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Authors: Charlaine Harris

Muerto y enterrado (10 page)

—No estaba herido en realidad.

—Él no. Pero, poco después, yo sí. Estaba hambriento. Su nombre era Appius Livius Ocella. —Eric esbozó una sonrisa, aunque carente de todo sentido del humor—. Me enseñó muchas cosas, y la primera fue no llamarle nunca Appius. Decía que aún no lo conocía lo suficiente.

—¿Y qué más?

—Me enseñó cómo llegar a conocerlo.

—Oh. —Supuse que había comprendido lo que me decía.

Eric se encogió de hombros.

—No estuvo tan mal… En cuanto dejamos el lugar lo supe. Con el tiempo, dejé de sufrir por los hijos y el hogar perdidos. Nunca había estado alejado de mi gente. Mis padres aún estaban vivos. Sabía que mis hermanos se encargarían de que mis hijos fuesen criados como era debido, y dejé riqueza suficiente como para que no se convirtieran en una carga. Estaba preocupado, por supuesto, pero de nada iba a servirme. Tenía que mantenerme alejado. En aquellos días, en las aldeas pequeñas, ningún extranjero pasaba desapercibido, y si me aventuraba en las cercanías de donde vivía, me reconocerían y me darían caza. Sabrían en lo que me había convertido, o al menos sabrían que era una… aberración.

—¿Adónde fuisteis Appius y tú?

—Nos dirigimos a las mayores ciudades que pudimos encontrar, que por aquel entonces no eran muchas. Siempre estábamos viajando, en paralelo a los caminos para poder cazar a los viajeros.

Me estremecí. Resultaba doloroso imaginarse a Eric, tan extravagante y sagaz, moviéndose furtivamente por los bosques en busca de sangre fácil. Y resultaba terrible pensar en los desafortunados a quienes tendía las emboscadas.

—No había demasiada gente —dijo—. Los aldeanos echarían de menos a sus vecinos de inmediato. Teníamos que movernos sin parar. Al principio, los jóvenes vampiros están tan hambrientos que, como me pasó a mí, matan aunque no sea su intención.

Respiré hondo. Eso era lo que hacían los vampiros; cuando eran jóvenes, mataban. En aquel entonces no había un sustitutivo de la sangre fresca. Era matar o morir.

—¿Se portaba Appius Livius Ocella bien contigo? —¿Qué puede haber peor que ser el eterno compañero del hombre que te ha asesinado?

—Me enseñó todo lo que sabía. Había servido en las legiones y era un guerrero, como yo, así que algo teníamos en común. Le gustaban los hombres, por supuesto, y necesité tiempo para acostumbrarme a eso. Nunca lo había hecho. Pero cuando eres un retoño de vampiro, cualquier cosa sexual te parece excitante, así que hasta me permití disfrutar… con el tiempo.

—Tenías que obedecer —dije.

—Oh, él era infinitamente más fuerte… a pesar de que yo era más grande; más alto, con los brazos más largos. Hacía tantos siglos que era vampiro que había perdido la cuenta. Y, por supuesto, era mi señor. Tenía que obedecer. —Eric se encogió de hombros.

—¿Es algo místico o una norma establecida? —le pregunté, cuando la curiosidad me había empapado del todo.

—Ambas cosas —dijo—. Es algo compulsivo, no te puedes resistir por mucho que quieras…, por muy desesperado que estés por salir huyendo. —Su blanco rostro estaba encerrado en sus cavilaciones.

No alcanzaba a imaginar a Eric haciendo algo que no quisiera desde una posición de servidumbre. Claro que ahora tenía un jefe; no era autónomo. Pero no debía inclinarse y arrastrarse, y tomaba la mayoría de sus decisiones.

—No puedo imaginarlo —dije.

—No te lo desearía. —Un extremo de su boca se torció hacia abajo dando lugar a una expresión abyecta. Justo cuando empezaba a sopesar la ironía de todo aquello, ya que quizá se había casado conmigo al estilo vampírico sin preguntarme, Eric cambió de tema, dando un portazo a su pasado—. El mundo ha cambiado mucho desde que yo era humano. Los últimos cien años han sido especialmente emocionantes. Y ahora los licántropos salen del armario, junto con los demás hijos de la doble estirpe. ¿Quién sabe? Quizá las brujas o las hadas sean las siguientes. —Me sonrió, aunque con un poco de rigidez.

Su idea me inspiró la feliz fantasía de ver a mi bisabuelo Niall de forma diaria. Me había enterado de su existencia tan sólo hacía unos meses y no habíamos tenido mucho tiempo para estar juntos. Pero saber que contaba con un ascendente vivo era muy importante para mí. Tenía muy poca familia.

—Eso sería maravilloso —contesté melancólicamente.

—Querida, eso nunca ocurrirá —dijo Eric—. Las criaturas feéricas son las más secretas de todos los seres sobrenaturales. No quedan muchas en este país. De hecho, apenas quedan en el mundo. El número de sus hembras y su fertilidad desciende cada año. Tu bisabuelo es uno de los pocos supervivientes con sangre real. Jamás admitiría tratar con humanos.

—Pues habla conmigo —añadí, insegura de a qué se refería exactamente con «tratar».

—Porque compartes su sangre —respondió Eric con un meneo de la mano libre—. De no ser así, jamás hubieses sabido de su existencia.

Pues la verdad es que no. Niall no iba a pasarse por el Merlotte’s para tomar un trago y una cesta de pollo y estrechar las manos de los parroquianos. Miré a Eric con tristeza.

—Ojalá ayudase a Jason —deseé—. Jamás pensé que diría esto. A Niall no parece gustarle en absoluto, pero Jason tendrá muchos problemas a raíz de la muerte de Crystal.

—Sookie, si lo que quieres es saber lo que pienso, no tengo ni idea de por qué mataron a Crystal. —Y tampoco le importaba demasiado. Al menos, con Eric una sabía a qué atenerse.

De fondo, el DJ de la KDED decía:

—A continuation,
And It Rained All Night
, de Thom Yorke.

Mientras Eric y yo habíamos mantenido nuestra conversación, los sonidos del bar parecían haber enmudecido en la lejanía. Ahora volvían de golpe.

—La policía y las panteras buscarán al culpable —dijo—. Me preocupan más los agentes del FBI. ¿Qué persiguen? ¿Quieren arrestarte? ¿Pueden hacer eso en este país?

—Querían identificar a Barry. Después querían saber de lo que él y yo éramos capaces y cómo lo hacíamos. A lo mejor tenían instrucciones para pedirnos que trabajásemos para ellos y la muerte de Crystal interrumpió la conversación antes de que pudieran hacerlo.

—Y tú no quieres hacer eso. —Los brillantes ojos azules de Eric estaban cargados de intención—. No quieres irte.

Saqué mi mano de debajo de la suya. Vi cómo mis manos se aferraban la una a la otra.

—No quiero que muera nadie porque yo no esté dispuesta a ayudar —dije. Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas—. Pero soy lo bastante egoísta para no querer ir adondequiera que me manden en busca de gente moribunda. No soportaría ver desastres todos los días. No quiero dejar mi casa. He tratado de imaginar cómo sería, qué tareas me encargarían. Y me da un miedo atroz.

—Quieres ser dueña de tu propia vida —dijo Eric.

—Tanto como cualquier otro.

—Justo cuando me convenzo de que eres muy sencilla, dices algo complejo —comentó.

—¿Es una queja? —pregunté con una sonrisa fallida.

—No.

Apareció una voluminosa chica de gran mandíbula y exhibió una libreta de autógrafos ante Eric.

—¿Le importaría darme una firma? —dijo. Eric le regaló una deslumbrante sonrisa e hizo unos garabatos en la página en blanco—. Gracias —añadió ella sin aliento, y volvió a su mesa. Sus amigas, todas mujeres apenas con edad suficiente para estar en el bar, vitorearon su valor y ella enseguida se puso a contarles todos los detalles de su encuentro con un vampiro. Cuando acabó, una camarera se acercó a su mesa y recibió el encargo de otra ronda. El personal estaba muy bien formado.

—¿En qué estaba pensando? —me preguntó Eric.

—Oh, estaba muy nerviosa y pensaba que eras maravilloso, pero… —pugné por traducir la idea en palabras—. No guapo de una manera que le resultase auténtica. Piensa que nunca podrá aspirar a tenerte. Es muy… Creo que no se tiene en muy alta estima.

Se me pasó uno de esos destellos de fantasía. «Eric se acercaría a ella, le haría una reverencia, le daría un casto beso en la mejilla y pasaría de sus insignificantes amigas. Ese gesto haría que los demás hombres del bar se preguntaran qué habrá visto el vampiro en esa chica que a ellos se les haya escapado. De repente, la sencilla chica se sentiría abrumada con la atención de los hombres testigos de la interacción. Sus amigas la respetarían porque Eric lo había hecho. Su vida cambiaría».

Pero no pasó nada de eso, por supuesto. Eric se olvidó de la chica tan pronto como acabé de hablar. Tampoco creía que ocurriría como en mi fantasía, aunque la abordase. Sentí una punzada de decepción ante el hecho de que los cuentos de hadas no se hacen realidad. Me pregunté si mi feérico bisabuelo habría escuchado alguna de esas historias que tildamos de hadas. ¿Contaban los padres feéricos a sus hijos cuentos de humanos? Estaba dispuesta a apostar a que no.

Me desconecté por un instante, como si diera un paso atrás frente al escaparate de mi vida y la contemplara desde la lejanía. Los vampiros me debían dinero y favores por mis servicios. Los licántropos me habían declarado amiga de la manada por mi ayuda durante la recién terminada guerra. Estaba comprometida con Eric, lo que parecía significar que era su prometida, o incluso novia. Mi hermano era un hombre pantera. Mi bisabuelo era un hada. Me llevó un rato volver a meterme en mi piel. Mi vida era demasiado extraña. Volvía a tener esa sensación de pérdida de control, como si fuese demasiado rápido como para poder frenar.

—No hables con los del FBI a solas —decía Eric—. Llámame si aparecen de noche. Llama a Bobby Burnham si lo hacen de día.

—¡Pero si me odia! —exclamé, arrastrada de vuelta a la realidad y, por ende, no demasiado cauta—. ¿Por qué debería llamarlo?

—¿Qué?

—Bobby me odia —aseguré—. Estaría encantado si los federales me metiesen en algún búnker subterráneo en Nevada durante el resto de mi vida.

El rostro de Eric se quedó helado.

—¿Eso ha dicho?

—No ha hecho falta. Soy capaz de saber cuándo alguien piensa que soy escoria.

—Tendré que hablar con Bobby.

—Eric, no hay ninguna ley que impida que le caiga mal a alguien —dije, recordando lo peligroso que podía ser quejarse ante un vampiro.

Se rió.

—A lo mejor yo promulgo esa ley —respondió con sorna, dejando que su acento se notara más que de costumbre—. Si no das con Bobby (y estoy seguro de que te ayudará), deberías llamar al señor Cataliades, aunque ahora está en Nueva Orleans.

—¿Le va bien? —No sabía nada del abogado semidemonio desde el derrumbe del hotel de los vampiros en Rhodes.

Eric asintió.

—Nunca ha estado mejor. Ahora representa los intereses de Felipe de Castro en Luisiana. Te ayudará si se lo pides. Le caes muy bien.

Almacené ese dato para darle vueltas más tarde.

—¿Sobrevivió su sobrina? —pregunté—. ¿Diantha?

—Sí —respondió Eric—. Estuvo enterrada doce horas; los del rescate sabían que estaba allí pero se encontraba atrapada bajo unas vigas. Llevó tiempo retirarlas. Al final, la sacaron.

Me alegraba saber que Diantha seguía viva.

—¿Y el abogado Johann Glassport? —pregunté—. Tenía algunas contusiones, según el señor Cataliades.

—Se recuperó del todo. Recibió su paga y desapareció en las entrañas de México.

—Lo que se gana en México se pierde en México —dije. Me encogí de hombros—. Supongo que es el abogado quien se queda con el dinero cuando muere quien te contrata. Yo nunca recibí mi paga. Puede que Sophie-Anne pensara que Glassport hizo más por ella, o que éste tuviese la audacia de pedírselo aunque hubiese perdido las piernas.

—No sabía que no te habían pagado. —Eric volvía a parecer decepcionado—. Hablaré con Victor. Si Glassport recibió lo suyo por sus servicios a Sophie, tú también deberías. Sophie ha dejado grandes propiedades y ningún heredero. El rey de Victor tiene una deuda contraída contigo. Escuchará.

—Eso sería ideal —dije. Quizá soné demasiado aliviada.

Eric me lanzó una afilada mirada.

—Sabes —me recordó— que si necesitas dinero, sólo tienes que pedirlo. No quiero que padezcas por una necesidad, y te conozco de sobra para saber que no pedirías dinero para nada frívolo.

Por su tono, casi no parecía que para él eso fuera una virtud.

—Aprecio que pienses eso —dije, consciente de que la voz se me tensaba—. Sólo quiero lo que se me debe.

Hubo un prolongado silencio entre ambos, a pesar de que el bar mostraba sus habituales niveles de ruido alrededor de la mesa de Eric.

—Dime la verdad —dijo el vampiro—. ¿Es posible que hayas venido hasta aquí para pasar un rato conmigo sin más? Aún no me has dicho lo enfadada que estás conmigo por lo del cuchillo. Al parecer no vas a hacerlo, al menos esta noche. Aún no he hablado contigo de mis recuerdos de los días que pasamos juntos cuando me ocultaste en tu casa. ¿Sabes por qué acabé tan cerca de allí, corriendo por esa carretera bajo ese frío?

Su pregunta era tan inesperada que no pude articular palabra. No estaba segura de querer conocer la respuesta. Pero al final conseguí decir:

—No, no lo sé.

—La maldición de la bruja, la que activó cuando Clancy la mató…, consistía en que permaneciese cerca de lo que mi corazón más deseara sin siquiera saberlo. Una maldición horrible y que Hallow debió de crear con gran sutileza. En su libro de conjuros algunas páginas tenían las esquinas dobladas.

No podía decir nada. Aunque pensé en ello.

Era la primera vez que iba a Fangtasia simplemente para hablar, sin ser convocada por alguna razón que concerniese a los vampiros. ¿Era por el vínculo de sangre o por algo más natural?

—Supongo… que sólo quería algo de compañía —dije—, no revelaciones que me alteraran el corazón.

Sonrió.

—Eso es bueno.

Yo no estaba tan segura.

—Sabes que no estamos realmente casados, ¿verdad? —pregunté. Tenía que decir algo, tanto como olvidar todo el asunto, como si nunca hubiese pasado—. Sé que ahora los vampiros y los humanos pueden casarse, pero yo no reconozco esa ceremonia, ni tampoco el Estado de Luisiana.

—Lo que sé es que, si no lo hubiera hecho, ahora mismo estarías sentada en un cuartucho de Nevada, escuchando a Felipe de Castro hacer negocios con los humanos.

Odio que mis sospechas sean correctas.

—Pero lo salvé —dije, procurando no sollozar—. Le salvé la vida, y me prometió que contaba con su amistad. Creía que eso implicaba su protección.

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