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Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia-ficción

Viaje alucinante (10 page)

—A un cincuentavo —respondió Michaels, brevemente.

—¿Qué?

—Un cincuentavo. Quiero decir que la reducción se ha hecho a una cincuentava parte del tamaño normal.

—Lo cual equivaldría a reducir mi altura a poco menos de cuatro centímetros.

—Sí.

—Pero ahora la reducción será mucho mayor.

—Sí. Aproximadamente a una millonésima, según creo. Owens puede darle la cifra exacta.

—La cifra exacta me tiene sin cuidado. Lo que importa es que el grado de miniaturización será más elevado todo lo que se ha intentado hasta ahora.

—Efectivamente. Pero esto nos lo dijeron ya... ¿Acaso no estaba usted escuchando?

—Por lo visto, no —dijo Grant, sombríamente—. Hay cosas que no se captan la primera vez que uno las oye. Pero, dígame, ¿cree usted que podremos soportar el inmenso honor que se nos hace en nuestra carrera de pioneros?

—Temo, Mr. Grant —dijo Michaels, acentuando el matiz de ironía que teñía sus palabras—, que no tendremos más remedio que aguantarlo. En realidad, estamos siendo ya miniaturizados; en este preciso instante; y, por lo visto, no lo había usted advertido.

—¡Dios santo! —murmuró Grant, y volvió a mirar hacia arriba, con una especie de atención helada y fija.

La base del miniaturizador brillaba con una luz incolora que resplandecía sin cesar. No parecía que la percibiesen los ojos, sino el sistema nervioso en general; de modo que, cuando Grant cerró los ojos, todos los objetos reales se desvanecieron, pero la luz permaneció visible como una vaga e informe radiación.

Michaels debió de observar cómo cerraba Grant inútilmente sus ojos, pues le dijo:

—No es luz. Ni es radiación electromagnética de clase alguna. Es una forma de energía que no pertenece a nuestro universo normal. Afecta a las extremidades nerviosas, y nuestro cerebro la interpreta como luz porque no sabe interpretarla de otro modo.

—¿Y es peligrosa?

—No, que se sepa; pero debo confesar que nada ha sido sometido a ella a un grado tan intenso como ahora.

—¡Otra vez los pioneros! —murmuró Grant.

Duval exclamó:

—¡Formidable! ¡Es como la luz de la creación!

En respuesta a la radiación, las baldosas hexagonales resplandecían debajo del buque, y el propio
Proteus
parecía encendido por dentro y por fuera. La silla en que Grant se sentaba hubiérase dicho que era de fuego, pero permanecía sólida y fresca. Incluso el aire que le envolvía se encendió, y Grant respiró la fría luz.

Sus compañeros de viaje, y sus propias manos, hallábanse envueltos en aquel fuego frío.

La mano luminosa de Duval trazó la señal de la cruz en rápido movimiento, y sus relucientes labios se movieron.

—¿Por fin tiene usted miedo, doctor Duval? —dijo Grant.

Y Duval le respondió, con voz pausada:

—No sólo se reza por miedo, sino como acción de gracias por sernos dado ver las grandes maravillas de Dios.

Grant tuvo que confesarse que también esta vez había perdido. Las cosas le estaban saliendo bastante mal.

Owens gritó:

—¡Miren las paredes!

Los muros de la habitación alejábanse ahora visiblemente, y el techo ascendía con rapidez. Todos los extremos de la espaciosa estancia aparecían envueltos en una penumbra creciente y espesa; tanto más espesa cuanto que se percibía a través de un aire resplandeciente. El miniaturizador se había convertido en algo enorme, cuyos bordes se habían perdido ya de vista. En cada hueco de sus alvéolos había una porción de aquella luz fantasmal; era como una multitud de estrellas desplazándose en un cielo negro.

Grant sintió que la emoción aplacaba su nerviosismo. Haciendo un esfuerzo, dirigió una rápida ojeada a los otros. Todos ellos miraban hacia arriba, hipnotizados por la luz, por las vastas distancias salidas de la nada, por aquella habitación convertida en universo y por aquel universo que se perdía de vista.

Sin previo aviso la luz menguó hasta adquirir un color rojo opaco, y la señal de la radio empezó a sonar con bruscas y agudas vibraciones. Grant dio un respingo.

Michaels dijo:

—Belinski sostuvo en el «Rochefeller» que las sensaciones subjetivas tenían que cambiar con la miniaturización. No se le hizo mucho caso, pero ciertamente, esa señal ha sonado de un modo distinto.

—Pero no su voz —dijo Grant.

—Esto se debe a que usted y yo estamos miniaturizados por un igual. Me refería a las sensaciones que cruzan la barrera de la miniaturización, a las sensaciones que vienen de fuera.

Grant descifró y leyó el mensaje que acababa de llegar:

—MINIATURIZACIÓN TEMPORALMENTE SUSPENDIDA. ¿VA TODO BIEN? ¡CONTESTEN EN SEGUIDA!

—¿Están todos bien? —gritó Grant irónicamente. Y, como nadie le respondiera, añadió:

—Quien calla otorga.

Y transmitió: TODO BIEN.

Carter se humedeció los resecos labios. Observó, con atención dolorosa, cómo se encendía el miniaturizador, y pensó que todos los que se hallaban en la estancia, hasta el último de los técnicos, experimentaba lo mismo que él.

Nunca, hasta entonces, se habían miniaturizado a un ser humano. Ningún objeto de las dimensiones del
Proteus
había sido miniaturizado jamás. Nada, hombre o animal, grande o pequeño, había sido miniaturizado a un grado tan extraordinario. Y la responsabilidad era suya. Toda la responsabilidad de esa prolongada pesadilla era suya.

—¡Ya empieza! —dijo, en un murmullo que era casi de entusiasmo, el técnico que estaba al cuidado del botón del miniaturizador.

La frase cundió por el sistema de comunicaciones, y Carter observó cómo el
Proteus
se encogía.

El comienzo fue muy lento, de manera que sólo podía advertirse lo que ocurría por el cambio en la posición relativa de las estructuras hexagonales del suelo en que se apoyaba el buque. Las que estaban parcialmente ocultas bajo el casco del submarino aparecieron en su totalidad, y otras que antes estaban totalmente cubiertas empezaron a mostrarse. Los hexágonos surgían alrededor del
Proteus
, y la velocidad de miniaturización fue aumentando, hasta que el buque pareció un pedazo de hielo fundiéndose sobre una superficie caliente.

Carter había observado centenares de miniaturizaciones, pero nunca le habían producido el tremendo efecto que ahora experimentaba. Era como si el buque se hundiese en un agujero profundo, insondable, cayendo en medio de un absoluto silencio y haciéndose cada vez más pequeño, a medida que la distancia se convertía en millas, en decenas y en centenares de millas. El barco era ahora como un blanco escarabajo posado en el hexágono central, inmediatamente debajo del miniaturizador; posado en el único hexágono rojo de aquel mundo de polígonos blancos: el Módulo Cero. El
Proteus
seguía cayendo, hundiéndose. Carter, haciendo un esfuerzo, levantó la mano. El resplandor del miniaturizador adquirió un tono rojo opaco, y la operación se interrumpió.

—Averigüen cómo están, antes de continuar.

Cabía en lo posible que estuvieran muertos o que —y esto no sería mejor— se hallaran imposibilitados de realizar con eficacia la tarea que les había sido encomendada. En este caso, todo estaría perdido, y era mejor saberlo.

El técnico de comunicaciones dijo:

—Recibida la respuesta. Dice: TODO BIEN.

Carter pensó: Si están incapacitados para operar, es posible que no puedan darse cuenta de su incapacidad. Pero esto es algo que no tenemos manera de comprobar. Debemos pensar que todo marcha bien, si así lo dice la tripulación del
Proteus
.

—Eleven el buque —dijo.

Capítulo VII

INMERSIÓN

Con gran lentitud, el Módulo Cero empezó a ascender, como un bruñido pilar hexagonal de roja superficie y blancos costados, sosteniendo a un
Proteus
de dos centímetros y medio de anchura. Cuando la cima estuvo a un metro veinte del suelo, el aparato se detuvo.

—Listos para la fase número dos —dijo la voz de uno de los técnicos.

Carter lanzó una rápida mirada a Reid, el cual asintió con un movimiento de cabeza.

—Fase número dos —dijo Carter.

Se abrió uno de los muros, y un aparato (un gigantesco waldo, así llamado por los primitivos técnicos nucleares, que tomaron el nombre del protagonista de una novela de ciencia ficción de los años cuarenta según le habían dicho una vez a Carter) penetró en la estancia, moviéndose silenciosamente sobre chorros de aire comprimido. Tenía cuatro metros veinte de altura y consistía en una poleas montadas sobre un trípode, las cuales dirigían un brazo vertical que colgaba de un soporte horizontal. El propio brazo estaba compuesto de secciones, cada una de ellas más corta y de menores dimensiones que la inmediatamente superior. En este caso, había tres secciones, y la inferior, de unos cinco centímetros de longitud, estaba provista de unos alambres de acero, de seis milímetros de grueso, encorvados de forma que pudiese cruzarse entre sí,

La base del aparato llevaba las iniciales FDMC, y, de bajo de ellas, la inscripción: «Manipulador de precisión MIN.»

Tres técnicos habían entrado con el aparato, y, detrás de ellos, una enfermera uniformada esperaba con visible impaciencia. El cabello castaño que salía de debajo de su gorro de enfermera parecía haber sido peinado apresuradamente, como si la mujer hubiera tenido aquel día otros proyectos.

Dos de los técnicos colocaron el brazo del waldo encima del reducido
Proteus
. Para lograr un ajuste perfecto, tres finísimos rayos de luz brotaron del soporte del brazo e hirieron la superficie del Módulo Cero. La distancia entre el rayo y el centro del Módulo fue expresada en intensidad de luz sobre una pequeña pantalla circular dividida en tres segmentos que se encontraban en el centro.

Las intensidades de luz, claramente desiguales, oscilaron delicadamente mientras el tercer técnico manipulaba un disco graduado. Con habilidad nacida de la práctica, igualó en pocos segundos la intensidad de los tres segmentos hasta borrar toda separación entre ellos. Entonces el técnico accionó una palanca y fijó la posición del waldo. Los rayos determinantes del centro se apagaron, y la luz más potente de un faro iluminó el
Proteus
por reflejo indirecto.

Fue pulsado otro resorte, y el brazo bajó sobre el
Proteus
. Fue descendiendo despacio y delicadamente, mientras el técnico contenía la respiración. Era éste, probablemente, el hombre que había manipulado más objetos miniaturizados del país, y probablemente de todo el mundo (aunque, por supuesto, nadie sabía con detalle lo que ocurría en el Otro Lado), pero la operación actual no tenía precedentes.

Iba a levantar algo dotado de una masa normal mucho mayor que cuanto había manejado anteriormente, y lo que iba a levantar contenía cinco seres humanos vivos. La menor vibración podía acarrear la muerte.

Los dientes de la parte inferior del aparato se abrieron y descendieron despacio sobre el
Proteus
. El técnico interrumpió el movimiento y comprobó con sus propios ojos la verdad de lo que revelaban sus instrumentos. Los dientes estaban perfectamente ajustados. Después empezaron a cerrarse, poco a poco, hasta que se encontraron debajo de la embarcación y formaron como una cuna enrejada y perfectamente equilibrada. Entonces descendió el Módulo Cero, y el
Proteus
quedó suspendido en aquella especie de cesta.

El Módulo Cero no se detuvo al nivel del suelo, sino que siguió hundiéndose. Durante unos momentos, sólo se vio un agujero debajo del buque suspendido. Después, empezaron a elevarse unas paredes de pulido cristal en los bordes del hueco dejado por el Módulo Cero. Cuando estas paredes, transparentes y cilíndricas, hubieron alcanzado una altura de cuarenta y cinco centímetros sobre el nivel del suelo, se vio el brillo de un líquido El Módulo Cero ascendió de nuevo hasta llegar a ras del suelo, sosteniendo un cilindro de treinta centímetros de diámetro por un metro veinte de altura, lleno de fluido en sus dos terceras partes. El cilindro se apoyaba en una base circular de corcho, en la cual se leía la inscripción: «Solución salina.»

El brazo del waldo, que había permanecido inmóvil durante esta maniobra, fue suspendido ahora sobre la solución. El buque quedó en la parte superior del cilindro, a treinta centímetros por encima del nivel de la solución.

Entonces el brazo empezó a descender, cada vez con mayor lentitud. Se detuvo cuando el
Proteus
estaba a punto de tocar el líquido, y reanudó la marcha a una velocidad registrada a la escala de uno a diez mil en el aparato de control. Las agujas de éste se movían velozmente ante los ojos del técnico, mientras el buque descendía a una velocidad inapreciable a simple vista.

¡Contacto! La embarcación siguió bajando hasta quedar medio sumergida. El técnico la mantuvo así durante unos instantes, y después, con la lentitud de siempre, fue abriendo las pinzas y, asegurándose de que los dientes no tocarían el barco, las sacó de la solución.

Con un suspiro contenido, levantó el brazo del aparato y desconectó el waldo.

—Bueno, saquémoslo de aquí —dijo a sus dos acompañantes; y, recordando de pronto, anunció en tono oficial y alterado—: ¡El buque en la ampolla, señor!

—¡Bravo! ¡Comprueben el estado de la tripulación! —dijo Carter

El traslado desde el Módulo a la ampolla había sido delicadísimo, visto desde el mundo normal; pero todo lo contrario, visto desde el interior del
Proteus
.

Grant había radiado su mensaje de TODO BIEN, y, dominando la súbita sensación de mareo que le acometió al elevarse súbitamente la embarcación empujada por el Módulo Cero, dijo:

—Y ahora, ¿qué? ¿Más miniaturización? ¿Lo sabe alguno de ustedes?

—Antes de la nueva fase de miniaturización tenemos que sumergirnos —le respondió Owens.

—Sumergirnos, ¿dónde?

Pero esta vez no recibió respuesta. Volvió a contemplar el confuso universo de la sala de miniaturización, y entonces vio por primera vez a los gigantes.

Eran hombres, hombres que se movían a su alrededor, altos como torres en la opaca luz exterior, hombres que parecían acortarse hacia arriba y hacia abajo, como reflejados en gigantescos espejos deformantes La hebilla de un cinturón se había convertido en un cuadrado de metal de sesenta centímetros de anchura. Un zapato, allá en lo hondo, parecía un vagón de ferrocarril. En lo alto, una nariz como una montaña albergaba los dos túneles gemelos de sus ventanas. Los gigantes se movían con extraña lentitud.

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