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Authors: Eiji Yoshikawa

Musashi (6 page)

El hombre hizo lo que su jefe le había ordenado. Mientras iba de un lado a otro de la habitación, moviendo las tablas del techo, las piezas del tesoro de Okō empezaron a caer al suelo como granizo.

—Tal como sospechaba desde el principio —dijo Temma, poniéndose en pie con dificultad—. Ya lo veis, muchachos. ¡Pruebas! Ha violado las reglas, eso es innegable. ¡Llevadla afuera y dadle su merecido!

Los hombres convergieron en la habitación del hogar, pero se detuvieron bruscamente. Okō estaba en pie, inmóvil como una estatua, en el vano de la puerta, como desafiándoles a que se atrevieran a tocarla. Temma, que había bajado a la cocina, les dijo impaciente:

—¿A qué estáis esperando? Traedla aquí.

No sucedió nada. Okō siguió mirando a los hombres, los cuales no se movían, como si estuvieran paralizados. Temma decidió tomar las riendas. Chascó la lengua y se dirigió hacia Okō, pero también él se detuvo ante el vano de la puerta. Detrás de Okō, invisibles desde la cocina, había dos jóvenes de aspecto feroz. Takezō sostenía baja la espada de madera, dispuesto a fracturar las espinillas del primero que se adelantara y de cualquiera que fuese lo bastante estúpido para seguirle. En el otro lado estaba Matahachi, empuñando una espada que sostenía alta, preparado para descargarla sobre el primer cuello que se aventurase a cruzar el vano de la puerta. No había rastro de Akemi.

—De modo que ésas tenemos —gruñó Temma, recordando de súbito la escena en la ladera de la montaña—. El otro día vi a ése caminando al lado de Akemi..., el del palo. ¿Quién es el otro?

Ni Matahachi ni Takezō dijeron una sola palabra, dejando claro que se proponían responder con sus armas. La tensión fue en aumento.

—No es normal que haya hombres en esta casa —rugió Temma—. Vosotros dos... ¡Vosotros debéis ser de Sekigahara! Será mejor que miréis dónde ponéis los pies..., os lo advierto.

Ninguno de los dos jóvenes movió un músculo.

—¡No hay nadie en estos contornos que no conozca el nombre de Tsujikaze Temma! ¡Os enseñaré lo que les hacemos a los rezagados!

Se hizo el silencio. Temma indicó con una seña a sus hombres que se apartaran. Uno de ellos retrocedió de espaldas sin darse cuenta de que el hoyo del hogar estaba en medio del suelo. Lanzó un grito al caer sobre las astillas ardientes, despidiendo una rociada de chispas que llegaron al techo. Al cabo de unos segundos la estancia se llenó por completo de humo.

—¡Aarrgghh!

Cuando Temma arremetió contra ellos, Matahachi descargó la espada con ambas manos, pero el hombre era demasiado rápido para él y el golpe alcanzó la punta de la vaina de Temma. Okō se había refugiado en el rincón más próximo mientras Takezō aguardaba, sosteniendo horizontalmente la espada de roble negro. Apuntó a las piernas de Temma y asestó un golpe con todas sus fuerzas. La hoja de madera zumbó en la oscuridad, pero no se oyó el ruido seco del impacto. De alguna manera aquel hombretón había saltado a tiempo y, al descender, se abalanzó contra Takezō con la fuerza de una roca despeñada.

Takezō tuvo la sensación de que se las había con un oso. Aquél era el hombre más fuerte con el que había luchado jamás. Temma le agarró por la garganta y le dio dos o tres golpes que hicieron temer al joven por la integridad de su cráneo. Entonces Takezō recobró nuevo aliento e hizo volar a Temma. El hombretón se estrelló contra la pared, y el impacto hizo que se balanceara la casa y cuanto contenía. Cuando Takezō alzó la espada de madera para descargarla sobre la cabeza de Temma, el saqueador rodó a un lado, se puso en pie de un salto y huyó, perseguido de cerca por su oponente.

Takezō estaba decidido a impedir que Temma escapara, pues eso sería peligroso. Sabía perfectamente lo que iba a hacer. Cuando le capturase no dejaría a medias la faena de matarle y se aseguraría bien de que no le quedase un hálito de vida.

Tal era la naturaleza de Takezō. Para él sólo contaban los extremos. Incluso de niño había tenido algo primitivo en la sangre, algo que recordaba a los fieros guerreros del Japón antiguo, algo tan salvaje como puro, que no conocía la luz de la civilización ni el temple del conocimiento. Tampoco conocía la moderación. Era un rasgo natural, y por esa sola característica el muchacho nunca gustó a su padre. Munisai había intentado, a la manera típica de la clase militar, reducir la ferocidad de su hijo castigándole severamente y con frecuencia, pero el efecto de esa disciplina había sido el de aumentar la ferocidad del chico, como un jabalí cuya verdadera ferocidad surge cuando se ve privado de alimento. Cuanto más despreciaban los habitantes del pueblo al joven matón, tanto más él los dominaba despóticamente.

Cuando aquel hijo de la naturaleza se hizo hombre, empezó a hartarse de andar pavoneándose por el pueblo como si fuese su dueño. Intimidar a los apocados pueblerinos era demasiado fácil, y empezó a soñar en cosas más importantes. Sekigahara le había dado su primera lección de cómo era realmente el mundo. Sus ilusiones juveniles se habían hecho añicos, si bien era cierto que, para empezar, no había tenido muchas. Jamás se le habría ocurrido rumiar el fracaso de su primera aventura «real», o reflexionar en lo siniestro que era el futuro. Aún desconocía el significado de la autodisciplina, y había encajado sin alterarse la sangrienta catástrofe.

Y ahora, fortuitamente, había tropezado con un pez gordo de veras, aquel Tsujikaze Temma, ¡el jefe de los saqueadores! Era la clase de adversario con quien había anhelado enfrentarse en Sekigahara.

—¡Cobarde! —le gritó—. ¡Detente y lucha!

Takezō corría velozmente por el campo negro como la pez, lanzando un insulto tras otro. A diez pasos por delante de él, Temma volaba como si tuviera alas. Takezō tenía literalmente los pelos de punta y el viento producía un sonido quejumbroso al azotarle el rostro. Se sentía feliz, más de lo que había estado en toda su vida. Cuanto más corría, más cerca se encontraba del puro éxtasis animal.

Se abalanzó contra la espalda de Temma. Brotó un chorro de sangre en el lugar alcanzado por la punta de la espada y un grito espantoso atravesó la noche. El voluminoso saqueador cayó al suelo con un ruido sordo y dio una vuelta. El cráneo estaba aplastado y los ojos sobresalían de sus órbitas. Tras otros dos o tres tremendos golpes al cuerpo, las costillas rotas perforaron la piel.

Takezō alzó el brazo y se limpió el copioso sudor que resbalaba por su frente.

—¿Satisfecho, capitán? —preguntó en tono triunfal.

Tranquilamente, emprendió el regreso a la casa. Alguien que le hubiera observado en aquel momento habría pensado que era un joven sin ninguna preocupación en el mundo, que volvía de dar un paseo nocturno. Se sentía libre, sin ningún remordimiento, sabedor de que si el otro hombre hubiera ganado, él estaría allí tendido, muerto y solo.

Le llegó la voz de Matahachi en la oscuridad.

—¿Eres tú, Takezō?

—Sí —replicó sin la menor emoción—. ¿Qué pasa?

Matahachi corrió a él y le anunció, excitado:

—¡He matado a uno! ¿Y tú?

—También he matado a uno.

Matahachi alzó su espada, empapada en sangre hasta la empuñadura. Cuadrando los hombros con orgullo, dijo:

—Los otros huyeron. ¡Esos puercos ladrones no valen mucho para luchar! ¡Sólo pueden enfrentarse a los muertos, ja, ja! ¡Yo diría que son tal para cual, ja, ja, ja!

Los dos estaban ensangrentados y satisfechos como un par de cachorros bien alimentados. Charlando jovialmente, se dirigieron hacia la lámpara visible a lo lejos, Takezō con su palo y Matahachi con su espada, las dos armas igualmente cubiertas de sangre.

Un caballo extraviado asomó la cabeza por la ventana y miró el interior de la casa. Su bufido despertó a los dos durmientes. Takezō maldijo al animal y le dio una vigorosa palmada en el hocico. Matahachi se estiró, bostezó y dijo que había dormido muy bien.

—El sol ya está muy alto —observó Takezō.

—¿Es ya la tarde?

—¡Imposible!

Tras un sueño reparador, los acontecimientos de la noche habían sido olvidados. Para aquellos dos jóvenes, sólo existían el hoy y el mañana.

Takezō corrió a la parte trasera de la casa y se desnudó hasta la cintura. Agachado junto al limpio y fresco torrente de montaña, se mojó la cara y el cabello y luego se lavó el pecho y la espalda. Miró hacia arriba e inhaló a fondo varias veces, como si quisiera absorber la luz del sol y todo el aire del cielo. Matahachi, todavía soñoliento, fue a la habitación del hogar, donde dio jovialmente los buenos días a Okō y Akemi.

—¿Por qué estas dos damas tan encantadoras ponen cara de acelga? —les preguntó.

—¿Eso parece?

—Sí, no hay duda alguna. Parece como si las dos estuvierais de luto. ¿A qué viene esa tristeza? Hemos matado al asesino de tu marido y dado a sus sicarios una paliza que no olvidarán pronto.

La decepción de Matahachi no era difícil de comprender. Había creído que la viuda y su hija estarían exultantes por la noticia de la muerte de Temma. En verdad, la noche anterior Akemi palmoteo jubilosa cuando se enteró, pero Okō pareció inquieta desde el principio, y ahora, sentada de modo desgarbado junto al fuego y con expresión abatida, parecía haber empeorado.

—Pero ¿qué te ocurre? —le preguntó el muchacho, pensando que era la mujer más difícil de complacer que había conocido jamás. «¡Vaya gratitud!», dijo para sus adentros, mientras tomaba el té amargo que Akemi le había servido y se sentaba en cuclillas.

Okō sonrió tristemente, envidiosa del joven que desconocía cómo es en realidad el mundo.

—Matahachi —le dijo con voz cansada—, parece que no lo entiendes. Temma tenía centenares de seguidores.

—Claro que los tenía. Los maleantes como él siempre los tienen. No tememos a la clase de gente que siguen a los de su calaña. Si hemos podido matarle, ¿por qué habríamos de temer a sus inferiores? Si intentan hacernos algo, Takezō y yo...

—¡No haréis nada! —le interrumpió Okō.

Matahachi echó atrás los hombros y dijo:

—¿Quién dice eso? ¡Trae tantos de ellos como quieras! No son más que un puñado de gusanos. ¿Acaso crees que Takezō y yo somos unos cobardes, que vamos a retirarnos sigilosamente, reptando sobre nuestros vientres? ¿Por quién nos tomas?

—¡No sois cobardes, pero sí infantiles! Incluso para mí. Temma tiene un hermano menor llamado Tsujikaze Kōhei, y si ése viene a por vosotros, ni siquiera los dos fundidos en uno solo tendría una sola posibilidad de vencerle.

No eran éstas las cosas que a Matahachi le gustaba escuchar, pero a medida que ella hablaba, empezó a pensar que quizá no iba del todo descaminada. Al parecer Tsujikaze Kōhei tenía un gran grupo de seguidores alrededor de Yasugawa, en Kiso, y no sólo eso, sino que era experto en las artes marciales y tenía una pericia fuera de lo corriente para coger a la gente desprevenida. Hasta entonces, nadie de quien Kōhei hubiera anunciado públicamente que le mataría había vivido su vida normal. En opinión de Matahachi, una cosa era que alguien te atacara en campo abierto, y otra muy distinta que cayera sobre ti cuando estabas dormido.

—Ése es uno de mis puntos flacos —admitió—. Duermo como un tronco.

Mientras permanecía sentado, con la mano en la mejilla, pensativo, Okō llegó a la conclusión de que lo único que podían hacer era abandonar la casa y su modo de vida actual e irse a algún lugar lejano. Preguntó a Matahachi qué harían él y Takezō.

—Lo hablaré con él —replicó Matahachi—. Por cierto, ¿adónde habrá ido?

Salió de la casa y miró a su alrededor, pero Takezō no se veía por ninguna parte. Al cabo de un rato se puso la palma por encima de los ojos, escudriñó la lejanía y descubrió a Takezō cabalgando al pie de la colina, montado a pelo en el caballo extraviado que les había despertado con sus relinchos.

«No tiene ninguna preocupación en el mundo», se dijo Matahachi, bruscamente envidioso. Ahuecando las manos alrededor de la boca, gritó:

—¡Eh, tú! ¡Vuelve a casa! ¡Tenemos que hablar!

Poco después estaban los dos tendidos en la hierba, mascando briznas y discutiendo lo que deberían hacer a continuación.

—¿Crees entonces que debemos volver a casa? —dijo Matahachi.

—Así es. No podemos quedarnos con estas mujeres para siempre.

—No, supongo que no.

—No me gustan las mujeres. —Por lo menos Takezō estaba seguro de ello.

—Muy bien. Entonces, marchémonos.

Matahachi se dio la vuelta y contempló el cielo.

—Ahora que nos hemos decidido, quiero ponerme en marcha. De pronto he comprendido cuánto echo de menos a Otsū, cuánto deseo verla. ¡Mira allí! Hay una nube que tiene exactamente su perfil. ¡Mira! Esa parte es exactamente como su pelo cuando acaba de lavarlo. —Matahachi golpeaba el suelo con los talones y señalaba el cielo.

Los ojos de Takezō siguieron al caballo en retirada al que acababa de dar la libertad. Como muchos de los vagabundos que viven en los campos, los caballos perdidos le parecían seres amistosos. Cuando has terminado con ellos, no piden nada y se limitan a marcharse solos y en silencio.

Akemi les gritó desde la casa que la cena estaba lista. Se pusieron en pie.

—¡Te echo una carrera! —propuso Takezō.

—¡Vamos allá! —replicó Matahachi.

Akemi palmoteo encantada mientras los dos corrían a toda velocidad entre la alta hierba, dejando tras ellos una espesa estela de polvo.

Después de cenar, Akemi se quedó pensativa. Acababa de enterarse de que los dos hombres habían decidido volver a sus hogares. Había sido divertido tenerlos en la casa, y quería que siguieran allí indefinidamente.

—¡Qué tonta eres! —la regañó su madre—. ¿Por qué te lo tomas así?

Okō se estaba maquillando tan meticulosamente como siempre, y mientras reñía a la muchacha miraba en el espejo a Takezō. Éste notó su mirada y de súbito recordó la fragancia acre de su cabello la noche que invadió su habitación.

Matahachi, que había cogido la gran jarra de sake de un estante, se dejó caer al lado de Takezō y empezó a llenar una pequeña botella para calentar la bebida, como si fuese el dueño de la casa. Puesto que aquélla iba a ser la última noche que pasaban juntos, se proponían beber a discreción. Okō parecía poner un cuidado especial en su maquillaje.

—¡Que no quede una sola gota sin beber! —exclamó—. No vale la pena dejar aquí el sake para las ratas.

—¡O los gusanos! —dijo inesperadamente Takezō.

Pronto vaciaron tres grandes jarras. Okō se inclinó hacia Matahachi y empezó a acariciarle de tal manera que Takezō volvió la cara, azorado.

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