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Authors: Charlaine Harris

Muerto y enterrado (7 page)

Me había costado creerlo, pero era verdad. Habían erigido una cruz tradicional en el aparcamiento de los empleados, cerca de los árboles, donde la grava daba paso al terreno más salvaje. Habían clavado a una persona en ella. La recorrí con la mirada, asimilé el cuerpo desfigurado, las vetas de sangre reseca y ascendí hasta la cara.

—Oh, no —dije, y me caí de rodillas.

Antoine, el cocinero, y D’Eriq, su ayudante, aparecieron de repente a cada uno de mis lados, tirando de mí hacia arriba. D’Eriq tenía la cara inundada en lágrimas y Antoine lucía una expresión sombría, pero el cocinero no había perdido la cabeza. Había servido en Irak y había estado en Nueva Orleans cuando el Katrina. Había visto cosas peores.

—Lo siento, Sookie —dijo.

Andy Bellefleur estaba allí, con el sheriff Dearborn. Se me acercaron, parecían más grandes y abultados dentro de sus impermeables. Tenían la expresión endurecida por el impacto reprimido.

—Lamento lo de tu cuñada —dijo Bud Dearborn, pero apenas escuché sus palabras.

—Estaba embarazada —lamenté—. Estaba embarazada. —Era lo único que podía pensar. No me extrañaba que alguien quisiera matar a Crystal, pero me horrorizaba el destino del bebé.

Respiré hondo y conseguí volver a mirar. Las manos ensangrentadas de Crystal eran zarpas de pantera. También había cambiado la parte inferior de sus piernas. El efecto era incluso más impactante y grotesco que la crucifixión de una mujer humana normal y, si cabía, más deplorable.

Los pensamientos empezaron a volar en mi mente sin secuencia lógica. Pensé en quién debería ser avisado de que Crystal había muerto. Calvin no sólo era el líder de su clan, sino también su tío. Y mi hermano, su marido. ¿Y por qué, de todos los lugares posibles, habían dejado a Crystal aquí? ¿Quién habría podido hacerlo?

—¿Habéis llamado ya a Jason? —pregunté con labios entumecidos. Quise achacárselo al frío, pero sabía que se debía a la conmoción—. A estas horas estará trabajando.

—Lo hemos llamado —respondió Bud Dearborn.

—Por favor, procurad que no la vea —dije. La sangre había chorreado por la madera hasta formar un charco en la base de la cruz. Me mordí la lengua y recuperé el control.

—Tengo entendido que ella le puso los cuernos y que su ruptura fue sonada. —Bud trataba de sonar desapasionado, pero le estaba costando un esfuerzo. Había ira tras sus ojos.

—Eso puedes preguntárselo a Dove Beck —dije automáticamente, a la defensiva. Alcee Beck era inspector de policía de Bon Temps, y el hombre que había escogido Crystal para ponerle los cuernos fue a Dove, su primo—. Sí, Crystal y Jason se han separado. Pero él nunca le haría daño a su bebé. —Sabía que Jason no le habría hecho algo tan horrible a Crystal cualquiera que hubiese sido la provocación, pero no esperaba que nadie más me creyera.

Lattesta se nos acercó, seguido de cerca por la agente Weiss. Ella tenía la boca de un tono pálido, pero su voz permanecía tranquila.

—Dado el estado del cuerpo, esta mujer debía de ser… una mujer pantera. —La palabra se abrió paso con dificultad entre sus labios.

Asentí.

—Sí, señora, lo era. —Aún pugnaba por recuperar el control de mi estómago.

—Entonces esto podría ser un crimen xenófobo —dijo Lattesta. Mantenía una expresión férrea y los pensamientos ordenados. Estaba elaborando mentalmente una lista de llamadas que tenía que realizar, y trataba de vislumbrar una forma de hacerse cargo del caso. Si se confirmaba que era un crimen xenófobo, tenía un buen argumento para subirse a la investigación.

—¿Y quién es usted? —preguntó Bud Dearborn. Tenía los dedos metidos por el cinturón y miraba a los agentes del FBI como si fuesen comerciales de una funeraria.

Mientras los agentes se presentaban y emitían profundos juicios sobre la escena del crimen, Antoine dijo:

—Lo siento, Sookie. Tuvimos que avisar. Pero te llamamos a casa justo después.

—Claro que teníais que llamarlos —contesté—. Ojalá Sam estuviese aquí. —Oh, Dios, me saqué el móvil del bolsillo y pulsé la tecla de marcación rápida—. Sam —dije cuando descolgó—, ¿puedes hablar?

—Sí —contestó, algo temeroso. Ya intuía que algo iba mal.

—¿Dónde estás?

—En el coche.

—Tengo malas noticias.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha incendiado el bar?

—No, pero han asesinado a Crystal en el aparcamiento. Detrás de la caravana.

—Joder. ¿Dónde está Jason?

—Está de camino, no muy lejos, creo.

—Lo siento, Sookie —sonaba agotado—. Esto va a ser muy feo.

—El FBI está aquí. Creen que podría tratarse de un crimen xenófobo. —Omití la explicación de su presencia en Bon Temps.

—Bueno, Crystal no era muy popular que digamos —dijo Sam con cautela, con la voz cuajada de sorpresa.

—La han crucificado.

—Joder… —Una larga pausa—. Sook, si mi madre sigue estable y no hay cambios legales respecto a mi padrastro, volveré a última hora de hoy o a primera de mañana.

—Bien. —Era incapaz de calcular el alivio que me producían esas palabras. Y de nada servía fingir que lo tenía todo bajo control.

—Lo siento,
cher
—dijo—. Lamento que tengas que apechugar con ello, lamento que sospechen de Jason y todo lo demás. También lo siento por Crystal.

—Estoy deseando verte —respondí, con la voz temblorosa y llena de lágrimas incipientes.

—Allí estaré. —Y colgó.

—Señorita Stackhouse —dijo Lattesta—, ¿son esos hombres también empleados del bar?

Hice las presentaciones entre Antoine y D’Eriq y Lattesta. La expresión de Antoine no cambió en absoluto, pero D’Eriq parecía muy impresionado al conocer a un agente del FBI.

—Ambos conocían a Crystal Norris, ¿verdad? —preguntó Lattesta tranquilamente.

—Sólo de vista —dijo Antoine—. Solía pasar por el bar.

D’Eriq asintió.

—Crystal Norris Stackhouse —informé—. Es mi cuñada. El sheriff ha llamado a mi hermano. Pero hay que llamar a su tío, Calvin Norris. Trabaja en Norcross.

—¿Es su pariente más cercano? ¿Aparte del marido?

—Tiene una hermana. Pero Calvin es el líder de… —me callé, dudando de si Calvin apoyaba la Gran Revelación—. Él la crió —dije. Era lo más cercano a la verdad.

Lattesta y Weiss hicieron corrillo con Bud Dearborn. Se enzarzaron en una profunda conversación, probablemente acerca de Calvin y la diminuta comunidad del sombrío cruce. Hotshot era un grupo de casas con muchos secretos. Crystal siempre quiso escapar de allí, pero también era donde más segura se sentía.

Mis ojos volvieron a la torturada figura de la cruz. Crystal iba vestida, pero la ropa se había raído donde los brazos y las piernas habían comenzado a transformarse, y estaba toda empapada de sangre. Sus manos y pies, atravesados por clavos, estaban llenos de costras. Estaba sujeta al eje de la cruz con cuerdas, lo que evitaba que la piel de los miembros se rasgara y el cuerpo cayera a peso.

Había visto muchas cosas horribles, pero puede que ésa fuese la más patética.

—Pobre Crystal —dije, sorprendida por las lágrimas que empezaron a derramarse por mis mejillas.

—No te caía bien —indicó Andy Bellefleur. Me pregunté cuánto tiempo llevaba ahí, contemplando los despojos de lo que una vez fue una mujer viva y sana. Andy lucía una barba de varios días y su nariz estaba roja. Estaba resfriado. Estornudó y se excusó, echando mano de un pañuelo.

D’Eriq y Antoine hablaban con Alcee Beck. Alcee era el otro inspector de policía de Bon Temps, y eso no resultaba nada prometedor de cara a la investigación. No parecía que fuese a lamentar demasiado la muerte de Crystal.

Andy volvió a mirarme tras meterse el pañuelo en el bolsillo. Me quedé observando su rostro, ancho y agotado. Sabía que haría todo lo posible por encontrar a quien había hecho eso. Confiaba en Andy. El robusto Andy, unos años mayor que yo, nunca había sido de los que sonreían. Era serio y suspicaz. No sabía si había escogido su ocupación porque era lo que le gustaba, o si su carácter había cambiado en consecuencia del puesto que desempeñaba.

—He oído que ella y Jason se separaron —dijo.

—Sí, ella lo engañaba. —Era algo que todo el mundo sabía. No iba a fingir lo contrario.

—¿A pesar de estar embarazada? —Andy meneó la cabeza.

—Sí —dije, extendiendo las manos. «Así era».

—Es asqueroso —respondió Andy.

—Sí. Engañar a tu marido estando embarazada de él… es especialmente repugnante —añadí, verbalizando por vez primera un pensamiento que siempre había tenido.

—¿Y quién era el otro hombre? —preguntó Andy casualmente—. ¿O había más de uno?

—Eres el único en Bon Temps que no sabe que se tiraba a Dove Beck —dije.

Esta vez se le quedó. Andy miró de reojo a Alcee Beck y volvió conmigo.

—Ahora lo sé —dijo—. ¿Quién la odiaba tanto, Sookie?

—Si estás pensando en Jason, mejor será que vuelvas a empezar. Él nunca le haría eso a su bebé.

—Si era tan ligera de cascos, a lo mejor no era suyo —sugirió Andy—. Quizá lo descubrió.

—Era suyo —contesté con una firmeza de la que no estaba del todo segura—. Pero, aunque no lo fuese, si algún análisis así lo concluyera, él no mataría al bebé de nadie. De todos modos, no vivían juntos. Ella había vuelto con su hermana. ¿Por qué se iba a molestar siquiera?

—¿Qué hacía el FBI en tu casa?

Vale, así que el interrogatorio iba por esos derroteros.

—Querían saber algunas cosas acerca de la explosión en Rhodes —respondí—. Me enteré de lo de Crystal cuando aún estaban en casa. Me acompañaron por curiosidad profesional, supongo. Lattesta, el tipo, piensa que podría ser un crimen xenófobo.

—Es una idea interesante —admitió—. Sin duda lo es, pero no tengo claro que sea el tipo de crimen que deban investigar ellos. —Se alejó para hablar con Weiss. Lattesta estaba mirando el cuerpo, meneando la cabeza, como si anotara mentalmente un nivel de horror que creía imposible de ser alcanzado.

No sabía qué hacer. Estaba al cargo del bar, y la escena del crimen se encontraba en plena propiedad del mismo, así que me decidí a quedarme.

—¡Todos los presentes en la escena del crimen que no sean oficiales de policía, que abandonen el lugar! —mandó Alcee Beck—. ¡Todos los oficiales que no sean esenciales, que pasen al aparcamiento delantero! —Su mirada se cruzó conmigo y apuntó a la parte delantera con un dedo. Así que obedecí y me apoyé en mi coche. Aunque hacía frío, tuve la suerte de que el día era soleado y no soplaba el viento. Me subí el cuello del abrigo para cubrirme las orejas y busqué mis guantes negros en el coche. Me los enfundé y aguardé.

Pasó el tiempo. Observé cómo varios oficiales de policía iban y venían. Cuando apareció Holly para cubrir su turno, le expliqué lo que había pasado y la mandé a casa, añadiendo que la llamaría cuando pudiese abrir el bar. No se me ocurría qué otra cosa hacer. Hacía tiempo que Antoine y D’Eriq se habían ido, justo después de que grabara sus números en mi móvil.

La camioneta de Jason frenó en seco junto a mi coche, saltó de ella y se puso a mi altura. Hacía semanas que no hablábamos, pero no era el mejor momento para hablar de nuestras diferencias.

—¿Es verdad? —preguntó mi hermano.

—Sí, lo siento.

—¿El bebé también?

—Sí.

—Alcee se pasó por la obra —dijo, aterido—. Vino a preguntarme cuándo la había visto por última vez. No he hablado con ella desde hace cuatro o cinco semanas, salvo para mandarle algo de dinero para la visita del médico y sus vitaminas. La vi una vez en el Dairy Queen.

—¿Con quién estaba?

—Con su hermana. —Tomó una profunda y temblorosa bocanada de aire—. ¿Crees que… sufrió?

De nada servía andarse por las ramas.

—Sí —dije.

—Entonces lamento que tuviera que irse de esa manera —dijo él. No estaba acostumbrado a expresar emociones complejas, y sobre él languidecía torpemente esa mezcla de dolor, lamento y pérdida. Parecía haberse echado cinco años a la espalda—. Estaba muy dolido y enfadado con ella, pero no quería que sufriese así. Sabe Dios que probablemente no habríamos sido unos buenos padres, pero tampoco tuvimos la oportunidad de intentarlo.

Estuve de acuerdo con cada una de sus palabras.

—¿Estuviste con alguien anoche? —pregunté finalmente.

—Sí, llevé a Michele Schubert a su casa desde el Bayou —dijo. El Bayou era un bar de Clarice, a unos kilómetros.

—¿Se quedó toda la noche?

—Le hice huevos revueltos esta mañana.

—Bien. —Por una vez, la promiscuidad de mi hermano le había servido de algo. Por si fuera poco, Michele era una divorciada sin hijos bastante directa. Si existía alguien deseosa de contarle a la policía con todo detalle dónde había estado y haciendo qué, ésa era Michele. Eso mismo le dije.

—La policía ya ha hablado con ella —me contó.

—Han sido rápidos.

Bud estuvo en el Bayou anoche.

Eso era que el sheriff lo vio marcharse acompañado y tomó nota de con quién lo hacía. No habría mantenido su puesto sin su astucia.

—Eso está bien —dije, incapaz de pensar qué más comentar.

—¿Crees que la mataron porque era una pantera? —preguntó Jason, dubitativo.

—Es posible. Se había transformado parcialmente cuando la mataron.

—Pobre Crystal —se lamentó—. Habría odiado que cualquiera la viese en ese estado. —Y, para mi sorpresa, las lágrimas empezaron a derramarse por sus mejillas.

No sabía cómo reaccionar. Sólo se me ocurrió coger un pañuelo de la caja de mi coche y pasárselo. Hacía años que no veía llorar a Jason. ¿Lloraría también cuando murió la abuela? Quizá de verdad amase a Crystal. Quizá no fuese sólo el orgullo herido lo que le impulsó a exponerla como adúltera. Lo arregló para que su tío Calvin y yo la pillásemos con las manos en la masa. Me sentí tan asqueada y furiosa por ser una testigo forzada (con las consecuencias que ello acarreó) que evité a Jason durante semanas. La muerte de Crystal había desterrado la ira, al menos de momento.

—Eso ya no importa —dije.

La destartalada camioneta de Calvin aparcó al otro lado de mi coche. Estuvo frente a mí más deprisa de lo que ningún ojo podía captar, mientras Tanya Grissom bajaba por el otro lado. Calvin miraba con los ojos de un extraño. El habitual tono amarillento de sus ojos era ahora de un claro dorado, tenía los iris tan dilatados que apenas se veía blanco de fondo. Las pupilas se le habían estirado. Ni siquiera se había puesto una chaqueta ligera. Sentí frío en más de un sentido al verlo.

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