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Authors: Charlaine Harris

Muerto y enterrado (8 page)

Estiré las manos.

—Lo siento, Calvin —lamenté—. Tienes que saber que no fue Jason quien lo hizo. —Alcé la mirada, no demasiado, para encontrarme con sus escalofriantes ojos. Calvin tenía más canas que cuando lo conocí hacía algunos años, y también parecía más regordete. Pero aún se le veía duro, fiable y recio.

—Tengo que olerla —dijo, omitiendo mis palabras—. Tienen que dejarme olerla. Yo sabré quién ha sido.

—Vamos, pues; se lo diremos —respondí, no sólo porque era una buena idea, sino también porque quería mantenerlo apartado de Jason. Al menos mi hermano fue lo bastante inteligente como para quedarse en el otro extremo de mi coche. Cogí a Calvin del brazo y empezamos a rodear el edificio hasta toparnos con la cinta policial.

Bud Dearborn cruzó a nuestro lado de la cinta al vernos.

—Calvin, sé que estás enfadado, y lamento profundamente lo de tu sobrina —empezó a decir, pero, con un rápido zarpazo, Calvin cortó la cinta y avanzó hacia la cruz.

Antes de que pudiera dar tres pasos, los agentes del FBI se movieron para interceptarlo, y casi con la misma rapidez se encontraron en el suelo. Hubo muchos gritos y tumulto, y finalmente Bud, Andy y Alcee estaban intentando contener a Calvin, apoyados por los dos agentes del FBI desde unas posturas poco dignas.

—Calvin —resolló Bud Dearborn. Bud no era ningún jovenzuelo, y saltaba a la vista que intentar sujetar a Calvin le estaba llevando cada gramo de fuerza que le quedaba—. No puedes acercarte, Calvin. Las pruebas que recojamos podrían contaminarse si no te alejas del cuerpo.

Me maravillaba la abnegación de Bud. Habría esperado que golpeara a Calvin con su porra o la linterna. Pero parecía simpatizar tanto como un hombre tenso y serio pudiera hacerlo. Por vez primera, supe que no era la única conocedora del secreto de la comunidad de Hotshot. La mano rugosa de Bud palmeó el brazo de Calvin a modo de consuelo. Se cuidó de no tocar sus garras. El agente especial Lattesta se dio cuenta de ello en ese momento y lanzó un duro suspiro, emitiendo un incoherente sonido de aviso.

—Bud —dijo Calvin con un gruñido por voz—, si no puedes dejar que me acerque ahora, tendré que olerla cuando la bajen. Quiero quedarme con el olor de los que le han hecho esto.

—Veré si es posible —contestó Bud con firmeza—. Pero, por ahora, amigo, tendremos que sacarte de aquí porque vamos a recoger todas las pruebas, pruebas que valdrán en un tribunal. Tienes que mantenerte apartado de ella, ¿de acuerdo?

Bud nunca me había tenido especial afecto, y desde luego que era recíproco, pero en ese momento no pude evitar tener buenos pensamientos hacia él.

Tras un largo instante, Calvin asintió. Parte de la tensión se evaporó de sus hombros. Todos los que le sujetaban fueron aflojando la presa.

—Quédate delante —pidió Bud—, te llamaremos. Tienes mi palabra.

—Está bien —dijo Calvin, y los policías lo soltaron. Dejó que lo rodeara con el brazo. Juntos, nos volvimos para regresar al aparcamiento. Tanya le estaba esperando y la tensión afloraba en cada milímetro de su cuerpo. Había tenido la misma perspectiva que yo: que Calvin se llevaría una buena.

—No ha sido Jason —repetí.

—Tu hermano no me importa —dijo, clavándome esos extraños ojos suyos—. No me importa. Y no creo que la haya matado.

Estaba claro que pensaba que mi ansiedad por Jason entorpecía mi preocupación por el auténtico problema, la muerte de su sobrina. Y también era evidente que aquello no le gustaba un pelo. Tenía que respetar sus sentimientos, así que cerré la boca.

Tanya le cogió de las manos, incluidas las garras.

—¿Dejarán que te acerques? —preguntó. Sus ojos no abandonaron en ningún momento la cara de Calvin. Yo podría no haber estado allí perfectamente por lo que a ella concernía.

—Cuando bajen el cuerpo —dijo.

Ojalá Calvin pudiera identificar al asesino. Gracias a Dios que los cambiantes habían salido a la luz. Aunque… quizá por eso habían matado a Crystal.

—¿Crees que captarás el olor? —preguntó Tanya. Su voz era tranquila y decidida. Estaba más seria de lo que jamás la había visto desde que nos conocíamos. Rodeó a Calvin con los brazos y, aunque no era un hombre alto, sólo alcanzó la parte superior de su esternón. Levantó la cabeza para encontrarse con sus ojos.

—Percibiré muchos olores después de que esos tipos la hayan tocado. Sólo puedo intentar compararlos. Ojalá hubiese llegado primero. —Sostuvo a Tanya, como si necesitase apoyarse en alguien.

Jason estaba a un metro, a la espera de que Calvin reparara en él. Tenía la espalda tiesa y el rostro petrificado. Se produjo un horrible momento de silencio cuando Calvin miró por encima del hombro de Tanya y se percató de Jason.

No sé cómo reaccionó Tanya, pero cada músculo de mi cuerpo se tensó. Lentamente, Calvin extendió una mano hacia Jason. A pesar de que volvía a ser una mano humana, estaba visiblemente magullada. La piel estaba recién cicatrizada y uno de los dedos estaba ligeramente doblado.

Eso se lo había hecho yo. Avalé a Jason en su boda y Calvin hizo lo propio con Crystal. Una vez que Jason nos hizo presenciar la infidelidad de ella, tuvimos que representarlos en el momento de la sanción: la mutilación de una mano o zarpa. Me vi en la obligación de estrellar un ladrillo sobre la mano de mi amigo. No volví a sentir lo mismo por Jason desde entonces.

Jason se inclinó y lamió el reverso de la mano, poniendo de relieve su sumisión. Lo hizo con torpeza, ya que el ritual aún le resultaba nuevo. Contuve el aliento. Los ojos de Jason estaban alzados para no perder de vista a Calvin. Cuando éste asintió, todos nos relajamos. Calvin había aceptado la obediencia de Jason.

—Participarás en su muerte —dijo Calvin, como si Jason le hubiese pedido algo.

—Gracias —añadió Jason antes de retroceder. Se detuvo a los pocos metros—. Quiero enterrarla —pidió.

—La enterraremos todos —decretó Calvin—. Cuando nos la devuelvan. —No había la menor partícula de concesión en su voz.

Jason titubeó un momento y asintió.

Calvin y Tanya volvieron a meterse en su camioneta. Se acomodaron. Estaba claro que pretendían esperar a que bajaran el cuerpo de la cruz.

—Me voy a casa —dijo Jason—. No puedo seguir aquí. —Parecía casi aturdido.

—Vale —contesté.

—¿Vas a…? ¿Piensas quedarte?

—Sí, soy la encargada del bar mientras Sam siga fuera.

—Confía mucho en ti —constató Jason.

Asentí. Debería sentirme honrada. Y así era.

—¿Es verdad que su padrastro le disparó a su madre? Es lo que decían en el Bayou anoche.

—Sí —asentí—. Él no sabía que la madre de Sam era, ya sabes, cambiante.

Jason meneó la cabeza.

—Esto de darse a conocer —confesó— no sé si ha sido tan buena idea después de todo. Han disparado a la madre de Sam. Crystal está muerta. Alguien que sabía lo que era se lo hizo, Sookie. Puede que yo sea el siguiente. O Calvin. O Tray Dawson. O Alcide. Puede que intenten matarnos a todos.

Me dispuse a decir que eso era imposible, que la gente a la que yo conocía no podía volverse contra sus amigos y vecinos por una marca de nacimiento. Pero al final me tragué las palabras porque no estaba segura de que fueran ciertas.

—Es posible —dije, sintiendo que un escalofrío me recorría el espinazo. Respiré hondo—, pero dado que no lo han intentado con los vampiros, al menos a gran escala, supongo que acabarán aceptando a los cambiantes de todo tipo. O al menos eso espero.

Mel, ataviado con su pantalón y camiseta deportivos de costumbre, se bajó de su coche y se nos acercó. Me di cuenta de que tuvo cuidado de no mirar a Calvin, a pesar de que Jason seguía de pie junto a la camioneta del hombre pantera.

—Entonces es verdad —dijo Mel.

—Está muerta, Mel —confirmó Jason.

Mel palmeó a Jason en el hombro con esa extraña forma que tienen los varones de mostrar simpatía por sus semejantes.

—Vamos, Jason, no tienes por qué quedarte aquí. Vamos a tu casa. Nos tomaremos algo, colega.

Jason asintió, aturdido.

—Vale, vámonos.

En cuanto Jason se fue a casa con su amigo Mel, me subí en mi coche y hurgué entre los periódicos de los últimos días que tenía en el asiento trasero. A menudo los recogía a la salida del camino cuando iba a trabajar, los echaba atrás y trataba de leer al menos las portadas dentro de un plazo razonable. Pero, con la marcha de Sam y mi responsabilidad en el bar, no había tenido tiempo de ponerme al día desde el anuncio público de los cambiantes.

Ordené los periódicos y empecé a leer.

Las reacciones públicas habían ido desde el pánico hasta la calma. Muchos afirmaban que ya sospechaban que en el mundo había más que humanos y vampiros. Los propios no muertos estaban al cien por cien con sus compañeros peludos, al menos de cara al público. Por experiencia propia, sabía que las dos especies sobrenaturales habían tenido una relación más que complicada. Los cambiantes y los licántropos se burlaban de los vampiros, y éstos hacían lo propio con ellos. Pero se veía que los seres sobrenaturales habían decidido mostrar un frente público unido, al menos por el momento.

Las reacciones de los Gobiernos variaron mucho. Creo que la política estadounidense fue establecida por licántropos infiltrados en el sistema, porque resultó abrumadoramente favorable. Existía una enorme tendencia a aceptar a los cambiantes como humanos normales, de mantener sin modificación los derechos como ciudadanos que tenían antes de la revelación, cuando nadie sabía de su naturaleza dual. Los vampiros no podían estar demasiado contentos, ya que ellos aún no habían conseguido obtener derechos y privilegios completos a ojos de la ley. El matrimonio legal y la herencia de bienes aún estaban prohibidos en algunos Estados, y los vampiros no podían poseer según qué negocios. El
lobby
humano de los casinos había conseguido impedir que los vampiros aspirasen a la propiedad de negocios de juego, cosa que aún no llegaba a comprender, y si bien podían ejercer como policías o bomberos, los médicos de esa naturaleza no eran aceptados en ningún campo que implicara el tratamiento de heridas abiertas. Los vampiros tampoco podían participar en competiciones deportivas. Por lo que tenía entendido, eran demasiado fuertes. Pero había atletas en cuya genealogía había cambiantes de purasangre o mestizos, ya que los deportes eran una actividad natural para ellos. Las filas del ejército también estaban llenas con hombres y mujeres cuyos abuelos habían aullado bajo la luna llena. Los había incluso de purasangre en los servicios de Defensa, aunque era un oficio muy complicado para gente que necesitaba desaparecer durante tres noches al mes.

Las páginas deportivas estaban llenas de fotos de cambiantes puros o mestizos que se habían vuelto famosos. Un
running back
de los Patriots de Nueva Inglaterra, un jugador de campo de los Cardinals, un corredor de maratones…, todos habían confesado ser cambiantes de uno u otro tipo. Un campeón de natación olímpica acababa de descubrir que su padre era un hombre foca, y la jugadora de tenis número uno de Inglaterra había salido a los medios diciendo que su madre era una mujer leopardo. No había habido tanto tumulto en el mundo deportivo desde el último escándalo por dopaje. ¿Concedía la herencia de estos atletas una ventaja injusta con respecto a los demás competidores? Puede que otro día disfrutara debatiendo el tema con alguien, pero en ese momento no me importaba en absoluto.

Empecé a ver el cuadro completo. La revelación de los cambiantes había sido muy diferente con respecto a la de los vampiros. Éstos estaban completamente fuera de los parámetros humanos, salvo por las leyendas y el saber popular. Vivían aparte. Dado que podían alimentarse con la sangre sintética japonesa, se presentaron como un fenómeno inofensivo. Pero los cambiantes habían vivido entre nosotros todo el tiempo, integrados en nuestra sociedad a pesar de mantener sus alianzas y vidas secretas. A veces incluso sus hijos (los que no eran primogénitos y, por lo tanto, tampoco cambiantes) no sabían lo que eran sus padres, especialmente si no eran lobos.

«Me siento traicionada», decía una mujer. «Mi abuelo se convierte en lince cada mes. Se va por ahí a matar animales. Mi esteticista, a la que llevo frecuentando quince años, es una coyote. ¡No lo sabía! He vivido un horrible engaño».

Algunos pensaban que era fascinante: «Nuestro director es un licántropo», decía un niño de Springfield, Missouri. «¡A que mola!».

La mera existencia de los cambiantes asustaba a muchos. «Tengo miedo y le pegaré un tiro a mi vecino si lo veo trotando por la calle», decía un granjero de Kansas. «¿Y si le da por cazar mis pollos?».

Diversas Iglesias empezaban a sacar a la luz su política hacia estas criaturas. «No sabemos qué pensar», confesaba un funcionario del Vaticano. «Están vivos, entre nosotros, deben de tener alma. Incluso algunos sacerdotes son cambiantes». Los fundamentalistas estaban igual de bloqueados. «Nos preocupábamos por Adam y Steve
[1]
», decía el ministro baptista. «¿Acaso debimos habernos preocupado más por Rover y Fluffy?»
[2]
.

Mientras mi cabeza estuvo distraída, se había desatado el infierno.

De repente, me resultó más sencillo entender por qué habían crucificado a mi cuñada en una cruz, delante de un bar propiedad de un cambiante.

Capítulo 6

El cuerpo de Crystal recuperó su aspecto humano en cuanto le quitaron los clavos de las manos y los pies. Vi cómo lo hacían desde el otro lado de la cinta policial. El proceso atrajo la horrorizada atención de todos los presentes. Incluso Alcee Beck dio un respingo. Ya llevaba esperando horas; tuve tiempo de hojear los periódicos dos veces, encontré una novela de bolsillo en la guantera y pude leer casi un tercio, y además mantuve una superficial conversación con Tanya acerca de la madre de Sam. Tras el refrito de noticias, su tema de conversación prácticamente se limitó a Calvin. Deduje que se había mudado a vivir con él. Había conseguido un trabajo a media jornada en la oficina principal de Norcross de administrativa. Le gustaba el horario y, según explicó, no tenía que estar todo el día de pie.

—Suena bien —dije cortésmente, a pesar de que odio ese tipo de trabajos. ¿Trabajar con la misma gente todos los días? Acabas conociéndolos demasiado bien. Al final sería inevitable meterme en sus pensamientos y acabaría deseando alejarme de ellos por saberlo todo de sus vidas. En el bar siempre había gente diferente, y eso me mantenía distraída—. ¿Cómo os ha ido la Gran Revelación? —pregunté.

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