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Authors: Charlaine Harris

Muerto y enterrado (9 page)

—Yo lo comenté en Norcross al día siguiente —respondió—. Cuando descubrieron que me transformaba en zorro, les hizo gracia. —Parecía disgustada—. ¿Por qué siempre son los animales grandes los que se llevan la mejor prensa? En la planta, Calvin goza de un profundo respeto entre sus compañeros. Yo no paro de escuchar chistes malos acerca de uñas llenas de musgo.

—No es justo —convine, tratando de sonreír.

—Calvin está completamente destrozado por lo de Crystal —dijo Tanya de repente—. Era su sobrina favorita. Se sintió fatal cuando se vio que era una cambiante tan débil. Y por los críos. —Crystal era producto de una larga cadena endogámica y le costaba un mundo convertirse en animal y revertir el proceso cuando quería volver a su forma humana. También había sufrido varios abortos. La única razón por la que le habían permitido casarse con Jason era que resultaba obvio que probablemente nunca podría dar a luz a un purasangre.

—Puede que el bebé ya estuviese condenado antes del asesinato, o que abortara durante el mismo —dije—. Quizá quienquiera que le hiciera esto no lo sabía.

—Ella no lo ocultaba, aunque tampoco lo exhibía —explicó Tanya, moviendo la cabeza—. Era muy picajosa con la comida, porque quería mantener la figura. —Volvió a menear la cabeza, en una expresión amarga—. Pero, en serio, Sookie, ¿acaso importa que el asesino lo supiese o no? El final es el mismo. El bebé está tan muerto como Crystal, que murió sola y asustada.

Tanya tenía toda la razón.

—¿Crees que Calvin podrá identificar al que lo ha hecho con el olor? —pregunté.

Tanya parecía incómoda.

—Había muchos olores —contestó—. No sé cómo podrá distinguir el del culpable. Y, mira, todos la están tocando. Algunos de ellos llevan guantes de goma, pero también huelen. Mira, ahí está Mitch Norris ayudando a bajarla. Y ése es uno de los nuestros. Así que, ¿cómo va a poder averiguarlo Calvin?

—Además, podría ser cualquiera de ellos —dije, apuntando con la cabeza hacia el grupo reunido alrededor de la muerta. Tanya me lanzó una mirada afilada.

—¿Insinúas que podrían estar implicados oficiales de policía? —preguntó—. ¿Sabes algo?

—No —dije, lamentando haber abierto la bocaza—. Es sólo que… no sabemos nada seguro. Supongo que pensaba en Dove Beck.

—¿Es con quien se había acostado ese día?

Asentí.

—Ese tipo grande de ahí… El tipo negro con traje. Ése es Alcee, su primo.

—¿Crees que podría haber tenido algo que ver?

—La verdad es que no —respondí—. Sólo… especulaba.

—Apuesto a que Calvin ha tenido la misma idea —dijo—. Calvin es muy inteligente.

Asentí. Calvin no llamaba la atención por nada especial, y no había ido a la universidad (yo tampoco), pero tenía la cabeza muy bien amueblada.

En ese momento, Bud llamó con señas a Calvin, quien salió de la camioneta y se dirigió hacia el cuerpo, que habían depositado sobre una camilla, dentro de una bolsa de cadáveres abierta. Calvin se acercó al cadáver con cuidado, con las manos a la espalda para no tocar a Crystal.

Todos lo observamos, algunos con desdén y asco, otros con indiferencia o interés, hasta que terminó.

Se irguió, se volvió y deshizo el camino hasta la camioneta. Tanya salió del vehículo para recibirlo. Lo rodeó con sus brazos y alzó la cabeza para mirarlo. Él agitó la cabeza. Bajé la ventanilla para escuchar.

—No he podido sacar mucho de los restos —confesó—. Había demasiados olores. Sólo olía a pantera muerta.

—Volvamos a casa, Calvin —dijo Tanya.

—Vale. —Ambos me hicieron un gesto con la mano para indicarme que se iban, y enseguida me encontré sola frente al aparcamiento, aguardando. Bud me pidió que abriera la entrada de los empleados del bar. Le entregué las llaves. Volvió al cabo de unos minutos para decirme que estaba bien cerrada y que no había señales de que hubiese habido intrusos desde el cierre. Me devolvió las llaves.

—¿Entonces podemos abrir? —pregunté. Unos cuantos vehículos de la policía habían dejado el lugar y daba toda la sensación de que el proceso estaba llegando a su fin. Estaba dispuesta a seguir esperando si cabía la posibilidad de abrir pronto.

Pero cuando Bud me dijo que podría llevar dos o tres horas más, decidí volver a casa. Me puse en contacto con todos los empleados localizables, y cualquier cliente potencial podría deducir que el bar estaba cerrado a la vista de la cinta policial. Quedándome allí no hacía más que perder el tiempo. Los agentes del FBI, que se habían pasado horas pegados a sus móviles, parecían más interesados en el crimen que en mi persona, lo cual era para celebrar. Puede que acabasen olvidándome.

Dado que nadie parecía estar vigilándome o importándole lo que hiciera, arranqué el coche y me marché. No tenía el cuerpo para hacer ningún recado, así que volví derecha a casa.

Hacía ya tiempo que Amelia se había marchado a trabajar a la agencia de seguros, pero Octavia estaba en casa. Había abierto la tabla de planchar en su habitación. Estaba enzarzada con los bajos de un par de pantalones que acababa de acortar, y tenía al lado un montón de blusas listas para la plancha. Supuse que no existía ningún conjuro para deshacerse de las arrugas. Me ofrecí para llevarla a la ciudad, pero dijo que el viaje que había hecho con Amelia había satisfecho todas sus necesidades. Me invitó a sentarme en la silla de madera junto a la cama mientras planchaba.

—Se plancha más deprisa si hay alguien con quien hablar —dijo. Parecía tan sola que me hizo sentir culpable.

Le conté cómo había ido la mañana, y las circunstancias de la muerte de Crystal. En su tiempo, Octavia había visto cosas horribles, así que no se escandalizó. Dio las respuestas adecuadas y mostró la conmoción que cualquiera esgrimiría, en realidad ella no había conocido a Crystal. Pero estaba segura de que algo le rondaba la mente.

Octavia depositó la plancha y se puso delante de mí.

—Sookie —anunció—. Necesito un trabajo. Sé que soy una carga para ti y Amelia. Solía tomar prestado el coche de mi sobrina de día, cuando trabajaba de noche, pero desde que me he mudado aquí tengo que recurrir a vosotras para cualquier cosa. Sé que a vosotras la situación os cansa. Solía limpiar la casa de mi sobrina y cocinar, además de ayudar con los críos, en pago por la habitación, pero Amelia y tú sois tan limpias y ordenadas que mi aportación apenas sirve de nada.

—Me alegra que estés con nosotras, Octavia —dije, no del todo honesta—. Nos has ayudado de muchas maneras. ¿Recuerdas que me quitaste de encima a Tanya? Y ahora parece estar enamoradísima de Calvin. No creo que moleste más. Sé que te sentirías mejor si tuvieras trabajo, y puede que surja algo. Mientras tanto, aquí no molestas. Ya se nos ocurrirá algo.

—He llamado a mi hermano a Nueva Orleans —dijo para mi asombro. Ni siquiera sabía que tuviera un hermano—. Dice que la aseguradora ha decidido indemnizarme. No es mucho, teniendo en cuenta que lo he perdido casi todo, pero será suficiente para comprarme un buen coche de segunda mano. Aunque allí ya no me queda nada por lo que volver. No pienso reconstruir mi casa y no hay muchas viviendas que me pueda permitir sola.

—Lo siento —dije—. Ojalá pudiera hacer algo, Octavia. Ayudar a que las cosas te fuesen más fáciles.

—Ya has conseguido que las cosas me sean más fáciles —aseguró—. Te lo agradezco mucho.

—Oh, vamos —dije, entristecida—. Es gracias a Amelia.

—Lo único que sé hacer es magia —explicó Octavia—. Me alegró mucho poder ayudarte con lo de Tanya. ¿Crees que recuerda algo?

—No —contesté—. No creo que recuerde que Calvin la trajo aquí o lo del conjuro. Tampoco creo que yo llegue a ser su mejor amiga, pero pienso que no volverá a hacerme la vida imposible.

Una mujer llamada Sandra Pelt, con la que tenía ciertas cuentas pendientes, había enviado a Tanya para sabotearme. Dado que Calvin se había encaprichado con ella, Amelia y Octavia echaron mano de su magia para liberarla de la influencia de Sandra. Seguía siendo algo abrasiva, pero entendí que ésa era su naturaleza.

—¿Crees que deberíamos hacer una reconstrucción para descubrir quién mató a Crystal? —se ofreció Octavia.

Me lo pensé. Traté de imaginar los preparativos de una reconstrucción ectoplásmica en el aparcamiento del Merlotte’s. Pensé que tendríamos que encontrar al menos una bruja más, ya que era una zona muy amplia y no estaba segura de si Octavia y Amelia podrían hacerlo solas. Aunque lo probable es que pensaran que serían capaces.

—Me temo que nos verían —dije al fin—. Y eso podría ser malo para ti y para Amelia. Además, no sabemos dónde se produjo realmente la muerte. Y es algo que hay que saber, ¿no? El lugar de la muerte.

—Sí —confirmó Octavia—. Si no murió en el aparcamiento, no serviría de gran cosa. —Parecía aliviada.

—Creo que, hasta la autopsia, no sabremos si murió allí o antes de que la crucificaran. —De todos modos, no me veía capaz de presenciar otra reconstrucción ectoplásmica. Había visto dos ya. Ver a los muertos, de forma difusa aunque reconocible, durante los últimos minutos de su vida era una experiencia indescriptiblemente escalofriante y deprimente.

Octavia reanudó la tarea de planchado y yo me fui a la cocina para calentar algo de sopa. Tenía que comer algo, y abrir una lata era todo el esfuerzo que podía permitirme.

Las horas que siguieron fueron de lo más deprimentes. No supe nada de Sam. No supe nada de la policía acerca de la apertura del Merlotte’s. Los agentes del FBI no volvieron para hacerme más preguntas. Al final, decidí conducir hasta Shreveport. Amelia había vuelto del trabajo y se había unido a Octavia para hacer la cena cuando salí de casa. Era una escena de lo más hogareña; pero me sentía demasiado inquieta como para formar parte de ella.

Por segunda vez en dos días, me vi de camino a Fangtasia. No me permití pensar. Fui todo el camino con una emisora de góspel negro puesta, y las plegarias me hicieron sentir mejor con respecto a los acontecimientos del día.

Cuando llegué ya era de noche, aunque demasiado temprano para que el bar se encontrara lleno. Eric estaba sentado en una de las mesas de la sala principal, dándome la espalda. Bebía una TrueBlood y hablaba con Clancy, que, según tenía entendido, estaba por debajo de Pam en el escalafón. Clancy estaba de frente y se mofó de mí al verme acercarme a la mesa. No era ningún fan mío. Como era vampiro, no podía saber por qué, pero pensé que sencillamente no le caía bien.

Eric se volvió para ver cómo me acercaba y sus cejas se arquearon. Le dijo algo a Clancy, que se levantó y se fue al despacho. Eric esperó a que me sentase a la mesa.

—Hola, Sookie —saludó—. ¿Has venido para decirme lo enfadada que estás por lo de nuestro compromiso?

—No —respondí. Nos quedamos sentados en silencio durante un rato. Me sentía agotada, pero extrañamente en paz. Debería ponerme hecha una furia con Eric por su forma de gestionar la solicitud de Quinn y la presentación del cuchillo. Debería hacerle todo tipo de preguntas… pero era incapaz de reunir el ardor suficiente.

Sólo me apetecía sentarme a su lado.

Sonaba música; alguien había puesto la cadena de radio vampírica KDED. Los Animals cantaban
The Night
. Cuando terminó de beber y sólo quedó una marca rojiza en el interior de la botella, Eric posó su fría y pálida mano sobre la mía.

—¿Qué ha pasado hoy? —preguntó con su voz tranquila.

Se lo conté, empezando por la visita del FBI. No me interrumpió para emitir exclamación o pregunta alguna. Incluso cuando terminé el relato con la bajada del cuerpo de Crystal, se quedó en silencio durante un rato.

—Un día ocupado, incluso para ti, Sookie —dijo finalmente—. En cuanto a Crystal, creo que nunca llegué a conocerla, y parece del todo prescindible.

Eric nunca cedía a la hipócrita cortesía. A pesar de que me gustaba, me alegraba de que no fuese un rasgo dominante.

—No creo que nadie sea prescindible —repliqué—. Aunque he de admitir que si tuviese que escoger a una persona para compartir un bote salvavidas conmigo, ella no habría figurado en mi lista.

La boca de Eric se retorció en una sonrisa.

—Pero —añadí— estaba embarazada. Ése es el asunto, y el bebé era de mi hermano.

—Las mujeres embarazadas valían el doble si se las mataba en mis tiempos —dijo Eric.

Casi nunca hablaba de su vida antes de su conversión.

—¿A qué te refieres con que valían? —pregunté.

—En tiempos de guerra, o con los forasteros, podíamos matar tanto como quisiéramos —dijo—. Pero en las disputas entre nuestra propia gente, teníamos que pagar en plata si matábamos a alguien. —Daba la sensación de que excavaba en sus recuerdos con esfuerzo—. Si la persona muerta era una mujer embarazada, el precio era el doble.

—¿Qué edad tenías cuando te casaste? ¿Tenías hijos? —Sabía que Eric se había casado, pero no conocía nada más de su vida.

—Me convertí en hombre a los doce —dijo—. Me casé a los dieciséis. Mi mujer se llamaba Aude. Aude tuvo…, tuvimos… seis hijos.

Contuve el aliento. Podía ver cómo contemplaba el enorme vacío que separaba su presente (un bar en Shreveport, Luisiana) y su pasado (una mujer muerta desde hacía mil años).

—¿Vivieron? —pregunté con voz muy baja.

—Tres de ellos sí —dijo, y sonrió—. Dos chicos y una chica. Dos murieron al nacer. Y Aude y el sexto murieron en el parto.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Adquirieron unas fiebres. Supongo que debido a algún tipo de infección. Por aquel entonces, si la gente enfermaba, lo más probable es que muriera. Aude y el bebé murieron en un intervalo de horas. Los enterré en una tumba preciosa —explicó, orgulloso—. Mi mujer lucía mi mejor broche en el vestido, y deposité al bebé sobre su pecho.

Nunca me había resultado tan distinto a un hombre moderno.

—¿Qué edad tenías?

Se lo pensó.

—Veintipocos —dijo—. Puede que veintitrés. Aude tenía más. Había sido la mujer de mi hermano mayor, y cuando éste murió en la batalla me correspondió a mí casarme con ella para que nuestras familias siguieran unidas. Pero siempre me gustó, y ella también estaba dispuesta. No era una cría tonta; había perdido dos bebés de mi hermano, y se alegraba de tener alguno más aún vivo.

—¿Qué pasó con vuestros hijos?

—¿Cuándo me convertí en vampiro?

Asentí.

—No podían ser muy mayores.

—No, eran pequeños. Ocurrió poco después de la muerte de Aude —dijo—. La echaba de menos, y necesitaba a alguien que los criase. Entonces no existían los amos de casa —se rió—. Tenía que salir a saquear. Tenía que asegurarme de que los esclavos cumplían con su trabajo en los campos. Necesitaba otra mujer. Una noche, fui a visitar a la familia de una muchacha que esperaba quisiera casarse conmigo. Vivía a una o dos millas. Tenía algunos bienes terrenales, mi padre era caudillo, me consideraban un hombre atractivo y era un guerrero, así que no era mal partido. Sus hermanos y su padre se alegraron de reunirse conmigo y ella parecía… agradable. Traté de conocerla un poco. Era una buena noche. Tenía bastantes esperanzas. Pero hubo mucha bebida, y el camino de vuelta a casa… —Hizo una pausa y vi cómo se le movía el pecho. Recordando sus últimos instantes como humano, trataba de tomar aliento—. Había luna llena. Vi a un hombre herido a un lado del camino. Normalmente hubiese mirado alrededor en busca de quienes le habían atacado, pero estaba bebido. Me acerqué para ayudarlo; seguro que imaginas lo que pasó a continuación.

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