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Authors: Jack McDevitt

Un talento para la guerra (4 page)

—No. —Se inclinó hacia mí, sosteniéndose el mentón con el puño cerrado. Parecía divertido—. Tal vez no. Supongo que una pequeña demora no será significativa ahora. Pero tienes que preguntar a Brimbury y Cía. Les pedí discreción a la hora de actuar. Supongo que las cosas marcharán mejor si ven que eres fiable. —Parpadeó—. Después de que leas el archivo, puede ser que concluyas que he procedido de un modo inadecuado. No tengo forma de juzgar tu reacción. Debo admitir que dudé bastante acerca de cómo actuar en este asunto. Pero te dejo todo, con confianza. Lamento que al final no vaya a estar contigo.

—Estarás —dije.

—Sentimentalismos, Alex —replicó sonriendo—. Ya he partido; he tomado precauciones, de verdad. Pero si en serio quieres hacer algo por mí, esto es lo que te pido: cuando todo haya pasado, envía un recuerdo apropiado al Centro de Estudios Acadios. —Sonrió con placer frente a la perspectiva—. Esos hijos de puta siempre me consideraron un aficionado. —Extendió los brazos, con las palmas abiertas—. Me parece que eso es todo, Alex. Te quiero. Y estoy contento de que estés dispuesto a enfrentar este desafío.

Nos abrazamos.

—Gracias, Gabe.

—Está bien. Quiero que todo quede en familia. De un modo u otro. —Yo estaba de pie, y él continuaba mirándome fijo a los ojos—. Maneja bien el asunto y les tendrán que poner nuestros nombres a las universidades.

—No sabía que te interesaran esas cosas.

Curvó los labios, divertido.

—Ahora estoy muerto. Tengo que mirar más allá.

2

Talinio. adj. Relativo a una retirada bajo presión. I. Escandalosamente tímido. II. Aplícase al que muestra o tiene cobardía. (Véase «cobardemente».)

SIN. Cobarde, débil, pusilánime, temeroso, informal, sin carácter.

Ludik Talino, qué mundo de rencores y conmiseración generó ese nombre durante más de dos siglos. Siempre le faltó el poder de un Judas o un Arnold, que habían traicionado con premeditación sus convicciones, que se habían comprometido activamente en la ruina de los hombres a quienes debían lealtad. Talino nunca fue un traidor en ese sentido. El punto de vista universal era que, antes que sentido moral, le faltó valor. Nadie creyó nunca que hubiera vendido a su capitán al enemigo. Pero el acto del que siguió siendo acusado, y por el que su nombre terminó siendo sinónimo de cobarde, fue en este sentido aún más despreciable: había huido en el momento crítico.

Introduje «Talino» en la biblioteca y pasé la tarde leyendo acerca de la vieja historia.

Los registros contemporáneos eran fragmentarios. No se tenía conocimiento de que alguna de las naves dellacondanas originales hubiera sobrevivido a la Resistencia, las redes de datos completas habían sido barridas y pocos testigos de los primeros años permanecían vivos.

Poco se sabe también del hombre. Pudo haber sido un dellacondano, no obstante hay evidencia de que nació en la Ciudad del Peñasco, e incluso un importante historiador dice que creció en Rimway. Lo que sí se sabe es que era ya un técnico diplomado que ejercía en uno de los numerosos buques de Dellaconda en el inicio de la guerra.

Sirvió como especialista en armas y piloto en el
Proctor
antes de asumir su último puesto a bordo del célebre crucero de Sim, el
Corsario.

Por lo que se sabe, peleaba con distinción. Una tradición dice que fue elogiado personalmente por Sim después de Grand Salinas, aunque los registros se han perdido y nunca será posible confirmarlo. En cualquier caso, permaneció en ese fabuloso buque en los gloriosos días de la Resistencia, cuando el
Corsario
encabezaba el grupo aliado de sesenta naves y destructores que mantenían alejados a los escuadrones del Ashiyyur. Poco después Rimway, Toxicón y los otros sistemas del interior reconocerían el peligro común, enterrarían sus viejos odios y se unirían a la guerra. Pero para entonces Christopher Sim y el
Corsario
ya habían desaparecido.

Después de Grand Salinas, cuando los dellacondanos y sus aliados quedaron reducidos a unos pocos desesperados, Sim condujo los remanentes de su flota a Abonai para repararla y rearmarla. Pero el Ashiyyur, viendo la oportunidad de destruir a su viejo enemigo, presionó con tal dureza que los dellacondanos tuvieron que prepararse para un combate que sabían que sería el último.

Y entonces, en vísperas de la batalla, sucedió algo que provocó un debate histórico durante dos siglos.

La mayoría de los testimonios sostienen que Talino y los otros seis tripulantes del
Corsario
se acobardaron, y, al no ver escapatoria, trataron de persuadir a su capitán para que abandonase esa lucha suicida y tratara de negociar con su tenaz enemigo; y que, cuando este rehusó, lo abandonaron. Se dice que dejaron un mensaje maldiciéndolos a él y a la guerra y que volaron hacia la superficie de Abonai.

Otros comentan que Sim, convencido él mismo de la futilidad de seguir resistiendo, llamó a la tripulación y la liberó de sus obligaciones. Siempre me sentí un poco incómodo con esta versión. Supongo que es muy fácil sentarse en un cuarto acogedor y condenar acciones realizadas bajo durísimas condiciones; pero de algún modo la idea de que Talino y sus camaradas pudieron haber sacado ventaja de su generosidad, y dejar a su capitán en semejante momento, parece más despreciable aún que la honesta cobardía de fugarse al amparo de la oscuridad.

Sin embargo, esto podría haber ocurrido, y este fue el hecho que originó la leyenda: el descenso de Sim en Abonai, la expedición a través de lagunas y pantanos de ese lugar desolado, la llamada de socorro a los desertores, mendigos y presos que habían escapado, o a los que habían dejado escapar, a ese mundo límite y, finalmente, por supuesto, su aventura inmortal con ellos contra tan feroz enemigo.

Eran tiempos de grandeza. Cada niño en la Confederación sabía la historia de los Siete hombres y mujeres anónimos de ese mundo temible, que aceptaron unirse a él y que, de ese modo, pasaron a la historia. Y de cómo murieron con Sim pocas horas más tarde, durante el encuentro final con el Ashiyyur, enlazados definitivamente con la leyenda. La mayoría de los investigadores coinciden en que debieron de haber tenido cierta experiencia naval, pero algunos mantienen que podría haberse tratado solo de unos pocos técnicos. Como sea que sucediera, ha sido un tema muy tratado en tesis doctorales, novelas, bellas artes y tragedias.

Había pocos datos personales de Talino. Nacimiento y muerte. Graduación en Ingeniería en la Universidad Schenk, en Toxicón.

Abandonó a su capitán. Sin cargos registrados, porque la armada en la que servía dejó de existir poco después del crimen.

Busqué la tragedia impresionista de Barcroft,
Talinos.
(Él le agrega la ese final para darle al nombre un aura aristocrática y para lograr un efecto dramático.) Solo pensaba hojearla, pero quedé atrapado desde el primer acto. Y eso que yo no soy aficionado al teatro clásico.

Talino aparece como una figura ambiciosa y melancólica de gran presencia física y con barba. Le consume el odio contra el Ashiyyur y contra los poderosos mundos que se imponen ciegamente, mientras la pequeña fuerza de los aliados queda poco a poco reducida a la impotencia. Su lealtad hacia Christopher Sim y su pasión por Inaissa, la joven esposa cuyo matrimonio jamás conoció la paz, dinamizan la acción. El drama se sitúa en vísperas de la partida decisiva a Rigel.

Sim ha abandonado las esperanzas de salvarse, pero intenta que su tripulación no corra la misma suerte. Solo llevará al
Corsario
, asestará tantos golpes como pueda y aceptará una muerte que tal vez logre unir a los mundos humanos. Le dice a Talino: «Si todavía no vienen, está a tu alcance salvar lo que puedas. Libérate. Deja La Dama Velada. Con el tiempo, la Tierra y Rimway se verán forzados a luchar. Entonces, tal vez, puedas volver y enseñarles a esos idiotas cómo derrotar a los mudos…».

El entorno gris y sombrío transmite pesimismo y angustia. Hay mucho de fortaleza medieval en la estación orbital de Abonai: sus armas pesadas, los senderos curvos, la guardia ocasional, el tono quedo en que los caminantes conversan, la densidad de la atmósfera. Sobre todo se respira un aire trágico. El curso de los acontecimientos parece cumplir un designio.

Pero Talino rechaza las órdenes de su capitán. «Envía a otro a reunir a los supervivientes», aduce. «Mi lugar está a tu lado.»

Sim, en un momento de debilidad, se muestra agradecido. Duda. Talino insiste: «No me humilles de este modo». Y Sim accede a regañadientes. Juntos van a emprender el asalto final.

Pero Talino debe transmitir las noticias a Inaissa. Ella había estado esperando una retirada general cuando se le informa de la determinación de Sim de morir «y llevarte con él a la muerte». Ella no iba a pedirle a su marido que lo traicionara, sabiendo que, de hacerlo y tener éxito, no habría para ellos posibilidad de un futuro feliz.

Consecuentemente, ella va a ver a Sim arguyendo que su muerte desmoralizaría tanto a los dellacondanos que se perdería la causa. Cuando ese recurso fracasa, pide que la dejen al frente de la consola de armas para estar con su esposo en el momento final.

Sim se siente tan conmovido por su ruego que ordena que Talino abandone la nave. Cuando el piloto objeta, es confinado en la estación orbital, desde donde puede ver a los técnicos completar las reparaciones en el
Corsario
y prepararlo para la batalla.

Observa además la llegada de la tripulación, reunida en esta hora crucial por su comandante. Trata de conectar los sistemas de a bordo para escuchar las conversaciones que tienen lugar en la nave, pero alguien ha cortado la alimentación exterior. Y pocos minutos después de embarcar, parten con las cabezas bien altas y los rostros rígidos.

Momentos después, vuelven a liberarlo. Sim había eximido a la tripulación de sus obligaciones. Talino trata de persuadirlos para que regresen a su nave, pero todos saben lo que pasará al día siguiente. Uno de ellos dice: «Si quedándonos lo pudiéramos salvar, nos quedaríamos. Pero no tiene sentido. Está dispuesto a morir».

Libre ya, Talino acude a Inaissa, para decirle adiós y retornar al lado de su capitán. Cuando ella se niega a dejarlo, él ordena que regrese por la fuerza a tierra. Pero su propia resolución fracasa muy poco después, y envía un mensaje a Sim: «Acepto la generosa oferta de mi capitán. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude…».

Pero Inaissa, decidida a acompañar a su esposo, se encierra en un baúl y logra colarse entre los Siete. Así, Talino pierde al mismo tiempo su honor y a su esposa.

La idea de que Inaissa fuera una de las voluntarias era parte de un mito del que no tenía noticias. Había dos esculturas fulgurantes realizadas por artistas del período mostrándola a bordo del
Corsario.
Una de ellas la recreaba frente a una consola, con Sim visible a su izquierda, y la otra representaba el momento de su encuentro con el capitán.

Existían cientos de variantes de la historia e incontables argumentos acerca de los motivos de Talino. Algunas veces se argüía que era un hombre con deudas de juego, que aceptaba dinero de agentes mudos; otras se le presentaba enfadado por no haber recibido órdenes; a veces era el rival de Sim en algún amor ilícito, y preparaba deliberadamente la muerte de su jefe.

¿Dónde estaba la verdad en todo ese enorme corpus de mitos y literatura? ¿Qué había querido decir Gabe?

Otros aspectos del hecho habían recibido también considerable atención. La novela de Arven Kimónides,
Marvill
, relata la experiencia de un joven que presencia la reunión de los Siete, pero que no toma partido y vive con sentimiento de culpa desde entonces. La tradición sostiene que Mikal Killian, el gran árbitro constitucional, que debía de tener dieciocho años en el tiempo de la acción de Rigel, se presentó como voluntario y fue rechazado. Wightbury sitúa a su famoso cínico Ed Barbar en la escena. (Ed no solamente no se propone como voluntario, sino que retiene a su lado a una jovencita con intenciones de alistarse que estaba, según él sentía, destinada para mejores cosas.) Por lo menos una docena más de novelas y dramas que estuvieron en circulación durante aquella época tenían como protagonistas a quienes habían escuchado la llamada de Sim o a quienes se encontraban con los Siete.

Hay también numerosos cortometrajes, montajes fotográficos y por lo menos una sinfonía importante relativos al tema. Tres de los héroes desconocidos se hallan de pie junto al gran capitán en la obra maestra de Sanrigal,
Sim en las puertas del infierno.
La esposa de Talino aparece entre los marginales y drogadictos en
Inaissa
, de Tchigorin. Y en
Lagran escena final
, de Momsen, un hombre harapiento ayuda a Sim a controlar el ya destruido
Corsario
, mientras un piloto herido yace en la dársena y una mujer, que debe de haberse ganado la vida en las calles de Abonai, coloca los cargadores en la cabeza de las armas.

Yo sospechaba que Sim habría adecentado a su nueva tripulación y que el final, cuando llegó, debió de haber sido repentino y brutal. Pero, diablos, era una bonita obra de arte, aunque no tuviese mucho rigor histórico.

Los desertores fueron dejados de lado, para convertirse luego en objeto de abominación.

Talino vivió casi medio siglo más después de la muerte de su capitán. Se dice que su conciencia no dejó de atormentarlo y que anduvo de mundo en mundo a merced de una opinión pública indignada. Murió en Rimway, aparentemente casi demenciado.

No pude encontrar registro de Inaissa en las historias. Barcroft afirma que existió, pero no cita la fuente. (Alega haber hablado con Talino, pero tampoco lo prueba.) Tampoco consta que Talino la haya mencionado.

Los historiadores se divirtieron durante dos siglos poniendo distintos nombres a los voluntarios y también discutiendo si en verdad no habían sido seis u ocho. Con el paso de los años, sin embargo, los Siete trascendieron como héroes militares. Llegaron a simbolizar los más nobles sentimientos de la Confederación: la comunión entre el gobierno y los ciudadanos más conscientes.

Me preparé para volver a casa.

Por suerte, mis conexiones con el mundo donde había estado viviendo desde hacía tres años eran triviales. No tuve mucha dificultad para resolver mis cuestiones de trabajo; después hice los arreglos necesarios para vender la mayor parte de mis propiedades y empaqueté el resto. Dije adiós a las pocas personas que tenían para mí alguna importancia. (Como se hace habitualmente, prometimos intercambiar visitas.) Sonaba a broma, si se piensa la distancia que hay entre Rambuckle y Rimway y cuánto odio yo las naves estelares.

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