El jardín colgante (12 page)

—Piénsalo bien —dice—. Cuando pases al otro lado, cualquier persona cercana a ti estará en peligro. No dudarán en torturarlos.

—No hay nadie.

—¿Y esa novia?

—No la encontrarán —dice Barbosa—. Mi apartamento está limpio. Nadie nos vio juntos.

Ahora empieza a verse claro que sus pasos los han llevado hasta las inmediaciones de un coche que está aparcado al lado de una rampa de carga. Con la lámpara interior encendida. El coche todavía está a unos cien metros y no hay la bastante luz para ver de qué modelo se trata. Barbosa entiende que los pasos de los hombres gravitan hacia el coche y se detiene para hacerles ver que lo entiende. Los dos hombres se miran brevemente.

—De acuerdo, pues —dice Blanco.

—A efectos prácticos estás muerto —dice el otro—. O bien acabas de nacer. El resultado es el mismo. Entre tu vida hasta ahora y tu nueva vida tiene que haber un corte total. Una ruptura total.

—Ya no te llamas Barbosa —dice Blanco.

—¿No? —Barbosa hace una mueca de sorpresa que sabe que los otros dos no van a poder ver por falta de luz.

—Tampoco tendrás vida propia —dice Blanco—. Tu vida pertenecerá al grupo. Todas las decisiones las tomará el camarada Cuervo.

—¿El
camarada Cuervo?
—dice Barbosa en tono sarcástico.

—Tómatelo a broma si quieres. —Ahora es Blanco quien se burla—. En el otro lado ya se ocuparán de ti. Ahí no se andan con tonterías.

El crepúsculo genera efectos visuales extraños sobre las vías muertas de la playa de maniobras. La luz anaranjada de las farolas de los puentes y el resplandor pulsátil de las hogueras. Una luz que no es lo bastante intensa como para disipar las sombras, pero sí para generarlas. Sombras moviéndose fugazmente en la periferia de la visión. Objetos abandonados en las vías que parecen animales y que si uno los mira parecen desplazarse. Una luz de fantasmagoría dieciochesca, de humo y espejos. Una luz de cámara oscura. Barbosa se frota los ojos. Hay alguien junto al coche. Barbosa está casi seguro de que ha visto a alguien moverse furtivamente por detrás del coche. Es posible que también haya alguien
dentro
del coche.

—Me alegro mucho de saber que no te voy a volver a ver, Barbosa —dice Blanco—. No te imaginas cuánto.

Pero Barbosa ya no está mirando a sus dos acompañantes. Bajo la luz de gas de callejuela victoriana, está mirando hacia la figura que hay sentada dentro del coche. Y por un momento fugaz, la figura parece volverse hacia Barbosa. Una cara pintada de blanco, con una peluca rizada y algo que parece un sombrero de ala ancha.

—¿Qué coño es eso? —dice Barbosa.

Pero sus dos acompañantes ya se están alejando en dirección al coche aparcado.

17. Voz imperiosa - Voz suave

La Sala de Archivos Interdepartamental de la Delegación Regional del SECED produce la misma sensación abrumadora de tedio que el resto de instalaciones de la Delegación. No está muy claro por qué. El edificio entero la produce, igual que ese aura opresiva que tienen algunos escenarios de muertes violentas o de hundimientos políticos. Es probable que haya que formar parte del Servicio para no percibirla, aunque por su misma definición nadie que trabaje para el Servicio puede acceder a sus instalaciones. En cualquier caso, resulta fácil imaginar a un visitante desprevenido cayendo fulminado por un tedio que le paralizara al instante el sistema nervioso. Considerado con mayor detenimiento, es posible que ese tedio provenga de la espantosa vaguedad que invade las instalaciones. Hasta la última silla y ventana parece diseñada para no dejar huella en la memoria. Nada tiene ningún rasgo que llame la atención. Ninguno de los colores permanece en el recuerdo. El mobiliario es el mismo que debe de haber en el limbo o el purgatorio.

Melitón Muria nunca ha notado ningún tedio especial en la Sala de Archivos. Tampoco la ha visitado nunca fuera de horas. Este viernes de noviembre, sin embargo, se espera hasta pasadas las ocho, que es cuando termina el turno de tarde de los archivos, y recorre los pasillos desiertos aparentando despreocupación.

Muria empuja la puerta de la Sala de Archivos lo justo para ver que ya no queda nadie dentro. Pulsa el interruptor de la luz. La archivista debe de haberse marchado hace pocos minutos, porque todavía hay humo alrededor de su silla y una colilla caliente en el cenicero. En el mostrador vacío, un letrero: «PARA CONSULTAS DE AÑOS ANTERIORES Y REFERENCIAS CRUZADAS, VUELVAN POR FAVOR DE 8:00 A 20:00.» Muria camina hasta el mostrador con cuidado de parecer despreocupado. Su representación de la despreocupación incluye tamborileos esporádicos de los dedos sobre las superficies del mobiliario y una especie de tarareo por lo bajo. Por fin abre la portezuela del mostrador y pasa al otro lado. Pulsa más interruptores. Se materializan más y más pasillos tediosos, flanqueados de estanterías de acero hasta el techo. Con sus escalerillas de mano instaladas sobre raíles. Con sus espejos convexos estratégicamente situados en las esquinas del techo para que la archivista pueda ver de forma más o menos simultánea a todo el mundo que está haciendo consultas. Con sus tediosas hileras interminables de expedientes idénticos en cajas de cartón marcadas con localizadores alfanuméricos.

Los archivos de referencias cruzadas están al final de los pasillos, en un cuarto diminuto que hay al fondo y a la derecha. Muria abre el cajón que tiene la etiqueta «A-C» encima del tirador y busca entre los expedientes, pasando carpetas hacia delante y hacia atrás. Ya no está intentando aparentar despreocupación. Ahora está soltando soplidos de mal humor y cerrando cajones de golpe. El expediente de Teo Barbosa en el Archivo de Referencias Cruzadas no está. Tampoco lo encuentra bajo ningún otro nombre. Ni siquiera sabe si Barbosa tiene algún otro nombre. Está registrando otra vez el archivo entero cuando oye abrirse detrás de su espalda la puerta de la Sala de Archivos. Se queda petrificado. Toda su estrategia se basaba en encontrarse el archivo vacío para poder sacar el expediente sin firmar el registro. Al cabo de un momento oye dos voces:

—¿Aquí? ¿Aquí podemos hablar? —dice una voz suave, casi femenina.

—Lo hemos limpiado expresamente para hablar aquí. —La otra voz es imperiosa, de mediana edad.

—¿Del todo?

—Del todo. Ni una cámara ni un micrófono. Nada. —Voz Imperiosa suelta un soplido de burla—. Podemos follar si quieres.

Encima de la cabeza de Muria, en uno de los espejos convexos del techo, aparecen las figuras diminutas y distorsionadas de dos hombres. Sus cabezas quedan por encima del borde del espejo, pero Muria puede ver sus cuerpos cruzando el mostrador de la Sala de Archivos. Uno de ellos lleva un traje gris con corbata y el otro un traje azul con jersey de cuello de cisne. Una fracción de segundo antes de que aparezcan sus caras en el espejo, Muria abre la puerta de acero del armario que tiene al lado y se esconde dentro. Al cabo de otro momento las voces le llegan desde el otro lado de la puerta.

—¿Y las luces? —dice Voz Suave.

—Déjalas encendidas. Da igual.

Muria oye el chasquido de una cerilla y al cabo de un momento le llega a las narices el humo de los cigarrillos. A juzgar por la forma de las cosas que se le están clavando en la espalda, el armario donde se ha escondido contiene interruptores y estuches de cintas magnéticas.

—Espero que traigas buenas noticias —dice Voz Imperiosa—. No nos iría mal.

—¿De verdad?

—Aquí la gente está nerviosa. No entienden por qué se montó tanto berenjenal para que después de un año estemos igual. Y andan nerviosos con todos los cambios. Los cambios son malos para el trabajo. Cuando todo está cambiando todo el tiempo, nadie piensa en hoy porque todos están pendientes de mañana. Del año que viene, del ministro que viene… Todos están plantando el pie y agarrándose fuerte para aguantar hasta el año que viene.

—Eso no es bueno —admite Voz Suave.

—Hemos aguantado este año. Pero este año no le importa a nadie. Necesitamos buenas noticias.

—Para nosotros tampoco ha sido el mejor año.

—Necesitamos algo para enseñarles a los de arriba. Ya sabes cómo son.

—Tengo algo. No sé si estarán contentos.

—Alabado sea Dios. —Voz Imperiosa se relaja ostensiblemente—. ¿Cuándo?

—La primera semana de enero.

—¿Qué es?

—Un banco. Aquí, en Barcelona. Un golpe bien grande.

—No nos sirve. Un banco no nos sirve. Pensaba que habíamos hablado claro.

—Es lo que podemos hacer ahora.

—Tiene que ser algo más grande. Alguien del gobierno. Militares. Algo así.

Voz Suave suelta un soplido de burla.

—Tú estás de broma —dice.

—No me jodas. Un banco no nos sirve. Llevamos
un año
esperando. No nos hagáis esta putada.

—¿Te recuerdo por qué nos hemos pasado un año de brazos cruzados? Pues porque hace un año que nos cerraron el grifo. Aquí y en Alemania. En todos lados. No hay dinero, no hay nada.

—Un banco no nos sirve.

—Un golpe grande. Con eso levantaremos cabeza. Tú encárgate de que todo esté controlado por tu lado. Que no haya sorpresas. Déjanos hacer el banco y con lo que saquemos podemos intentar pegar otra vez. No te prometo nada.

—Más os vale. Y más os vale que sea enseguida. Al día siguiente mismo, si puede ser.

—No te prometo nada.

—Nos estamos ahogando aquí. Necesitamos que os mováis ya.

—No veo que os estéis ahogando. Estáis mejor que hace un año. Estáis más cerca de quien tenéis que estar. Y el nuevo presidente os tiene debajo del ala.

—Bah.

—Tenéis a los vascos.

—Con los vascos no se puede hacer nada. No se puede hablar. No sabes ni con quién tienes que hablar. Y van a la suya. No se preocupan del futuro. No entienden que aquí todos tenemos que sobrevivir. Ellos y nosotros. Al final les acabaremos mandando los tanques y a tomar por el culo.

—¿Y por aquí? —pregunta Voz Suave—. ¿Todo el mundo se ha estado portando bien?

Voz Imperiosa tarda un momento en contestar.

—Cassinari juega a lo de siempre —dice por fin—. Sabe que nos necesita y sigue las reglas. Le ríe las gracias a Suárez y se tapa la nariz. Sabe que no tiene que moverse demasiado. Ni hacer amigos ni enemigos.

—Que siga así. Ya le tocará moverse.

—En fin.

Muria oye el golpe seco de una palmada en un hombro.

—A ver si no os preocupáis tanto, coño. No falta nada para enero. Tú ocúpate de que todo esté controlado por tu lado.

—No te preocupes.

—A ver si es verdad.

—Joder, si trabajamos para vosotros.

—Así me gusta. Y nosotros para vosotros.

—Y todos por España.

Voz Suave se ríe.

—Eso mismo, todos por España. ¿Vamos?

—Vamos.

—¿Apago la luz?

—No, déjala.

En cuanto oye cerrarse otra vez la puerta de la Sala de Archivos, Muria abre la puerta del armario. Con todo un mapa de interruptores y estuches de cintas magnéticas grabado en la espalda.

s

18. Madre nieve

A juzgar por su dolor de la cabeza y la sequedad de su boca cuando se despierta en el refugio de montaña, el sedante que le dieron a Barbosa en el coche lo ha debido de poner a dormir durante un día entero. Barbosa se frota los ojos y se incorpora hasta sentarse en el colchón. El fuego del refugio está encendido. Barbosa examina el interior de la cabaña y por fin se encuentra con los ojos del tipo bajito y gordo que está en el otro colchón, acostado de lado y mirándolo a él. Vestido con varios jerseys de lana y coronado con un inverosímil afro de aspecto púbico. Además de los dos colchones, la cabaña tiene un armario, un baúl y un perchero con abrigos. Un par de ollas colgadas de ganchos sobre la chimenea encendida. Y una mesa con un bulto grande y cuadrado cubierto con una tela. Barbosa y el hombre gordo se miran durante un rato. Por fin, imitando a su compañero, Barbosa se vuelve a meter en la cama y cierra los ojos.

En los días siguientes, Barbosa se contagia de la rutina catatónica del refugio de montaña. El silencio ya quedó prescrito en la primera mirada que intercambiaron sus ocupantes, ese silencio peculiar que se establece cuando las personas saben que el otro sabe que ellas saben que cualquiera de los dos puede ser un espía. El hombre gordo pasa la mayor parte del tiempo acostado en su colchón, debajo de las mantas. Se levanta dos veces al día, una por la mañana y otra al anochecer, para realizar exactamente el mismo ritual. Llena un cuenco de nieve y lo usa para lavarse. Hace veinte minutos de ejercicio físico, incluyendo estiramientos y flexiones. Por fin come y se vuelve a la cama. Hay algo abrumadoramente parsimonioso en la actitud con que afronta el tedio de refugio de montaña, algo que Barbosa pronto atribuye a la sombra de un pasado penitenciario. La comida en la cabaña consiste en galletas, latas de sopa y un saco de arroz. Un armario entero lleno de galletas, latas de sopa y arroz. No hay café. No hay cigarrillos. No hay alcohol. Ninguno de los dos hombres se toma nunca la molestia de hervir el arroz, de manera que las comidas en la cabaña consisten en una alternancia simple de sopa enlatada y galletas. Tienen sopa y galletas para un mes, según los cálculos de Barbosa.

Por la mañana del segundo día, Barbosa se pone uno de los abrigos del perchero y sale a caminar por la nieve. La cabaña está en la cima de una colina nevada, a pocos metros de un despeñadero que domina un valle abrupto, de casi mil metros de hondo. A tres o cuatro kilómetros, en otra cúspide que queda en el lado sur del valle, se ve la torre roja y blanca de un repetidor. El valle entero está nevado. A esta altura la nieve está impoluta: la ceniza del meteorito no ha llegado hasta aquí. Durante esa mañana, baja la colina por caminos de cabras y rodea el valle en dirección este, dejando un rastro solitario de huellas en la nieve. En mitad de la caminata se agacha y recoge algo del suelo. Un tallo de una mata de flores. La corona viva de un edelweiss.

El tercer día Barbosa registra la cabaña a fondo bajo la mirada inexpresiva del hombre gordo. Saca todas las latas de sopa y todos los paquetes de galletas del armario, los amontona en el suelo y los vuelve a guardar. Inspecciona el contenido del baúl: ropa usada, incluyendo varios pares de calcetines de montaña, una gorra con orejeras y dos jerseys de lana. Destapa el bulto que hay cubierto con una tela sobre la mesa y se lo queda mirando: un transceptor de radio, con su micrófono y los auriculares colgados de sendos ganchos. Con el cable de alimentación pero sin la batería. El hombre gordo se limita a mirarlo todo desde su colchón. Por fin Barbosa encuentra algo entre su propio colchón y la pared. Un libro. Lo acerca a la chimenea para leer las letras repujadas de la cubierta. ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS. Saca un paquete de galletas del armario y se tumba en la cama con el libro. Lo abre por el primer capítulo y se enfrasca en sus líneas familiares.

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