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Authors: Javier Calvo

Tags: #Policiaca

El jardín colgante (10 page)

—¿Sigue usted haciendo tratamiento?

—Voy al hospital dos veces por semana. Sigo con la medicación.

—Entiendo.

Hay un momento de silencio. El psiquiatra empuja la bolsa de magdalenas en dirección a Dorcas. Le hace una señal para que coja otra. Dorcas saca otra magdalena de la bolsa y la muerde.

—¿Fue en el hospital donde empezó a pintar, señor Dorcas? —dice el psiquiatra.

—No. Ya pintaba antes. Aprendí de niño.

—Hábleme de Sirio, señor Dorcas. ¿De dónde viene su interés por esa entidad espiritual? ¿Es un interés puramente artístico? ¿O más bien filosófico?

Dorcas mastica su magdalena.

—¿Cree usted en su existencia, señor Dorcas? —continúa el psiquiatra.

Dorcas traga el resto de la magdalena.

—Sirio ha sido venerado desde el principio de los tiempos. En Egipto lo llamaban Osiris. En sánscrito es el
Mrgavyadha,
el cazador de ciervos, que representa a Shiva. Muchos nombres, un solo dios. La estrella más brillante del cielo. Pero esa estrella ya no brilla en el cielo. Se ha encarnado. Yo solamente soy un heraldo de su Nueva Era.

Muria suelta un silbido. El psiquiatra enarca las cejas.

—No está mal para un marxista-leninista —dice.

Silencio.

—Para alguien que ha escrito textos académicos defendiendo el materialismo histórico —dice el psiquiatra.

Silencio.

—Alguien que hizo un seminario de contrainteligencia en Alemania con la BND.

Silencio.

—Alguien a quien sus profesores definieron como una eminencia de la filosofía política.

Silencio. El fluorescente del techo tiene a los cuatro ocupantes de la sala atrapados en su resplandor blanco uniforme.

—¿Qué me dice del meteorito, señor Dorcas? —dice de repente Arístides Lao—. El Meteorito de Sallent. ¿Qué significa para usted el meteorito?

Dorcas mira fijamente a Lao. Bajo la superficie sin olas de su mirada se agita una sombra antediluviana. Un kraken del mundo anterior al tiempo. Su mano busca a tientas otra magdalena de la bolsa. La presencia de la bolsa de magdalenas en la mesa podría o no responder a cierta voluntad terapéutica de otorgarle al entrevistado un elemento de comodidad. La parka que Dorcas lleva puesta tiene una serie de marcas descoloridas que podrían o no ser eslóganes políticos medio borrados. El kraken podría o no dar un coletazo en las profundidades inescrutables del agua estancada. La reverberación de su movimiento podría o no generar una ligerísima ola en la superficie. Y un segundo más tarde, Dorcas vuelve a bajar la vista.

14. Vigencia del corazón atávico

Teo Barbosa está sentado en un taburete de la barra del bar Texas de esa manera en que la gente muy alta se sienta en los taburetes de las barras de los bares: con la espalda encorvada hacia delante y las piernas dobladas. Con una postura que provoca que la gente que lo ve empiece a sentirse vagamente incómoda al cabo de un momento sin saber muy bien por qué. El local está oscuro. El suelo está inundado. La música brama en los altavoces. El bar Texas es uno de los nodos de esta historia. Un centro de sus líneas de sentido profundo. En la Nueva España, el tiempo está siendo clausurado. Las compuertas que comunicaban el pasado con el futuro se están cerrando, y los puentes y túneles que comunicaban con la Historia del país están siendo dinamitados. Solamente es cuestión de tiempo que la gente descubra que el futuro también está desapareciendo. Por eso el bar Texas tiene algo de templo, con sus profetas que graznan que no hay futuro por los altavoces. Sus clientes apropiadamente vestidos de negro y con pintura de ojos tienen algo de sacerdotal: ellos intuyen lo que está pasando. Ellos entienden la Nueva España.

Iggy Pop está cantando
Sixteen
por los altavoces cuando Sara Arta aparece en la escalera de entrada y recorre el local con la mirada hasta encontrar a Barbosa. No se molesta en fingir sorpresa cuando él la ve desde la barra. Mientras se abre paso hacia la barra, algo muy sutil parece haberse descompuesto en Sara Arta. La chaqueta de cuero y la cantidad portentosa de sombra de ojos son las mismas. Sin embargo, en la cara le ha brotado algo nuevo: un matiz infinitesimal de esperanza, o quizás de alivio. Barbosa la saluda con una sonrisa. Por un momento la música suena a todo volumen sin que ninguno diga nada.

—¿Cómo estás? —le dice ella por fin.

—Bien. —Barbosa asiente con la cabeza—. Yo bien. ¿Y tú?

—Pensaba que se te había tragado la tierra. ¿Cuánto tiempo llevas sin ir a la facultad?

Barbosa se encoge de hombros.

—Unos días —dice.

Sara Arta le coge la barbilla y se la gira hacia un lado para examinarle el ojo y el pómulo inflados.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —le pregunta—. ¿Te has peleado?

Barbosa sonríe con un labio partido.

—¿Te han detenido? —El tono de ella se ha vuelto grave—. Te han detenido, ¿verdad?

—No, no me han detenido. —Niega con la cabeza—. No es nada grave, de verdad. Una tontería de pelea.

—Me acabas de decir que no te has peleado.

Barbosa da un trago de su vaso de DYC.

—Muy bien —dice ella—. No te he preguntado nada.

—Qué casualidad que nos encontremos aquí —dice Barbosa, mirando su vaso al trasluz y dejándolo otra vez sobre la barra.

Sara Arta no se ruboriza exactamente, porque la palidez no abandona su piel, pero sí que baja la mirada y se encoge imperceptiblemente igual que la gente que se está ruborizando. La voz de Iggy Pop se vuelve más desesperada a medida que su canción se vuelve monótona y repetitiva. La clientela del bar Texas ha cambiado desde la primera vez que Sara Arta trajo aquí a Barbosa, hace menos de dos meses. Muchos de sus clientes han empezado a hacerse peinados que les dan aspecto de habitantes de campo de concentración. De lunáticos en celdas de castigo. A ponerse ropa hecha pedazos y sujeta con imperdibles. A escribirse consignas en la ropa. España empieza a no ser el mismo lugar que era hace un mes. Hace una semana. Empieza a ser un lugar distinto al que era el día anterior.

—No te estaba buscando ni nada de eso. —Sara Arta sonríe un poco—. Sólo he pasado… por si te veía. Tengo una sorpresa para ti.

Barbosa vuelve a sonreír con el labio partido. Además del pómulo roto, hay cierta rigidez en su manera de apoyar los brazos en la barra. Como si le costara moverlos o tuviera algo roto por debajo de la ropa.

—Te estás jugando que te echen también del sindicato —dice por fin.

—¿Por qué has dejado de ir a clase?

Barbosa se encoge de hombros.

—No lo sé —dice—. En la última clase de metafísica nos hablaron de Jacques Maritain. Un defensor del conocimiento connatural. Del derecho natural. Un «realista crítico», dijo el catedrático. Lo que hay que criticar, nos dice, es la propia capacidad cognitiva. En otras palabras, no hay que pensar. —Se termina su DYC de un trago y hace una señal a la camarera para que le ponga otro—. Invertimos horas de nuestra educación en aprender que no tenemos que pensar.

En los altavoces ya no suena la voz de Iggy Pop. Barbosa está esperando a que le sirvan el whisky cuando su mirada se encuentra con la de alguien sentado en la otra punta de la barra. No uno de los jóvenes con imperdibles y peinados de campo de concentración. Una cara vagamente familiar. Uno de esos hombres de aspecto no memorable. El hombre levanta su botella de cerveza a modo de saludo y le guiña el ojo. Barbosa frunce el ceño. Coge el vaso de DYC que la camarera le acaba de traer. En la Nueva España nadie es quien parece. Nadie es quien dice ser. En la Nueva España la verdad ya no existe porque una legión de hombres silenciosos la ha emparedado detrás de un muro de cemento. Y al dejar de existir la verdad, también ha dejado de existir la mentira.

—Parece que al final no nos vamos a casar, ¿verdad? —dice Sara.

Barbosa se demora un instante con el vaso en los labios rotos. Por fin lo deja en la barra.

—No —dice—. No nos vamos a casar.

—No te preocupes. —Ella sonríe—. Te lo voy a poner fácil.

—¿Sí?

—Sí. —Ella se encoge de hombros—. Lo hemos pasado bien. Ha sido intelectualmente edificante. —Hace una mueca de burla—. ¿Qué más hay?

Barbosa mueve la cabeza al ritmo de la música.

—¿Qué he hecho mal? —continúa ella, en un tono que no deja del todo claro si está siendo ligeramente sarcástica—. ¿He ido demasiado deprisa? ¿He asustado al macho temeroso del compromiso que hay en ti?

—La educación sexual marxista ha fracasado conmigo —contesta él—. No he conseguido construir una masculinidad libre de trabas burguesas. Por no hablar del respeto a la compañera.

Ella saca su bolsa de tabaco y se pone a liar un cigarrillo.

—Eres un embustero adorable —dice por fin—. Voy a echarte de menos. No abres la boca más que para mentir.

Hay otro silencio.

—¿Qué sorpresa tienes para mí? —dice él—. No será que estás embarazada, ¿verdad? Porque sería el golpe de efecto perfecto para un momento como éste.

A Sara Arta se le escapa una sonrisa. Por un momento casi parece que se le va a formar ese mohín de coquetería que le infantiliza los rasgos, pero la impresión se desvanece enseguida. Termina de liarse el cigarrillo, lo alisa con los dedos y se lo enciende.

—Te lo mereces, pero no —dice, soltando una bocanada de humo—. Es una tontería. Ahora ya da igual.

—No, quiero saberlo.

Ella se saca una fotocopia doblada del bolsillo de la chaqueta de cuero y se la ofrece. Él la coge y la desdobla.

—«Vigencia del corazón atávico» —lee—. «15 de diciembre en la Galería G.» —Levanta la vista para mirarla—. Otra acción artística. No tenía ni idea, felicidades.

—Gracias.

—El título es muy bueno. ¿También te van a tirar basura?

—Ésta es más complicada. Me van a dar descargas eléctricas.

Él se la queda mirando con el ceño fruncido.

—Habrá un médico presente —dice ella—. Bueno, un estudiante de medicina. La máquina es la misma que se usa en la terapia de electrochoque. Los visitantes me podrán lanzar una descarga de un par de segundos, hasta que me entren convulsiones. Luego es posible que pierda el conocimiento un momento. Tengo que estar en ayunas para no ensuciarme, ya sabes. —Ella da un sorbo de whisky y le dedica una media sonrisa—. No me digas que no te tienta venir.

—¿No es peligroso?

Ella niega con la cabeza mientras deja el vaso.

—Estaré sedada. Casi no notaré nada. Y mientras dure la acción, la máquina irá imprimiendo mi electrocardiograma. Ésa es la parte más importante. La parte simbólica.

—¿Y qué simboliza?

Ella se encoge de hombros.

—Supongo que mi romanticismo impenitente —dice—. Soy la clásica romántica. En lugar de analizar mis emociones, me limito a reaccionar a ellas. Me da miedo desprenderme de mi corazón atávico.

Barbosa no dice nada.

—No me digas que soy la primera chica que se electrocuta cuando la dejas —dice ella, con una sonrisa.

En ese momento arrancan los arpegios de un piano vagamente fúnebre en el sistema de altavoces, y un momento más tarde la voz de Patti Smith retumba por el local. Sara Arta cierra los ojos. Al piano se le suma el resto de la banda, en un estallido tonal que en lugar de iluminar la melodía la oscurece todavía más. La canción es
Pissing in a River.
Teo Barbosa reacomoda su cuerpo demasiado alto para el taburete de esta barra. Para cualquier taburete de cualquier barra. Cuando por fin Sara Arta abre los ojos para mirar los de Barbosa, el lugar entero ya no es el mismo que hace una hora. La escena ya no es la misma que hace un minuto. La fractura entre pasado y futuro se extiende en silencio.

15. La vida sin paredes

No hay ninguna señal en su cara que indique si Arístides Lao siente alguna clase de sorpresa o contrariedad cuando entra en el despacho de su unidad y vuelve a encontrarse la silla vacía donde debería estar su secretaria. Se limita a colgar su abrigo y dejar el maletín en la mesa con su habitual parsimonia. No es hasta que su mirada se encuentra con la de Melitón Muria que se ve obligado a afrontar la cuestión de la secretaria ausente. Muria lo está mirando con el gesto torcido, desafiándolo a que saque el tema.

—Hoy tampoco ha venido —dice por fin Lao.

Muria pone los botines de cuero sobre la mesa y se reclina hacia atrás en su silla.

—No, señor —dice—. Está de baja.

—¿Me está intentando decir algo?

—¿Yo? —Muria pone cara de inocencia teatral—. ¿Por qué iba a decirle nada? ¿Solamente porque llevamos una semana sin cerrar un expediente? ¿Qué digo? Sin abrirlo, debería decir. ¿O porque llevamos casi tres semanas sin presentar los informes de actividades?

—No tiene que preocuparse por eso, ya se lo he dicho.

Muria se encoge de hombros.

—Claro que ya no viene —dice—. Tiene miedo. Esto es demasiado raro.

—¿Y puede dejar de venir?

—¿Quién se lo va a impedir? En el Servicio no la quiere nadie. Nadie se va a molestar en investigar su baja. Por eso está en nuestra unidad.

Lao se sienta a su mesa después de apartar cuidadosamente la silla y pone las manos diminutas y blandas sobre los broches del maletín para abrirlo con un chasquido. El escritorio de Lao no está compulsivamente limpio y ordenado, tal como lo están los escritorios de esas personas maquinalmente compulsivas que imponen órdenes suprarracionales en sus mesas que terminan paradójicamente perdiendo eficacia laboral por culpa de su sometimiento ciego a esos órdenes. Al contrario: su escritorio parece el resultado de un estudio destinado a averiguar qué disposición de los materiales optimiza la eficacia. Un escritorio sin ocupante humano. Un escritorio-modelo, destinado a publicar los resultados de dicho estudio en un simposio académico.

—Tenemos que aprender a valorar las ventajas de nuestra situación, señor Muria —Lao manipula el contenido del maletín—. Es una situación excepcional, ya lo sabe usted.

—A mí me lo va a decir. Estoy pensando en pedirme la baja.

—¿Conoce usted la historia del preso al que encerraron en una celda con los ojos vendados? Durante las primeras semanas tuvo que aprender a hacerlo todo a ciegas, memorizar dónde estaba todo y cuántos pasos tenía que dar para cada cosa. Luego, sin avisarlo, le quitaron las paredes. El preso estaba libre pero no lo sabía. Le habían quitado las paredes pero él seguía viviendo en los mismos dos metros cuadrados, como si todavía las tuviera.

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