Read Viaje alucinante Online

Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia-ficción

Viaje alucinante (5 page)

—Desde luego.

—Así, pues, mientras exista la menor posibilidad de que la muerte de Benes ocasione nuestra derrota total, esta muerte debe ser evitada a cualquier precio, a toda costa y a todo riesgo.

—Presumo que si me ha dado toda esta explicación, general, es porque va a pedirme que haga algo. En realidad, me he jugado la vida para evitar peligros mucho menores que el de una derrota total. Si quiere que le confiese la verdad, nunca me ha divertido; pero lo he hecho. Sin embargo, ¿qué puedo hacer en una sala de operaciones? Cuando ayer necesité un apósito sobre las costillas, Benes tuvo que ponérmelo. Y, en comparación con otros aspectos de la técnica médica, soy un as poniendo vendas. Carter tampoco replicó esta vez.

—Gonder lo ha recomendado para esto. En primer lugar, por cuestión de principios. Le considera un hombre extraordinariamente capaz. Y yo también.

—Menos coba, general. Me irrita.

—¡Maldición! No le estoy lisonjeando, sino que le estoy explicando algo. Gonder le considera un hombre capacitado en general, pero también estima que su misión ha quedado incompleta. Tenía que traernos a Benes sano y salvo, y esto no se ha logrado.

—Estaba sano y salvo cuando fui relevado por el propio Gonder.

—Sin embargo, ahora no lo está.

—¿Está apelando a mi orgullo profesional, general?

—Llámelo así, si quiere.

—De acuerdo. Sostendré el escalpelo. Enjugaré el sudor de la frente del cirujano. Incluso les guiñaré el ojo a las enfermeras. Creo que esto es cuanto soy capaz de hacer en una sala de operaciones.

—No estará solo. Formará parte de un equipo.

—Lo suponía —dijo Grant—. Alguien tendrá que manejar el escalpelo. Yo me limitaré a sostener la bandeja.

Carter accionó unos cuantos interruptores con pulso seguro. En una de las pantallas de televisión aparecieron inmediatamente dos caras provistas de gafas oscuras. Estaban inclinadas con gran atención sobre un rayo láser, cuya roja luz fue adelgazándose hasta adquirir el grosor de un hilo. Después la luz se apagó y los dos personajes se quitaron las gafas.

—Ése es Peter Duval —dijo Carter—. ¿Oyó hablar alguna vez de él?

—No; lo siento.

—Es el mejor neurocirujano de todo nuestro país.

—¿Y quién es la chica?

—Su ayudante.

—¡Ah!

—No esté pensando siempre en lo mismo. Es un técnico sumamente competente.

El entusiasmo de Grant bajó unos grados.

—Lo creo, señor.

—¿Dice que vio a Owens en el aeropuerto?

—Sólo un momento, señor.

—También él estará con usted. Y nuestro jefe del Departamento Médico. Él les dará instrucciones.

Otra rápida manipulación en el tablero, y esta vez la pantalla de televisión emitió el grave zumbido indicador de la conexión del sonido en ambas direcciones.

Una simpática cabeza calva apareció en primer término, sobre la intrincada red de un sistema circulatorio que llenaba la pared a su espalda.

Carter llamó:

—¡Max!

Michaels miró hacia arriba. Entornó los párpados. Tenía una expresión bastante apagada.

—Dígame, Al.

—Grant está a su disposición. Apresúrese. Tenemos poco tiempo.

—Cierto. Iré a buscarle. —La mirada de Michaels se encontró con la de Grant. El hombre dijo, hablando muy despacio—: Espero que esté dispuesto, Mr. Grant, a participar en el más extraordinario experimento de toda su vida. O de la vida de cualquiera.

Capítulo IV

INSTRUCCIÓN

Grant se encontró en el despacho de Michaels, contemplando boquiabierto el mapa del sistema circulatorio.

—Es un lío de mil demonios —dijo Michaels—, pero es un verdadero mapa del territorio. Cada trazo es una carretera; cada punto de unión, una encrucijada. Es tan intrincado como un mapa de carreteras de los Estados Unidos. O todavía más, porque está en tres dimensiones.

—¡Dios mío!

—Cien mil millas de vasos sanguíneos. Ahora no ve gran cosa, porque la mayoría de aquellos son microscópicos y se requiere un aumento considerable para verlos; pero júntelos y forme una línea única, y podrá dar con ello? cuatro vueltas a la Tierra o, si lo prefiere, llegar casi a mitad de camino de la Luna. ¿Ha dormido, Grant?

—Unas seis horas. También di unas cabezadas en el avión. Estoy en forma.

—Está bien. Podrá comer, afeitarse y atender a otras cosas por el estilo, si lo cree necesario. Ojalá hubiese podido yo dormir. —Pero, en cuanto hubo dicho esto, levantó una mano—. No quiero decir con esto que no me halle también en forma. No me quejo. ¿Ha tomado morfógeno?

—Ignoro lo que es esto. ¿Una especie de droga?

—Sí. Relativamente nueva. Dormir no es lo más necesario, ¿sabe? En realidad, cuando uno duerme, no descansa mucho más de lo que descansaría permaneciendo cómodamente tumbado y con los ojos abiertos. Tal vez, incluso, descansa menos. Lo que necesitamos son los sueños. Precisamos de un tiempo para soñar. En otro caso, se quiebra la coordinación cerebral y uno empieza a sufrir alucinaciones y acaba por morir.

—Y el morfógeno nos hace soñar, ¿no es esto?

—Exactamente. Proporciona media hora de sueños intensos, y uno queda listo para todo el día. Sin embargo, le aconsejo que se abstenga de emplearlo, salvo en caso de extrema necesidad.

—¿Por qué? ¿Le deja a uno fatigado?

—No. No precisamente fatigado. Lo que ocurre es que los sueños son malos. El morfógeno vacía la mente; la limpia de los desperdicios acumulados durante el día; y es una dura experiencia. Mejor que no lo pruebe. Yo tuve que hacerlo. Había que preparar el mapa y me he pasado toda la noche en vela.

—¿Ese mapa?

—Es el sistema circulatorio de Benes hasta el último capilar, y he tenido que estudiarlo a fondo. Aquí arriba, casi en el centro del cráneo y muy cerca de la pituitaria, está localizado el coágulo de sangre.

—¿Y es esto lo grave?

—Sí. Todo lo demás puede remediarse fácilmente. El magullamiento general y las contusiones, el shock, la conmoción. Pero no el coágulo, salvo quirúrgicamente... ¡y de prisa!

—¿Cuánto tiempo cree que puede aguantar, doctor Michaels?

—No lo sé. Confío en que no sea fatal durante algún tiempo, pero podría producirse una irremediable lesión cerebral mucho antes de que sobreviniese la muerte. Nuestra gente espera milagros de Benes y ha sido muy vapuleada. Carter, en particular, ha recibido un duro golpe. Y le necesita a usted.

—¿Quiere decir que piensa que los del Otro Lado harán un nuevo intento?

—Él no lo dice, pero sospecho que es esto lo que teme y que ésta es la razón de que quiera tenerle a usted en su equipo.

Grant miró a su alrededor.

—¿Hay algún motivo para pensar que han entrado en este lugar, que tienen agentes en él?

—No, que yo sepa; pero Carter es un hombre muy receloso Creo que piensa en la posibilidad de un asesinato médico.

—¿Duval?

Michaels se encogió de hombros.

—Es un tipo poco simpático, y el instrumento que emplea puede causar la muerte si se desvía una centésima de milímetro.

—¿Y cómo se puede impedir?

—No se puede.

—Entonces empleen a otra persona; alguien en quien puedan confiar.

—Nadie más que él tiene la habilidad necesaria. Y Duval está aquí, con nosotros. Y, a fin de cuentas, no hay la menor prueba de que no sea absolutamente leal.

—Pero si me colocan al lado de Duval, como una especie de enfermero, con la misión de observarle de cerca, no veo que pueda ser de ninguna utilidad. No sabré lo que está haciendo, ni si lo hace honrada y correctamente. En realidad, lo más probable es que me desmaye cuando vea abrir el cráneo.

—No le abrirá el cráneo —dijo Michaels—. El coágulo lo puede ser alcanzado desde fuera. En esto se muestra concluyente.

—Entonces...

—Llegaremos a él por el interior.

Grant frunció las cejas y movió la cabeza lentamente.

—La verdad es que no entiendo una palabra.

Michaels dijo pausadamente:

—Todos los demás que participan en este proyecto, Mr. Grant, conocen la materia y saben exactamente lo que tienen que hacer. Usted es un profano, y no resulta fácil ponerle al corriente. Sin embargo, debo hacerlo. Tengo que familiarizarle con cierto trabajo teórico realizado en esta institución.

Los labios de Grant experimentaron un súbito temblor.

—Lo siento, doctor, pero acaba usted de pronunciar una fea palabra. Mientras estuve en el instituto, destaqué en el fútbol y no me fue mal con las chicas. En cuanto a la teoría, no pierda el tiempo conmigo.

—Conozco su historial, Mr. Grant, y sé que exagera. Sin embargo, no quiero herir su amor propio acusándole de inteligente e instruido, ni siquiera hablando en confianza. No me extenderé en teorías, sino que le informaré, sin ellas, del meollo de la cuestión. Supongo que habrá observado nuestra insignia: FDMC.

—Desde luego.

—¿Y tiene idea de lo que significa?

—He intentado adivinarlo. ¿Qué le parece Federación de Dementes Marcianos y Compañía? Se me ha ocurrido otro título mejor, pero no es apto para la Prensa.

—En realidad, significan Fuerzas Disuasorias de Miniaturización Combinadas.

—Lo cual tiene aún menos sentido de lo que yo dije.

—Se lo explicaré. ¿Ha oído hablar alguna vez del debate sobre miniaturización?

Grant pensó unos momentos.

—Recuerdo que, cuando estaba en el instituto, dedicamos a ello un par de sesiones de la clase de física.

—¿Entre otros tantos partidos de fútbol?

—Sí. En realidad, fue a ratos perdidos. Si no recuerdo mal, un grupo de físicos sostenía que podían reducir el tamaño de los objetos en cualquier proporción, y fueron acusados de fraude. Bueno, tal vez no de fraude, pero sí de estar en un error. Recuerdo que el profesor expuso varios argumentos encaminados a demostrar la imposibilidad de reducir a un hombre al tamaño, digamos, de un ratón, sin que perdiese su calidad de hombre.

—Lo mismo se hizo en todos los institutos del país. ¿Recuerda alguna de las objeciones?

—Creo que sí. La reducción del tamaño puede intentarse de dos maneras. O comprimiendo todos y cada uno de los átomos del objeto, o suprimiendo átomos en la proporción requerida. Para juntar los átomos, venciendo las fuerzas de repulsión interatómicas, se requeriría una presión extraordinaria. Todas las presiones contenidas en el centro de Júpiter serían insuficientes para reducir a un hombre al tamaño de un ratón. ¿Me explico?

—Con claridad diáfana.

—Y, aunque se lograse, la presión mataría a cualquier ser viviente. Aparte de esto, un objeto reducido en su tamaño mediante la compresión de sus átomos, conservaría toda su masa original, y un objeto del tamaño de un ratón con la masa de un hombre sería muy difícil de manejar.

—Sorprendente, Mr. Grant. Debió de divertir no poco a sus amiguitas con esta romántica historia. ¿Y el otro método?

—El otro método consiste en suprimir átomos en la proporción exacta, de modo que la masa y el tamaño del objeto disminuyan, permaneciendo constante la relación entre las partes. Ahora bien, para reducir a un hombre al tamaño de un ratón, habría que conservar únicamente un átomo de cada setenta mil, pongo por caso. Si esto se aplica al cerebro, lo que quedaría del cerebro humano sería apenas más complicado que el cerebro de un ratón. Además, ¿cómo volver el objeto a su tamaño natural, según pretendían hacer aquellos químicos? ¿Cómo recuperar los átomos y situarlos de nuevo en su debido lugar?

—Perfecto, Mr. Grant. Y, sin embargo, ¿cómo pudieron creer algunos físicos famosos que la miniaturización era posible?

—Lo ignoro, doctor. Lo único que sé es que no se habló más del asunto.

—Debido, en parte, a que nuestros colegas, obedeciendo órdenes superiores, destruyeron aparentemente la teoría. Pero la técnica prosiguió de un modo subterráneo, tanto aquí como en el Otro Lado. Aquí, literalmente: en este subterráneo. —Michaels golpeó casi con furia la mesa que tenía delante—. Aquí se dan cursos especiales sobre técnica de miniaturización, para físicos graduados que no podrían seguirlos en ningún otro lugar, excepto en escuelas análogas del Otro Lado. La miniaturización es absolutamente posible, pero no por los métodos que usted ha descrito. Mr. Grant, ¿ha visto usted ampliaciones fotográficas? ¿O reducciones al tamaño de microfilm?

—Desde luego.

—Entonces le diré, prescindiendo de teorías, que el mismo procedimiento puede aplicarse a los objetos tridimensionales, incluso al hombre. Somos miniaturizados, no como objetos, sino como imágenes; como imágenes tridimensionales manipuladas desde fuera del universo de espacio-tiempo.

Grant sonrió.

—Bueno, maestro; esto no son más que palabras.

—Sí; pero usted no quería teorías, ¿verdad? Lo que los físicos descubrieron hace diez años fue la utilización de un hiperespacio, es decir, de un espacio con más de las tres dimensiones espaciales ordinarias. El concepto es casi inaprensible; las matemáticas están casi fuera de nuestra comprensión; pero lo curioso es que puede hacerse. Los objetos pueden ser miniaturizados. Ni suprimimos átomos, ni los comprimimos, sino que reducimos también el tamaño de los átomos. Lo reducimos todo, y la masa decrece automáticamente. Cuando lo deseamos, devolvemos al objeto su tamaño primitivo.

—¿Habla usted en serio? —dijo Grant—. ¿Quiere decir que podemos reducir realmente un hombre al tamaño de un ratón?

—En principio, podemos reducir un hombre al tamaño de una bacteria, de un virus, de un átomo. Teóricamente, la miniaturización no tiene límite. Podríamos reducir un ejército, con todos sus hombres y su equipo, de modo que cupieran dentro de una caja de cerillas. Teóricamente, pues, podríamos enviar esta caja de cerillas al lugar conveniente y poner el ejército en acción después de devolverle su tamaño natural. ¿Comprende el alcance que tiene esto?

—Y, si no he entendido mal —dijo Grant—, también los del Otro Lado pueden hacerlo.

—Estamos seguros de que sí... Pero dejemos esto, Grant. Las cosas marchan a toda velocidad, y disponemos de poco tiempo. Venga conmigo.

Siempre «venga por aquí» y «venga por allá». Desde que le habían despertado por la mañana, Grant no había podido permanecer más de quince minutos en el mismo sitio. Esto le fastidiaba, pero no veía la manera de evitarlo. ¿Obedecía todo a un plan deliberado para no dejarle tiempo para reflexionar? ¿Adonde pensaba enviarle? Ahora se hallaba en el «scooter» en compañía de Michaels. Éste conducía el vehículo como un veterano.

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