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Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia-ficción

Viaje alucinante (4 page)

Contra su voluntad, Grant acabó de despertarse. Se colocó a un lado de la puerta, bien

pegado a la pared, y abrió aquélla todo lo que permitía la cadena.

—Muéstreme su carnet de ID
[1]
—dijo.

Le alargaron una tarjeta; la cogió y volvió a su habitación. Buscó la cartera y sacó de ella su identificador. Insertó el carnet en él y leyó el resultado en la placa translúcida.

Volvió a la puerta y soltó la cadena, apercibido, a pesar suyo, a ver aparecer una pistola o alguna otra señal de hostilidad. Pero el joven que entró parecía totalmente inofensivo.

—Tendrá que acompañarme a la Jefatura, señor.

—¿Qué hora es?

—Las seis cuarenta y cinco aproximadamente, señor.

—¿De la mañana?

—Sí, señor.

—¡Maldita sea! ¿Para qué me necesitan a estas horas?

—Lo ignoro, señor. Sólo cumplo órdenes. Debo insistir en que me acompañe, señor. Lo siento. —Intentó una tímida broma—: Tampoco yo tenía muchas ganas de levantarme, y aquí estoy.

—¿Tengo tiempo para afeitarme y darme una ducha?

—Pues...

—Está bien. ¿Tengo, al menos, tiempo para vestirme?

—Sí, señor..., pero ¡de prisa!

Grant se frotó con el pulgar el vello del mentón y se alegró de haberse duchado la noche anterior.

—Deme cinco minutos para vestirme y hacer mis necesidades.

Ya en el cuarto de baño, gritó:

—¿A qué viene todo esto?

—No lo sé, señor.

—¿A qué Jefatura vamos?

—No creo que...

—Está bien, déjelo.

El ruido del agua de los servicios impidió momentáneamente continuar la conversación.

Grant salió, malhumorado, pero sintiéndose ya un poco civilizado.

—Pero vamos a una Jefatura. Ha dicho usted esto, ¿no?

—Sí, señor.

—De acuerdo, hijo mío —dijo Grant amablemente— . Pero le advierto que si pretende engañarme le haré pedazos.

—Sí, señor.

Grant frunció el ceño al detenerse el coche. La mañana era gris y húmeda. Presagiaba lluvia. Se hallaban en una zona de almacenes destartalados y, medio kilómetro atrás, habían cruzado una barrera.

—¿Qué ha pasado aquí? —había preguntado Grant, sorprendido.

Pero su acompañante le había respondido con su acostumbrada expresión hermética.

Se detuvieron, y Grant llevó delicadamente su mano a la culata de su enfundado revólver.

—Será mejor que me diga lo que viene ahora.

—Hemos llegado. Es una instalación secreta del Gobierno. No lo parece, pero lo es.

El joven se apeó, y lo propio hizo el conductor.

—Tenga la bondad de permanecer dentro del coche. Mr. Grant.

Ambos se alejaron unos treinta pasos, mientras Grant miraba cautelosamente a su alrededor. El coche sufrió una súbita sacudida y Grant perdió por un instante el equilibrio. Al recobrarlo, se dispuso a abrir la portezuela del automóvil, pero se contuvo, asombrado, al ver que unas paredes lisas se elevaban en torno de él.

Tardó unos segundos en darse cuenta de que se estaba hundiendo con el coche, de que éste había sido colocado en la plataforma de un ascensor. Pero cuando lo hubo comprendido era ya demasiado tarde para intentar salir de allí.

En lo alto, se cerró una trampa, y durante un rato reinó una oscuridad absoluta. Grant encendió los faros del coche, pero la luz rebotó inútilmente en la curva de pared ascendente.

Nada podía hacer, y esperó durante tres interminables minutos. Entonces, el ascensor se detuvo.

Se abrieron dos grandes puertas. Grant tensó sus músculos, apercibido para la acción. Pero los distendió inmediatamente. Un MP
[2]
—un verdadero MP, con auténtico uniforme militar— le estaba esperando en un
scooter
. El hombre lucía en el gorro las iniciales FDMC. El
scooter
llevaba idéntica inscripción.

Automáticamente, Grant buscó el sentido de las iniciales. «Fuerzas de Defensa de Montaña Centralizadas» —pensó—. «Fábricas del Departamento de Marina Costera.»

—¿Cómo? —dijo en voz alta, pues no había entendido lo que le decía el MP.

—Si tiene usted la bondad de subir, señor... —repitió el MP con rígida cortesía, señalándole el asiento vacío.

—Desde luego. Es un bonito lugar.

—Sí, señor.

—¿Qué extensión tiene?

Cruzaban una zona cavernosa y desierta, con camiones y coches alineados junto a los muros, todos ellos con la inscripción FDMC.

—Es muy grande —dijo el MP.

—Esto es lo que más me gusta de todos ustedes —dijo Grant—. Siempre dispuestos a facilitar datos valiosos.

El vehículo subió por una rampa suave a otro piso, éste sumamente poblado. Individuos uniformados, de ambos sexos, se movían presurosamente de un lado a otro, y todo el lugar respiraba una atmósfera indefinible, pero indudable, de agitación. Los ojos de Grant tropezaron con una muchacha vestida con lo que parecía un uniforme de enfermera (con las letras FDMC primorosamente bordadas sobre la curva del pecho) y recordó los planes que había empezado a hacer la noche anterior.

Si se trataba de una nueva misión...

El vehículo giró bruscamente y se detuvo delante de una mesa.

El MP se apeó.

—Charles Grant, señor —dijo.

El oficial sentado detrás de la mesa permaneció impasible ante la información.

—¿Nombre? —preguntó.

—Charles Grant —respondió éste—, tal como acaba de decirle este amable caballero.

—El carnet de ID, por favor.

Grant se lo entregó. Llevaba sólo un número en relieve, al que el oficial dedicó una breve mirada. Después insertó el carnet en el Identificador que había sobre la mesa, mientras Grant lo observaba sin gran interés. Era exactamente igual que su Identificador de bolsillo, aunque mayor, acromegálico. La pantalla gris y anodina se iluminó, y apareció en ella su propio retrato, de frente y de perfil, con su aspecto amenazador de gángster, según pensaba siempre Grant.

¿Dónde estaba la mirada abierta y franca? ¿Dónde la simpática sonrisa? ¿Dónde los hoyuelos de las mejillas que enloquecían, sí, señor, que enloquecían a las muchachas? Sólo quedaban las cejas fruncidas, que le daban aquel aspecto terrible. Era sorprendente que pudiesen reconocerle.

Sin embargo, el oficial le reconoció y, por lo visto, sin el menor esfuerzo: una simple mirada a la foto y otra mirada a Grant. El hombre sacó el carnet, se lo devolvió e indicó con un ademán que podían seguir.

El scooter torció a la derecha, pasó bajo un arco y enfiló un largo pasadizo, reservado al tránsito y con espacio señalado para dos vehículos en ambas direcciones. El tráfico era muy intenso, y Grant era la única persona que no vestía uniforme.

A intervalos casi hipnóticamente regulares, abríanse puertas a ambos lados de la vía, con aceras para peatones adosadas a los muros. Éstas estaban menos concurridas.

El
scooter
se dirigió a otro arco, en el que había un rótulo que decía: «Departamento médico.»

Un MP de servicio en una garita elevada, como las de los policías de tráfico, accionó un interruptor. Se abrieron unas pesadas puertas de acero, y el
scooter
las cruzó y se detuvo.

Grant se preguntó debajo de qué parte de la ciudad estaría en aquel momento.

El rostro del hombre con uniforme de general que avanzaba rápidamente a su encuentro, parecióle vagamente familiar. Lo reconoció sin lugar a dudas cuando le tendió la mano.

—Carter, ¿no? Nos vimos en el «Transcontinental»

hace un par de años. Por aquel entonces no vestía usted uniforme.

—Hola, Grant. ¡Oh, al diablo el uniforme! Lo llevo sólo aquí, por cuestión de prestigio. Es la única manera de establecer una cadena de mando. Venga conmigo, «Granito Grant...», ¿no era así como le llamaban?

—Pues..., sí.

Cruzaron una puerta y entraron en lo que era visiblemente una sala de operaciones. Grant miró por la ventanilla de observación y vio el acostumbrado espectáculo de unos hombres v mujeres vestidos de blanco, en un ambiente de asepsia casi tangible v rodeados de duros resplandores de metal, agudo y frío; y todo ello absorbido hasta hacerlo insignificante por esa proliferación de instrumentos electrónicos que había convertido la medicina en una rama de la ingeniería.

En aquel momento introducían una mesa de operaciones, y un mechón de pelo gris se destacaba de la blanca almohada.

Entonces tuvo Grant su peor sobresalto.

—¿Benes? —murmuró.

—Benes —respondió el general Carter, con voz destemplada.

—¿Qué le ha pasado?

—Que al fin lo pillaron. Por nuestra culpa. Vivimos en la era de la electrónica, Grant. Todo cuanto hacemos, lo hacemos por medios transistorizados. Nos libramos de nuestros enemigos manipulando una corriente electrónica. Teníamos todo el trayecto vigilado con todos los medios a nuestro alcance, pero sólo contra enemigos electro —niñeados. No pensamos en un automóvil con un hombre al volante, ni con fusiles con gatillos manejados por el hombre.

—Supongo que no habrán cogido vivo a ninguno.

—A ninguno. El hombre que iba al volante murió en el acto. Los otros fueron muertos por nuestras balas. Por nuestra parte, tuvimos también algunas bajas.

Grant volvió a mirar hacia abajo. El rostro de Benes tenía la expresión vacía que solemos asociar con los potentes sedantes.

—Presumo que, si está vivo, queda todavía alguna esperanza.

—Está vivo. Pero la esperanza es poca.

—¿Tuvo alguien ocasión de hablar con él? —preguntó Grant.

—Un tal Owens, capitán William Owens. ¿Acaso le conoce?

Grant movió la cabeza.

—Sólo vi de refilón, en el aeropuerto, a alguien a quien Gonder dio este nombre.

—Owens habló con Benes —dijo Carter—, pero no obtuvo ninguna información importante Gonder también habló con él. Y «usted», más que nadie. ¿Le dijo algo?

—No, señor. Y si lo hubiese hecho no habría entendido una palabra. Mi misión consistía en traerlo a este país, y nada más.

—Desde luego. Pero usted habló con él, y pudo decirle algo, aun sin proponérselo.

—Si lo hizo, me entró por un oído y me salió por el otro. Pero no creo que lo hiciera. El que ha vivido en el Otro Lado se ha acostumbrado a cerrar el pico.

Carter lanzó un bufido.

—Huelgan sus muestras de superioridad, Grant. En este lado, sufren ustedes idéntica instrucción. Si no lo sabe... Perdón, no debí decir esto.

—Olvídelo, general —dijo Grant, encogiéndose de hombros para dejar zanjada la cuestión.

—Bueno, lo cierto es que no habló con nadie. Fue puesto fuera de combate antes de que pudiéramos sacarle lo que pretendíamos. Para esto, hubiese podido quedarse en el Otro Lado.

—Mientras veníamos —dijo Grant—, cruzamos una barrera de policías...

—Allí ocurrió la cosa. Cinco manzanas más, y lo habríamos tenido aquí, sano y salvo.

—¿Y qué es lo que tiene?

—Una lesión en el cerebro. Tenemos que operar, y por esto le necesitamos a usted.

—¿A mí? —dijo Grant, con voz estentórea—. Escuche, general: en cuestiones de cirugía del cerebro soy como un recién nacido. Me tumbaron al estudiar el cerebelo en la vieja Universidad del Estado.

Carter no replicó, y al propio Grant le parecieron huecas sus palabras.

—Venga conmigo —dijo Carter.

Grant le siguió. Cruzaron una puerta, pasaron por un breve corredor y entraron en otra estancia.

—La Sala Central de Control —dijo Carter, brevemente.

Las paredes estaban cubiertas de pantallas de televisión. La silla del centro estaba medio rodeada por un tablero semicircular de interruptores, montado en acentuada pendiente.

Carter se sentó y Grant permaneció en pie.

—Deje que le explique la esencia de la situación —dijo Carter—. Ya sabe que existe una especie de empate entre Nosotros y Ellos.

—Desde luego. Y así ha sido durante mucho tiempo.

—Sin embargo, este equilibrio de fuerzas no es mala cosa. Rivalizamos y no ganamos para sustos, pero de esta manera hemos progresado mucho. Los dos. Pero si el equilibrio se rompe tiene que romperse a favor nuestro. Supongo que lo comprende, ¿no?

—Creo que sí, general —dijo Grant, secamente.

—Benes representa la posibilidad de esta ruptura. Si pudiera decirnos lo que sabe...

—¿Puedo hacerle una pregunta, señor?

—Diga.

—¿«Qué» es lo que sabe? ¿Qué clase de cosa?

—Todavía no. Todavía no. Espere un momento. La naturaleza exacta de la información no es lo más importante en este instante preciso. Déjeme proseguir. Si pudiera decirnos lo que sabe, el equilibrio se rompería a nuestro favor. Si muriese, o incluso si sanase pero no pudiese darnos la información debido a su lesión, cerebral, entonces continuaría el empate.

—Aparte del humanitario dolor por la pérdida de una mente privilegiada —dijo Grant—, podríamos decir que el mantenimiento del equilibrio no sería una desgracia tan grande.

—En efecto, si la situación es la que acabo de exponerle. Pero puede no serlo.

—¿Por qué?

—Piense en Benes. Tiene fama de moderado, pero no existe el menor indicio de que haya tenido dificultades con su Gobierno. Durante un cuarto de siglo, dio plenas muestras de lealtad y recibió un trato excelente. De pronto, deserta...

—Porque quiere deshacer el equilibrio con ventaja para nosotros.

—¿Quiere realmente esto? También es posible que, antes de darse cuenta de todas las consecuencias, revelase al Otro Lado lo bastante para darles la delantera. Entonces pudo advertir que, sin proponérselo deliberadamente, había puesto el dominio mundial en manos de su propio bando, y tal vez las virtudes de éste no le satisfacían lo bastante para sentirse tranquilo. Y venir a nosotros, no para darnos la victoria, sino para que nadie se alzase con ella. Dicho de otro modo, habría venido a nosotros para mantener el equilibrio.

—¿Hay algún indicio de esto, señor?

—Ninguno —dijo Carter—. Pero debe usted comprender que es una posibilidad, y que tampoco hay la menor prueba de que no sea así.

—Prosiga.

—Si la cuestión de la vida o la muerte de Benes significase un dilema entre nuestra victoria total y la continuación del empate, podríamos arreglarnos. La pérdida de esta oportunidad de un triunfo total sería una vergüenza, pero tal vez mañana se nos presentase otra ocasión. Sin embargo, podemos encontrarnos ante una alternativa entre el empate y la derrota total, y esta última hipótesis es sencillamente intolerable. ¿De acuerdo?

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