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Authors: Javier Calvo

Tags: #Policiaca

El jardín colgante

 

Había una vez un país llamado España que permanecía dormido sin advertir que los servicios secretos trataban de rediseñar el sistema institucional a la nueva era de libertad. Así es como Arístides Lao, un agente con una mente matemática prodigiosa y problemas de sociabilidad, es designado para luchar contra la organización terrorista de extrema izquierda TOD. Lao cuenta con el agente Melitón Muria, un fiel escudero con peculiares principios. La misión de esta pareja esperpéntica y decadente será contactar con Teo Barbosa, un agente infiltrado a punto de pasar al núcleo activo del grupo armado. Pero la operación cambia de rumbo cuando Lao pone en marcha una idea tan loca como genial que traerá consecuencias inimaginables. Estamos en 1977, y en el frío invierno de la Transición el interés de los telediarios se centra en la caída de un meteorito.

Ganadora del Premio Biblioteca Breve 2012, El jardín colgante es una novela transgresora y provocativa con la que Javier Calvo se consolida como uno de los narradores más sólidos y que de forma más rotunda han añadido una nueva dimensión a nuestra narrativa manteniendo a lo largo de una obra muy diversa un estilo inconfundible.

«La España de la Transición, en una geometría fantasmagórica. Sindicalismo y servicios secretos se entrecruzan en juego de duplicidades y desdoblamientos; la inevitable inverosimilitud de lo real se convierte en alegoría, y el arte de narrar configura un inventivo mosaico de identidades. Dominio del ritmo, personajes magistralmente delineados y un brillante tono paródico configuran una gran novela».
Jurado del Premio Biblioteca Breve.

Javier Calvo

El jardín colgante

ePUB v1.0

Dirdam
15.04.12

Ilustración de la portada: Jonal Lozano

Publicación: 21 de febrero de 2012

Editorial: Seix Barral, S. A.

ISBN: 978-84-322-0994-9

Los hechos narrados en esta novela son enteramente ficticios.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

«In the hanging garden please don’t speak»

Primera parte

Meteorito

1. No hay protocolo

La posición en que la secretaria del capitán de artillería Ponce Oms encuentra a Arístides Lao, alias
Sirio,
en un rincón del suelo de su despacho es esa postura genuflexionada y con el cuerpo muy echado hacia delante que uno asocia con musulmanes a la hora del rezo o bien con gente que ha perdido una lentilla. La secretaria mira a Lao y a continuación levanta la vista hacia las paredes. Lao se incorpora hasta quedarse de rodillas, sosteniendo la espátula con la que está enmasillando la parte baja de la pared, y vuelve su cabecita pelirroja y alopécica hacia ella.

—Puedo explicarle esto —dice con su voz sin inflexiones—. Si quiere, hasta puedo rellenarle un informe de incidencia. Usted sólo lo tiene que firmar.

La secretaria vuelve a mirar las paredes. Lao parece haberse dedicado a alisar con masilla todas las imperfecciones del yeso.

—Me molesta que las cosas no sean
completamente
lisas. —Lao la mira con los ojos alternativamente dilatados y empequeñecidos por los cristales de esas gafas extrañas que lleva—. No me deja trabajar bien.

La secretaria del capitán Oms siente una repulsión por Arístides Lao que va más allá de lo puramente físico. Lao es bajito y rechoncho, parece ser al mismo tiempo pelirrojo y calvo, y lleva unas gafas absurdamente gruesas que le distorsionan los ojos, agrandándoselos o bien reduciéndoselos, según el ángulo con que uno mire. En general todos los empleados de la Delegación Regional del SECED detestan al agente Lao, pero es entre el personal femenino donde se concentran las mayores proporciones de asco. Hay algo en su cuerpecillo blando y lechoso que le da aspecto de alimaña extraída de su caparazón y expuesta a los elementos. De versión inflada y pelirroja de un polluelo blanquecino que se ha caído del nido. Pero es la expresión de su cara lo que realmente le revuelve a uno las tripas. Una expresión neutra, tan carente de emociones visibles o de reacciones familiares que produce un rechazo inmediato. Esa cara repugnante de ciertos autistas adultos. Por no hablar de la cuestión de los puzles, claro.

—El capitán Oms lo necesita en su despacho —dice—. Ahora mismo.

Mientras se van cruzando por los pasillos con distintos miembros del personal de la Delegación Regional, que la saludan cordialmente a ella pero no a él, Arístides Lao se dedica a contar los pasos de la secretaria y a calcular simultáneamente su altura exacta haciendo una proporción entre el número de pasos de ella y los de él y derivando de ahí la longitud de su cadera. Para cuando la secretaria le abre la puerta del despacho del capitán y se hace a un lado para dejarlo pasar con una mueca de aprensión, Lao ya ha confeccionado una hoja de datos mental especulativa sobre la edad de la secretaria, su grado de ejercicio físico y su capacidad pulmonar probable. No se trata de algo que haga conscientemente. De hecho, es más bien la clase de cosa que le pasa por la cabeza cuando intenta poner la mente en blanco o bien cuando lo está distrayendo un asunto más urgente.

—Siéntese, agente Sirio —dice el capitán Oms, sin levantar la vista del expediente que tiene abierto encima de la mesa.

El agente Lao se sienta entre los títulos enmarcados de academias militares. También hay una bandera española muy grande y un retrato del rey. Como suele pasar entre los oficiales militares, el capitán Ponce Oms es apuesto de la misma manera en que lo eran los galanes del cine de hace tres o cuatro décadas. El pelo engominado con la misma raya oblicua que le cruzaba la cabeza en diagonal a Carlos Gardel; la mandíbula reluciente de loción perfumada y un bigote a lo Douglas Fairbanks que en 1977 resulta simplemente incomprensible, una especie de desafío desairado a todos los estilos de vello facial que se han sucedido desde entonces.

—Sé que no me ha llamado usted por lo de las paredes de mi despacho —Lao se recoloca ligeramente las gafas sobre la nariz—. Estoy prácticamente seguro de que nadie me ha visto entrar esta mañana con las herramientas.

—No se preocupe por las paredes —dice Oms—. Ese ya no es su despacho.

Lao se queda mirando al delegado regional.

—¿Es por lo de los puzles? —dice—. A algunos de mis compañeros les molesta.

El capitán Oms suspira. Cierra el expediente y mira por fin al agente Lao, de esa manera en que acostumbra a mirarlo: como si el mero hecho de posar sus ojos sobre él le resultara doloroso.

—Olvídese de los puzles —le dice—. Dígame, agente Sirio. ¿Por qué cree usted que está aquí?

Lao lo piensa un momento.

—Es posible que alguien se haya vuelto a quejar de mí —dice—. Aunque también puede ser que simplemente vayan a aprovechar la remodelación para quitarme de en medio.

El capitán Oms se reclina hacia atrás en su asiento.

—No me refiero a por qué lo he mandado venir al despacho —dice—. Quiero decir si sabe usted por qué está en el Servicio. Por qué lo tenemos trabajando para nosotros.

El agente Sirio vuelve a dedicar un momento infinitesimal a pensar la respuesta.

—Sospecho que soy el principal experto en criptología y criptoanálisis del SECED —dice—. No lo puedo saber, claro, por el protocolo de información interno. Fui el primero de mi promoción en los cursos de la escuela de criptografía del SID en Roma y en Tel Aviv en el 74. Tengo artículos en las principales publicaciones especializadas del mundo. Soy miembro peticionario de la Academia de Ciencias Exactas. Doctor en Matemáticas por la Universidad de Barcelona, aunque también se hizo una lectura pública extraordinaria de mi tesis en la Complutense. En los exámenes de ingreso en el Servicio, obtuve la puntuación máxima en las pruebas de memoria, atención, observación, análisis visual y fisionomía. No es que tuviera la puntuación máxima, sino que mis puntuaciones fueron perfectas. Nunca me equivoco. Supongo que eso compensó las bajas puntuaciones que obtuve en otros campos.

—Un expediente magnífico para un académico —dice el capitán—. Pero aquí no nos dedicamos al trabajo teórico, ¿verdad?

Lao no contesta.

—Estando asignado a Gestión de Ficheros, presentó usted… —El capitán vuelve a abrir el expediente que tiene sobre la mesa y lo mira con el ceño fruncido—… sesenta y tres solicitudes de remodelación del sistema de gestión de ficheros.

—Todas las solicitudes estaban orientadas a aumentar la eficacia del sistema —dice Lao.

—Sesenta y tres solicitudes en
cuatro meses
—dice el capitán—. Que equivale a una solicitud cada dos días, si no me equivoco.

El agente Lao vuelve a guardar silencio.

—Y en la actualidad —continúa el capitán— ha admitido usted en varias ocasiones que dedica la mayor parte de su tiempo al estudio de los puzles.

—Solamente trabajo con los puzles cuando he terminado todas mis tareas de la jornada. —En los rasgos del agente no aparece nada parecido a la justificación ni la súplica—. Me han aumentado el volumen de trabajo varias veces, pero siempre acabo antes de la una.

El capitán Oms vuelve a clavar en su subordinado esa mirada de propietario de perro obligado a recoger los excrementos de la acera. Reclina el cuerpo hacia atrás en su asiento y emite uno de esos suspiros que parecen diseñados para recargar el organismo de paciencia.

—Sabrá usted —dice por fin—, que el Servicio está entrando en una remodelación completa. La más importante desde que existimos. Pasamos al Ministerio de Defensa y la fusión con los demás cuerpos de información va a cambiar el organigrama entero. Muchos operativos serán reasignados a la Secretaría Técnica, a Economía y Tecnología, a Seguridad o a Personal y Administración. Los que queden serán los que yo pueda mantener para la Inteligencia Interior.

Lao asiente ligeramente, como hace uno cuando acaba de descubrir la solución de un problema técnico.

—No hay protocolo —dice.

—¿Cómo?

—Por eso estoy trabajando aquí —dice Lao—. La respuesta a su pregunta de antes. Al personal militar lo pueden reasignar a otras unidades porque se les presupone lealtad a sus cuerpos. Las secretarias y telefonistas no son problema porque nunca llegan a manejar información relevante. Se los puede despedir sin más. Lo mismo pasa con la mayoría del personal administrativo auxiliar y técnico. El problema son los agentes civiles como yo. —El agente Sirio se quita las gafas para limpiarlas con un pañuelo, generando esa metamorfosis desconcertante de la gente con gafas que distorsionan profundamente su fisionomía. No solamente da la impresión de que acaba de convertirse en otra persona: sin gafas, su cara parece desaparecer por completo, como si acabara de quitarse los ojos—. A los agentes civiles como yo no los pueden reasignar. No los pueden degradar más que dentro del propio Servicio, y a mí ya no me pueden degradar más porque estoy en la base misma del organigrama. Y tampoco me pueden echar porque conozco la mecánica interna del Servicio y la red de información. Y además, yo nunca me olvido de nada. Me tendrían que matar para librarse de mí. —La idea parece desconcertarlo un momento—. No me van a matar, ¿verdad?

El capitán Ponce Oms se queda mirando cómo Lao termina de limpiarse las gafas y se las vuelve a poner en su carita de gastrópodo sin concha.

—Créame que no puedo —dice por fin. A continuación saca de su pila de documentos un expediente voluminoso, encuadernado con anillas, y lo empuja por encima de la mesa en dirección a su interlocutor. Lao se lo queda mirando—. Coja esto, agente Sirio.

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