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Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia-ficción

Viaje alucinante (3 page)

No te precipites, le habían dicho. No lo eches a perder todo poniéndote nervioso. Pero el asunto es vital, le habían dicho, increíblemente vital.

Tómalo con calma, pero piensa que todo depende de ello, habían añadido: tu país, tu mundo, la Humanidad.

Y lo había hecho. Tal vez no lo habría logrado si ellos no hubiesen temido matar a Benes. Cuando se dieron cuenta de que sólo matando a Benes podían salvar algo, era ya demasiado tarde y el pájaro había volado. Un rasguño de bala sobre las costillas era el único daño sufrido por Grant, y lo había remediado con un vendaje.

Pero ahora estaba cansado, mortalmente cansado. Físicamente cansado, desde luego; pero también fatigado de toda su estúpida carrera. En sus tiempos de estudiante, hacía de esto diez años, solían llamarle «Granito» Grant, y él había procurado justificar el apodo en el campo de fútbol. Un brazo roto fue su recompensa, aunque tuvo la suerte de conservar intactos los dientes y la nariz, reteniendo de este modo su aspecto de hombre guapo. (Sus labios se curvaron en una silenciosa y fugaz sonrisa.)

Desde entonces, había renunciado también al empleo de su nombre patronímico. Sólo el monosilábico gruñido de Grant. Resultaba muy masculino, muy rudo.

Pero ¡al diablo con ello! ¿Qué ventajas le había reportado, salvo cansancio y todas las probabilidades de una vida breve? Había cumplido ya los treinta y había llegado el momento de sacar a relucir de nuevo su nombre de pila. Charles Grant. Tal vez incluso Charlie Grant. ¡El viejo Charlie Grant!

Dio un respingo, pero volvió a fruncir el ceño y a ponerse firme. «Tenía» que ser así. El bueno y viejo Charlie. Ni más, ni menos. El bueno y viejo y dulce Charlie, aficionado a dormitar en una mecedora. «Hermoso día, Charlie.» «¡Hola, Charlie! Parece que va a llover...» «Búscate un empleo cómodo, viejo Charlie, de modo que, sin fatigarte demasiado, puedas gozar mañana de un buen retiro.»

Grant miró de soslayo a Jan Benes. Le pareció ver algo familiar en aquella mata de pelo gris, en aquella cara de firme y gruesa nariz, de áspero y descuidado bigote, también grisáceo. La nariz y el bigote eran buen tema para los caricaturistas; pero también sus ojos contaban —unos ojos circuidos de finas arrugas—, y las rayas horizontales que surcaban su frente.

La ropa de Benes no le caía muy bien; pero habían tenido que salir precipitadamente, sin tiempo para acudir a un buen sastre. El sabio, según sabía Grant, frisaba en los cincuenta; mas parecía más viejo.

Benes estaba inclinado hacia delante, observando las luces de la ciudad que se iban aproximando.

Grant le dijo:

—¿Ha estado alguna vez en esta parte del país, profesor?

—No he estado en ninguna parte de su país —dijo Benes—. ¿O acaso esta pregunta era una trampa? —añadió, con débil pero claro acento extranjero.

—No. Lo dije sólo por decir algo. Es nuestra segunda ciudad, por orden de importancia. Sin embargo, se la regalo. Yo soy del otro extremo del país.

—A mí me tiene sin cuidado. Un extremo, el otro extremo..., ¿qué más da? La cuestión es que estoy aquí. Será...

No terminó la frase, y pintóse en sus ojos una expresión de tristeza.

Romper lazos es cosa dura, pensó Grant, aunque uno crea que es su deber hacerlo. Dijo:

—Procuraremos que no tenga usted tiempo de cavilar, profesor. Le daremos trabajo. Benes conservó su expresión triste.

—Lo supongo. Estoy seguro de ello. Es el precio que he de pagar, ¿no?

—Grant contestó:

—Temo que sí. La verdad es que nos dio usted bastante trabajo, ¿sabe?

Benes apoyó una mano en el brazo de Grant.

—Se jugó usted la vida, y se lo agradezco. Pudieron matarle.

—Para mí, el jugarme la vida es algo rutinario. Gajes del oficio. Me pagan para ello. No tanto como suelen pagar por tocar una guitarra o para darle a una pelota de béisbol, pero sí lo que creen que vale mi vida.

—No debe tomarlo de este modo.

—¡Y qué remedio! Mi Organización así lo toma. Cuando lleguemos, me estrecharán la mano y me dirán como a regañadientes: «¡Buen trabajo!» Es la reserva que hay que emplear entre hombres. Y luego: «Ahora hablaremos de su nueva misión, pero tendremos que deducir de su paga el importe de ese vendaje de su costado. Tenemos que vigilar los gastos.»

—No me dejo engañar por su cinismo, joven.

—Pues «yo» tengo que engañarme con él, profesor, para no abandonar mi trabajo. —Grant casi se sorprendió por la súbita amargura de su propia voz—. Cíñase el cinturón, profesor. Este cacharro salta mucho al aterrizar.

Pero, a pesar de las predicciones de Grant, el avión aterrizó suavemente y corrió sobre el suelo hasta detenerse, girando al mismo tiempo.

Las fuerzas del Servicio Secreto les rodearon. Los soldados saltaron de sus camiones de transporte acordonando el avión, dejando sólo un pasillo para la escalerilla motorizada que avanzaba en dirección a la portezuela del aparato.

Tres automóviles cerrados se detuvieron al pie de la escalera.

—Esto es un alarde de seguridad, coronel —dijo Owens.

—Más vale pecar por exceso que por defecto —dijo el coronel.

Y sus labios se movieron casi en silencio para pronunciar lo que Owens identificó, asombrado, como una rápida oración.

Owens dijo:

—Me alegro de que ya esté aquí.

—No tanto como yo. Más de una vez ha estallado un avión en pleno vuelo, ¿sabe? Ahora está ya en tierra firme.

Se abrió la portezuela del avión y Grant apareció inmediatamente en la abertura. Miró a su alrededor y agitó la mano.

—Al menos, «él» parece estar entero —dijo el coronel Gonder—. Pero, ¿dónde está Benes?

Como respondiendo a su pregunta, Grant se hizo a un lado para hacerle sitio a Benes. Éste permaneció un momento allí, sonriendo. Después, con su vieja maleta en la mano, empezó a bajar precavidamente la escalera. Grant le siguió. Detrás de él, salieron el piloto y el copiloto.

El coronel Gonder se acercó al pie de la escalerilla del avión.

—Profesor Benes, ¡encantado de tenerle con nosotros! Me llamo Gonder, y estoy al cuidado de su seguridad a partir de este momento. Le presento a William Owens. Aunque creo que ya le conoce usted.

Los ojos de Benes se iluminaron, mientras el hombre levantaba los brazos, dejando caer su maleta. El coronel Gonder la recogió disimuladamente.

—¡Owens! ¡Sí, claro! Nos emborrachamos juntos una noche. Lo recuerdo muy bien. Por la tarde habíamos tenido una sesión interminable, aburrida, una de esas sesiones en que lo único interesante es lo que «no» se puede decir, y yo me sentía abrumado. Owens y yo nos encontramos a la hora de cenar. Le acompañaban cinco de sus colegas; pero a éstos no los recuerdo muy bien. Después, Owens y yo nos fuimos a un pequeño club, donde había baile y música de jazz; bebimos aguardiente, y Owens simpatizó mucho con una de las muchachas. ¿Se acuerda de Jaroslavic, Owens?

—¿El hombre que le acompañaba? —dijo Owens.

—El mismo. Le gustaba el alcohol mucho más de lo que cabe imaginar, y, sin embargo, no podía beber. Tenía que permanecer sereno. Órdenes terminantes.

—¿Para vigilarle a usted?

Benes afirmó con un solo movimiento de cabeza, largo y vertical, y sacando un poco el labio inferior.

—Yo le ofrecía licor continuamente. «Vamos, Milán —le decía—, una garganta seca es mala cosa para un hombre.» Y él tenía que seguir rehusando, aunque se le iba el alma por los ojos. Fue un poco cruel por mi parte.

Owens sonrió y asintió con la cabeza.

—Subamos al coche y vayamos a la Jefatura. Lo primero que hemos de hacer es exhibirle a usted por allí, a fin de que todos vean que ha llegado. Después, le prometo dejarle dormir veinticuatro horas de un tirón, antes de hacerle ninguna pregunta.

—Me bastará con dieciséis. Pero, ante todo. —Miró a su alrededor, ansiosamente—. ¿Dónde está Grant? ¡Ah! ¡Ahí está!

Se dirigió al joven agente.

—¡Grant! —dijo, y le tendió la mano—. Adiós. Y gracias. Muchísimas gracias. Volveremos a vernos, ¿no?

—Es posible —dijo Grant—. No es difícil encontrarme. Basta con buscar la misión más ingrata, y allí estoy yo metido.

—De todos modos, me alegro de que estuviera metido en «ésta».

Grant enrojeció.

—Esta ingrata misión, profesor, tenía su importancia. Y celebro haber podido serle útil. Lo digo de veras.

—Lo sé. Y ahora, adiós. ¡Adiós!

Benes agitó la mano y retrocedió, dirigiéndose al coche cerrado.

Grant se volvió al coronel.

—¿Pondré en peligro la seguridad si me largo ahora, jefe?

—Puede irse. Y permítame que le diga una cosa, querido Grant...

—¿Qué, señor?

—¡Buen trabajo!

—La frase adecuada es: «¡Una función muy linda!» Es la única que me conmueve.

Se llevó irónicamente el índice a la sien y se alejó.

«Grant hace mutis —pensó; y a continuación—: ¿Entra el viejo y buen Charlie?»

El coronel se volvió a Owens.

—Suba al coche con Benes y hable con él. Yo iré en el automóvil de delante. Y, cuando lleguemos a la Jefatura, quiero que lo identifique con toda seguridad, si puede; o que lo niegue rotundamente, en otro caso. No quiero nada más.

—Recordó el episodio de la borrachera —dijo Owens.

—Exactamente —dijo el coronel, de mala gana—. Lo recordó demasiado pronto y demasiado bien. «Hable» con él.

Subieron todos a los coches. El cortejo se puso en marcha y los autos aumentaron la velocidad. Desde lejos, Grant los vio marchar, agitó la mano ciegamente, sin dirigirse a nadie en particular, y siguió andando.

Ahora tendría mucho tiempo libre y sabía exactamente cómo tenía que emplearlo, después de una noche de sueño. Sonrió, con gozosa anticipación.

La comitiva siguió su camino cuidadosamente elegido. Los períodos de agitación y de calma variaban en todos los barrios de la ciudad y a cada hora. Sabíase, pues, el que correspondía a aquel barrio determinado y a aquella hora.

Los coches roncaban por las calles vacías, entre casas de vecindad en silencio y almacenes cerrados. Las motocicletas marchaban en vanguardia, y el coronel, en el primero de los coches, trataba nuevamente de calcular cómo reaccionarían los Otros ante el victorioso golpe.

Un acto de sabotaje en la Jefatura cabía dentro de lo posible. Se habían tomado todas las precauciones; pero era axiomático, en su oficio, que todas las precauciones eran pocas.

¿Una luz?

Por un brevísimo instante, le pareció que una luz había brillado y se había apagado en uno de los caserones que había frente a ellos. Inmediatamente cogió el teléfono para avisar a la escolta motorizada.

Habló de prisa y en tono de mando. Una de las motocicletas que cerraban la comitiva se lanzó hacia delante a toda velocidad.

En el mismo momento, empezó a roncar un motor a uno de los lados de la calle (un ronquido casi ahogado por el estruendo de la comitiva en marcha) y un automóvil salió disparado de uno de los callejones laterales.

Llevaba los faros apagados, y fue tan súbita su aparición que nadie pudo darse cuenta cabal de lo que pasaba. Nadie pudo, después, formarse una idea exacta de los acontecimientos.

El coche-proyectil, dirigido contra el coche cerrado en que iba Benes, tropezó con la motocicleta que avanzaba. En la colisión que se produjo, la moto quedó hecha añicos, su conductor fue lanzado a gran distancia y quedó destrozado y muerto en la calzada. En cuanto al coche-proyectil, su trayectoria se desvió de manera que fue a dar contra la parte posterior del automóvil cerrado.

Hubo múltiples colisiones. El coche de Benes perdió la dirección, empezó a dar vueltas y fue a estrellarse contra un poste del teléfono. El automóvil agresor, perdida también la dirección, fue a chocar contra un muro de ladrillos y se incendió.

El auto del coronel se detuvo.

Las motocicletas chirriaron, dieron media vuelta y corrieron hacia atrás.

Gonder saltó de su automóvil, corrió hacia el coche destrozado y se asomó a la ventanilla.

Owens, conmocionado y con un arañazo en un pómulo, preguntó:

—¿Qué ha pasado?

—¡Por el amor de Dios, dejemos esto! ¿Cómo está Benes?

—Está herido.

—Pero, ¿vive?

—Sí. Ayúdeme.

Entre los dos incorporaron a Benes y lo sacaron del coche. Benes tenía los ojos abiertos pero empañados, y sólo emitía sonidos incoherentes.

—¿Cómo se encuentra, profesor?

Owens dijo rápidamente en voz baja:

—Se ha dado un fuerte golpe en la cabeza con el tirador de la portezuela. Conmoción cerebral, probablemente. Pero «es» Benes. Con toda seguridad.

—¡«Ahora también lo sé yo! —gritó Gonder—. ¡No sea...!—Y se tragó con dificultad la palabra que iba a lanzar.

La puerta del primer coche permanecía abierta. Entre los dos introdujeron a Benes en el automóvil y, en el mismo instante, sonó un disparo de fusil en algún lugar, arriba. Gonder se lanzó dentro del coche, encima de Benes.

—¡Larguémonos de aquí! —chilló.

El coche y la mitad de la escolta motorizada emprendieron la marcha. Los demás se quedaron. Numerosos policías se dirigían corriendo al edificio en el que había sonado el disparo. La luz mortecina del coche incendiado daba a la escena un tono amarillo y siniestro. Empezaba a oírse el lejano zumbido de los curiosos que se agolpaban en el lugar.

Gonder apoyó la cabeza del sabio sobre su regazo. Benes estaba ahora completamente inconsciente; respiraba despacio y tenía débil el pulso. Gonder contemplaba fijamente a aquel hombre, que podía morir en cualquier momento, y murmuraba desesperadamente para sí:

—¡Y casi habíamos llegado..., casi habíamos llegado!

Capítulo III

JEFATURA

Grant estaba sólo adormilado cuando llamaron a su puerta. Se levantó tambaleándose, salió de su habitación y avanzó descalzo por el frío pasillo, bostezando a más y mejor.

—¡Ya voy!

Sentíase amodorrado y «quería» sentirse así. En el desempeño de su profesión, se había acostumbrado a despertarse del todo ante el menor ruido extraño. Una alerta instantánea. Tómese una buena cantidad de sueño, añádasele una pulgarada de ruido, y se obtendrá instantáneamente el «¡Quién vive!».

Pero ahora no estaba de servicio, y todo esto podía irse al diablo.

—¿Qué quiere?

—De parte del coronel, señor —dijeron al otro lado de la puerta— Abra inmediatamente.

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