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Authors: Anaïs Nin

Pájaros de Fuego (12 page)

Una noche, como de costumbre, Fay no podía dormir. Se sentó desnuda en su nebulosa cama. Al levantarse en busca del quimono y las zapatillas, una gotita de miel le brotó del sexo, resbalando pierna abajo y manchando la alfombra blanca. Fay estaba sorprendida del control de Albert, de su recato. ¿Cómo era capaz de someter sus deseos y dormir después de aquellos besos y caricias? Ni siquiera la había desnudado nunca del todo. Ella tampoco había visto el cuerpo del marido.

Decidió salir de la habitación y pasear hasta calmarse. Le palpitaba todo el cuerpo. Anduvo lentamente, descendió la gran escalera y salió al jardín. El perfume de las flores casi la aturdió. Las ramas caían lánguidamente sobre su cabeza y los senderos mohosos silenciaban absolutamente sus pasos. Tenía la sensación de estar en un sueño. Paseó sin rumbo fijo durante largo rato. Luego un ruido la alarmó. Era un gemido, un gemido rítmico, como el de una mujer sollozante. La luz de la luna se colaba entre las ramas y descubría a una mujer de color tendida desnuda sobre el moho con Albert encima. Los quejidos eran quejidos de placer. Albert jadeaba como un animal salvaje y arremetía contra ella. También él pronunciaba voces confusas. Fay los vio convulsionarse ante sus ojos, presos de la violencia del placer.

A Fay no la vio nadie. Ella no dijo nada. Al principio la paralizó el dolor. Luego, regresó a la casa corriendo, rebosante de la humillación sufrida por su juventud, por su inexperiencia; la torturaban las dudas. ¿Era culpa suya? ¿Qué le faltaba, en qué no había conseguido gustar a Albert? ¿Por qué la dejaba para irse con la mujer de color? La brutal escena la había hechizado. Se maldecía por no responder bajo el encanto de las caricias del marido y no comportarse quizás como él deseaba. Se sentía condenada por su propia feminidad.

Albert hubiera podido enseñarla. Le había dicho que la estaba conquistando... esperando. Le bastaría susurrar unas palabras. Fay estaba dispuesta a obedecer. Sabía que él era mayor y que ella era inocente. Había esperado que la enseñaría.

Aquella noche Fay se convirtió en mujer, al hacer un secreto de su dolor, para salvar su felicidad con Albert, para demostrar sabiduría y sutilidad. Cuando él estuvo a su lado le susurró:

—Me gustaría que te quitaras la ropa.

Pareció sobresaltarse, pero aceptó. Entonces Fay vio a su lado el cuerpo juvenil y delgado, con sus cabellos muy blancos y resplandecientes, una curiosa mezcla de juventud y madurez. Y empezó a besarla. Mientras la besaba, la mano de Fay avanzó tímidamente hacia el cuerpo del hombre. Al principio estaba asustada. Le tocó el pecho. Luego las caderas. Él seguía besándola. La mano, lentamente, llegó al pene. Albert hizo un movimiento de alejarse, un movimiento delicado. Se alejó y lanzó a besarla entre las piernas. Murmuraba una y otra vez la misma frase:

—Tienes cuerpo de ángel. Es imposible que semejante cuerpo tenga sexo. Tienes cuerpo de ángel.

La rabia, provocada porque el hombre alejara el pene de su mano, se extendió por el cuerpo de Fay como una fiebre. Se sentó con el pelo revuelto sobre los hombros y dijo:

—No soy un ángel, Albert. Soy una mujer. Quiero que me ames como a una mujer.

Entonces sobrevino la noche más triste que Fay había conocido en su vida, porque Albert intentó poseerla y no pudo. Él mismo guió las manos de Fay para que lo acariciaran. El pene se le empalmaba, lo ponía entre sus piernas y luego desfallecía en las manos de Fay.

Ella estaba tensa y silenciosa. Veía la tortura en los ojos del hombre, que lo intentó muchas veces.

—Espera un momentito —decía él—, sólo un momentito.

Lo decía con tanta humildad y con tanta suavidad que Fay se quedó quieta, mojada, deseosa y expectante, durante lo que le pareció toda la noche. Durante toda la noche se sucedieron los asaltos interrumpidos, fracasando, retrocediendo y besándola a modo de reparación. Luego Fay sollozó.

La misma escena se repitió dos o tres noches y luego Albert dejó de ir al dormitorio de Fay.

Y casi todos los días Fay veía sombras en el jardín, sombras que se abrazaban. Le daba miedo salir de su habitación. La casa estaba completamente alfombrada y era insonora y una vez, subiendo las escaleras, vislumbró a Albert montándose por detrás a una de las chicas de color y metiendo la mano por debajo de las voluminosas faldas.

El ruido de los gemidos la obsesionaba cada vez más. Le parecía oírlos a todas horas. Una vez fue a las habitaciones de las chicas de color, que estaban en una casita independiente, y estuvo escuchando. Oyó los mismos gemidos que había oído en el parque. Se echó a llorar. Se abrió una puerta. Quien salió no era Albert, sino uno de los jardineros de color. Se encontró a Fay sollozando junto a la puerta.

Finalmente, Albert la poseyó en las más extrañas circunstancias. Iban a dar una fiesta en honor de unos amigos españoles. Aunque rara vez salía de compras, Fay fue a la ciudad en busca de un determinado azafrán para el arroz, una clase muy rara de azafrán que acababa de llegar de un barco procedente de España. Disfrutó comprando el azafrán recién descargado. Siempre le habían gustado los olores, los olores de los muelles y de los almacenes. Cuando tuvo en su poder los paquetitos de azafrán, los guardó bien en el bolso, que llevaba bajo el brazo y contra el pecho. El olor era muy fuerte y le impregnó las ropas, las manos y el cuerpo.

Al llegar a casa, Albert la estaba esperando. Se acercó al coche y la ayudó a bajar, como en un juego, riendo. En la operación, Fay se restregó contra él con todo su peso.

—¡Hueles a azafrán! —exclamó Albert.

Ella apreció un extraño brillo en los ojos del hombre cuando volcó la cara contra sus pechos para olerla. Luego la besó y la acompañó al dormitorio, donde Fay dejó caer el bolso sobre la cama. El bolso se abrió y el olor a azafrán inundó el cuarto. Albert la hizo tenderse en la cama completamente vestida y, sin besos ni caricias, la poseyó.

—Hueles como las mujeres de color —dijo luego, satisfecho.

Y el hechizo se había roto.

Mandra

Los rascacielos encendidos resplandecen como árboles de Navidad. Unos amigos ricos me han invitado a estar con ellos en el Plaza. El lujo me calma, pero estoy en una cama muy blanda, enfermizamente aburrida como una flor de invernadero. Apoyo los pies en mullidas alfombras. Nueva York, la gran ciudad babilónica, me enfebrece.

Veo a Lilian. Ya no la amo. Hay quienes bailan y quienes se retuercen anudándose. Me gustan los que flotan y bailan. Volveré a ver a Mary. Quizás esta vez no me mostraré tímida. Recuerdo el día que estuvo en Saint-Tropez y nos encontramos por casualidad en un bar. Me invitó a que fuera por la noche a su habitación.

Marcel, mi amante, tenía que ir a su casa aquella noche y vivía bastante lejos. Yo estaba libre. Me despedí de él a las once en punto y me fui a ver a Mary. Llevaba mi vestido de cretona con volantes y una flor en el pelo, estaba bronceada por el sol y me sentía hermosa.

Al llegar, Mary estaba echada en la cama, con crema en la cara, en las piernas y en los hombros, porque se había quemado en la playa. Se estaba poniendo crema en el cuello y la garganta... Estaba embadurnada de crema.

Eso me contrarió. Me senté a los pies de su cama y estuvimos hablando. Se desvaneció mi deseo de besarla. Mary estaba escapando de su marido. Se había casado con él sólo para que la protegiera. En realidad nunca había amado a nadie, hombre ni mujer. Al principio de su matrimonio, había contado al marido toda clase de historias personales que no hubiera debido contarle: que había sido bailarina en Broadway y se había acostado con hombres cuando andaba escasa de dinero; que había conocido a un hombre que se enamoró de ella y la mantuvo durante años; que había estado en una casa de putas y ganado bastante dinero... El marido nunca se recuperó de esas historias. Le despertaron celos y dudas, y su vida en común se fue haciendo insoportable.

Al día siguiente de vernos, Mary se fue de Saint-Tropez y yo me quedé con el pesar de no haberla besado. Ahora la volvería a ver.

En Nueva York despliego mis alas de coquetería y vanidad. Mary está más adorable que nunca y parece que la conmuevo mucho más. Es todo curvas y morbidez. Tiene los ojos grandes y líquidos; las mejillas, luminosas; el pelo, rubio y lujurioso. Es lenta, pasiva, letárgica. Vamos juntas al cine. En la oscuridad, me coge la mano.

Se está psicoanalizando y ha descubierto lo que yo sé desde hace años: que a los treinta y cuatro años, después de una vida sexual de la que sólo podría dar cuenta un experimentado contable, nunca ha conocido un verdadero orgasmo. Yo estoy descubriendo sus disimulos. Siempre está sonriente y alegre, pero, por dentro, se siente irreal, lejana, ajena a la experiencia. Actúa como si estuviera dormida. Trata de despertar metiéndose en la cama con todo el que la invita.

—Es muy difícil hablar del sexo —dice Mary—. Soy tan vergonzosa.

No le avergüenza hacer nada, pero no es capaz de hablarlo. Conmigo sí es capaz de hablar. Nos sentamos durante horas en lugares perfumados y con música. Le gustan los sitios adonde van los actores.

Entre nosotras existe una corriente de atracción, una corriente puramente física. Siempre estamos a punto de irnos juntas a la cama. Pero nunca está libre por las noches. No me permitirá conocer a su marido. Tiene miedo de que lo seduzca.

Me fascina porque su cuerpo rezuma sensualidad. A los ocho años ya tuvo un ligue lesbiano con una prima mayor.

Ambas compartimos el amor por las galas, por los perfumes y por el lujo. Ella es muy perezosa, muy lánguida, en realidad casi puramente vegetal. Nunca he visto una mujer más pasiva. Dice que siempre está esperando encontrar al hombre que la excite. Necesita vivir en una atmósfera sexual, aunque no siente nada. Es su clímax. Su dicho favorito es:

—En aquel tiempo, dormía con todo el mundo.

Si hablamos de París y de las personas que conocimos allí, siempre dice:

—No lo conozco, no he dormido con él.

O bien:

—Ay, sí, era muy hermoso en la cama.

Nunca he oído contar que Mary se resistiera, ¡lo cual encaja con su frigidez! Defrauda a todo el mundo, incluso a sí misma. Parece tan abierta y húmeda, que los hombres creen que está constantemente en un estado próximo al orgasmo. Pero no es cierto. La actriz que hay en ella parece alegre y tranquila, pero por dentro está hecha pedazos. Bebe y sólo puede dormir tomando drogas. Siempre viene a mi encuentro comiendo dulces, como una colegiala. Parece tener unos veinte años. Lleva la chaqueta abierta y el sombrero en la mano y el pelo suelto.

Un día se deja caer en mi cama y tira los zapatos.

—Son demasiado gruesas —dice, mirándose las piernas—. Son como piernas de los Renoir, me dijeron una vez en París.

—Pero me gustan —digo yo—. Me gustan.

—¿Te gustan mis nuevas medias?

Y se levanta las faldas para enseñármelas.

Pide un whisky. Luego decide darse un baño. Me coge el quimono. Me doy cuenta de que busca tentarme. Sale del cuarto de baño sin secarse, dejando que el quimono se abra. Mantiene siempre las piernas un poco separadas. Da la impresión de que fuese a tener un orgasmo, hasta tal punto que es imposible no darse cuenta: bastará una pequeña caricia para enloquecerla. Conforme se sienta en el borde de mi cama para ponerse las medias, no puedo seguir conteniéndome. Me arrodillo delante de ella y le pongo la mano en el vello de entre las piernas. Lo acaricio suave, muy suavemente.

—El zorrito plateado —digo—, el zorrito plateado. Tan tierno y tan hermoso. Mary, no puedo creerme que no sientas nada ahí dentro.

Parece a punto de sentir, por el aspecto que ofrece su carne, abierta como una flor, por la forma en que sus piernas se extienden. Tiene la boca tan húmeda, tan invitadora, y así deben estar también los labios del sexo. Abre las piernas y me deja verlo. Lo toco con suavidad y abro los labios para ver si están mojados. Goza cuando le toco el clítoris, pero quiero que sienta un gran orgasmo.

Le beso el clítoris, todavía húmedo del baño; el vello del pubis sigue empapado como algas. El sexo le sabe a mariscos, a mariscos frescos, salados y maravillosos. ¡Ay Mary! Mis dedos trabajan más de prisa y ella se deja caer de espaldas sobre la cama, ofreciéndome todo su sexo, abierto y mojado, como una camelia, como los pétalos de una rosa, como terciopelo y raso. Es rosado y fresco, como si nadie lo hubiera tocado nunca. Parece el sexo de una jovencita.

Las piernas cuelgan a los lados de la cama y el sexo está abierto. Puedo morderlo, besarlo, meterle la lengua. Mary no se mueve. El pequeño clítoris se pone tieso como un pezón. Metida entre sus piernas, mi cabeza está presa en el más delicioso torno de carne fresca y salada.

Mis manos trepan hasta sus grandes pechos y los acarician. Ella comienza a gemir un poquito. Ahora, baja una mano y la suma a las mías en acariciar su propio sexo. Le gusta que la toquen en la boca del sexo, debajo del clítoris. Toca el sitio al mismo tiempo que yo. Ahí es donde me gustaría insertar un pene y moverlo hasta hacerla gritar de placer. Pongo mi lengua en la abertura y la empujo para que penetre todo lo posible. Le cojo el culo con las dos manos, como si fuera una gran fruta, y lo levanto, y mientras mi boca juega en la boca de su sexo, mis dedos le aprietan la carne del culo, se desplazan por su rotundidad, por sus formas, y el dedo índice palpa la boquita del ano y se introduce suavemente.

De pronto Mary se estremece, como si yo hubiera hecho saltar una chispa eléctrica. Se mueve de forma que me sorbe el dedo. Yo lo meto más, sin dejar de mover mi lengua dentro de su sexo. Ella comienza a gemir, a ondularse.

Cuando se deja caer siente mi dedo revoloteante, cuando se yergue se encuentra con el revuelo de la lengua. A cada movimiento, siente mi ritmo que se acelera, hasta que sufre un largo espasmo y comienza a gemir como una paloma. Con el dedo siento la palpitación de su placer, que se desencadena una, dos, tres veces, latiendo en éxtasis.

Se derrumba jadeante.

—¡Ay, Mandra, qué me has hecho, qué es lo que me has hecho!

Me besa, bebiéndose los jugos salados de mi boca. Sus pechos caen sobre mí, mientras repite:

—Ay, Mandra, qué me has hecho...

Una noche me invitan al piso de una joven pareja de la alta sociedad, los H. Es como ir en barco, porque está cerca del East River y pasan las gabarras mientras conversamos. El río es un ser vivo. A Miriam da gusto mirarla, es una Brunilda, de grandes pechos, con un pelo que echa chispas y una voz que atrae. Su marido, Paul, es pequeño y de la raza de los duendes, no tanto un hombre como un fauno: un animal lírico, rápido y divertido. Opina que yo soy hermosa. Me trata como a un objeto artístico. El mayordomo negro abre la puerta. Paul proclama a voces mi natural goyesco, mi flor roja del pelo, y me lleva corriendo al salón para exhibirme. Miriam está, con las piernas cruzadas, en un diván de raso rojo. Su belleza es natural mientras que yo, que soy artificial, necesito ambiente y calor para florecer.

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