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Authors: Alica Giménez Bartlett

Tags: #Policíaco

Ritos de muerte (8 page)

Un día me descaré con el psicólogo jefe:

—Oiga, y todo eso ¿no le parece demasiado simplista?

Era un muchacho de poco más de veinticinco años al que se consideraba en comisaría un prodigio de brillantez. Había hecho tesis y masters complicados y se tenía fe ciega en sus dictámenes. Me miró con ojos acostumbrados a la incredulidad.

—¿Y qué esperaba, inspectora? El comportamiento humano es variadísimo, imprevisible, lleno de recovecos y meandros, pero se genera siempre en los mismos puntos invariables, las cosas más normales: amor, celos, envidia, resentimiento, dominio. Por eso las obras de Shakespeare resultan aún actuales.

—No mezcle la literatura, que es peor.

Se echó a reír.

—De todas formas haremos lo que se hace siempre en estos casos. Le daré los historiales de individuos que cuadran psicológicamente con su violador y que estén ya en la calle después de haber cumplido una pena, o que se encuentren en régimen abierto o libertad provisional. Es lo máximo en lo que puedo ayudarla.

Tenía unas bonitas pestañas color avellana, el pelo largo anudado en una coleta tras la cabeza. Imaginé lo que opinaría de mí: tan cazurra como todos los polizontes, incapaz de elaborar abstracciones o teorizar. Y llevaría razón, pero es que me encontraba como nunca en mi vida con la necesidad acuciante del dato concreto, la pista, un terreno sólido para el arranque. ¿Cómo podían ponerse en práctica las teorías? ¿de qué modo debía tomar forma la especulación? Articular hipótesis estaba muy bien, pero después, bajando unos peldaños, se hallaba la realidad disforme. ¿Qué lugares había que patearse? ¿a quién interrogar? Era algo con lo que no me había enfrentado en mi mundo de texto impreso sobre papel. Cogí los dossiers que el psicólogo me ofrecía y los revisé en casa. La mayoría eran historias vulgares, en eso el muchacho brillante llevaba razón. Tipos que aparecían en la fotografía de la primera página con cara de asco, o asustados, o haciendo ligeras muecas que nada daban a entender. Antecedentes familiares a veces normales, otras rozando la marginación. Jóvenes que tenían cuentas pendientes con las mujeres, hijos de madres que se habían desentendido de ellos, o demasiado posesivas, o en exceso malcriadoras. Una cuadrilla de madres variadas pero coincidentes en ser generadoras de delito. Por fortuna me había librado de fabricar uno de aquellos monstruos privándome conscientemente de los placeres de la maternidad. Un par de ellos debían su desequilibrio a desengaños amorosos o disturbios sexuales adultos, pero en general las madres se llevaban la parte del león. Tenía que comentarle al subinspector todo aquello, estudiar juntos este nuevo material. Desde hacía dos días trabajábamos cada uno por nuestro lado, lo cual debía haber supuesto un alivio para él. Pero ahora era preciso que nos reuniéramos de inmediato. Llamé a comisaría, donde no estaba, pero después de identificarme me dieron su número personal. Se puso una señora, lo cual me sorprendió, y al citar su nombre dijo desabridamente: «
¡Ah, el policía!
». Luego se marchó para avisarle y a través del aparato me llegaron los ruidos de ambiente: platos entrechocando, una radio a bastante volumen, golpes de llamada en una puerta... Deduje que se alojaba en una pensión. Garzón me contestó con alarma contenida y no pareció alegrarse mucho al reconocerme.

—¿Quiere que vaya a comisaría?

—Mire, subinspector, no sé si abuso de su amabilidad, pero hace tanto frío y ya es tan tarde... ¿qué le parece si nos reunimos informalmente en mi casa? Incluso puede que trabajemos mejor. Si le parece bien le doy mi dirección.

—Dígamela y enseguida voy.

Si mi petición le resultaba inconveniente había decidido transigir, sin embargo, al llamar a la puerta, su timbrazo tenía claros ecos de misión oficial. Entró visiblemente violento, pero al cabo de un instante se calmó. Miró los paquetes de libros que permanecían junto a la puerta del jardín.

—Es que me he mudado hace poco. ¿Le gusta mi casa?

—Está muy bien.

Pocas veces lo había visto sonreír. Su bigotazo mexicano, entreverado de gruesas canas, no se había movido más que para beber o hablar. Se había peinado cuidadosamente y olía a agua de colonia como cuando nos encontrábamos en el despacho por la mañana.

—¿Puedo ofrecerle una copa?

Dudó. Negarse debía ser lo correcto según su anticuado protocolo.

—También tengo café.

Seguía sin decidirse a contestar.

—Traeré las dos cosas, supongo que eso logrará mantenernos despiertos.

Lo dejé solo, sentado en una butaca con la espalda tiesa, más incómodo que si lo hubieran amarrado a la silla eléctrica en trance fatal. Me hice cargo de que no debía sentirse muy bien, lo había sacado de su habitación y traído por los pelos a mi casa donde se producía una mayor sensación de intimidad. Era preciso recordar que hasta el momento nuestro trato no había sido ni remotamente amistoso. Estaba en mi territorio y le costaba comportarse con naturalidad. Pensé que lo ideal era pasar rápidamente al trabajo.

—Acérquese. Esto es lo que quiero que vea.

Nos acercamos a la mesa camilla y los expedientes centraron toda nuestra atención. Fuimos leyéndolos uno a uno. Él tomaba notas aparte, estudiaba cada informe, volvía atrás, comparaba.

—Hay que descartar todos los que no se atengan en estatura y peso a la descripción del violador que tenemos —dijo.

—¿Y después, cuál cree que es el orden a seguir?

—Habrá que ver primero en qué barrios viven, por dónde se mueven, interrogar y acto seguido comprobar coartadas.

Vi ante mí una tarea ingente, reiterativa, como volver a empezar cien veces desde cero. Me invadió un chorro de pereza, una vaharada que atenazaba mi cerebro. ¿Cuántas más cosas rutinarias tendríamos que hacer moviéndonos en la ignorancia? Me di cuenta de que no me hallaba de verdad inmersa en aquel caso, de que me haría el ánimo de dejarlo en cuanto me lo pidieran, que sería pronto. Por eso sentía indolencia, era como preparar el terreno más abrupto para que otros transitaran por la carretera allanada. Y sobre todo ahora, cuando el caso había ganado importancia por medio de la prensa. Teníamos los días contados y quizás estaba deseando que fuera así, para jugar a los policías ya había resultado suficiente. Alguna vez creí que resistir el ambiente sórdido de una investigación policial sería muy duro, pero empezaba a ser consciente de que la mayor dureza consistía en la terrible monotonía, en el aburrimiento, en la sensación continua de vuelta atrás. Garzón estaba ante mí tan campante, haciendo lo mismo que había hecho toda su vida sin asomo de que le incomodara. Una mujer rata de biblioteca y un prejubilado recién llegado de Salamanca. Lo raro era que ambos siguiéramos en el caso aún. Probablemente el inspector jefe no nos había depuesto para no dar carnaza a los periodistas, que le hubieran crucificado clavándolo al madero especulación tras especulación.

—¿Qué opina de todos estos materiales, subinspector?

Cabeceó, barajando los expedientes frente a él.

—Es un caso complicado, la verdad.

—Eso mismo opino yo. Un psicópata violador en serie es mucho más de lo que esperaba para estrenarme. Pensé que esas cosas sólo pasaban en las películas.

—Pues ya ve, yo tampoco me había encontrado muchos psicópatas en Salamanca. Aunque si quiere que le sea sincero creo que ese tío no es un loco. Se me da que es más bien un señorito harto de lo que tiene, incapaz de encontrar satisfacción. Entonces va a barrios obreros, escoge una chica de escala social inferior a la suya, varía y se divierte.

—¡Vaya, es usted un marxista, Garzón!

Me miró con sus inexpresivos ojos de pescado frito. Era lo último que le faltaba por oír.

—Jamás, en toda mi vida, me he metido en política de ningún tipo, jamás. Siempre he cumplido estrictamente con las órdenes de mis superiores y con mi obligación.

Estaba en verdad enfadado. A aquellas alturas se preguntaba ya abiertamente por qué, de entre todos los policías del cuerpo, había ido a tocarle yo.

—No me malinterprete, sólo he querido decir que, para usted, la explicación social de los hechos resulta decisiva.

—Lo que ocurre es que no me gusta engañarme. Es cierto que hay por ahí un montón de tíos zumbados, locos de remate, pero a los pobres no les da por ir haciendo filigranas como tatuar flores en el cuerpo de las chicas. Suelen ir más al grano.

—No crea, cada uno hace lo que puede con su imaginación, para eso no hay clases. Existe un punto común en las chicas que me inclina a pensar en un desequilibrado. Las tres son frágiles como figuritas de cristal, ese hombre no se atreve a encararse con una mujer corpulenta, Garzón.

—Puede ser.

Vi que tenía vacía su copa de coñac. Le puse un poco más sin preguntarle. Hizo como si no se percatara. Amontonó los expedientes sobre la mesa.

—Bueno, esto ya está clasificado, mañana podemos empezar. Si encontramos alguno que cuadre sería conveniente organizar una sesión de reconocimiento.

—Pero si llevaba la cara tapada...

—Se la taparíamos a todos; quizá por la complexión... Por cierto, inspectora, hay una periodista de televisión que anda rondándome, la directora de uno de esos programas de sucesos.

—¿Le ha dicho usted algo?

—Sí, que esto no son los Estados Unidos, que aquí los policías sólo se dedican a investigar.

—Bien hecho.

—Pero volverá.

—Quizás entonces nosotros ya no tengamos el caso.

—¿Aún sigue con eso? Mire, a mí me da igual lo que hagan con nosotros, yo estoy ahora en esto porque es mi deber, pero si me dicen que me vaya a otra parte lo haré sin rechistar.

—¿El jefe siempre tiene razón?

Estaba al borde de mandarme al carajo cuando sonó el timbre de la puerta. Garzón se sobresaltó, pero yo enseguida imaginé quién podía ser a aquellas horas. Hice pasar a Pepe, que se embarrancaba calmosamente en su propio paso. Los presenté por el nombre sin dar más explicaciones.

—He venido para salvar los geranios —soltó.

—¿Era necesario que fuera un salvamento nocturno? —le pregunté.

—No, eso da igual, pero como de día nunca estás en casa...

Garzón no hacía ademán de irse. Me encontraba atrapada y tuve que ofrecerle a Pepe un café. Aceptó encantado. Al internarme en la cocina para prepararlo dejándolos solos pensé que podía pasar cualquier cosa. Para mi sorpresa, al volver, un aire helado se había apoderado del vacío salón entrando por la puerta del jardín, completamente abierta. Allí fuera los encontré, inclinados sobre los presuntos cadáveres de geranio, intercambiando alegremente impresiones como si se tratara de un
dejeuner sur l'herbe.
Garzón decía algo que no pude oír y frotaba tierra húmeda sobre los tallos dándoles una especie de masaje. No entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero me daba cuenta de que aquella era una de las situaciones más ridículas que había vivido y no estaba dispuesta a tolerarla. Pepe debía marcharse, y solo, no me fiaba de lo que pudiera contarle a Garzón si salían juntos. Me serví más café, subí la calefacción. Seguían fuera, intercambiando consejos agrícolas y toqueteando las plantas que eran el emblema de mi nuevo hogar. Esperé con paciencia franciscana y sólo al cabo de veinte minutos se decidieron a volver. Entraron limpiándose las manos alegremente. Garzón se reenganchó al café.

—Tu compañero dice que no hace falta que los riegues con agua caliente como pensaba aconsejarte, que sólo masajeando tierra por el tallo suelen reaccionar. —Se dirigió a Garzón—. ¿Dónde has aprendido tanta jardinería?

—Mis padres eran agricultores, en un pueblo cerca de Salamanca.

—Yo sólo soy aficionado. Esto de revivir los geranios me lo contó un tipo que viene por mi bar, uno de esos que realiza cultivos sin fertilizantes artificiales.

—¿Tienes un bar?

—Así me gano la vida. ¿Sabrías también cómo podar un ficus enano?

—Creo que sí.

—Me han regalado uno y no sé por dónde meterle las tijeras.

—¡Las tijeras no! El ficus enano tiene una savia muy líquida y el tajo limpio del metal podría hacerle sufrir una hemorragia. Debes cortarlo con los dedos y restañar la herida con un algodón.

—¡Vaya, parece increíble!

No me atrevía siquiera a interrumpirlos. Por lo visto había surgido entre ellos una incontenible simpatía común. Me quedé contemplando la función, inusual, que mostraba a un Garzón sonriente, casi feliz. Su cara no era desagradable bajo aquella nueva luz. Los ojos adquirían una expresión viva y el bigote se le arremangaba perdiendo parte de su fiereza de vaca marina. Era evidente que se trataba de un hombre cordial y que su único problema lo constituía yo. Yo hacía salir de él los peores humores que su cuerpo abultado podía segregar, lo preñaba de negros presagios poniéndolo literalmente a parir. No recordaba haberle caído peor a nadie en mi vida. Pero había intentado ser simpática, neutra, cortés. Inútilmente. A partir de este momento renunciaba a cualquier estratagema más, comprendía que nuestro desencuentro era inevitable y no pensaba recibir cursos acelerados de jardinería para complacerle. De cualquier modo, tanto si nos quitaban el caso como si conseguíamos resolverlo, cuando todo acabara no volvería a ver nunca más a Fermín Garzón, quizá sólo de pasada.

—¿Y un esqueje de rododendro, crees que podrías aclimatarlo?

Me vi obligada a interrumpir la exposición botánica que iba a continuación.

—Señores, yo lamento muchísimo molestarlos pero se está haciendo tan tarde...

Pepe se levantó.

—Me voy, también tengo que madrugar.

Nos dimos un par de besos amistosos y se despidió del subinspector con estrépito. Lo acompañé hasta la puerta y, de vuelta, comprobé que éste se disponía también a marcharse.

—He seleccionado algunos tipos de la lista que me parecen interesantes. Si le parece bien puedo tenerlo todo dispuesto para que los interrogue a las nueve.

—Eso le supondrá levantarse muy temprano.

—Estoy acostumbrado a dormir poco. Es muy simpático su hermano —añadió con malignidad.

—Es mi segundo ex marido, no llega a la categoría de hermano.

Sonrió irónico. Me sentí indignada interiormente. Una cosa era que quisiera mantener nuestra relación profesional en un plano gélido, y otra que pretendiera atacar. Miré por entre las cortinas de la ventana cómo su cochecillo se negaba a ponerse en marcha. Decidí hacerme la sorda si llamaba pidiéndome ayuda. Pero por fin arrancó y se perdió calle abajo soltando nubéculas vaporosas por el gastado tubo de escape. Suspiré, sobre la mesa camilla reposaban las fotos de aquellos desconocidos. En el aire flotaban aún los efluvios del perfume barato de Garzón y el olorcillo a incienso que siempre despedían los jerseys de Pepe. Me inquieté, un montón de presencias extrañas, demasiadas para el
sancta sanctorum
de Poblenou. Recogí las colillas y el servicio de café con verdadero mal talante. Iba a poner un poco de música antes de dormir pero pensé que, después de aquella prosaica reunión de trabajo, sonaría banal y mancillada, algo parecido a celebrar una boda en un burdel. El jardín parecía un agujero amenazante a través del cristal. Allí estaban los geranios, desolados como Lázaro, esperando que aquel par de cristos de pacotilla lograran hacerlos revivir.

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