a descubrir qué había pasado o a preguntarle si estaba bien, mi amuleto me golpeó en el pecho y me fue empujando hacia atrás hasta sacarme tambaleante a la acera. Me di cuenta de que eso mismo ya me había pasado antes, pero había sido en la segunda guerra mundial, al suroeste de Francia. Y después de retroceder un paso con torpeza y antes de dar el siguiente, tuve uno de esos momentos únicos propios de la Gestalt, cuando la sinapsis de muchos recuerdos y las claves que dormían en mi subconsciente se conectaron y enviaron una única palabra a mi lóbulo frontal, cargada de ira, repulsión y de la amarga semilla de la venganza mucho tiempo negada: ellas.

Percibí un movimiento con el rabillo del ojo y volví la cabeza hacia la derecha. Alcancé a ver a una mujer esbelta que rezumaba magia demoníaca y que ya estaba dando la vuelta a la esquina en dirección al parque Mitchell, escapando. Si no la hubiera mirado con el descodificador feérico, no la habría visto. Lo más probable era que estuviera envuelta en un hechizo de camuflaje en el espectro normal y era, sin duda, una de «ellas». Ahora ya podía dar nombre a un viejo enemigo con el que ansiaba volver a encontrarme desde principios de la década de los cuarenta. No me cabía la menor duda de que las brujas que me habían atacado a mí y a las personas a mi cargo en la segunda guerra mundial eran las mismas que me atacaban ahora, y a sí mismas se llamaban
die Töchter des dritten Hauses
.

Capítulo 18

No había tiempo que perder. Deshice el amarre de la visión de Granuaile, de forma que recuperara su propia vista, y le grité lo que tenía que hacer mientras bajaba la calle a la carrera:

—¡Vuelve a entrar en casa y quédate ahí!

Dentro estaría a salvo de más ataques. Alargué la zancada y aceleré, con la esperanza de atrapar a la bruja que acababa de intentar asesinarme a mí y a mi aprendiza.

Cuando giré en la esquina de la calle 11 con Judd, alcancé a ver por un segundo que estaba desviándose hacia la derecha por la 10. Por ahí llegaría antes a Mitchell Drive, desde donde me imaginaba que iría hacia el norte en dirección al parque, o quizá hacia University Drive, intentando escapar. Sin embargo, cuando llegué a Mitchell Drive, el sonido de sus pasos sobre el asfalto me hizo mirar hacia el sur. Me dio tiempo a verla desaparecer por la esquina de la 10 Place, una ampliación posterior de la carretera a la que no daba ninguna casa. Esa salida la llevaría a la calle Roosevelt, y volví a suponer que allí giraría hacia el norte. Esa idea me dejó helado.

Entonces pasaría por delante de la casa de la viuda MacDonagh.

¿Sabía que la viuda era mi amiga? La viuda no tenía ninguna protección; era completamente vulnerable y lo más probable era que estuviera sentada en el porche en ese mismo instante, desprotegida ante el ataque, si es que las brujas no le habían hecho ya una visita.

Al principio acostumbraba a proteger a todos mis amigos, pero poco a poco me di cuenta de que el mismo hecho de protegerlos los señalaba como objetivo, o revelaba dónde me estaba escondiendo. Se volvía una medida contraproducente si quería mantener en secreto dónde estaba, así que había abandonado esa costumbre hacía tiempo. Y en ese momento, corriendo detrás de la bruja, me di cuenta de que la situación había cambiado y yo no había sabido verlo: ya no estaba escondiéndome, así que daba igual que mis amigos llevaran carteles que dijeran: «Hazme daño a mí si quieres hacer daño al druida.»

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