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Authors: Kevin Hearne

Tags: #Infantil y juvenil, #Fantástico

Acorralado

 

Atticus O’Sullivan, el último de los druidas, no teme a las brujas y está a punto de llegar a un pacto de no agresión con ellas. Pero de la noche a la mañana la población de brujas de Tempe, Arizona, se cuadruplica y las nuevas chicas no son malas, son malísimas, y están ligadas a una oscura historia de la segunda guerra mundial. Atticus tendrá unos cuantos problemas para organizar la caza de brujas: un ángel caído fastidiando a los alumnos de un instituto, una horda de bacantes que llegan desde Las Vegas con su clásica patina de decadencia mortífera, y una peligrosa diosa celta del fuego que reclama la atención del druida. Pero con la ayuda de su espada mágica, el lanzador de granadas del vecino, y el vampiro que tiene por abogado, pronto estará listo para barrer con ellas y demostrarles que han elegido al druida equivocado para hacer su maleficio.

Kevin Hearne

Acorralado

Crónicas del druida de hierro - 2

ePUB v1.0

AlexAinhoa
06.04.13

Título original:
Hexed

© Kevin Hearne, 2011

© de la traducción, Rocío Monasterio Briansó, 2012

© de la imagen de la portada, Gene Molllica

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

ePub base v2.1

A mi padre, que no llegó a ver estos libros impresos,

pero que al menos nos dejó sabiendo que su hijo

había alcanzado su sueño.

Capítulo 1

Resulta que cuando matas a un dios, todo el mundo quiere hablar contigo. Vendedores de seguros paranormales con pólizas de vida especiales para «asesinos de dioses». Charlatanes con armaduras «a prueba de dioses» y alquileres de pisos francos en otro plano. Pero, sobre todo, otros dioses que, en primer lugar, quieren felicitarte; en segundo lugar, advertirte que ni se te ocurra intentarlo con ellos; y, por último, sugerirte que trates de matar a alguno de sus rivales, aunque sólo están bromeando, por supuesto.

Desde que se corrió la voz por los diferentes panteones de que no me había cargado a uno, sino a dos de los Tuatha Dé Danann —y de que al más poderoso de ellos lo había enviado al infierno de los cristianos—, me habían visitado varios potentados, mensajeros y embajadores de la mayoría de sistemas de creencias del mundo. Todos querían que a ellos los dejara tranquilos, pero que me enfrentara a un tercero; y si sajaba con éxito el forúnculo inmortal que los incomodaba, la recompensa sería mejor de lo que pudiera siquiera soñar y bla, bla, bla.

Eso de la recompensa no era más que una mentira de mierda, como dirían en Inglaterra. Brigid, la diosa celta de la poesía, el fuego y la forja, había prometido recompensarme si mataba a Aenghus Óg, pero hacía tres semanas que no sabía nada de ella, desde que la Muerte se había llevado a Óg al infierno. Tenía noticias de sobra de los demás dioses del mundo, pero ¿y de mi propia diosa? Nada de nada.

Los japoneses querían que me metiera con los chinos, y viceversa. Los viejos dioses rusos querían que fastidiara a los húngaros. Los griegos querían que me cargara a los copiones de los romanos, en una manifestación extraña de celos internos y aversión hacia sí mismos. Lo más raro, con mucho, era lo de los tipos de la isla de Pascua, que pretendían que me enzarzara con unos tótems medio podridos de la zona de Seattle. Pero todos, o al menos eso me parecía, deseaban que matara a Thor en cuanto tuviera un rato libre. Supongo que el mundo entero estaba harto de sus tonterías.

Y entre todos destacaba mi propio abogado, Leif Helgarson. Se trataba de un viejo vampiro islandés que probablemente había adorado a Thor en algún momento de su pasado remoto, pero nunca me había contado por qué ahora albergaba un odio tan profundo hacia el dios. Leif me resolvía algunos asuntos legales, entrenaba conmigo con regularidad para que me mantuviera ágil con la espada y de vez en cuando se bebía una copa llena de mi sangre, como forma de pago.

La noche después de Samhain, lo encontré esperándome en el porche. Era una noche fresca en Tempe y yo estaba de buen humor, ya que tenía muchas cosas por las que dar gracias. Mientras los niños estadounidenses pasaban la noche de Halloween con el juego de «caramelo o travesura», yo me había concentrado en Morrigan y Brigid en mis propios rituales privados. Además, estaba encantado de tener una aprendiza a la que enseñar y con la que compartir la noche. Granuaile había vuelto de Carolina del Norte a tiempo para Samhain y, aunque entre los dos no llegábamos a formar una arboleda de druidas, no dejaba de ser la mejor noche sagrada que había disfrutado en siglos. Yo era el único druida de verdad que quedaba y me hacía mucha ilusión la idea de formar una nueva arboleda después de tanto tiempo. Así que cuando Leif me saludó con toda formalidad en el porche, al llegar a casa después del trabajo, quizá mi respuesta fue demasiado entusiasta:

—Leif, cabronazo. ¿Cómo coño estás?

Con una gran sonrisa, detuve la bici. Él enarcó las cejas y me miró desde lo alto de esa larga nariz nórdica, y me di cuenta de que tal vez no estaba acostumbrado a que se dirigieran a él de forma tan caballerosa.

—No soy un cabronazo —contestó con socarronería—. Que doy miedo, te lo garantizo. Y a pesar de encontrarme bien —la comisura de los labios se alzó una fracción de milímetro—, confieso que no me siento tan jocundo como tú.

—¿Jocundo? —Enarqué las cejas. En el pasado, Leif me había pedido que le avisara si hacía algo que revelara que era mucho mayor de lo que aparentaba.

Por lo visto, en ese preciso momento no quería que lo corrigieran. Resopló para expresar su exasperación. Me hizo gracia que hiciera eso, ya que él no necesitaba respirar.

—Está bien. En ese caso, no tan jovial.

—Ya nadie utiliza esas expresiones, Leif, excepto los carrozas como tú. —Apoyé la bici en la barandilla del porche y subí los tres escalones para sentarme junto a él—. Tendrías que pasarte una buena temporada aprendiendo a integrarte. Haz de eso tu proyecto. Actualmente, la cultura popular se transforma muy rápido. No es como en la Edad Media, cuando tenías a la Iglesia y a la aristocracia ocupándose de que todo fuera agradable y se mantuviera estancado.

—Muy bien, dado que eres un acróbata verbal que camina sobre la cuerda floja del
Zeitgeist
, ilumíname: ¿cómo debería haber respondido?

—En primer lugar, olvídate del «bien». Eso tampoco lo utiliza nadie. Ahora siempre dicen: «estoy cojonudo».

Leif frunció el entrecejo.

—Pero, gramaticalmente, es incorrecto.

—A esta gente no le importa lo correcto. Puedes decirles que están intentando utilizar un adjetivo con la función de un adverbio y se quedarán mirándote como si fueras un bicho raro.

—Entiendo que su sistema educativo ha sufrido un grave retroceso.

—Ni que lo digas. Así que lo que deberías haber dicho es: «No ando tan flipado como tú, Atticus, pero estoy guay.»

—¿Estoy «guay»? ¿Eso significa que estoy bien, o cojonudo, como tú dices?

—Correcto.

—¡Pero es ridículo! —protestó Leif.

—Es la lengua vernácula moderna. —Me encogí de hombros—. Sigue demostrando lo viejo que eres si quieres, pero si te empeñas en utilizar esa dicción propia del siglo
XIX
, la gente va a pensar que eres un cabronazo.

—Ya lo piensan.

—¿Te refieres a que lo piensan porque sólo sales por la noche y les chupas la sangre? —repuse, con una vocecita inocente.

—Exactamente —dijo Leif, sin importarle mi tono de burla.

—No, Leif. —Negué con la cabeza, muy serio—. Eso no lo comprenden hasta mucho más tarde, si es que llegan a comprenderlo. A esta gente les das miedo por tu forma de hablar y de comportarte. Adivinan que no perteneces a este sitio. Créeme, no tiene nada que ver con que estés tan blanco como la leche. Aquí, en el valle del Sol, mucha gente le tiene miedo al cáncer de piel. Cuando empiezas a hablar es cuando se acojonan. En ese momento saben que eres viejo.

—Pero ¡es que soy viejo, Atticus!

—Y yo te llevo por los menos mil años, ¿o es que ya no te acuerdas?

Leig, el vampiro viejo y cansado que no necesitaba respirar, suspiró.

—Sí que me acuerdo.

—Perfecto. No vengas quejándote de que eres viejo. Yo voy con universitarios y no tienen ni la menor sospecha de que no soy uno de ellos. Piensan que tengo dinero por una herencia o un fondo fiduciario y quieren tomarse una copa conmigo.

—Encuentro deliciosos a esos tiernos universitarios. A mí también me gustaría tomar una copa con ellos.

—No, Leif, lo que tú quieres es tomar una copa de ellos. De forma inconsciente, ellos lo perciben, porque irradias esa aura de depredador.

Abandonó su actitud afectada y me miró con severidad.

—Me dijiste que no podían percibir mi aura, como haces tú.

—No, no la perciben de forma consciente. Pero se dan cuenta de que eres «extraño», sobre todo porque no respondes como debieras ni actúas como un hombre de la edad que aparentas.

—¿Qué edad aparento?

—Eeeeh. —Lo estudié, en busca de arrugas—. Parece que tengas treinta y tantos.

—¿En serio? Me convirtieron a los veintitantos.

—Aquella época era más dura. —Volví a encogerme de hombros.

—Supongo. He venido a hablarte de aquel entonces, si estás disponible por el lapso de una hora aproximadamente.

—Está bien —contesté, poniendo los ojos en blanco—. Permíteme que vaya a buscar mi reloj de arena y mi batín de mierda. ¡Si te oyeras hablar, Leif! ¿Quieres integrarte o no? ¿Lapso de una hora? ¿Quién utiliza esa mierda de expresión?

—¿Qué tiene de malo?

—¡Nadie es tan formal! Podías decir sin más «si tienes un rato» y ya está, aunque habría sido mejor algo como «si te estás tocando los huevos».

—Pero es que me gusta el anapesto de «el lapso de una hora» seguido de un yambo…

—Por los dioses de las tinieblas, ¿quieres hablar en verso? ¡No me extraña que no logres mantener ni una conversación de una hora con las chicas de las hermandades! Están acostumbradas a hablar con los chicos del campus, ¡no con eruditos en Shakespeare!

¿Atticus? ¿Estás en casa?

Era
Oberón
, mi lebrel irlandés, que me hablaba directo a la mente a través de la conexión que compartíamos. Seguramente estaba al otro lado de la puerta, escuchando lo que decíamos. Le dije a Leif que esperara un segundo, mientras le contestaba.

Sí,
Oberón
, estoy en casa. Leif está aquí fuera, en el porche delantero, comportándose de acuerdo a su edad.

Ya lo sé, lo olí antes. Es como si se pusiera Eau de Muerté. Pero no ladré, como me dijiste.

Perro bueno. ¿Quieres salir aquí fuera con nosotros?

¡Claro!

Tengo que advertirte que tal vez sea un poco aburrido. Quiere hablar un buen rato sobre algo y está especialmente sombrío y nórdico. Puede ser terrible.

No pasa nada. Puedes rascarme la barriga mientras tanto. Prometo quedarme quieto.

Gracias, amigo. Te prometo que iremos a echar una carrera cuando se vaya.

Abrí la puerta principal y
Oberón
salió dando brincos, sin percatarse de que con el meneo de la cola le estaba propinando unos buenos golpes a Leif en el brazo.

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