Read La radio de Darwin Online

Authors: Greg Bear

La radio de Darwin (32 page)

BOOK: La radio de Darwin
2.95Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

—En pocas palabras, Marge me envió aquí para separarte de Saul Madsen todo lo que pueda. Necesito tu permiso para llevar a cabo una investigación exhaustiva sobre EcoBacter, AKS y tus contratos con el Equipo Especial.

—¿Es necesario? Estoy segura de que no hay más esqueletos en mi armario, Wothering.

—Nunca se es demasiado prudente, Kaye. Ya sabes que las cosas se están poniendo muy serias. Los errores de cualquier tipo pueden tener un impacto muy real en las decisiones políticas.

—Lo sé —dijo Kaye—. He dicho que lo lamento.

Wothering extendió la mano e hizo un gesto tranquilizador a la vez que golpeaba el aire con los dedos. En otra época, podría haberle dado golpecitos consoladores en la rodilla de modo paternal.

—Aclararemos este lío. —La mirada de Wothering se volvió dura—. No quiero reemplazar tu sentimiento de responsabilidad personal con la gestión y vigilancia personal automática de un buen abogado —añadió—. Eres una mujer adulta, Kaye. Pero lo que haré será desenredar los hilos, y luego... cortarlos. No le deberás nada a nadie.

Kaye se mordió los labios.

—Me gustaría dejar clara una cosa, señor Wothering. Mi marido estaba enfermo. Mentalmente enfermo. Lo que Saul hiciese o no hiciese no es un reflejo de mí... ni de él. Intentaba mantener su equilibrio y seguir con su trabajo y su vida.

—Lo entiendo, señora Lang.

—Saul me ayudó mucho, a su manera, pero no acepto ninguna insinuación de que no soy dueña de mí misma.

—No pretendía insinuar tal cosa.

—Bien —dijo Kaye, sintiendo que su estado de ligera irritación amenazaba con volverse ira—. Lo que necesito saber es: ¿todavía me considera útil Marge Cross?

Wothering sonrió e hizo un gesto con la cabeza indicando que comprendía su irritación y la necesidad de continuar con su tarea.

—Marge nunca da más de lo que toma, como seguramente descubrirás pronto. ¿Puedes explicarme esta vacuna, Kaye?

—Es una cubierta de varios antígenos que llevan una ribozima específica. Ácido ribonucleico con propiedades similares a las enzimas. Se adhiere a un fragmento del código del SHEVA y lo divide. Rompe su apoyo. El virus no puede replicarse.

Wothering sacudió la cabeza con asombro.

—Técnicamente genial —dijo—. Para la mayoría de nosotros resulta incomprensible. Dime, ¿cómo cree que Marge va a conseguir que mujeres de todo el mundo se planteen usarla?

—Publicidad y promoción, supongo. Dijo que prácticamente ya la había distribuido.

—¿En quién confiarán las pacientes, Kaye? Eres una mujer brillante a la que su marido engañó, ocultándole cosas. Las mujeres pueden sentir esa injusticia en sus vientres. Créeme, Marge hará lo que sea necesario para mantenerte en su equipo. Tu situación mejora día a día.

41. Seattle

Mitch se incorporó sobresaltado en la cama, empapado en sudor y gritando. Las palabras se le escapaban en un farfulleo gutural incluso después de despertar. Se sentó en un lado de la cama, con una pierna todavía enredada entre las mantas, y tembló.

—Chiflado —dijo—. Estoy chiflado. Chiflado hasta este punto.

Había vuelto a soñar con los neandertales. Esta vez había entrado y salido de la perspectiva del macho. Una especie de libertad fluida que le sumergía de inmediato en un estado emocional muy marcado y desagradable, y luego le apartaba a una posición de observador del confuso flujo de acontecimientos. Se había formado una multitud en un extremo del asentamiento, que en esta ocasión no estaba situado en un lago sino en un claro rodeado de un bosque espeso y antiguo. Habían agitado lanzas afiladas, endurecidas al fuego, frente a la mujer, cuyo nombre casi podía recordar... Na-lee o Ma-lee.

—Jean Auel, ve haciéndome sitio —murmuró mientras liberaba el pie de las mantas—. Mowgli, de la Tribu de Piedra, salva a su mujer. Dios.

Fue a la cocina a por un vaso de agua. Estaba pasando algún tipo de infección vírica... un resfriado, seguro, y no el SHEVA, considerando el estado actual de sus relaciones con mujeres. Tenía sequedad y mal sabor de boca, y le goteaba la nariz. Debía de haber pillado el resfriado durante su viaje a la Cueva de Hierro la semana anterior. Tal vez se lo había pasado Merton. Había llevado al periodista británico hasta el aeropuerto para tomar el vuelo a Maryland.

El agua sabía fatal, pero le limpió la boca. Contempló por la ventana la calle Broadway y la oficina de correos, prácticamente desiertas a aquella hora. Una nevada de marzo dejaba caer pequeños copos helados sobre las calles. La luz naranja de las lámparas de vapor de sodio transformaba la nieve acumulada en pilas de oro esparcidas por la calle.

—Nos estaban expulsando del lago, del pueblo —murmuró—. Íbamos a tener que vivir por nuestra cuenta. Algunos exaltados se estaban preparando para seguirnos, tal vez para intentar asesinarnos. Tendríamos...

Estaba temblando. Las emociones habían sido tan crudas y tan realistas que no podía desprenderse de ellas con facilidad. Miedo, ira, algo más... una especie de amor impotente. Sentía su rostro. Habían estado arrancándose una especie de piel de la cara, una especie de máscara. La marca de su crimen.

—Querida Shirley McLaine —dijo, presionando su frente contra el frío cristal de la ventana—. Estoy sintonizando con hombres de las cavernas que no viven en cavernas. ¿Qué me aconsejas?

Miró el reloj del vídeo, situado precariamente sobre la pequeña televisión. Eran las cinco de la mañana. Serían las ocho en Atlanta. Intentaría llamar de nuevo a ese número, y después intentaría conectarse con su portátil recién reparado y enviaría un mensaje de correo electrónico.

En el baño, contempló su imagen en el espejo. El pelo revuelto, el rostro sudado y grasiento, barba de dos días, vestido con una camiseta rota y calzoncillos.

—Un Jeremías bastante aceptable —dijo.

Luego comenzó otra limpieza general, sonándose la nariz y cepillándose los dientes.

42. Atlanta

Christopher Dicken había regresado a su casa en las afueras de Atlanta a las tres de la madrugada. Había estado trabajando en su despacho del CCE hasta las dos, preparando unos informes para Augustine sobre la propagación del SHEVA en África. Había permanecido despierto en la cama durante una hora, preguntándose cómo iba a ser el mundo durante los próximos seis meses. Cuando finalmente se quedó dormido, el timbre del teléfono móvil le despertó con la sensación de que tan sólo habían pasado unos minutos. Se sentó en la cama de matrimonio que había pertenecido a sus padres, y durante unos segundos no supo dónde se encontraba. De inmediato comprendió que no estaba en el hotel Hilton de Ciudad de El Cabo y encendió la lámpara. La luz de la mañana empezaba a filtrarse a través de las contraventanas. Después de que sonase por cuarta vez, consiguió sacar el teléfono del bolsillo de su abrigo, que se encontraba en el armario, y contestó.

—¿El doctor Chris Dicken?

—Christopher, sí. —Miró su reloj. Eran las ocho y cuarto. Había conseguido dormir sólo un par de horas y estaba seguro de que se sentía peor que si no hubiese dormido nada en absoluto.

—Me llamo Mitch Rafelson.

Esta vez Dicken recordó el nombre y su asociación.

—¿De verdad? —dijo—. ¿Dónde se encuentra usted, señor Rafelson?

—En Seattle.

—Entonces todavía es más temprano ahí. Tengo que volver a dormirme.

—Espere, por favor —dijo Mitch—. Lamento haberle despertado. ¿Recibió mi mensaje?

—Recibí un mensaje —contestó Dicken.

—Tenemos que hablar.

—Escuche, si es usted Mitch Rafelson, ese Mitch Rafelson, tengo que hablar con usted... tanto como... —Intentó encontrar una comparación ingeniosa, pero su mente no funcionaba correctamente—. No tengo ninguna necesidad de hablar con usted.

—Entendido... pero por favor escúcheme de todas formas. Ha estado usted siguiendo las huellas del SHEVA por todo el mundo, ¿no es así?

—Sí —dijo Dicken. Bostezó—. He dormido muy poco pensando en ello.

—Igual que yo —dijo Mitch—. Sus cadáveres del Cáucaso dieron positivo en las pruebas del SHEVA. Mis momias... las de los Alpes... las momias que se encuentran en Innsbruck han dado positivo en los análisis de SHEVA.

Dicken acercó más el teléfono a su oído.

—¿Cómo sabe eso?

—Tengo los informes de laboratorio de la Universidad de Washington. Necesito explicarle lo que sé a usted y a cualquiera que mantenga una mente abierta respecto a este asunto.

—Nadie mantiene la mente abierta respeto a esto —dijo Dicken—. ¿Quién le dio mi número?

—El doctor Wendell Packer.

—¿Le conozco?

—Trabaja usted con una amiga suya. Renée Sondak.

Dicken se frotó un diente con una uña. Pensó seriamente en colgar el teléfono. Su teléfono móvil estaba encriptado digitalmente, pero alguien podría decodificar la conversación si realmente tenía interés. La idea le enfureció. Las cosas estaban fuera de control. Todo el mundo había perdido la perspectiva y la situación no iba a mejorar si se limitaba a seguir la corriente.

—Estoy muy solo —dijo Mitch en medio del silencio—. Necesito que alguien me diga que no estoy completamente loco.

—Sí —dijo Dicken—. Sé lo que es eso.

Y a continuación, haciendo un gesto de decisión y plantando los pies en el suelo, consciente de que eso le iba a crear más problemas que ningún otro molino de viento con el que se hubiese enfrentado antes, dijo:

—Cuénteme más, Mitch.

43. San Diego, California

28 MARZO

El título del congreso internacional, montado en letras de plástico negras sobre el cartel anunciador del centro de convenciones, provocó en Dicken un estremecimiento de emoción, breve y muy necesario. Nada había conseguido emocionarlo mucho, en el sentido positivo de satisfacción causada por el trabajo, desde hacía un par de meses, pero el nombre del congreso fue más que suficiente.

CONTROLANDO EL ENTORNO VÍRICO:

NUEVAS TÉCNICAS DIRIGIDAS A LA CONQUISTA DE LAS ENFERMEDADES VÍRICAS

El cartel no era excesivamente optimista o sin fundamento. En unos cuantos años más, el mundo no necesitaría que Christopher Dicken se dedicase a perseguir virus.

El problema con el que se enfrentaban era que, cuando se trataba de enfermedades, unos cuantos años podía ser realmente mucho tiempo.

Dicken caminó hasta salir de la zona de sombra que producía el saliente de cemento del edificio, cerca de la entrada principal, y se quedó disfrutando del sol sobre la acera. No había vuelto a sentir el calor del sol desde el viaje a Ciudad de El Cabo, y le proporcionó una oleada de energía. Atlanta empezaba a caldearse por fin, pero la ola fría que atenazaba la Costa Este mantenía la nieve en las calles de Baltimore y Bethesda.

Mark Augustine se encontraba ya en la ciudad, alojado en el U.S. Grant, apartado de la mayoría de los cinco mil asistentes previstos, la mayor parte de los cuales llenaba los hoteles situados frente al mar. Dicken había recogido la documentación del congreso esa mañana: un grueso folleto encuadernado en espiral que contenía el programa, acompañado por un disco DVD-ROM, para echarle un vistazo con antelación al horario.

Marge Cross haría la presentación principal al día siguiente por la mañana. Dicken participaría en cinco mesas, dos de ellas relativas al SHEVA. Kaye Lang estaría en una de las mesas con Dicken, además de en otras siete, y daría una charla antes de la sesión plenaria del Grupo de Investigación Mundial para la Erradicación de Retrovirus, que se llevaría a cabo durante el congreso.

La prensa ya estaba anunciando la vacuna de ribozima de Americol como un avance fundamental. Tenía buen aspecto sobre una placa petri, realmente muy bueno, pero las pruebas en humanos todavía no habían comenzado. Augustine se encontraba sometido a una presión considerable por parte de Shawbeck, y Shawbeck se encontraba sometido a una presión considerable por parte de la administración, y todos estaban usando guantes de seda para relacionarse con Cross.

Dicken podía percibir en el aire cinco posibles desastres diferentes.

No había tenido noticias de Mitch Rafelson desde hacía unos días, pero sospechaba que el antropólogo ya se encontraba en la ciudad. Todavía no se habían conocido, pero la conspiración estaba en marcha.

Kaye había aceptado reunirse con ellos para mantener una conversación esa tarde o al día siguiente, dependiendo de cuando la liberase la gente de Cross de la ronda de entrevistas de relaciones públicas.

Tendrían que encontrar un lugar apartado de miradas curiosas. Dicken sospechaba que el mejor lugar sería justo en medio de todo el jaleo, y con ese fin llevaba una segunda bolsa con un distintivo del congreso, «invitado del CCE» en blanco, y un programa.

Kaye atravesó la abarrotada suite, pasando nerviosa la mirada de rostro en rostro. Se sentía como la espía de una película mala, intentando ocultar sus verdaderas emociones y desde luego sus opiniones, aunque ella misma apenas sabía qué pensar en estos momentos. Había pasado gran parte de la tarde en la suite de Marge Cross, o más bien en su planta privada, en el piso superior, reunida con hombres y mujeres que representaban a empresas filiales de Americol, con profesores de la UCSD, y con el alcalde de San Diego.

Marge la había apartado y le había prometido que habría personalidades todavía más impresionantes hacia el final del congreso.

—Mantente brillante y animada —le había dicho Cross—. No dejes que el congreso te agote.

Kaye se sentía como una muñeca en un escaparate. No le gustaba la sensación. Tomó el ascensor hasta la planta baja a las cinco y media, y se subió a un autobús que se dirigía a la inauguración. Tendría lugar en el zoo de San Diego, patrocinada por Americol.

Al bajar del autobús frente al zoológico, aspiró el olor a jazmín y a tierra mojada por los aspersores. La cola frente al mostrador de entrada era muy larga. Se dirigió a una puerta lateral y le mostró la invitación al guardia.

Cuatro mujeres vestidas de negro llevaban pancartas y desfilaban solemnes frente a la entrada del zoo. Kaye las vio justo antes de que le permitiesen entrar. Una de las pancartas decía: NUESTRO CUERPO, NUESTRO DESTINO: SALVAD A NUESTROS NIÑOS.

En el interior, el cálido crepúsculo pareció envolverla en magia. Hacía más de un año que no tenía vacaciones, las últimas con Saul. Desde entonces todo había sido trabajo y dolor, en ocasiones ambas cosas simultáneamente.

BOOK: La radio de Darwin
2.95Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Res Judicata by Vicki Grant
Jakob the Liar by Jurek Becker
Soldiers of Ice by Cook, David
Orphan of Angel Street by Annie Murray
Creekers by Lee, Edward
Secret Ingredients by David Remnick
Dragon's Boy by Jane Yolen
Trust Me, I'm a Vet by Cathy Woodman
Charlene Sands by Bodines Bounty


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024