El jardín colgante (16 page)

—¿Por qué me estás contando todo esto? —pregunta Barbosa.

—Te están buscando a ti, camarada Juan. Por eso la han torturado. Ahora bien, la pregunta es: ¿por qué te están buscando?

—Por lo que más quieras, camarada. —Barbosa rompe a llorar—. Dame tu abrigo.

—Ha sido el Servicio de Documentación quien la ha torturado. ¿Por qué te están buscando, camarada? ¿Cómo saben quién eres? ¿Y por qué se toman tantas molestias por ti?

Barbosa sigue llorando de frío.

—¿Por qué te están buscando,
camarada?
—repite el camarada Cuervo.

Barbosa niega con la cabeza.

—Supongo que se han enterado que estoy con vosotros —dice por fin—. Supongo que tienen hombres en vuestra organización que les informan.

Ahora es el camarada Cuervo quien niega con la cabeza. Se guarda el informe médico en el bolsillo y saca un paquete de Gitanes. Se enciende uno con el ceño fruncido.

—Vístete y pon una muda limpia en tu mochila —dice—. Limpia tu arma y prepárala. Coge munición. El arma y la munición van en el cajón del eje del Land Rover. No lleves nada más. Salís dentro de una hora.

Barbosa no contesta. Ya no tiene convulsiones. Los miembros azules y entumecidos.

—Ahí tienes tu oportunidad de alcanzar la gloria —dice el camarada Cuervo mientras empieza a alejarse en dirección a la casa—. A ver qué haces con ella.

La próxima vez que levanta la vista, Barbosa está solo en la arboleda del campo de tiro.

23. La segunda piedrecita

No es la primera piedrecita que golpea la persiana de la sala de estar del domicilio de Arístides Lao la que lo hace levantarse por fin del sillón donde está cortando parsimoniosamente sus uvas en mitades aproximadamente hemisféricas. Los dos sillones de la sala están uno junto al otro, trazando un ángulo de cuarenta y cinco grados exactos que tiene su vértice en el televisor en blanco y negro y en el Especial Nochevieja de RTVE, dirigido por Valerio Lazarov. Las persianas de la sala están todas cerradas, en parte como medida preventiva contra el polvo y las radiaciones meteóricas y en parte por los ruidos de la celebración de la Nochevieja. La señora Lao considera que los ruidos infernales de las celebraciones de festejos públicos están destinados a acabar con su vida, y exterioriza a menudo este miedo en forma de exclamaciones y aspavientos con la mano sobre el corazón.

La primera piedrecita golpea la persiana con un «toc» seco. Arístides Lao corta una uva por la mitad y se lleva una de las mitades a la boca con el tenedor. Todo bajo la luz intermitente de las ristras de bombillitas navideñas que cuelgan del aparador. Ya hace unos minutos que llegan ruidos extraños de la calle, pero la música del Especial Nochevieja y los ronquidos de la señora Lao no dejan distinguir la naturaleza exacta de esos ruidos. La señora Lao está durmiendo con la boca abierta y la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo del sofá, con el cuerpo esférico encajonado imposiblemente entre los cojines y la bandeja de la cena de Nochevieja sobre el regazo lleno de migas de pan. En la bandeja están el plato enérgicamente rebañado de sus lentejas con chorizo y el cuenco de las doce uvas tradicionales, que su hijo le ha limpiado escrupulosamente de piel y semillas para evitar una posible muerte por asfixia. Sus brazos hidropésicos rodean amorosamente una botella de moscatel.

Cuando suena la segunda piedrecita en la persiana, Lao deja su cuchillo y su tenedor en un lado de la bandeja. La repetición del golpe en su persiana del tercer piso reduce al mínimo la probabilidad de que se trate de un fenómeno accidental. Lao deja su bandeja en la mesilla de la sala. Su mente procesa datos ociosamente. La bandeja ocupa exactamente un 23% de la superficie de la mesilla. Usando tres bandejas, se podría crear una figura completamente simétrica en la mesilla que dejaría sin cubrir cuatro rectángulos idénticos, cada uno de ellos del 75 % exactamente del tamaño de cada bandeja.

Cruza la sala por delante de su madre dormida. Levanta la persiana y se asoma a la calle. La lluvia de los últimos días ha dado paso durante la madrugada a una nevada finísima, completamente silenciosa, que se funde al tocar la acera y los coches empapados. En la acera está Melitón Muria, parcialmente reclinado sobre la capota empapada de un coche. Con el abrigo manchado de barro. Con una botella de DYC medio vacía en la mano. Muria levanta la botella y la agita en dirección a la ventana de Lao.

—¡Feliz 1978, jefe! —grita con voz gangosa.

Arístides Lao hace una inspección visual de la calle Gerona en ambas direcciones. Un grupo de borrachos que orinan en la esquina con Aragón. Una mujer con abrigo de pieles, inclinada para hablar con un conductor detenido en el semáforo. Unos niños que tiran petardos desde un balcón.

Dos minutos más tarde, Muria le entrega ceremoniosamente su abrigo embadurnado de barro a Lao para que lo cuelgue en el perchero del recibidor y entra dando tumbos en la sala de estar. Sea lo que sea que ha estado haciendo, le ha desintegrado el peinado Carl Perkins y se lo ha adherido despiadadamente a la frente. Ahora se queda plantado en medio de la sala. Se cuadra marcialmente y se dirige a la señora Lao en tono solemne:

—Mis respetos, señora —dice, escondiéndose la botella de DYC detrás de la espalda—. Aquí un buen amigo de su hijo. Melitón Muria Murciano, las Tres Emes. Natural de Almazora, provincia de Castellón. Para servirla.

La señora Lao le contesta con un ronquido apneico que hace pensar en llamadas subacuáticas de grandes cetáceos.

Muria se sienta en el sillón que Lao ha dejado libre. Da un trago de DYC directamente del gollete y señala con la botella la pantalla monocroma del televisor. En la pantalla hay una treintena de personalidades televisivas bailando con el pelo cubierto de confeti y serpentinas, al son de una canción que felicita el año nuevo. Muria señala con la botella un punto de la pantalla que por culpa del bamboleo de su mano no queda claro si es Mónica Randall o Ivonne Sentís.

—A ésa sí que le hacía yo un favor. —Asiente enfáticamente con la cabeza y da otro trago—. Ya lo creo. Con el perdón de la señora presente, claro.

Arístides Lao no dice nada.

—Iba a traer algo —dice Muria gangosamente—. Un pastelito o algo. Pasaba por aquí, y me he dicho, pues vamos a felicitar el año nuevo, que sólo viene una vez al año, ¿no? —Suelta una risa desesperada que le derrama un poco de whisky en el pantalón—. A felicitar a la familia, que es lo más bonito que hay.

Arístides Lao no dice nada. La señora Lao emite un ronquido. Melitón Muria se echa a llorar aparatosamente, negando con la cabeza y sacudiendo los hombros. Se cubre la cara con una mano y llora todavía más fuerte.

—¿Se encuentra usted bien? —le pregunta Lao.

Muria lo mira con la cara toda agarrotada.

—¿A quién iba yo a visitar más que a usted, jefe? —le pregunta, con las lágrimas cayéndole por la cara—. Si usted y yo somos
iguales.
¿Qué se cree, que no me he dado cuenta? —Señala a Lao con la botella—. Somos iguales, joder.

La luz pulsátil de las lucecitas navideñas del aparador ilumina la cara inexpresiva de Lao.

—¿En qué sentido somos iguales? —dice por fin.

—¿Es que
no lo ve?
Somos hombres solos, jefe. Mírenos. Mire cómo pasamos la Nochevieja. —Señala la sala de estar con su botella—. Estamos solos en el mundo. Usted tiene a su madre, que Dios le conserve la salud y le dé larga vida. Y yo tengo a mi familia en Almazora. Pero somos hombres solos, jefe. Porque nos falta lo más importante que hay en la vida. —Hace una pausa teatral—. Nos falta una
mujer.

En el Especial Nochevieja de Lazarov, las personalidades televisivas terminan la canción abrazándose y dándose besos, salvo aquellos que tienen una carrera fundamentalmente cómica, que terminan la canción haciendo muecas.

—Somos iguales, jefe —continúa Muria—. Nos hacemos los duros. Nos hacemos los fuertes. Usted es igual que yo en eso. ¿Por qué cree que nunca hemos hablado de estas cosas? ¿Por qué se cree que nunca hemos hablado de lo solos que estamos?

La señora Lao suelta un ronquido que hace pensar en relinchos furiosos de caballos acorralados.

—Usted me ha salvado la vida, jefe —continúa Muria con voz temblorosa—. No sé qué haría sin el trabajo en nuestra unidad. Por fin siento que tengo una misión en la vida.

Muria se levanta, da un par de pasos tambaleantes y por un momento infinitesimal parece como si tuviera intención de abrazar a Lao. A continuación parece confundido. Se fija en los parches de masilla de las paredes y en la disposición sutilmente extraña del mobiliario. Aunque nunca se daría cuenta a menos que alguien le enseñara un plano, el contenido de la sala no es solamente simétrico respecto a un eje que corta transversalmente la sala desde el televisor hasta el aparador, sino que dentro de cada una de las mitades longitudinales, los muebles y objetos decorativos también son simétricos respecto a las dos diagonales interiores de cada mitad. En todo caso, su momento de abstracción es breve. Se lleva la botella de DYC a los labios y trata de apurar las últimas gotas. Por fin se encoge de hombros y tira la botella en el sillón vacío.

—Usted no ha venido aquí para decirme nada de todo eso. —Lao niega con la cabeza—. Ésa no es la razón de que haya venido usted hasta mi casa.

Antes de que Lao pueda reaccionar, Muria ha salvado la distancia que los separaba con un par de zancadas y lo tiene abrazado. Lao es tan bajito que Muria se ve obligado a inclinar el cuerpo hacia delante para poder llorarle en el hombro. La escena permanece un momento largo paralizada así, con las luces pulsátiles de las bombillitas navideñas y el resplandor monocromo del televisor reflejándose en los rostros de los dos hombres. Arístides Lao mirando al frente. La señora Eulalia Lao roncando en el sillón. Sin más movimiento que el temblor de los hombros de Muria.

Cinco minutos más tarde, Muria vuelve a estar sentado en el sillón, bebiéndose una taza de café humeante que Lao le acaba de preparar. Con el pelo adherido a la frente, da un sorbo de café negro. Mira a su alrededor y repara en la botella de moscatel que la señora Lao está abrazando. Tira del gollete para quitársela pero los brazos hidropésicos la aferran con más fuerza. Al cabo de un momento de pugna silenciosa, Muria consigue arrebatarle la botella a la mujer dormida y se echa un chorro de moscatel en el café.

—¿Se acuerda del día en que descubrí que el expediente de Barbosa no estaba en el archivo de referencias cruzadas? —dice por fin—. Pues ese mismo día oí a dos hombres que hablaban en el archivo. Los oí hablar de nuestro director y de cosas políticas y del trabajo del Servicio. Uno de ellos era de los nuestros, y el otro… Bueno, el otro me pareció que era del enemigo.

—Entiendo —dice Lao.

—Lo más fuerte es que el otro tipo le prometió al nuestro que iban a dar un golpe. Un golpe a un banco. La primera semana de enero. O sea, esta semana. Y nuestro hombre… Bueno, le pidió que dieran otro. Otro más fuerte. Se lo juro.

—Continúe, por favor.

—El terrorista le dijo a nuestro hombre que no interfiriéramos. Y luego se despidieron sin más, tan amigos. Hasta hacían broma los tíos. —Hace una pausa para echar más moscatel en la taza y dar otro sorbo—. Ya sé que se lo tenía que haber dicho enseguida, pero no sé. Tengo miedo, jefe. No entiendo lo que está pasando.

—Entiendo su confusión.

—O sea, ¿no somos la primera defensa de la nación, como dicen en los cursos de formación? ¿El ejército en la sombra? ¿Los que libramos la guerra que nunca se acaba?

Lao se quita las gafas y se saca del bolsillo el pañuelo que usa para limpiarlas, con la cara temporalmente desactivada.

—Los términos de la misión del Servicio están subordinados a las necesidades políticas del país. —Lao se vuelve a reactivar la cara con las gafas—. Ésta es la Nueva España, señor Muria. Los parámetros han cambiado. Nuestro Servicio lleva muchos meses trabajando con los partidos ilegales. Es posible que los objetivos del gobierno requieran que se cometan atentados.

Un ruido por detrás de Melitón Muria sugiere que la señora Lao está experimentando una alteración en el ciclo de su respiración apneica. Su respiración se detiene por completo durante un momento interminable de conmociones y rumores sísmicos en distintas partes de su cuerpo esférico. El Especial Nochevieja de TVE ha dado paso hace escasos minutos a la carta de ajuste. Los distintos temblores de la carne hidropésica del cuerpo dormido empiezan a confluir en un espasmo generalizado. El cuerpo se sacude violentamente. Las bombillitas navideñas parpadean siguiendo una fórmula simple de alternancia de colores primarios y secundarios. Lao observa una secuencia permutatoria de seis colores en turnos de dos. Una fórmula de permutación simple, nr, donde n es el total de colores y r es el número de colores que se encienden cada vez. El espasmo hace que el cuerpo de la señora Lao salga disparado hacia delante, con los ojos y la boca muy abiertos. El ruido que sale de su garganta hace pensar en pterodáctilos chillando en el momento previo a su extinción.


¡Dios bendito!
—chilla la señora Lao, señalando a Muria con un dedo gordo y tembloroso—.
¿Quién es este hombre?

24. El beso del príncipe

Sopla un viento de ninguna parte, como para subrayar la naturaleza taumatúrgica del día de hoy. El príncipe del cuento de hadas atraviesa la espesura de zarzas mágicas que protege el castillo aletargado que es España, en busca de la princesa encantada que vive en su corazón. Teo Barbosa y el camarada Piel de Oso están sentados respectivamente en el asiento del conductor y el asiento del pasajero de un Peugeot 104 de color hueso aparcado en una calle secundaria de una urbanización del Vallés, a dos o tres calles del final de la zona urbanizada. La calle pertenece administrativamente a Sant Cugat del Vallés, pese a estar en una zona de aspecto semirrural limítrofe entre las barriadas de Mirasol y la Floresta, sumida a esta hora temprana en las nieblas invernales de Collserola. Barbosa y Piel de Oso llevan aparcados en esta calle desde las cinco de la mañana. Entre dos árboles helados que permiten una visibilidad parcial de la casa que están vigilando. Fumándose los últimos Gitanes que han traído. Sin hablar. Abriendo de vez en cuando la ventanilla para dejar entrar algo de aire en el interior cargado de humo del Peugeot. Echando vistazos ceñudos de vez en cuando a la puerta de la casa que están vigilando, hasta que la puerta se abre a la hora exacta en que ellos sabían que se abriría, a las siete y media de la mañana, y en el umbral aparece el tipo cargado con su maletín que ellos sabían que iba a aparecer allí a esa misma hora.

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