Fabulosas narraciones por historias (9 page)

—¿Y cuánto pide? —quiso saber Eleazar Pulido, el poeta.

—No creo que venga por menos de cuarenta duros la hora.

—¡Pero eso es un atropello, máxime siendo él un poeta puro como es! —exclamó escandalizado Eleazar.

—Puros o contaminados, los poetas, amigo Eleazar, necesitan garbanzos como todo hijo de vecino. Y si no, que se lo pregunten a usted, que me está echando una barriguita de arte mayor —comentó Ventura Tunidor, el jefe de Archivos del Museo de Antropología, Etnografía y Prehistoria de Madrid.

—No me pinche, Tunidor, que no tengo ganas de discutir. Además estamos hablando de otro asunto. Señores: yo puedo escribir a Einstein, en alemán, claro está, y pedirle que venga —propuso Eleazar Pulido.

—¿Y quién es ése, si puede saberse? —preguntó el señor Iglesias, a quien le molestaba mucho no conocer nombres propios.

—Un científico alemán —respondió el poeta.

—¿Insigne? —quiso saber el bedel de la Residencia.

—¡Por favor! ¡Insignísimo! —repuso indignado Eleazar Pulido.

—Entonces cobrará mucho dinero por venir —aventuró don Obrero, el peluquero.

—Todo es intentarlo —sentenció Eleazar.

—¿Y qué microbio ha descubierto? —preguntó don Obrero. Eleazar Pulido se aclaró la voz:

—Microbio, lo que se dice microbio, no ha descubierto ninguno. Einstein es el Copérnico del siglo XX.

El nombre propio «Copérnico» le sonaba muchísimo al señor Iglesias, que preguntó:

—¿Y querrá venir aquí el Copérnico del siglo XX?

—Habrá que intentarlo. El no ya lo tenemos —volvió a sentenciar el poeta.

—¿Y si no ha descubierto microbios, qué ha descubierto? —quiso saber, suspicaz, don Obrero, que no concebía la existencia de científicos sin microbios.

—Que el tiempo no es lineal —explicó de improviso Tunidor; pero aquello más que a explicación sonó a insulto. Don Obrero se volvió hacia él rápido como una nutria:

—¡Ah!, ¿no? Pues ya me dirá cómo es entonces —replicó contrariado el peluquero.

Del tiempo precisamente se hablaba en la tertulia rival:

—¡Vaya tiempecito! Dicen que hasta se ha desbordado el Manzanares —dijo don Marcelino Valtueña, el amigo de las autopistas, refiriéndose a la lluvia torrencial que caía sobre Madrid desde hacía una semana.

Gerardo Buche, el zapatero lector de enciclopedias, tenía información más precisa:

—Desde Aceca hasta cerca de Toledo, toda la vega del río está inundada.

—Parece mentira: hace sólo un mes que estábamos con traje de lino y canotier donde estamos ahora con ternos de lana e impermeables. ¿Se han parado a pensar que el asunto tiene mandanga? —dijo don Andrés Bonato, el de las preguntas con miga.

—El tiempo pasa como un pájaro —le intentó explicar por vía de comparación senequista el poeta Bernabé Hieza. Amadéus, que se sentía ingenioso aquella tarde, dijo:

—El tiempo pasará como un pájaro, y pájaros nos quedaremos nosotros como siga este tiempo.

Bernabé Hieza se volvió hacia él con el rostro iluminado y le propuso un trato:

—Le compro esa frase.

Pero Amadéus, estupefacto, no entendió a la primera lo que Bernabé quería decir.

—Sí, hombre: usted me pone un precio en pesetas; yo se las doy y me quedo con la frase. Usted no puede volverla a utilizar, y yo hago con ella lo que me dé la real gana.

—Sé perfectamente lo que es comprar, Bernabé; pero me sorprende una petición tan peregrina.

—No tiene nada de peregrina. Verá usted: llevo una semana trabajando en un poema de verso libre sobre este tiempecito que nos ha tocado vivir, y me ha dado usted la clave conceptista para cerrarlo.

—Pues no se hable más. Todo sea por amor al arte. ¿Cuánto me da por la frase, ha dicho?

En la tertulia de don Carlos Hernando se seguía dando vueltas a lo de llevar a un personaje de renombre.

—¿Y usted, don Obrero, que afeita a todo el mundo, no puede traer a nadie? —quiso saber Tunidor.

—Puedo decírselo a don José Ortega.

—Don José está muy ocupado —atajó don Carlos—. ¿Por qué no invitamos a un nuevo valor de la Residencia? Podríamos traer a uno de esos poetas jóvenes ultraístas. Eso podría incluso merecer una columnita en
El Sol
o un anuncio del acto, que atraería a mucha gente.

—¿Usted cree? —se extrañó Eleazar Pulido.

—Seguro. Imagínense cómo iban a rabiar don Maximiliano y compañía.

—Eso sí. Iban a rabiar de lo lindo —aseguró el señor Iglesias con malicia.

—¿Y a quién conoce usted que quisiera venir? —preguntó Obrero.

—Conocí el otro día a un nuevo valor chileno, un poeta muy prometedor, Vicente Güidobro o algo así, que estaría encantado de poder venir, ¿qué les parece?

—Si dice usted que así salimos en
El Sol…
—concedió el peluquero no muy convencido.

—Eso por descontado.

—¡Poetas, poetas, siempre poetas, coño! —protestó, y con razón, Ventura Tunidor—. ¿No podríamos traer a un novelista?

—¡Por supuesto que sí! —exclamó don Carlos—. Conozco a un nuevo valor que se llama Benjamín Jarnés, discípulo de don José Ortega, que podría venir con Vicente. A don José Ortega le encantaría este detalle por nuestra parte; y eso serviría para que, en un futuro, considerara la posibilidad de regresar a nuestra tertulia pese a sus innumerables ocupaciones.

—¿Usted cree que eso le gustaría a don José? —quiso asegurarse el factor don Críspulo Pinar.

—Eso por descontado.

—Pues entonces por mí no hay inconveniente —aceptó don Críspulo.

Los demás se encogieron de hombros.

En la tertulia de Maximiliano Quintana, del tiempo se había pasado a la velocidad, y don Andrés Bonato, con la penetración que le caracterizaba, había formulado una pregunta que tenía su miga:

—¿Qué es más rápido, un auto o una motocicleta?

Para Gerardo Buche estaba claro que un auto era el doble de rápido que una moto. Un auto podía ser más seguro, don Andrés Bonato no decía que no, pero tenía sus dudas de que fuera más rápido. Una moto tenía menos peso específico, menos chasis, y en consecuencia tenía que ser más veloz. El resto de los contertulios no sabía qué pensar. A primera vista, se diría que don Andrés Bonato tenía razón y que una moto, al ser más ligera, tenía por fuerza que ser más rápida. Sin embargo, todos ellos habían visto la enorme velocidad que podían alcanzar los Fórmula. Don Marcelino Valtueña, el ingeniero jubilado de caminos, canales y puertos, dijo que, para él, en una carretera comarcal española una motocicleta era más veloz, pero que en una autopista extranjera un auto le tomaría la delantera sin ninguna duda. Y añadió para información de los presentes:

—Están haciendo una autopista en Inglaterra que tiene lo menos dos carriles o tres para cada dirección. Doscientos kilómetros de autopista, nada menos. Ahí es nada. A ver cuándo tenemos nosotros doscientos kilómetros de autopista con dos carriles en cada dirección y señalización solar.

—¿Señalización solar? —preguntó Bernabé Hieza, sorprendido de los adelantos técnicos.

—Solar, sí. De suelo. Creo que señalan el suelo con líneas florecientes.

—¿Líneas florecientes? —volvió a preguntar Hieza.

—¡Brillantes, hijo, brillantes en la noche! —contestó molesto don Marcelino.

—No se ponga así, don Marcelino; lo pregunto porque en el libro que, como saben, acabo de publicar tengo un poema de sabor futurista que se titula precisamente así, «La línea floreciente».

La librería Hernando era una tienducha estrecha y oscura que estaba en la calle Arenal. Al abrir la puerta, ésta golpeaba una campanilla que avisaba al dependiente. Al principio don Carlos no le conoció; pero en cuanto Patricio le dijo de quién era y a qué venía, el librero le tomó del brazo y le hizo pasar a la trastienda, donde tenía una pequeña y confortable estancia, un cuarto atestado de libros, con una mesa camilla en el centro. En un rincón una estufa caldeaba el habitáculo y mantenía caliente un cazo con café. Don Carlos le invitó a sentarse y le ofreció una taza.

—¡Conque el sobrino de don José María sigue los pasos de su tío! Muy bien hecho, muy bien hecho. A ver, veamos esa novela —propuso don Carlos alcanzando el paquete que Patricio había depositado sobre la mesa. El viejo librero abrió con cuidado el envoltorio y, en una sucesión de gestos muy pulcros, depositó el manuscrito en la mesa, se puso unos anteojos, tomó la novela otra vez entre sus manos y leyó por fin el título.

—Vaya, veo que sigue usted la moda de los jóvenes valores de usar palabras en inglés. Muy bien, me parece muy bien. Hay que innovar. ¿Qué significa Beatles?

—La novela es la historia de un grupo de amigos. Un día deciden que deben ponerse un nombre y eligen ése; pero si no le gusta, lo cambio. En realidad ese detalle no tiene importancia.

—Sí tiene importancia, no diga que no: es el título de su novela, ¿cómo no va a tener importancia? Mi padre me contaba que cuando su tío escribió
Sotileza
nadie quería publicarla con ese título. Y, mire, luego fue un éxito universal. Pero en fin, sigamos —propuso don Carlos, que empezó a pasar páginas como si no encontrara algo.

—¿Busca algo, don Carlos?

—Sí, el prólogo, que se le habrá traspapelado.

—¿El prólogo? ¿Qué prólogo?

Don Carlos dejó de pasar hojas, se le quedó mirando por encima de los anteojos y con suma delicadeza depositó el manuscrito sobre la mesa; se acomodó en su silla, bebió un sorbo de café y le explicó:

—Claro, usted no tiene por qué saber esto; pero es costumbre que, cuando un nuevo valor aparece en la escena literaria, sea presentado por alguna figura consagrada. Los jóvenes de ahora piensan que ésa es una costumbre decimonónica, pero yo no participo de esta opinión. Se trata de un uso muy literario que debemos conservar los escritores y los editores. Es algo voluntario, eso por descontado; pero, atiéndame, está feo no hacerlo. Si yo le publico esta novela sin prólogo y no tengo ningún inconveniente en hacerlo porque a su tío le debo esto y más le garantizo que la Guardia Civil no va a venir a detenernos; pero nos estamos, usted y yo, granjeando tontamente la enemistad de quienes, al fin y al cabo, son nuestros colegas.

—Yo voy bastante a la tertulia del Bellas Artes, y por allí para de vez en cuando don Alberto Insúa. Podría pedírselo a él, que me aprecia mucho.

Don Carlos Hernando torció el gesto:

—¿La tertulia del Bellas Artes? ¿Alberto Insúa? Mala cosa. No, mire, consiga usted un prólogo, no sé, de Juan Ramón Jiménez, que le tiene usted en la Residencia; de Ramón Gómez de la Serna o de Ortega y Gasset, que sube mucho por allí. Ellos lo harán encantados. Cuando le hayan escrito el prólogo, me trae la obra otra vez, y le garantizo la publicación, eso por descontado; aunque sólo sea en atención a su tío, porque bla, bla, bla.

Con la mirada puesta en el más allá, Patricio escuchó a don Carlos evocar al gran Pereda, y por primera vez en su vida, fugazmente, puso en duda las apariciones y predicciones del tío José María. Don Carlos siguió hablando:

—Cuando se murió, lo sentí mucho. Escuché todo el entierro por la radio y, fíjese, me acuerdo de oírle a usted recitar una poesía muy hermosa.

—No fue una poesía, fue un discurso. «El discurso de la hormiga», se llamaba —corrigió un Patricio sombrío y desolado que empaquetaba su manuscrito y se ponía en pie.

Don Carlos le acompañó hasta la puerta.

—En fin, Patricio, levante esa cabeza y no se me desanime, que no es para tanto. Si decide pedirle un prólogo a Juan Ramón Jiménez, dígale de mi parte que no se demore mucho. Si todo va bien, que irá, nos veremos pronto, tal vez la próxima semana.

Adiós muy buenas.

Patricio se marchó a la Residencia anonadado, preguntándose si las apariciones del tío José María no habrían sido sino simples alucinaciones. De una cosa sí estaba seguro: fueran fenómenos normales o paranormales, el tío José María jamás había mencionado nada de prólogos ni cosa semejante. Desanimado y sombrío, caminó sin rumbo fijo por calles y callejuelas, sintiéndose protagonista de una historia cuyo personaje principal era un genio incomprendido que después de muchos avatares triunfaba en el mundo entero y cambiaba el rumbo de la literatura universal. Aquella tarde, sin embargo, Patricio Cordero no iba a cambiar el curso de la historia, a juzgar por la taberna de mala muerte en la que le dio por entrar. Al menos, se dijo, estaba en la calle Cervantes, justo enfrente de la casa en la que vivió el insigne manco, y eso igual hasta era una señal. Se sentó en una mesa esquinada y pidió una botella de tintorro para empezar. Pero no hicieron sus labios nada más que humedecerse con aquel caldo infecto, cuando la taberna entera se iluminó con un rayo, y la imponente figura del tío José María apareció frente a él.

—Pronto te derrumbas, jovencito —le reprochó con una severidad que Patricio no conocía—. Para llegar a lo sublime debemos atravesar las amargas tierras del trabajo, no hay otro camino. La genialidad es una consecuencia del esfuerzo, no existe como estado de gracia independiente en el que se encuentran ciertos seres privilegiados. El estado de gracia no tiene vías de acceso desde el exterior, sólo podemos acceder a él por el largo túnel del trabajo. Lo demás son espejismos de adolescencia. Nuestra vida es corta y no debemos malgastarla, óyelo bien, oh tú, que los trabajos abominas, vil chicharra, piensa en los frutos de tu canto y dime, odioso hemíptero, qué gloria esperas alcanzar, qué altas cumbres, qué inmemorial destino. Mírame, oh tú, regalado homóptero, y figúrate que cada grano que transporto es un vergel donde la fama germinará indómita y bestial como la verdura que nace orillica el Éufrates y el fiero Tigris.

—¡Tú nunca me dijiste que fuera a necesitar un prólogo! —le recriminó Patricio temiéndose que su tío, ¡plas!, desapareciera tras el discurso.

—¿Es eso lo que me echas en cara? ¿De esa insignificante justificación te vales para hacer el crápula? ¡Ah, no! Conmigo no te vale eso, jovencito. Jamás te mencioné nada del prólogo porque en mis tiempos no se llevaba. Ahora parece que está de moda. Muy bien. Pues, venga, consigue un prólogo y publica la dichosa novela. Más fácil, imposible: pídeselo a Juan Ramón Jiménez, como te ha dicho Hernando. Él me conoció y me estimaba. Dile que vas de mi parte. Y ahora levántate y sal de aquí antes de que me enfade de verdad.

Y entonces sí, dicho eso, ¡plas!, el tío José María desapareció.

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